El eufemismo como arma de guerra

El uso generalizado de eufemismos está transformando nuestro lenguaje. Cualquiera diría que tenemos miedo a llamar a las cosas por su nombre. El ejemplo más claro es la palabra cáncer, convertida en un auténtico tabú, hasta tal punto que sentencias tan bien intencionadas como «la droga es un cáncer para nuestra juventud» pueden tacharse de ofensivas.

Ocurre otro tanto con palabras de nuestro diccionario como «sordera» o «ciego», que han ido siendo sustituidas progresivamente por «discapacidad auditiva» o «invidente». Ninguno de los ciegos que he conocido se ha molestado porque le llamaran ciego; al contrario, odian los paños calientes, como si, por su problema de visión, hubiera que tratarlos con melindres.

Lo mismo ocurre con el colectivo de los sordos, del que, dicho sea de paso, formo parte. «Discapacitado auditivo» suena tan artificioso y engolado que rechina. Puedo asegurar que, entre las muchas necesidades de los sordos, no se encuentra que nos llamen de otra manera, sino que nos pongan subtítulos y cosas así. Con tal de que nos hablen más despacio y un poquito más alto, nos conformamos; por cierto, no hace falta que nos griten como si nos estuvieran riñendo.

Tampoco voy a defender aquí expresiones viejunas y castrenses como «inútil total». Así fue como me calificó hace décadas el Ejército cuando me disponía a cumplir con el servicio militar. Que nadie se alarme, la inutilidad total consistía en un brazo un poco encogido, que lo único que me impedía era mantener una buena coordinación estética con mis compañeros de desfile.

Esta larga introducción viene a cuento de las expresiones «guerra híbrida» y «ataque híbrido», que se han impuesto como una lapa en nuestra conversación. Las encontramos hasta en la sopa. Todo lo que es diferente a lo que conocemos como guerra convencional es guerra híbrida. Cuando una denominación se pone de moda, no hay quien pueda con ella. La más significativa y la más sangrante es el eufemismo de los eufemismos, hoy de nuevo en todas las conversaciones; MENA. Son expresiones que, como dice el último tópico invasor, «han venido para quedarse». Cuando ya se sabe que nadie viene para marcharse. 

De «ataque híbrido» se ha calificado la reciente invasión de Ceuta a base de oleadas humanas de decenas de miles de personas obligadas, incluso empujadas, a cruzar la frontera con la intención de perjudicar gravemente a España. El problema de este tipo de guerras es que el autor no reivindica la acción y el atacado prefiere no señalar a nadie para no cabrear más al enemigo. En nuestro caso, antes de señalar al atacante, preferimos echarnos la culpa a nosotros mismos -mala comunicación del CNI con la policía-  o a una conspiración de países enemigos -EEUU Israel, Italia…- e incluso a un complot de lo que se ha bautizado como «la internacional ultra».

La abrumadora realidad de Ceuta ha hecho que pasase más desapercibido un acto prototípico de la llamada «guerra híbrida». La semana pasada, la policía alemana calificó así la acción de dos drones rusos en el aeropuerto de Leipzig, con los que se pretendía destruir dos aeronaves ucranianas. Es decir, que Moscú, sin reconocerlo, no se limita al campo de batalla para enfrentarse a Kiev, sino que cualquier escenario resulta válido para hacer frente al enemigo.

De hecho, la expresión «guerra híbrida» ha alcanzado su momento de especial relevancia con la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Viene a contraponerse a la guerra asimétrica (ejército regular contra guerrilla insurgente) y a la guerra convencional (dos ejércitos frente a frente).

Según la Wikipedia, el primero en utilizar el sintagma fue el teniente coronel estadounidense Frank Hoffman, en 2007, en referencia al «uso simultáneo emergente de múltiples tipos de guerra por adversarios flexibles y sofisticados, que entienden que un conflicto exitoso requiere una variedad de formas diseñadas para ajustarse a los objetivos del momento». 

La clave del asunto es que la «guerra híbrida» incluye todo tipo de ataques, convencionales e irregulares. La lista es interminable: ataque cibernético (con Estados Unidos a la cabeza), jurídico (el recurrente lawfare), de desinformación (el brexit), migratorio (Ceuta), insurgente (Pakistán), terrorista (Hezbolá), por recursos naturales (Congo), comercial (los aranceles de Trump)…

Los ataques híbridos dan nombre a todo tipo de maneras de hacer daño al enemigo. El último caso (nada nuevo, por otra parte) es el de la inteligencia rusa que utiliza las apps de citas para atentar contra soldados ucranianos, según publicaba el sábado este periódico. Kiev lleva contabilizados más de cincuenta asesinatos en los que se ha utilizado este método. Algo nada novedoso, por otra parte. Sólo hay que recordar a Mata-Hari.

Existe una expresión, a mi juicio más precisa, para denominar este tipo de acciones: «guerra sin cuartel», también conocida como lucha «sin prisioneros». En origen, a los ejércitos que, una vez vencidos, se rendían incondicionalmente, se les daba «cuartel». Es decir, se les dejaba mantener las armas y se detenía el ataque. En caso contrario, si mantenían la lucha, se declaraba la lucha «sin cuartel» y a los vencedores se les daba permiso para saquear la ciudad atacada y, con frecuencia, para no dejar supervivientes. Este tipo de guerra se prohibió en la Convención de La Haya en 1907, prohibición ratificada en la sentencia de los juicios de Nuremberg en 1946.

Vivimos un tiempo en que las guerras ya no son solo los tiros, en que la humanidad, en vez de avanzar, parece retroceder y volverse más cruel. Lo que debiera ser un mundo más civilizado -hubo en tiempo en el que hasta en las guerras se respetaban unas normas- se ha convertido en el mundo del todo vale y cuanto más daño mejor –eso refleja el eufemismo «guerra híbrida»-, y el gran avance de las tecnologías permite hacer un daño quizá no tan sangriento, pero sí más letal.  

Podríamos hacer nuestras las palabras escritas en 1860 por Baudelaire en su diario. «Es imposible echar una ojeada a cualquier periódico, no importa de qué día, mes o año, y no encontrar en cada línea las huellas más terribles de la perversidad humana. Todos los periódicos, de la primera a la última línea, no son más que una sarta de horrores. Guerras, crímenes, hurtos, torturas: una orgía de la atrocidad universal».

 El uso generalizado de eufemismos está transformando nuestro lenguaje. Cualquiera diría que tenemos miedo a llamar a las cosas por su nombre. El ejemplo más claro  

El uso generalizado de eufemismos está transformando nuestro lenguaje. Cualquiera diría que tenemos miedo a llamar a las cosas por su nombre. El ejemplo más claro es la palabra cáncer, convertida en un auténtico tabú, hasta tal punto que sentencias tan bien intencionadas como «la droga es un cáncer para nuestra juventud» pueden tacharse de ofensivas.

Ocurre otro tanto con palabras de nuestro diccionario como «sordera» o «ciego», que han ido siendo sustituidas progresivamente por «discapacidad auditiva» o «invidente». Ninguno de los ciegos que he conocido se ha molestado porque le llamaran ciego; al contrario, odian los paños calientes, como si, por su problema de visión, hubiera que tratarlos con melindres.

Lo mismo ocurre con el colectivo de los sordos, del que, dicho sea de paso, formo parte. «Discapacitado auditivo» suena tan artificioso y engolado que rechina. Puedo asegurar que, entre las muchas necesidades de los sordos, no se encuentra que nos llamen de otra manera, sino que nos pongan subtítulos y cosas así. Con tal de que nos hablen más despacio y un poquito más alto, nos conformamos; por cierto, no hace falta que nos griten como si nos estuvieran riñendo.

Tampoco voy a defender aquí expresiones viejunas y castrenses como «inútil total». Así fue como me calificó hace décadas el Ejército cuando me disponía a cumplir con el servicio militar. Que nadie se alarme, la inutilidad total consistía en un brazo un poco encogido, que lo único que me impedía era mantener una buena coordinación estética con mis compañeros de desfile.

Esta larga introducción viene a cuento de las expresiones «guerra híbrida» y «ataque híbrido», que se han impuesto como una lapa en nuestra conversación. Las encontramos hasta en la sopa. Todo lo que es diferente a lo que conocemos como guerra convencional es guerra híbrida. Cuando una denominación se pone de moda, no hay quien pueda con ella. La más significativa y la más sangrante es el eufemismo de los eufemismos, hoy de nuevo en todas las conversaciones; MENA. Son expresiones que, como dice el último tópico invasor, «han venido para quedarse». Cuando ya se sabe que nadie viene para marcharse. 

De «ataque híbrido» se ha calificado la reciente invasión de Ceuta a base de oleadas humanas de decenas de miles de personas obligadas, incluso empujadas, a cruzar la frontera con la intención de perjudicar gravemente a España. El problema de este tipo de guerras es que el autor no reivindica la acción y el atacado prefiere no señalar a nadie para no cabrear más al enemigo. En nuestro caso, antes de señalar al atacante, preferimos echarnos la culpa a nosotros mismos -mala comunicación del CNI con la policía-  o a una conspiración de países enemigos -EEUU Israel, Italia…- e incluso a un complot de lo que se ha bautizado como «la internacional ultra».

La abrumadora realidad de Ceuta ha hecho que pasase más desapercibido un acto prototípico de la llamada «guerra híbrida». La semana pasada, la policía alemana calificó así la acción de dos drones rusos en el aeropuerto de Leipzig, con los que se pretendía destruir dos aeronaves ucranianas. Es decir, que Moscú, sin reconocerlo, no se limita al campo de batalla para enfrentarse a Kiev, sino que cualquier escenario resulta válido para hacer frente al enemigo.

De hecho, la expresión «guerra híbrida» ha alcanzado su momento de especial relevancia con la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Viene a contraponerse a la guerra asimétrica (ejército regular contra guerrilla insurgente) y a la guerra convencional (dos ejércitos frente a frente).

Según la Wikipedia, el primero en utilizar el sintagma fue el teniente coronel estadounidense Frank Hoffman, en 2007, en referencia al «uso simultáneo emergente de múltiples tipos de guerra por adversarios flexibles y sofisticados, que entienden que un conflicto exitoso requiere una variedad de formas diseñadas para ajustarse a los objetivos del momento». 

La clave del asunto es que la «guerra híbrida» incluye todo tipo de ataques, convencionales e irregulares. La lista es interminable: ataque cibernético (con Estados Unidos a la cabeza), jurídico (el recurrente lawfare), de desinformación (el brexit), migratorio (Ceuta), insurgente (Pakistán), terrorista (Hezbolá), por recursos naturales (Congo), comercial (los aranceles de Trump)…

Los ataques híbridos dan nombre a todo tipo de maneras de hacer daño al enemigo. El último caso (nada nuevo, por otra parte) es el de la inteligencia rusa que utiliza las apps de citas para atentar contra soldados ucranianos, según publicaba el sábado este periódico. Kiev lleva contabilizados más de cincuenta asesinatos en los que se ha utilizado este método. Algo nada novedoso, por otra parte. Sólo hay que recordar a Mata-Hari.

Existe una expresión, a mi juicio más precisa, para denominar este tipo de acciones: «guerra sin cuartel», también conocida como lucha «sin prisioneros». En origen, a los ejércitos que, una vez vencidos, se rendían incondicionalmente, se les daba «cuartel». Es decir, se les dejaba mantener las armas y se detenía el ataque. En caso contrario, si mantenían la lucha, se declaraba la lucha «sin cuartel» y a los vencedores se les daba permiso para saquear la ciudad atacada y, con frecuencia, para no dejar supervivientes. Este tipo de guerra se prohibió en la Convención de La Haya en 1907, prohibición ratificada en la sentencia de los juicios de Nuremberg en 1946.

Vivimos un tiempo en que las guerras ya no son solo los tiros, en que la humanidad, en vez de avanzar, parece retroceder y volverse más cruel. Lo que debiera ser un mundo más civilizado -hubo en tiempo en el que hasta en las guerras se respetaban unas normas- se ha convertido en el mundo del todo vale y cuanto más daño mejor –eso refleja el eufemismo «guerra híbrida»-, y el gran avance de las tecnologías permite hacer un daño quizá no tan sangriento, pero sí más letal.  

Podríamos hacer nuestras las palabras escritas en 1860 por Baudelaire en su diario. «Es imposible echar una ojeada a cualquier periódico, no importa de qué día, mes o año, y no encontrar en cada línea las huellas más terribles de la perversidad humana. Todos los periódicos, de la primera a la última línea, no son más que una sarta de horrores. Guerras, crímenes, hurtos, torturas: una orgía de la atrocidad universal».

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