La Plaza Real volvió a vestirse de gala para la tercera entrega del póquer morantista. Nuevamente llena hasta la bandera y luciendo con esa belleza singular que adquiere el coso portuense en las grandes ocasiones, la afición aguardaba el tercer paseíllo consecutivo de Morante de la Puebla, el número 49 de su carrera en El Puerto de Santa María. Después de las emociones acumuladas en las dos primeras corridas, el cigarrero comparecía de nuevo ante un público que ha convertido cada una de sus apariciones en el gran acontecimiento taurino del verano.
Esta vez, Morante compartía cartel con José María Manzanares y Daniel Crespo. El alicantino aportaba a la terna la categoría de una figura consolidada, mientras que el torero local afrontaba una cita especialmente importante ante su público. Crespo ha respondido con triunfos cada vez que ha recibido una oportunidad en la Plaza Real, pero continúa aguardando ese espaldarazo definitivo que le permita abrir con mayor frecuencia las puertas de las grandes ferias. Pocas ocasiones mejores para seguir reivindicando su sitio en el escalafón que esta: plaza llena, máxima expectación y Morante como eje de una tarde seguida por toda la afición.
Para la ocasión se había reseñado un encierro de El Freixo, hierro de Julián López El Juli, lo que añadía otro ingrediente sentimental al festejo. Morante y El Juli mantuvieron durante décadas una relación construida sobre la amistad y el respeto, pero también sobre una intensa competencia en los ruedos. Representantes de conceptos muy diferentes del toreo, compartieron innumerables tardes y protagonizaron una rivalidad que ayudó a marcar una época, sin impedir que entre ambos se consolidase una profunda consideración profesional y personal. Retirado ya Julián de los ruedos, sus toros son ahora los encargados de medir la inspiración de quien tantas veces fue su compañero y rival.
Dos ejemplares de El Freixo habían correspondido a Morante en el sorteo. Abriría su lote «Vendedor», castaño de 515 kilos, mientras que en cuarto lugar saltaría «Furtivo», negro y de 460 kilos. Dos nuevas oportunidades para disfrutar del toreo del cigarrero en una Plaza Real que, después de dos tardes de máxima intensidad, volvía a guardar un silencio expectante, a la espera de comprobar qué podía deparar el tercer capítulo de una semana concebida alrededor de su figura.
La noche anterior, el maestro se anunció en la Corrida de Candiles de Marbella, donde de nuevo agotó las localidades y cortó dos orejas a un buen encierro de Cayetano Muñoz. El festejo, por cierto, se emitió a través de Canal Sur, donde cosechó más de un 20 % de cuota de pantalla, confirmando la intensa fiebre «morantista» que está marcando el desarrollo de las últimas temporadas. Superado el compromiso marbellí, tocaba volver a la provincia de Cádiz y comparecer de nuevo en la Plaza Real, no sin antes dejarse ver en las redes sociales de una prestigiosa sastrería italiana que ha regalado al genio lo que este mismo ha definido como la «guayabera perfecta».
Ya despojado de la habanera casual y enfundado en el traje de luces, se topó con el primero de El Freixo, que salió al ruedo con poca entrega, sin terminar de fijarse en los engaños. Morante pudo esbozar un par de verónicas antes de que el toro confirmase, durante los primeros tercios, una condición irregular y algo deslucida. La cosa cambió de tono cuando el sevillano tomó la muleta y encontró por el pitón izquierdo las acometidas más limpias del animal. En un terreno muy corto, encadenó hasta una docena de naturales, todos ejecutados con temple y ligazón. Fue el tramo de mayor contenido de un trasteo que tuvo buenos pasajes, pero nunca llegó a redondearse por completo. El toro alternó embestidas francas con otras de ritmo más desigual, para en última instancia terminar acusando la falta de fondo. Morante tuvo que administrar mucho los tiempos y seleccionar cada acometida. Hubo detalles de categoría y momentos de notable suavidad, aunque la res no le permitió firmar esa serie compacta capaz de elevar definitivamente la faena. Cerró con una estocada algo desprendida, pero efectiva, de modo que paseó la primera oreja de la tarde.
El cuarto despertó protestas desde su aparición, por unas hechuras que el público consideró insuficientes para la categoría de la cita. Morante tardó poco en conseguir que las miradas pasasen del toro a su capote. Pegado a tablas y con el animal apretando hacia dentro, improvisó un recibo a una mano de enorme personalidad que levantó de golpe a los tendidos. El cigarrero se movía con tal suficiencia que esa confianza estuvo a punto de jugarle una mala pasada al comienzo de la faena de muleta, cuando el diestro quedó totalmente expuesto ante el toro. La pérdida de manos del animal evitó un percance serio.
«Furtivo» fue, a la postre, el ejemplar más deslucido del encierro de El Freixo. Morante exprimió cuanto encontró y logró dejar dos estimables series con la mano derecha, pero poco más podía construirse con semejante material. La expectación de su segunda comparecencia de la tarde terminó así, con la decepción derivada de la falta de fuerzas de su segundo oponente. Tras prolongar sus intentos hasta escuchar un aviso, Morante recibió una ovación. Mañana será otro día: todavía queda el cuarto y último capítulo de su histórico póquer portuense.
La Plaza Real volvió a vestirse de gala para la tercera entrega del póquer morantista. Nuevamente llena hasta la bandera y luciendo con esa belleza singular
La Plaza Real volvió a vestirse de gala para la tercera entrega del póquer morantista. Nuevamente llena hasta la bandera y luciendo con esa belleza singular que adquiere el coso portuense en las grandes ocasiones, la afición aguardaba el tercer paseíllo consecutivo de Morante de la Puebla, el número 49 de su carrera en El Puerto de Santa María. Después de las emociones acumuladas en las dos primeras corridas, el cigarrero comparecía de nuevo ante un público que ha convertido cada una de sus apariciones en el gran acontecimiento taurino del verano.
Esta vez, Morante compartía cartel con José María Manzanares y Daniel Crespo. El alicantino aportaba a la terna la categoría de una figura consolidada, mientras que el torero local afrontaba una cita especialmente importante ante su público. Crespo ha respondido con triunfos cada vez que ha recibido una oportunidad en la Plaza Real, pero continúa aguardando ese espaldarazo definitivo que le permita abrir con mayor frecuencia las puertas de las grandes ferias. Pocas ocasiones mejores para seguir reivindicando su sitio en el escalafón que esta: plaza llena, máxima expectación y Morante como eje de una tarde seguida por toda la afición.
Para la ocasión se había reseñado un encierro de El Freixo, hierro de Julián López El Juli, lo que añadía otro ingrediente sentimental al festejo. Morante y El Juli mantuvieron durante décadas una relación construida sobre la amistad y el respeto, pero también sobre una intensa competencia en los ruedos. Representantes de conceptos muy diferentes del toreo, compartieron innumerables tardes y protagonizaron una rivalidad que ayudó a marcar una época, sin impedir que entre ambos se consolidase una profunda consideración profesional y personal. Retirado ya Julián de los ruedos, sus toros son ahora los encargados de medir la inspiración de quien tantas veces fue su compañero y rival.
Dos ejemplares de El Freixo habían correspondido a Morante en el sorteo. Abriría su lote «Vendedor», castaño de 515 kilos, mientras que en cuarto lugar saltaría «Furtivo», negro y de 460 kilos. Dos nuevas oportunidades para disfrutar del toreo del cigarrero en una Plaza Real que, después de dos tardes de máxima intensidad, volvía a guardar un silencio expectante, a la espera de comprobar qué podía deparar el tercer capítulo de una semana concebida alrededor de su figura.
La noche anterior, el maestro se anunció en la Corrida de Candiles de Marbella, donde de nuevo agotó las localidades y cortó dos orejas a un buen encierro de Cayetano Muñoz. El festejo, por cierto, se emitió a través de Canal Sur, donde cosechó más de un 20 % de cuota de pantalla, confirmando la intensa fiebre «morantista» que está marcando el desarrollo de las últimas temporadas. Superado el compromiso marbellí, tocaba volver a la provincia de Cádiz y comparecer de nuevo en la Plaza Real, no sin antes dejarse ver en las redes sociales de una prestigiosa sastrería italiana que ha regalado al genio lo que este mismo ha definido como la «guayabera perfecta».
Ya despojado de la habanera casual y enfundado en el traje de luces, se topó con el primero de El Freixo, que salió al ruedo con poca entrega, sin terminar de fijarse en los engaños. Morante pudo esbozar un par de verónicas antes de que el toro confirmase, durante los primeros tercios, una condición irregular y algo deslucida. La cosa cambió de tono cuando el sevillano tomó la muleta y encontró por el pitón izquierdo las acometidas más limpias del animal. En un terreno muy corto, encadenó hasta una docena de naturales, todos ejecutados con temple y ligazón. Fue el tramo de mayor contenido de un trasteo que tuvo buenos pasajes, pero nunca llegó a redondearse por completo. El toro alternó embestidas francas con otras de ritmo más desigual, para en última instancia terminar acusando la falta de fondo. Morante tuvo que administrar mucho los tiempos y seleccionar cada acometida. Hubo detalles de categoría y momentos de notable suavidad, aunque la res no le permitió firmar esa serie compacta capaz de elevar definitivamente la faena. Cerró con una estocada algo desprendida, pero efectiva, de modo que paseó la primera oreja de la tarde.
El cuarto despertó protestas desde su aparición, por unas hechuras que el público consideró insuficientes para la categoría de la cita. Morante tardó poco en conseguir que las miradas pasasen del toro a su capote. Pegado a tablas y con el animal apretando hacia dentro, improvisó un recibo a una mano de enorme personalidad que levantó de golpe a los tendidos. El cigarrero se movía con tal suficiencia que esa confianza estuvo a punto de jugarle una mala pasada al comienzo de la faena de muleta, cuando el diestro quedó totalmente expuesto ante el toro. La pérdida de manos del animal evitó un percance serio.
«Furtivo» fue, a la postre, el ejemplar más deslucido del encierro de El Freixo. Morante exprimió cuanto encontró y logró dejar dos estimables series con la mano derecha, pero poco más podía construirse con semejante material. La expectación de su segunda comparecencia de la tarde terminó así, con la decepción derivada de la falta de fuerzas de su segundo oponente. Tras prolongar sus intentos hasta escuchar un aviso, Morante recibió una ovación. Mañana será otro día: todavía queda el cuarto y último capítulo de su histórico póquer portuense.
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