Douglas Stuart: «Tengo 50 años y en la primera mitad de mi vida habité un mundo oscuro para los gais»

Si mezcláramos en un robot de cocina This charming man de The Smiths, Unorthodox, la serie sobre el libro de Deborah Feldman, y Tío Vanya, de Chejov, nos saldría John, hijo de John, de Douglas Stuart (Random House). ¿Se entiende? Stuart añade un ingrediente, por si fuera poco: Rompiendo las olas, de Lars von Trier.

 El ganador del Booker con ‘Historia de Shuggie Bain’ publica ‘John, hijo de John’, una novela sobre las Islas Hébridas que cruza idenidad sexual y política  

Si mezcláramos en un robot de cocina This charming man de The Smiths, Unorthodox, la serie sobre el libro de Deborah Feldman, y Tío Vanya, de Chejov, nos saldría John, hijo de John, de Douglas Stuart (Random House). ¿Se entiende? Stuart añade un ingrediente, por si fuera poco: Rompiendo las olas, de Lars von Trier.

John, hijo de John empieza con un hijo de 22 años que vuelve a casa arruinado tras los confusos años de la universidad. Dato importante: «casa» significa una de las Islas Hébridas, una especie de Lanzarote congelada, solitaria si no fuera por las ovejas y gobernada por una comunidad presbiteriana casi fanática.

El chico escucha rock independiente (estamos en la década de 1990), tiene un ojo y una mano maravillosos para la costura, ha conocido el gran mundo y es gay, pero ¿cómo va a decirlo? En su isla lo esperan un padre colérico, una madre huidiza, una abuela cómplice, un amigo borracho, una vecina inteligentísima y un vecino que, en efecto, es ese hombre encantador de The Smiths. A veces hablan en gaélico y a veces en inglés y así guardan sus secretos. La novela tratará de encontrar un poco de paz para cada uno. Alguno se perderá por el camino.

-En España no sabemos gran cosa de los presbiterianos.

-Los presbiterianos creen que Dios no existe para reconfortarnos ni para salvarnos. Nacemos en el pecado, vivimos en el pecado, moriremos en el pecado y el futuro para la mayoría de nosotros será el infierno. Dios, antes de que nazcamos, ha decidido nuestro destino, así que no merece la pena hacer campaña por nuestra salvación.

Por ahí empieza la conversación con Stuart, ganador del Premio Booker gracias a Historia de Shuggie Bain. Stuart no es presbiteriano; tampoco es un isleño. Es un hombre de 50 años, crecido en Glasgow, en un mundo de católicos y anglicanos, madres alcohólicas, padres imposibles y ruina postindustrial. Estudió moda, se marchó a Nueva York y sacó adelante su vida.

«Los católicos se confiesan y son perdonados por Dios. Los presbiterianos no. Es una fe muy estricta, muy dura pero también es bella en su pureza, en su desnudez», continúa Stuart.

¿Y el amor? La palabra amor aparece no más de dos o tres veces en John, hijo de John, pero sus personajes lo buscan con desesperación. Amor romántico, amor sexual, amor filial… «El amor existe en ese mundo: a Dios, a la familia. En el fondo, es el amor más nítido porque no se basa en una negociación con Él. La novela habla del amor en todas su formas», dice Stuart.

En todas sus formas pero con la experiencia de un chico homosexual perdido en el fin del mundo como medida del mundo. «Cualquier joven gay nacido en el nuevo milenio espera ser aceptado. Yo tengo 50 años, y en la primera mitad de mi vida habité un mundo muy oscuro para los gais. Nos sentíamos muy solos, los prejuicios se consideraban algo justo. En parte, escribo estos libros porque la comunidad queer está tan encantada de seguir adelante con su celebración, avanzando hacia el futuro. Y creo que no, que tenemos que registrar de dóonde venimos. Me encanta la ficción queer y me encanta la ficción de la clase trabajadora, pero esas dos cosas nunca aparecen superpuestas. Hay un enorme silencio para mí mismo porque no encontraba quién encajara mi experiencia de la clase trabajadora y mi experiencia gay. Porque es muy diferente a ser gay e ir a la universidad y escaparse a Barcelona o San Francisco que ser gay en un pueblo industrial o en una granja de la que no hay cómo salir».

¿Hablamos de cultura gay? «Cuando era crío, la representación de ser gay que estaba en el Reino Unido era la de las películas de James Ivory. Carros de fuego, Una habitación con vistas… Ser gay era ir a Oxford y jugar al cricket. Fueron películas valiosas para mí pero no eran mi mundo. Bueno: estaba la música, llena de códigos secretos. The Smiths, sobre todo».

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