La foto ‘fake’ de Robert Capa: ‘Muerte de un miliciano’

Pocas imágenes en la historia de la humanidad poseen la fuerza y el magnetismo trágico de Muerte de un miliciano. Capturada en los inicios de la Guerra Civil española, esta fotografía no solo definió la carrera de su autor, Robert Capa, sino que fue una alegoría universal del horror bélico supuestamente provocado solo por el fascismo y una muestra de que había que sacrificarse por la libertad. Durante décadas, la imagen del miliciano desplomándose en una ladera cordobesa fue aceptada como la verdad absoluta: el instante preciso en que la vida se escapa ante el impacto de una bala fascista.

Sin embargo, la historia de esta fotografía es también la historia de una duda más que razonable, un rompecabezas de negativos perdidos, identidades dudosas y localizaciones geográficas que, décadas después, nos permiten afirmar que la foto del gran Robert Capa fue un montaje. Todos los indicios apuntan a que el miliciano posó para el fotógrafo simulando caer abatido por un disparo.

Para entender la fotografía del miliciano, primero debemos entender al hombre tras la cámara. El joven húngaro Endre Ernő Friedmann y su compañera, la alemana Gerda Taro, crearon el pseudónimo de Robert Capa durante su estancia en París. El objetivo era evitar el prejuicio que existía contra los judíos y exiliados y crear una marca en apariencia anglosajona para vender sus trabajos a un precio tres veces superior. De hecho, las fotos firmadas por Robert Capa las hacía cualquiera de los dos. Juntos llegaron a España en agosto de 1936 como reporteros de la revista francesa Vu, imbuidos de un profundo idealismo antifascista que, en ocasiones, pesaba más que la objetividad periodística.

La versión oficial, defendida durante décadas por instituciones como la Agencia Magnum y el International Center of Photography, sostenía que la toma se realizó el 5 de septiembre de 1936 en Cerro Muriano, durante un combate real ante el avance de los sublevados sobre Córdoba. La narrativa era perfecta: Capa, protegiéndose en una trinchera, levantó su cámara por encima de la cabeza y disparó a ciegas, captando por azar el momento en que un miliciano era abatido por una ráfaga de ametralladora.

El primer gran pilar del mito comenzó a tambalearse gracias a la investigación del profesor José Manuel Susperregui y del arqueólogo Fernando Penco. A través de un análisis minucioso del paisaje de fondo —las lomas, los olivares y las edificaciones—, lograron demostrar que la foto no fue tomada en Cerro Muriano, sino a unos 50 kilómetros de distancia, en la localidad de Espejo.

Este cambio de ubicación no es un detalle menor. Las investigaciones históricas confirman que, en las fechas en que Robert Capa y Gerda Taro visitaron Espejo, a principios de septiembre de 1936, no se registraron combates ni bajas en ese sector. De hecho, la guerra no llegó a Espejo hasta finales de mes. Por tanto, la conclusión científica resulta demoledora: si no había combate, la caída del miliciano no pudo ser provocada por fuego enemigo en ese instante.

Lo que pensaron los investigadores fue lo siguiente: los milicianos cordobeses, ansiosos y excitados por entrar en acción, habrían interpretado una «escena bélica» para los jóvenes fotógrafos. Estas escenificaciones eran una práctica que el propio Capa admitió en conversaciones privadas al decir que estaban «haciendo el tonto» y «corriendo por la ladera» antes de que, supuestamente, la situación se volviera real. En resumen: un miliciano quiso hacer una gracia fingiendo ser alcanzado por el disparo de un fascista y los dos fotógrafos extranjeros tomaron una instantánea. La pareja, ávida por hacer negocio, vendió la foto como real y coló.

Durante años, se puso nombre y apellidos al miliciano protagonista: Federico Borrell García, apodado «Taino», un joven anarquista de Alcoy. Esta identificación fue clave para que el biógrafo Richard Whelan defendiera la veracidad de la foto, argumentando que Borrell murió efectivamente el 5 de septiembre de 1936 en combate.

No obstante, las piezas no encajan. Si bien es cierto que Federico Borrell murió aquel día, testimonios documentales de sus propios compañeros de armas sitúan su muerte detrás de un árbol en Cerro Muriano, tratando de protegerse del fuego enemigo, una descripción que no guarda relación alguna con el espacio abierto y despejado de la fotografía de Robert Capa. Además, el análisis forense ha cuestionado la postura del miliciano. Algunos expertos señalan que el cuerpo no muestra señales de impacto de bala, como sangre o rotura de tejidos, y que la posición de la mano y de los pies parece más la de un hombre que resbala o escenifica una caída que la de alguien que recibe un disparo mortal en la cabeza.

El misterio se profundiza con la existencia de una segunda fotografía, publicada en la revista Vu junto a la famosa foto, que muestra a otro miliciano cayendo exactamente en el mismo lugar y con el mismo encuadre. Dos fotos iguales con muertos distintos son mucha casualidad. Resulta estadísticamente inverosímil que dos soldados fueran abatidos de forma idéntica en el mismo metro cuadrado de terreno frente a una cámara que no se movió ni un milímetro, lo que refuerza la tesis del montaje con trípode.

Otro punto de fricción historiográfica ha sido el equipo utilizado. Durante mucho tiempo se debatió si la foto fue tomada con la Leica de 35 mm habitual de Robert Capa o con la Rolleiflex de formato 6 × 6 que solía usar Gerda Taro. Aunque el negativo original permanece perdido, lo cual alimenta todo tipo de especulaciones, análisis recientes de las copias de época sugieren que el viñeteado y el grano corresponden a un negativo de 35 mm, probablemente de una Leica.

Sin embargo, el hecho de que Capa y Taro compartieran cámaras y pseudónimo ha llevado a algunos investigadores a plantear una posibilidad aún más provocadora: que la autora real de la imagen fuera Gerda Taro. Si Robert Capa era una marca compartida, el icono más famoso de la historia del fotoperiodismo podría haber sido capturado por ella, que moriría trágicamente meses después en la batalla de Brunete.

Desde una perspectiva moral, el debate se divide entre quienes consideran la foto una «estafa informativa» y quienes defienden su «verdad simbólica». Susan Sontag fue tajante: si una pintura falsa falsifica la historia del arte, una fotografía falsa falsifica la realidad. De esta manera, podríamos pensar que una foto falsa es una traición al lector, un montaje que rompe el pacto de veracidad del periodismo.

Por el contrario, otros, con tono épico, argumentan que, aunque el miliciano fingiera el disparo, la fotografía logró sintetizar el espíritu de una lucha y se convirtió en un símbolo de la resistencia contra el fascismo, que era el verdadero objetivo. Robert Capa, que años después capturaría las borrosas y auténticas imágenes del desembarco de Normandía —donde sí estuvo en primera línea de fuego, aunque luego «engordara» su relato personal—, fue un hombre que entendió que la guerra necesitaba iconos y él necesitaba dinero. La conjunción de ambas necesidades fue la falsificación de la famosa foto titulada Muerte de un miliciano.

Robert Capa murió en 1954 al pisar una mina en Indochina, con la cámara en la mano, fiel a su propio lema: «Si tus fotos no son suficientemente buenas, es porque no estás lo bastante cerca». Su legado es inabarcable, pero la sombra de aquel fake del miliciano sigue proyectándose sobre su tumba.

Hoy, en el lugar exacto de la toma, en Córdoba, se erige un monumento al miliciano. El paraje ha sido propuesto como Bien de Interés Cultural, reconociendo que, más allá de si el miliciano murió en ese instante o si fue un actor en una representación para la prensa, el lugar es ya un sitio de memoria histórica.

Muerte de un miliciano es, con casi total seguridad, un montaje fotográfico que se convirtió en una de las imágenes propagandísticas más potentes del siglo XX. La paradoja de Robert Capa reside en que fue capaz de firmar una de las fake news más groseras de la historia y, al mismo tiempo, ser el fotógrafo que mejor entendió que, en la guerra, la imagen es el arma más duradera.

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 Pocas imágenes en la historia de la humanidad poseen la fuerza y el magnetismo trágico de Muerte de un miliciano. Capturada en los inicios de la  

Pocas imágenes en la historia de la humanidad poseen la fuerza y el magnetismo trágico de Muerte de un miliciano. Capturada en los inicios de la Guerra Civil española, esta fotografía no solo definió la carrera de su autor, Robert Capa, sino que fue una alegoría universal del horror bélico supuestamente provocado solo por el fascismo y una muestra de que había que sacrificarse por la libertad. Durante décadas, la imagen del miliciano desplomándose en una ladera cordobesa fue aceptada como la verdad absoluta: el instante preciso en que la vida se escapa ante el impacto de una bala fascista.

Sin embargo, la historia de esta fotografía es también la historia de una duda más que razonable, un rompecabezas de negativos perdidos, identidades dudosas y localizaciones geográficas que, décadas después, nos permiten afirmar que la foto del gran Robert Capa fue un montaje. Todos los indicios apuntan a que el miliciano posó para el fotógrafo simulando caer abatido por un disparo.

Para entender la fotografía del miliciano, primero debemos entender al hombre tras la cámara. El joven húngaro Endre Ernő Friedmann y su compañera, la alemana Gerda Taro, crearon el pseudónimo de Robert Capa durante su estancia en París. El objetivo era evitar el prejuicio que existía contra los judíos y exiliados y crear una marca en apariencia anglosajona para vender sus trabajos a un precio tres veces superior. De hecho, las fotos firmadas por Robert Capa las hacía cualquiera de los dos. Juntos llegaron a España en agosto de 1936 como reporteros de la revista francesa Vu, imbuidos de un profundo idealismo antifascista que, en ocasiones, pesaba más que la objetividad periodística.

La versión oficial, defendida durante décadas por instituciones como la Agencia Magnum y el International Center of Photography, sostenía que la toma se realizó el 5 de septiembre de 1936 en Cerro Muriano, durante un combate real ante el avance de los sublevados sobre Córdoba. La narrativa era perfecta: Capa, protegiéndose en una trinchera, levantó su cámara por encima de la cabeza y disparó a ciegas, captando por azar el momento en que un miliciano era abatido por una ráfaga de ametralladora.

El primer gran pilar del mito comenzó a tambalearse gracias a la investigación del profesor José Manuel Susperregui y del arqueólogo Fernando Penco. A través de un análisis minucioso del paisaje de fondo —las lomas, los olivares y las edificaciones—, lograron demostrar que la foto no fue tomada en Cerro Muriano, sino a unos 50 kilómetros de distancia, en la localidad de Espejo.

Este cambio de ubicación no es un detalle menor. Las investigaciones históricas confirman que, en las fechas en que Robert Capa y Gerda Taro visitaron Espejo, a principios de septiembre de 1936, no se registraron combates ni bajas en ese sector. De hecho, la guerra no llegó a Espejo hasta finales de mes. Por tanto, la conclusión científica resulta demoledora: si no había combate, la caída del miliciano no pudo ser provocada por fuego enemigo en ese instante.

Lo que pensaron los investigadores fue lo siguiente: los milicianos cordobeses, ansiosos y excitados por entrar en acción, habrían interpretado una «escena bélica» para los jóvenes fotógrafos. Estas escenificaciones eran una práctica que el propio Capa admitió en conversaciones privadas al decir que estaban «haciendo el tonto» y «corriendo por la ladera» antes de que, supuestamente, la situación se volviera real. En resumen: un miliciano quiso hacer una gracia fingiendo ser alcanzado por el disparo de un fascista y los dos fotógrafos extranjeros tomaron una instantánea. La pareja, ávida por hacer negocio, vendió la foto como real y coló.

Durante años, se puso nombre y apellidos al miliciano protagonista: Federico Borrell García, apodado «Taino», un joven anarquista de Alcoy. Esta identificación fue clave para que el biógrafo Richard Whelan defendiera la veracidad de la foto, argumentando que Borrell murió efectivamente el 5 de septiembre de 1936 en combate.

No obstante, las piezas no encajan. Si bien es cierto que Federico Borrell murió aquel día, testimonios documentales de sus propios compañeros de armas sitúan su muerte detrás de un árbol en Cerro Muriano, tratando de protegerse del fuego enemigo, una descripción que no guarda relación alguna con el espacio abierto y despejado de la fotografía de Robert Capa. Además, el análisis forense ha cuestionado la postura del miliciano. Algunos expertos señalan que el cuerpo no muestra señales de impacto de bala, como sangre o rotura de tejidos, y que la posición de la mano y de los pies parece más la de un hombre que resbala o escenifica una caída que la de alguien que recibe un disparo mortal en la cabeza.

El misterio se profundiza con la existencia de una segunda fotografía, publicada en la revista Vu junto a la famosa foto, que muestra a otro miliciano cayendo exactamente en el mismo lugar y con el mismo encuadre. Dos fotos iguales con muertos distintos son mucha casualidad. Resulta estadísticamente inverosímil que dos soldados fueran abatidos de forma idéntica en el mismo metro cuadrado de terreno frente a una cámara que no se movió ni un milímetro, lo que refuerza la tesis del montaje con trípode.

Otro punto de fricción historiográfica ha sido el equipo utilizado. Durante mucho tiempo se debatió si la foto fue tomada con la Leica de 35 mm habitual de Robert Capa o con la Rolleiflex de formato 6 × 6 que solía usar Gerda Taro. Aunque el negativo original permanece perdido, lo cual alimenta todo tipo de especulaciones, análisis recientes de las copias de época sugieren que el viñeteado y el grano corresponden a un negativo de 35 mm, probablemente de una Leica.

Sin embargo, el hecho de que Capa y Taro compartieran cámaras y pseudónimo ha llevado a algunos investigadores a plantear una posibilidad aún más provocadora: que la autora real de la imagen fuera Gerda Taro. Si Robert Capa era una marca compartida, el icono más famoso de la historia del fotoperiodismo podría haber sido capturado por ella, que moriría trágicamente meses después en la batalla de Brunete.

Desde una perspectiva moral, el debate se divide entre quienes consideran la foto una «estafa informativa» y quienes defienden su «verdad simbólica». Susan Sontag fue tajante: si una pintura falsa falsifica la historia del arte, una fotografía falsa falsifica la realidad. De esta manera, podríamos pensar que una foto falsa es una traición al lector, un montaje que rompe el pacto de veracidad del periodismo.

Por el contrario, otros, con tono épico, argumentan que, aunque el miliciano fingiera el disparo, la fotografía logró sintetizar el espíritu de una lucha y se convirtió en un símbolo de la resistencia contra el fascismo, que era el verdadero objetivo. Robert Capa, que años después capturaría las borrosas y auténticas imágenes del desembarco de Normandía —donde sí estuvo en primera línea de fuego, aunque luego «engordara» su relato personal—, fue un hombre que entendió que la guerra necesitaba iconos y él necesitaba dinero. La conjunción de ambas necesidades fue la falsificación de la famosa foto titulada Muerte de un miliciano.

Robert Capa murió en 1954 al pisar una mina en Indochina, con la cámara en la mano, fiel a su propio lema: «Si tus fotos no son suficientemente buenas, es porque no estás lo bastante cerca». Su legado es inabarcable, pero la sombra de aquel fake del miliciano sigue proyectándose sobre su tumba.

Hoy, en el lugar exacto de la toma, en Córdoba, se erige un monumento al miliciano. El paraje ha sido propuesto como Bien de Interés Cultural, reconociendo que, más allá de si el miliciano murió en ese instante o si fue un actor en una representación para la prensa, el lugar es ya un sitio de memoria histórica.

Muerte de un miliciano es, con casi total seguridad, un montaje fotográfico que se convirtió en una de las imágenes propagandísticas más potentes del siglo XX. La paradoja de Robert Capa reside en que fue capaz de firmar una de las fake news más groseras de la historia y, al mismo tiempo, ser el fotógrafo que mejor entendió que, en la guerra, la imagen es el arma más duradera.

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