La cuarta tarde de Morante de la Puebla en la temporada estival de la Plaza Real de El Puerto de Santa María llegó después de tres jornadas en las que el maestro logró mantener intacta la desbordante expectación que rodeaba su presencia en el abono del coso gaditano. Más de 40.000 localidades vendidas para el conjunto de su póquer habían convertido el recinto construido en el siglo XIX en el epicentro taurino del verano. Y, siendo justos, el balance artístico ha estado a la altura de la apuesta y del acontecimiento. El primer paseíllo, el 2 de agosto, todavía con la mano herida tras el percance sufrido la noche anterior en Palma de Mallorca, se saldó con dos orejas como premio a un par de excelentes actuaciones; en su segunda comparecencia volvió a tocar pelo, dejando en el cuarto de la tarde una lección de temple, inteligencia y dominio de los tiempos; y en su tercera fecha sumó un nuevo trofeo ante el primer ejemplar del encierro. Tres noches que fueron una sucesión de momentos, muletazos y gestos que mantuvieron viva la llama del toreo más intenso y entregado.
Porque ahí reside precisamente buena parte del fenómeno Morante. Con casi tres décadas de alternativa y trayectoria, su presencia provoca una expectación impropia de un torero veterano. El público no acude a verlo esperando una faena correcta, sino confiando en la posibilidad de un milagro. Su ambición artística justifica el magnetismo que irradia su nombre en cada cartel que lo anuncia. Morante ha aceptado su compromiso histórico con la Fiesta porque su tauromaquia no consiste en repetir una fórmula, sino en buscar algo distinto cada tarde.
De ahí que lo sucedido en El Puerto trascienda el resultado de cada corrida. Morante ha terminado por convertirse en un fenómeno cultural capaz de atraer al aficionado veterano y, al mismo tiempo, seducir a generaciones jóvenes que encuentran en él algo difícil de hallar en una cultura dominada por la velocidad y lo inmediato: autenticidad, misterio y profundidad. Revoluciona siendo clásico, recupera suertes y estéticas antiguas y, desde ellas, empuja el toreo hacia territorios nuevos. Su atractivo nace precisamente de esa contradicción: parece un torero escapado de otro tiempo y, sin embargo, pocas figuras contemporáneas conectan como él con públicos tan diversos.
Y acaso por eso había que llegar al cuarto día sin exigirle al guion un desenlace determinado. La historia reciente de Morante enseña que su camino artístico rara vez discurre en línea recta. Su toreo se mueve permanentemente en esa frontera que separa el fracaso de la gloria y convierte la exigencia, el riesgo y hasta el sufrimiento en combustible creativo. El año pasado recorrió literalmente ese camino del calvario a la gloria: golpes, palizas y percances culminaron en la cornada de Pontevedra, pero volvió a levantarse, regresó a Madrid y terminó haciendo historia. Su arte se ha asomado al abismo para regresar de él convertido en calma, armonía y belleza. En El Puerto, después de tres tardes de entrega y destellos, quedaba todavía una última oportunidad para que la búsqueda encontrase su culminación.
La cuarta y última comparecencia llegaba con toros de Hermanos García Jiménez, hierro que pasta en el campo charro y pertenece a la familia Matilla. Detrás de la divisa aparece la figura de Antonio Matilla, todopoderoso empresario, ganadero y apoderado que en su día llevó también las riendas de la carrera del propio cigarrero, añadiendo otro vínculo biográfico a este último capítulo. Los dos ejemplares sorteados para Morante respondían a los nombres de «Espléndido» y «Volador», ambos negros y con idénticos 515 kilos de peso. En sus entrañas, las reses de Matilla guardaban dos últimas oportunidades de culminar la apuesta. El acontecimiento estaba garantizado.
Primera faena
El primero de la tarde permitió al genio volver a dejar momentos de notable torería pese a la dificultad inicial del animal. Lo recibió por verónicas ante un toro bronco, que tendía a embestir con la cara alta y que acudió en dos ocasiones al caballo. Juan José Domínguez trató de corregir ese defecto en la lidia, llevándolo por abajo para obligarle a descolgar y ayudar a que llegase en mejores condiciones al último tercio.
Ya con la tela roja, el de La Puebla comenzó la faena pegado a tablas y también por abajo, pero el toro no terminaba de quedarse en la muleta y buscaba pronto la huida. El maestro decidió entonces llevárselo hasta las rayas de picar y allí consiguió encontrarle el sitio. Surgió una primera serie estimable por el pitón derecho y, a partir de ahí, el maestro fue metiéndolo poco a poco en la faena, pasándoselo muy cerca en dos tandas de gran exposición. En una de ellas tuvo incluso que rectificar la trayectoria del animal, que salió buscando el cuerpo del torero.
Ya completamente asentado, el diestro dejó uno de esos pases de las flores de enorme sabor y, poco después, dos muletazos que hicieron crujir los cimientos de la Plaza Real ante los encendidos olés del respetable. La serie remató con un cambio de mano soberbio y un afarolado que volvieron a encender los tendidos.
Probó después al natural, pero el toro ofrecía bastante menos por ese pitón, de modo que regresó a la diestra y todavía pudo firmar un par de series de mucho empaque antes de que el animal, que ya había amagado con rajarse al principio del trasteo, terminase por buscar definitivamente la querencia. Con todo, Morante no se resignó. Lo persiguió por media plaza, decidido a apurar hasta la última embestida, y terminó enterrando la espada en todo lo alto junto a los bajos del tendido 9. La faena fue premiada con una oreja, mientras el toro escuchaba pitos en el arrastre.
Segundo toro
El cuarto salió muy suelto y sin terminar de fijarse en los engaños. Morante trató de sujetarlo con un recibo por chicuelinas, pero el toro nunca acabó de centrarse y frustró cualquier posibilidad de redondear el saludo capotero. Acto seguido se arrancó directamente hacia el caballo y propinó un tremendo topetazo que derribó al picador. Fueron momentos angustiosos: con el caballo en el suelo, el toro hizo por él y llegó a buscarlo con los pitones a la altura del cuello. Afortunadamente, el episodio pareció quedar sin consecuencias graves. Cuando se dispuso una segunda entrada al caballo, parte del público protestó el castigo, quizá con el recuerdo todavía fresco de lo sucedido la víspera, cuando otro toro terminó viniéndose abajo.
Morante comenzó la faena de muleta pegado a las tablas y fue sacando al toro de aquel terreno con muletazos muy suaves hasta llevarlo a las rayas de picar. Allí llegó lo mejor. Con la mano derecha firmó una gran serie, templada y de enorme cercanía, consiguiendo por momentos que el animal acompañase su propuesta. Casi en los medios cambió la muleta a la izquierda, pero por ese pitón el toro acortaba mucho más el viaje y comenzaba ya a acusar seriamente la falta de fuerzas.
Volvió entonces Morante a la diestra buscando recuperar el hilo de la faena, pero ya no había toro. Completamente podido, el animal se había convertido en un marmolillo sin recorrido ni respuesta, incapaz de ofrecer una sola embestida aprovechable. El maestro tuvo que desistir ante la evidencia. Pinchó en el primer encuentro, dejó después media estocada y necesitó del descabello para terminar con el toro. Ovación para Morante y pitos para el animal en el arrastre, frustrándose así la última oportunidad del cigarrero en su histórico póquer de comparecencias en El Puerto.
La cuarta tarde de Morante de la Puebla en la temporada estival de la Plaza Real de El Puerto de Santa María llegó después de tres
La cuarta tarde de Morante de la Puebla en la temporada estival de la Plaza Real de El Puerto de Santa María llegó después de tres jornadas en las que el maestro logró mantener intacta la desbordante expectación que rodeaba su presencia en el abono del coso gaditano. Más de 40.000 localidades vendidas para el conjunto de su póquer habían convertido el recinto construido en el siglo XIX en el epicentro taurino del verano. Y, siendo justos, el balance artístico ha estado a la altura de la apuesta y del acontecimiento. El primer paseíllo, el 2 de agosto, todavía con la mano herida tras el percance sufrido la noche anterior en Palma de Mallorca, se saldó con dos orejas como premio a un par de excelentes actuaciones; en su segunda comparecencia volvió a tocar pelo, dejando en el cuarto de la tarde una lección de temple, inteligencia y dominio de los tiempos; y en su tercera fecha sumó un nuevo trofeo ante el primer ejemplar del encierro. Tres noches que fueron una sucesión de momentos, muletazos y gestos que mantuvieron viva la llama del toreo más intenso y entregado.
Porque ahí reside precisamente buena parte del fenómeno Morante. Con casi tres décadas de alternativa y trayectoria, su presencia provoca una expectación impropia de un torero veterano. El público no acude a verlo esperando una faena correcta, sino confiando en la posibilidad de un milagro. Su ambición artística justifica el magnetismo que irradia su nombre en cada cartel que lo anuncia. Morante ha aceptado su compromiso histórico con la Fiesta porque su tauromaquia no consiste en repetir una fórmula, sino en buscar algo distinto cada tarde.
De ahí que lo sucedido en El Puerto trascienda el resultado de cada corrida. Morante ha terminado por convertirse en un fenómeno cultural capaz de atraer al aficionado veterano y, al mismo tiempo, seducir a generaciones jóvenes que encuentran en él algo difícil de hallar en una cultura dominada por la velocidad y lo inmediato: autenticidad, misterio y profundidad. Revoluciona siendo clásico, recupera suertes y estéticas antiguas y, desde ellas, empuja el toreo hacia territorios nuevos. Su atractivo nace precisamente de esa contradicción: parece un torero escapado de otro tiempo y, sin embargo, pocas figuras contemporáneas conectan como él con públicos tan diversos.
Y acaso por eso había que llegar al cuarto día sin exigirle al guion un desenlace determinado. La historia reciente de Morante enseña que su camino artístico rara vez discurre en línea recta. Su toreo se mueve permanentemente en esa frontera que separa el fracaso de la gloria y convierte la exigencia, el riesgo y hasta el sufrimiento en combustible creativo. El año pasado recorrió literalmente ese camino del calvario a la gloria: golpes, palizas y percances culminaron en la cornada de Pontevedra, pero volvió a levantarse, regresó a Madrid y terminó haciendo historia. Su arte se ha asomado al abismo para regresar de él convertido en calma, armonía y belleza. En El Puerto, después de tres tardes de entrega y destellos, quedaba todavía una última oportunidad para que la búsqueda encontrase su culminación.
La cuarta y última comparecencia llegaba con toros de Hermanos García Jiménez, hierro que pasta en el campo charro y pertenece a la familia Matilla. Detrás de la divisa aparece la figura de Antonio Matilla, todopoderoso empresario, ganadero y apoderado que en su día llevó también las riendas de la carrera del propio cigarrero, añadiendo otro vínculo biográfico a este último capítulo. Los dos ejemplares sorteados para Morante respondían a los nombres de «Espléndido» y «Volador», ambos negros y con idénticos 515 kilos de peso. En sus entrañas, las reses de Matilla guardaban dos últimas oportunidades de culminar la apuesta. El acontecimiento estaba garantizado.
El primero de la tarde permitió al genio volver a dejar momentos de notable torería pese a la dificultad inicial del animal. Lo recibió por verónicas ante un toro bronco, que tendía a embestir con la cara alta y que acudió en dos ocasiones al caballo. Juan José Domínguez trató de corregir ese defecto en la lidia, llevándolo por abajo para obligarle a descolgar y ayudar a que llegase en mejores condiciones al último tercio.
Ya con la tela roja, el de La Puebla comenzó la faena pegado a tablas y también por abajo, pero el toro no terminaba de quedarse en la muleta y buscaba pronto la huida. El maestro decidió entonces llevárselo hasta las rayas de picar y allí consiguió encontrarle el sitio. Surgió una primera serie estimable por el pitón derecho y, a partir de ahí, el maestro fue metiéndolo poco a poco en la faena, pasándoselo muy cerca en dos tandas de gran exposición. En una de ellas tuvo incluso que rectificar la trayectoria del animal, que salió buscando el cuerpo del torero.
Ya completamente asentado, el diestro dejó uno de esos pases de las flores de enorme sabor y, poco después, dos muletazos que hicieron crujir los cimientos de la Plaza Real ante los encendidos olés del respetable. La serie remató con un cambio de mano soberbio y un afarolado que volvieron a encender los tendidos.
Probó después al natural, pero el toro ofrecía bastante menos por ese pitón, de modo que regresó a la diestra y todavía pudo firmar un par de series de mucho empaque antes de que el animal, que ya había amagado con rajarse al principio del trasteo, terminase por buscar definitivamente la querencia. Con todo, Morante no se resignó. Lo persiguió por media plaza, decidido a apurar hasta la última embestida, y terminó enterrando la espada en todo lo alto junto a los bajos del tendido 9. La faena fue premiada con una oreja, mientras el toro escuchaba pitos en el arrastre.
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