En 2014, el escritor británico Ian McEwan vendió a la biblioteca de la Universidad de Texas todos los correos electrónicos que escribió entre 1996 y 2013, incluidos algunos dirigidos a varios amigos y colegas, como Salman Rushdie. «Creo que nunca he escrito nada significativo en un mail. Mucho menos en un mensaje de texto», afirma sobre la importancia que le dio a estos documentos. «Si consideramos, por ejemplo, las cartas de Napoleón, que escribió 3.000 palabras al día prácticamente durante toda su vida adulta, o las cartas de Charles Darwin, tenemos más perspectiva en esas misivas del siglo XIX que lo que podrá obtener el futuro con nuestras comunicaciones por internet».
A sus 78 años, la madurez literaria del escritor, perteneciente a la generación de Julian Barnes, Kazuo Ishiguro o los fallecidos Christopher Hitchens y Martin Amis, es lúcida y desafiante. Si ya con Lecciones se podía entrever al McEwan que más nos gusta, en su nueva novela —en la que tiene mucho peso, por cierto, esta huella digital de la que hablaba— nos devuelve al brillo de Exhalación, considerada por muchos su mejor título.
En Lo que podemos saber (Anagrama), regresa a algunos de sus grandes temas como la memoria, el peso del pasado y la frontera entre ficción y realidad, a partir de una historia ambientada en una distopía futura, situada en el año 2119, en la que algunos países han desaparecido bajo fuertes inundaciones provocadas por una catástrofe nuclear. En este futuro incierto, un profesor universitario, Thomas Metcalfe, fascinado por el acervo cultural del siglo XXI, trata de averiguar, a partir de toda la información almacenada en internet —que ha sobrevivido a la hecatombe—, el paradero de un poema desaparecido de un célebre (y ficticio) poeta de nuestra época llamado Francis Blundy.
Novela casi de ciencia ficción, de aventuras y muy metaliteraria; a partir de este intricado argumento, McEwan, que toma distancia con nuestro presente, precisamente para escribir sobre él, especula sobre cómo escribir biografías y cómo evocar la Historia, cómo nos situamos en ella y cómo interpretamos el pasado. «En los últimos tiempos estoy descubriendo elementos cruciales de la vida de otras personas que conozco desde hace muchos años y siento un poco de vergüenza y de orgullo también. Parte de esta novela nace de mi amor por la biografía literaria, tan importante en la tradición angloamericana. Y es curioso porque si leemos tres biografías de la misma persona, aparecen, de forma inevitable, tres personas distintas ante nuestros ojos», asegura durante su intervención en una rueda de prensa para los medios. «Te puedes fijar mucho en los detalles del pasado, pero siempre hay como un cristal bastante grueso entre la realidad y tu mirada».
Una historia que rima
Todo hace prever que en ese mundo futuro, en el que el sobreexceso de información pone a nuestro alcance las costumbres más íntimas —nuestra comida favorita, rutinas o gustos musicales—, debería ser más sencillo conocerlo todo sobre nuestro pasado. «Sin embargo —señala el escritor—, incluso con todas las herramientas disponibles para los investigadores académicos, no lo podemos saber todo. Es decir, dentro de la naturaleza de la ontología del ser, no podemos conocer a otras personas como nos las puede mostrar una novela. Tenemos la idea frágil y bella del novelista que puede estar en la mente de muchos personajes al mismo tiempo, pero es imposible en la vida real. Además, olvidamos fácilmente nuestra vida. Nuestro cerebro no está formado para recordar todo lo que hacemos. A veces, muy oportunamente, nos va bien no recordar», apunta con ironía.
En el caso de su novela, McEwan indaga en esos límites de la memoria, particularmente a partir de uno de sus personajes secundarios. «Seguramente más de la mitad de vosotros conocéis a alguien que sufre Alzheimer o algún tipo de demencia. Una de las primeras cosas que desaparecen en la memoria son los nombres, después los verbos. Y cuando empiezan a desaparecer los nombres y los verbos, desaparece también una parte de la identidad. Si lo imaginamos a nivel de sociedad, de nación o de civilización, vemos lo enormemente peligroso que es. Se dice que la historia no se repite exactamente, sino que rima. Es decir, nos encontramos en situaciones que son paralelas en distintos aspectos del pasado. Por eso es importante no olvidar de dónde venimos», advierte.
Ahora bien, continúa diciendo: «Cuando hablamos de Historia no me refiero a los hechos, sino simplemente a pensar desde una perspectiva histórica. Cómo leer el pasado, cómo entender un periódico, eso me parece esencial». En ese sentido, afirma, Lo que podemos saber se puede entender como una celebración de la Historia. «Es una tarea difícil, tan ingente, pero iniciar ese viaje es crucial».
El efecto paralizador del pesimismo
Parte de esa Historia es una de las claves del oficio de McEwan que, reconoce, gracias a la experiencia de los años, ya no necesita investigar para los libros que escribe. «Tengo la sensación de que ya tengo suficientes elementos en mi cabeza para googlear dentro de mi mente. Mis propios pensamientos son multitudinarios», comenta.
Sobre la actualidad, que en su futuro distópico refleja con cierto optimismo, el autor de Operación Dulce o Chesil Beach es de la opinión de que «estamos pasando por unos tiempos extraños y ansiosos».
«Yo he estado muy implicado en los debates sobre el cambio climático a lo largo de los últimos 25 años —algo que se refleja en su novela actual—. De vez en cuando también se ha vuelto al tema de una posible guerra nuclear. Muchos países se están rearmando. El orden mundial está cambiando. Tenemos la sensación de un mundo cada vez más peligroso y, en las últimas dos semanas, ha empezado otro debate sobre la inteligencia artificial. Hay programas capaces de automejorarse, que simplemente escriben ya su propio código para su versión y que se están alejando de nuestro control. Hay una reticencia a frenar todo esto porque hay tanto dinero invertido en los centros de datos en todo el mundo, sobre todo en los Estados Unidos, que hay un temor enorme de que si limitamos la IA, podríamos generar una crisis financiera global nunca vista antes. Por tanto, quiénes somos, dónde estamos y hacia dónde vamos es algo que se está convirtiendo en una preocupación», reconoce.
«La diferencia principal entre ahora y hace 30 años —continúa el escritor— es que desde hace poco hay una sensación de que el futuro será peor que el presente. La mayoría de la gente cree que sus hijos y sus nietos no tendrán una vida tan buena como la que han tenido ellos», lamenta. «Y esto me lleva al último problema, casi holístico, que lo abarca todo —el cambio climático, los problemas de la IA o la guerra nuclear—, que es un pesimismo colectivo, que tiene a su vez un efecto paralizador, una especie de pegamento metafísico que se nos pone encima. Y ese es el pegamento con el que tenemos que luchar. Por eso hay un elemento de optimismo necesario en esta novela».
Sin embargo, y pese a que el escritor es de la opinión de que necesitamos romper con ese pesimismo paralizador, reconoce que «seguramente necesitaremos una catástrofe o dos para que nuestra mente realmente se centre. Parece ser que si quieres que la IA sea segura, se podría hacer, pero lo que falta es la voluntad comercial y política de que esto sea así. Así que yo creo que lo mejor que podría pasarnos es una nueva administración en los Estados Unidos con un poco más de sentido moral», desliza sutilmente.
Maravillarse, asombrarse, observar…
Escritor de la vieja escuela, McEwan pone atención a los cambios que se producen a su alrededor. No demoniza internet, pero critica que suponga una amenaza a muchos aspectos de la vida humana tradicional. «Y más importante que eso, el gusto por la soledad. Pensamos que podemos vivir libremente, pero hay menos silencio y hay menos capacidad de dejar simplemente tu mente imaginar. Poder simplemente maravillarse, asombrarse, observar…», reflexiona.
Varios de sus protagonistas así lo hacen. Personajes que nos mienten o se engañan a sí mismos, unidos por la búsqueda de ese santo grial que aquí es nada más y nada menos que un poema perfecto. «Yo veo la poesía como una forma literaria superior que representa el pináculo de todas las posibilidades de expresión en cualquier lengua. Fue mi primer amor como adolescente, antes de empezar a leer novelas». Y de escribirlas, habría que añadir, tarea en la que lleva ya más de 50 años. «La novela es una máquina fantástica, por así decirlo, que nos permite explorar nuestra condición humana, sigue siendo nuestro mejor medio de examinar nuestros pensamientos. Creo que capta algo que el cine no puede hacer de la misma forma: el flujo de la conciencia».
Sin embargo, afirma saber «que hay mucha gente que nunca va a leer novelas y que son personas completamente íntegras, como, seguramente, podemos vivir sin sal, azúcar o café. La cultura es un lujo colosal. Si estuviéramos en medio de una guerra, no la tendríamos al alcance. Y el poema de Francis Blundy nunca va a salvar ninguna vida».
«Lo que me interesaba a mí de su historia es cómo un poema que nadie ha leído tiene más vida que unos versos que son fácilmente accesibles. Como dice un personaje en el libro, el 90% o el 99% de las personas hablan de cosas que nunca han leído. Pero creo que cuando leemos un libro, una novela que realmente nos llega, esa lectura nos cambia neuronalmente. Nuestra sensibilidad con otras personas se transforma. Seguramente me costaría describir cómo, pero sucede, es así. Ese cambio se produce», asegura confiado. Tal vez por eso él siga escribiendo novelas capaces de contener todo un mundo y hacernos pensar.
En 2014, el escritor británico Ian McEwan vendió a la biblioteca de la Universidad de Texas todos los correos electrónicos que escribió entre 1996 y 2013,
En 2014, el escritor británico Ian McEwan vendió a la biblioteca de la Universidad de Texas todos los correos electrónicos que escribió entre 1996 y 2013, incluidos algunos dirigidos a varios amigos y colegas, como Salman Rushdie. «Creo que nunca he escrito nada significativo en un mail. Mucho menos en un mensaje de texto», afirma sobre la importancia que le dio a estos documentos. «Si consideramos, por ejemplo, las cartas de Napoleón, que escribió 3.000 palabras al día prácticamente durante toda su vida adulta, o las cartas de Charles Darwin, tenemos más perspectiva en esas misivas del siglo XIX que lo que podrá obtener el futuro con nuestras comunicaciones por internet».
A sus 78 años, la madurez literaria del escritor, perteneciente a la generación de Julian Barnes, Kazuo Ishiguro o los fallecidos Christopher Hitchens y Martin Amis, es lúcida y desafiante. Si ya con Lecciones se podía entrever al McEwan que más nos gusta, en su nueva novela —en la que tiene mucho peso, por cierto, esta huella digital de la que hablaba— nos devuelve al brillo de Exhalación, considerada por muchos su mejor título.
En Lo que podemos saber (Anagrama), regresa a algunos de sus grandes temas como la memoria, el peso del pasado y la frontera entre ficción y realidad, a partir de una historia ambientada en una distopía futura, situada en el año 2119, en la que algunos países han desaparecido bajo fuertes inundaciones provocadas por una catástrofe nuclear. En este futuro incierto, un profesor universitario, Thomas Metcalfe, fascinado por el acervo cultural del siglo XXI, trata de averiguar, a partir de toda la información almacenada en internet —que ha sobrevivido a la hecatombe—, el paradero de un poema desaparecido de un célebre (y ficticio) poeta de nuestra época llamado Francis Blundy.
Novela casi de ciencia ficción, de aventuras y muy metaliteraria; a partir de este intricado argumento, McEwan, que toma distancia con nuestro presente, precisamente para escribir sobre él, especula sobre cómo escribir biografías y cómo evocar la Historia, cómo nos situamos en ella y cómo interpretamos el pasado. «En los últimos tiempos estoy descubriendo elementos cruciales de la vida de otras personas que conozco desde hace muchos años y siento un poco de vergüenza y de orgullo también. Parte de esta novela nace de mi amor por la biografía literaria, tan importante en la tradición angloamericana. Y es curioso porque si leemos tres biografías de la misma persona, aparecen, de forma inevitable, tres personas distintas ante nuestros ojos», asegura durante su intervención en una rueda de prensa para los medios. «Te puedes fijar mucho en los detalles del pasado, pero siempre hay como un cristal bastante grueso entre la realidad y tu mirada».
Todo hace prever que en ese mundo futuro, en el que el sobreexceso de información pone a nuestro alcance las costumbres más íntimas —nuestra comida favorita, rutinas o gustos musicales—, debería ser más sencillo conocerlo todo sobre nuestro pasado. «Sin embargo —señala el escritor—, incluso con todas las herramientas disponibles para los investigadores académicos, no lo podemos saber todo. Es decir, dentro de la naturaleza de la ontología del ser, no podemos conocer a otras personas como nos las puede mostrar una novela. Tenemos la idea frágil y bella del novelista que puede estar en la mente de muchos personajes al mismo tiempo, pero es imposible en la vida real. Además, olvidamos fácilmente nuestra vida. Nuestro cerebro no está formado para recordar todo lo que hacemos. A veces, muy oportunamente, nos va bien no recordar», apunta con ironía.
En el caso de su novela, McEwan indaga en esos límites de la memoria, particularmente a partir de uno de sus personajes secundarios. «Seguramente más de la mitad de vosotros conocéis a alguien que sufre Alzheimer o algún tipo de demencia. Una de las primeras cosas que desaparecen en la memoria son los nombres, después los verbos. Y cuando empiezan a desaparecer los nombres y los verbos, desaparece también una parte de la identidad. Si lo imaginamos a nivel de sociedad, de nación o de civilización, vemos lo enormemente peligroso que es. Se dice que la historia no se repite exactamente, sino que rima. Es decir, nos encontramos en situaciones que son paralelas en distintos aspectos del pasado. Por eso es importante no olvidar de dónde venimos», advierte.
Ahora bien, continúa diciendo: «Cuando hablamos de Historia no me refiero a los hechos, sino simplemente a pensar desde una perspectiva histórica. Cómo leer el pasado, cómo entender un periódico, eso me parece esencial». En ese sentido, afirma, Lo que podemos saber se puede entender como una celebración de la Historia. «Es una tarea difícil, tan ingente, pero iniciar ese viaje es crucial».
Parte de esa Historia es una de las claves del oficio de McEwan que, reconoce, gracias a la experiencia de los años, ya no necesita investigar para los libros que escribe. «Tengo la sensación de que ya tengo suficientes elementos en mi cabeza para googlear dentro de mi mente. Mis propios pensamientos son multitudinarios», comenta.
Sobre la actualidad, que en su futuro distópico refleja con cierto optimismo, el autor de Operación Dulce o Chesil Beach es de la opinión de que «estamos pasando por unos tiempos extraños y ansiosos».
«Yo he estado muy implicado en los debates sobre el cambio climático a lo largo de los últimos 25 años —algo que se refleja en su novela actual—. De vez en cuando también se ha vuelto al tema de una posible guerra nuclear. Muchos países se están rearmando. El orden mundial está cambiando. Tenemos la sensación de un mundo cada vez más peligroso y, en las últimas dos semanas, ha empezado otro debate sobre la inteligencia artificial. Hay programas capaces de automejorarse, que simplemente escriben ya su propio código para su versión y que se están alejando de nuestro control. Hay una reticencia a frenar todo esto porque hay tanto dinero invertido en los centros de datos en todo el mundo, sobre todo en los Estados Unidos, que hay un temor enorme de que si limitamos la IA, podríamos generar una crisis financiera global nunca vista antes. Por tanto, quiénes somos, dónde estamos y hacia dónde vamos es algo que se está convirtiendo en una preocupación», reconoce.
«La diferencia principal entre ahora y hace 30 años —continúa el escritor— es que desde hace poco hay una sensación de que el futuro será peor que el presente. La mayoría de la gente cree que sus hijos y sus nietos no tendrán una vida tan buena como la que han tenido ellos», lamenta. «Y esto me lleva al último problema, casi holístico, que lo abarca todo —el cambio climático, los problemas de la IA o la guerra nuclear—, que es un pesimismo colectivo, que tiene a su vez un efecto paralizador, una especie de pegamento metafísico que se nos pone encima. Y ese es el pegamento con el que tenemos que luchar. Por eso hay un elemento de optimismo necesario en esta novela».
Sin embargo, y pese a que el escritor es de la opinión de que necesitamos romper con ese pesimismo paralizador, reconoce que «seguramente necesitaremos una catástrofe o dos para que nuestra mente realmente se centre. Parece ser que si quieres que la IA sea segura, se podría hacer, pero lo que falta es la voluntad comercial y política de que esto sea así. Así que yo creo que lo mejor que podría pasarnos es una nueva administración en los Estados Unidos con un poco más de sentido moral», desliza sutilmente.
Escritor de la vieja escuela, McEwan pone atención a los cambios que se producen a su alrededor. No demoniza internet, pero critica que suponga una amenaza a muchos aspectos de la vida humana tradicional. «Y más importante que eso, el gusto por la soledad. Pensamos que podemos vivir libremente, pero hay menos silencio y hay menos capacidad de dejar simplemente tu mente imaginar. Poder simplemente maravillarse, asombrarse, observar…», reflexiona.
Varios de sus protagonistas así lo hacen. Personajes que nos mienten o se engañan a sí mismos, unidos por la búsqueda de ese santo grial que aquí es nada más y nada menos que un poema perfecto. «Yo veo la poesía como una forma literaria superior que representa el pináculo de todas las posibilidades de expresión en cualquier lengua. Fue mi primer amor como adolescente, antes de empezar a leer novelas». Y de escribirlas, habría que añadir, tarea en la que lleva ya más de 50 años. «La novela es una máquina fantástica, por así decirlo, que nos permite explorar nuestra condición humana, sigue siendo nuestro mejor medio de examinar nuestros pensamientos. Creo que capta algo que el cine no puede hacer de la misma forma: el flujo de la conciencia».
Sin embargo, afirma saber «que hay mucha gente que nunca va a leer novelas y que son personas completamente íntegras, como, seguramente, podemos vivir sin sal, azúcar o café. La cultura es un lujo colosal. Si estuviéramos en medio de una guerra, no la tendríamos al alcance. Y el poema de Francis Blundy nunca va a salvar ninguna vida».
«Lo que me interesaba a mí de su historia es cómo un poema que nadie ha leído tiene más vida que unos versos que son fácilmente accesibles. Como dice un personaje en el libro, el 90% o el 99% de las personas hablan de cosas que nunca han leído. Pero creo que cuando leemos un libro, una novela que realmente nos llega, esa lectura nos cambia neuronalmente. Nuestra sensibilidad con otras personas se transforma. Seguramente me costaría describir cómo, pero sucede, es así. Ese cambio se produce», asegura confiado. Tal vez por eso él siga escribiendo novelas capaces de contener todo un mundo y hacernos pensar.
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