José Nelo (Venezuela, 1955), Morenito de Maracay en los carteles, adquirió fama en los ruedos de España de los años 80 con su espectacularidad en banderillas. Hasta tal punto, que lo apodaron El Rey del quiebro. Formó parte del cartel de banderilleros junto a Luis Francisco Esplá y el francés Nimeño II, una terna internacional que conquistó todas las ferias.
Aterrizó desde Venezuela para entrar en todas las ferias de los 80 con el cartel de banderilleros. El Rey del quiebro, le apodaron. El 2 de agosto de 1987 abrió la Puerta Grande de Las Ventas
José Nelo (Venezuela, 1955), Morenito de Maracay en los carteles, adquirió fama en los ruedos de España de los años 80 con su espectacularidad en banderillas. Hasta tal punto, que lo apodaron El Rey del quiebro. Formó parte del cartel de banderilleros junto a Luis Francisco Esplá y el francés Nimeño II, una terna internacional que conquistó todas las ferias.
Morenito toreó mucho en Madrid y rindió su Puerta Grande el 2 de agosto de 1987. Un día le hizo un corte de mangas al sector más duro de la plaza venteña, por entonces la Andanada del «8», precursora del Tendido del «7», y se armó la tremolina. «Aló», dice al otro lado del teléfono desde su Venezuela devastada por los terremotos y el chavismo.
PREGUNTA. ¿Cómo está Venezuela después de los terremotos?
RESPUESTA. Venezuela se encuentra mucho más apagada de lo habitual debido al inmenso dolor y al susto que dejó la tragedia. A todos los venezolanos les ha quedado una sensación constante en la cabeza de que la tierra vuelve a temblar ante cualquier leve movimiento.
P. ¿A usted dónde le cogió?
R. Me cogió en mi apartamento en Maracay. Fue algo realmente horrible; en ese momento no sabía ni qué pensar y creí que el edificio se vendría abajo.
P. ¿A qué se dedica Morenito de Maracay ahora en esta etapa de su vida?
R. Estoy tranquilo, organizando cosas y esperando que haya movimiento en la plaza de toros local, que la están terminando de arreglar y está quedando muy bonita. Me mantengo a la expectativa, «detrás de la mata», esperando ver qué planes surgen con la plaza y resolviendo mis asuntos pendientes con calma.
P. ¿Cómo es la situación de la tauromaquia y del toreo en Venezuela ahora mismo?
R. Está muy parada y abandonada, con la única excepción de ferias como las de Mérida, San Cristóbal y Tovar, que hacen un gran esfuerzo organizativo. La fiesta está muy apagada debido a la compleja situación política, la crisis económica y las constantes revueltas del país. Sin embargo, la afición sigue existiendo y está a la espera de que la situación general del país mejore.
P. Llegó a España en 1977. ¿Qué recuerdos tiene de entonces?
R. En realidad llegué en 1976. Esos momentos los recuerdo como lo más bonito de mi vida por la enorme ilusión y el sueño que llevaba de ser torero. Conocí a Suárez Merino gracias al actor Rafael Ponce, con quien viajé. Pasé mucha fatiga durante los primeros meses en España hasta que los conocí a ellos y, posteriormente, a mi apoderado Luis Álvarez.
P. Luis Álvarez fue el hombre clave de su carrera.
R. Fue absolutamente clave en mi carrera y en mi vida en general. Tenía una afición inmensa y una mente privilegiada; siempre estaba entrenando, revolucionando el ambiente, hablando con empresarios por las mañanas y consiguiendo toros de los ganaderos. Gracias a su incansable esfuerzo, logramos meternos de lleno en las temporadas taurinas españolas.
P. Y consiguió que usted tomara la alternativa en Barcelona en 1978 con un cartel de figuras como Dámaso González y José Mari Manzanares.
R. Así es, fue una gran oportunidad y desde ahí fuimos tirando hacia adelante en la profesión.
P. Siempre se reivindicó como mucho más que un torero banderillero. El Rey del quiebro le llamaban. ¿Quiso llevar su toreo más allá de esa etiqueta?
R. Mi ilusión de mayor era torear con sentimiento y expresar lo que de verdad llevaba dentro. Sin embargo, el toreo de arte puro y bonito es algo con lo que se nace, como en el caso de Morante. En mi situación, las circunstancias nos obligaban a arrear para no perder el tiempo, ya que no estábamos en posición de exigir las ganaderías que mejor embestían. Solíamos lidiar ganaderías difíciles y duras, como las de Pablo Romero o Cuadri, que se paraban mucho o apretaban demasiado. Terminaban desbaratando nuestra ilusión de realizar un toreo más pausado en Madrid.
«No soporté la presión de las provocaciones del sector más duro de Las Ventas y les hice un corte de mangas disimulado».
P. Pero lo que le dio contratos fue el cartel de los banderilleros, confirmando su alternativa en Madrid con Esplá y Nimeño (feria de San Isidro, 1981).
R. Correcto, fue una genialidad de Luis Álvarez. Coincidimos en Salamanca con Nimeño y empezamos a banderillar y hacer recortes a las vacas. Lo que llamó mucho la atención. De ahí nació nuestra confirmación en Madrid, en la feria de San Isidro, de 1981 con toros de Félix Íñiguez. El cartel tuvo un éxito rotundo por las banderillas y esa tarde le di a un toro uno de los mejores quiebros de mi vida, ganando el célebre Premio Mayte Commodore al mejor par. Ese cartel nos abrió muchísimas puertas y nos permitió torear una gran cantidad de corridas por toda España.
P. ¿Y lo de El Rey del quiebro de dónde vino?
R. Fue un invento publicitario de Luis Álvarez al ver la tremenda aceptación que tenía en el público. Yo perfeccioné la suerte del quiebro tras sufrir una grave cornada que me partió el aductor derecho. Al día siguiente debía torear en Bilbao con un toro enorme y potente de Saltillo. Como apenas podía moverme debido a la lesión, intenté poner las banderillas normales, pero al fallar escuché a un espectador recriminarme airadamente. Eso se me grabó en la mente, así que decidí quebrarle al toro tres veces seguidas para poder cumplir. A partir de ese día empecé a entrenar el quiebro a diario y me consagré con esa especialidad.
P. Tuvo mucho cartel en Madrid, hasta el punto que el 2 de agosto de 1987 abrió la Puerta Grande.
R. Venía de torear de forma muy continuada por el Norte y en Madrid saltó un toro de Cobaleda que transmitió muchísimo. Fue un momento clave donde pude torear con todo el sentimiento que llevaba dentro, logrando un triunfo muy bonito que caló hondo en la afición.
P. ¿Cómo era el público de Madrid en ese entonces?
R. Siempre ha sido un público sumamente duro, exigente y de una enorme categoría y respeto. Ganarse a sectores como la Andanada del «8» (que antes era el más duro, germen del Tendido del «7») era una tarea sumamente complicada.
P. Sé que tuvo un percance y un enfrentamiento muy fuerte con ese tendido en una corrida.
R. Así es, fue una de las situaciones más angustiosas de mi vida. Venía de sufrir una cornada con dos trayectorias en la pierna en Sanlúcar de Barrameda que fue televisada un domingo. El médico de allí me curó muy mal y para el miércoles ya me encontraba con fiebres altísimas en Madrid. Terminé llamando de urgencia al prestigioso doctor Máximo García de la Torre, quien al operarme de nuevo descubrió que todavía tenía tierra dentro de la pierna. A pesar de haber sido operado de urgencia el miércoles, me presenté a torear la corrida de la Prensa esa misma semana.
P. ¡Qué barbaridad! ¿Y cómo reaccionó la plaza?
R. El público estaba muy a la defensiva y molesto conmigo en mi primer toro, pero en el segundo me entregué por completo y logré una gran faena. Aunque pinché al toro y perdí las orejas, la plaza entera, a excepción de ese tendido duro, se volvió loca de entusiasmo. Me obligaron a dar la vuelta al ruedo con el traje de luces blanco completamente empapado en sangre de mi pierna abierta. Al pasar por el «8», que me estaba insultando muy feo, me piqué tanto que les di la espalda para no saludarlos. Finalmente, ya en el callejón, no aguanté la presión de sus provocaciones y les hice un corte de mangas disimulado, lo que desató un alboroto tremendo con el resto del público defendiéndome.
«La gente me reconocía y me saludaba efusivamente por la calle a mí antes que a mi gran amigo César Rincón, a pesar de sus inmensos triunfos en Madrid».
P. ¿Alguna vez se metieron con el color de su piel en alguna plaza con insultos racistas?
R. Curiosamente, en mis más de 20 años toreando en España, sólo escuché un comentario despectivo en un pueblo. Eso generó un altercado rápido de mi cuadrilla y de Luis Álvarez, pero fuera de eso, jamás sufrí racismo. Al contrario, siempre he sentido un cariño y respeto inmenso y muy especial por parte de la afición española, algo que todavía hoy me impresiona cuando visito los pueblos de España.
P. ¿Cree que el toreo y la vida le han sido nobles?
R. Sí, sumamente nobles e importantes. Disfruto mucho de este legado ahora que ya tengo más de 70 años. Me queda la satisfacción de haber recibido tanto cariño; a veces incluso me daba vergüenza porque la gente me reconocía y me saludaba efusivamente por la calle a mí antes que a mi gran amigo César Rincón, a pesar de sus inmensos triunfos en Madrid.
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