Federico García Lorca, escritor español, sobre la felicidad: «Para tener una buena vida y ver la realidad hay que alejarse del exceso de optimismo: es señal de poca inteligencia»

Federico García Lorca defendió muchas veces la alegría, la felicidad y el deseo de vivir. Pero eso no significaba que creyera que hubiera que mirar siempre el lado bueno de las cosas.

En junio de 1936, durante una conversación con el caricaturista y periodista Luis Bagaría, dejó una reflexión interesante: «El optimismo es propio de las almas que tienen una sola dimensión; de las que no ven el torrente de lágrimas que nos rodea, producido por cosas que tienen remedio».

La frase —que aparece en la célebre entrevista publicada en El Sol el 10 de junio de 1936, apenas dos meses antes del asesinato del poeta—, podría traducirse como «Una persona que solo quiere ver el lado bueno de la vida está viendo únicamente una parte de la realidad». Y aquellos que solo ven un lado de la vida, suelen ser menos inteligentes.

El optimismo que criticaba Federico García Lorca

La reflexión surgió cuando Luis Bagaría planteó a Lorca una comparación entre la visión pesimista de Calderón de la Barca y el optimismo de Pedro Muñoz Seca. Lorca aseguró que respondería «con verdadera sinceridad» y, tras reconocer que podía equivocarse, pronunció su contundente reflexión sobre el optimismo. Lo más interesante está probablemente en las últimas palabras: «Cosas que tienen remedio».

Lorca no estaba afirmando simplemente que ser pesimista fuera preferible a ser optimista. Su crítica se dirigía hacia una forma de optimismo incapaz de reconocer el sufrimiento que existe alrededor, especialmente cuando ese sufrimiento podría evitarse o corregirse.

Federico García Lorca
Federico García Lorca

La diferencia es importante. Una cosa es mantener la esperanza ante una situación difícil y otra utilizar el pensamiento positivo para convencernos de que un problema no existe. Para actuar sobre aquello que puede cambiarse, primero hay que ser capaz de verlo.

Esta idea tampoco contradice necesariamente al Lorca que defendía la alegría. Para él, reconocer el dolor no significaba renunciar a ella. En esa misma entrevista defendió que el artista debía implicarse en la realidad de su tiempo: «En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo». Las dos acciones aparecen juntas: llorar y reír. Ser consciente de aquello que está mal sin renunciar por ello a aquello que está bien.

La ciencia sí encuentra beneficios en el optimismo

La ciencia, no obstante, ha hallado beneficios asociados al optimismo. Un metaanálisis publicado en Annals of Behavioral Medicine analizó 83 estudios y 108 tamaños del efecto sobre la relación entre optimismo y salud física.

Los investigadores encontraron una asociación positiva estadísticamente significativa entre ambas variables. Sin embargo, la magnitud media del efecto fue relativamente modesta —0,17— y la asociación era mayor en los estudios que utilizaban medidas subjetivas de salud que en aquellos que empleaban indicadores objetivos.

Por tanto, sería incorrecto utilizar las palabras de Lorca para concluir que el optimismo es perjudicial. La evidencia científica no sostiene algo así. Pero existen investigaciones que introducen un matiz especialmente interesante: no todo optimismo es necesariamente igual de beneficioso, especialmente cuando nuestras expectativas se alejan sistemáticamente de lo que termina sucediendo.

Cuando el optimismo se aleja demasiado de la realidad

Los investigadores David de Meza y Chris Dawson estudiaron precisamente esta cuestión en un trabajo publicado online en 2020 y posteriormente incluido en el volumen de 2021 de Personality and Social Psychology Bulletin. Utilizaron una muestra británica representativa de 1.601 personas y compararon sus expectativas financieras con lo que posteriormente ocurría realmente. Los datos se habían recogido anualmente durante 18 años.

Los resultados mostraron que las personas cuyas expectativas se alejaban sistemáticamente de la realidad —tanto en una dirección demasiado optimista como demasiado pesimista— presentaban peores resultados en dos indicadores de bienestar a largo plazo que aquellas cuyas expectativas eran más realistas.

Hay que interpretar correctamente este resultado. El estudio analiza expectativas financieras y bienestar, no demuestra que cualquier forma de optimismo irreal produzca necesariamente infelicidad. Los propios autores plantean posibles explicaciones. En el caso de las personas excesivamente optimistas, las decepciones derivadas de esperar resultados mejores de los que finalmente se producen podrían terminar contrarrestando las emociones positivas generadas inicialmente por esas expectativas.

Y el pesimismo excesivo tampoco resultó beneficioso. La conclusión es, por tanto, bastante más interesante que un simple «es mejor ser optimista» o «es mejor ser pesimista». Mantener expectativas conectadas con la realidad también parece importar.

No necesitamos rechazar automáticamente las emociones negativas

Otra línea de investigación permite añadir una segunda perspectiva. En un trabajo publicado en Journal of Personality and Social Psychology, Brett Ford, Phoebe Lam, Oliver John e Iris Mauss estudiaron qué ocurría cuando las personas tendían a aceptar sus pensamientos y emociones sin juzgarlos como malos o inadecuados.

La investigación estuvo formada por tres estudios diferentes:

  • El primero, con 1.003 participantes, encontró que la aceptación habitual de las propias experiencias mentales predecía diferentes indicadores de salud psicológica incluso controlando otros factores relacionados.
  • Un segundo estudio, con 156 participantes, observó que esa aceptación habitual predecía una menor respuesta emocional negativa ante una situación estresante de laboratorio.
  • Finalmente, un estudio longitudinal con 222 personas encontró que la aceptación se relacionaba con menores emociones negativas durante situaciones estresantes cotidianas y que estas, a su vez, explicaban estadísticamente parte de la relación entre aceptación y salud psicológica seis meses después.

Los investigadores no concluyeron que debamos resignarnos ante los problemas externos. De hecho, distinguen expresamente entre aceptar sin juzgar nuestras experiencias mentales y aceptar pasivamente una situación estresante que quizá podamos cambiar. La asociación favorable encontrada correspondía a la primera. Es una diferencia especialmente pertinente al releer a Lorca: reconocer una emoción desagradable no obliga a resignarse ante aquello que la provoca.

Incluso exigirnos ser felices puede tener un efecto paradójico

Existe un último esrudio especialmente curioso. En 2011, un equipo encabezado por la psicóloga Iris Mauss investigó si conceder una importancia muy elevada a sentirse feliz podía, en determinadas circunstancias, producir el efecto contrario.

En un primer estudio, las mujeres que valoraban más intensamente la felicidad declararon menor felicidad en condiciones de bajo estrés vital. En un segundo experimento, inducir a las participantes a valorar más la felicidad hizo que reaccionaran menos positivamente ante una situación diseñada para generar emociones agradables.

Federico García Lorca dijo en varias entrevistas y cartas qué era para él la felicidad
Federico García Lorca dijo en varias entrevistas y cartas qué era para él la felicidad. Foto: Brittanica

El efecto experimental estuvo mediado por la decepción de las participantes con sus propios sentimientos. Los resultados no significan que querer ser feliz sea malo. El propio estudio plantea algo más específico: cuando creemos que deberíamos sentirnos especialmente felices, podemos terminar decepcionados si nuestras emociones reales no alcanzan esa expectativa.

Mantener la esperanza sin dejar de mirar la realidad

La ciencia, por tanto, introduce un matiz importante respecto a las palabras: el optimismo aparece asociado con resultados positivos para la salud, aunque esas asociaciones varían según lo que se mida. Pero las investigaciones también muestran que nuestras expectativas pueden ser demasiado optimistas o demasiado pesimistas, que aceptar sin juzgar las emociones desagradables puede relacionarse con una mejor salud psicológica y que exigirnos sentir felicidad puede resultar contraproducente en determinadas circunstancias.

La alternativa no tiene por qué ser elegir entre optimismo y pesimismo. Puede ser algo más difícil: mantener la esperanza sin dejar de mirar la realidad. Porque reconocer que algo está mal no significa necesariamente ser pesimista. Y cuando ese algo, como decía Lorca, «tiene remedio», verlo con claridad puede ser precisamente el principio del cambio.

 Federico García Lorca defendió muchas veces la alegría, la felicidad y el deseo de vivir. Pero eso no significaba que creyera que hubiera que mirar siempre  

Federico García Lorca defendió muchas veces la alegría, la felicidad y el deseo de vivir. Pero eso no significaba que creyera que hubiera que mirar siempre el lado bueno de las cosas.

En junio de 1936, durante una conversación con el caricaturista y periodista Luis Bagaría, dejó una reflexión interesante: «El optimismo es propio de las almas que tienen una sola dimensión; de las que no ven el torrente de lágrimas que nos rodea, producido por cosas que tienen remedio».

La frase —que aparece en la célebre entrevista publicada en El Sol el 10 de junio de 1936, apenas dos meses antes del asesinato del poeta—, podría traducirse como «Una persona que solo quiere ver el lado bueno de la vida está viendo únicamente una parte de la realidad». Y aquellos que solo ven un lado de la vida, suelen ser menos inteligentes.

La reflexión surgió cuando Luis Bagaría planteó a Lorca una comparación entre la visión pesimista de Calderón de la Barca y el optimismo de Pedro Muñoz Seca. Lorca aseguró que respondería «con verdadera sinceridad» y, tras reconocer que podía equivocarse, pronunció su contundente reflexión sobre el optimismo. Lo más interesante está probablemente en las últimas palabras: «Cosas que tienen remedio».

Lorca no estaba afirmando simplemente que ser pesimista fuera preferible a ser optimista. Su crítica se dirigía hacia una forma de optimismo incapaz de reconocer el sufrimiento que existe alrededor, especialmente cuando ese sufrimiento podría evitarse o corregirse.

Federico García Lorca
Federico García Lorca

La diferencia es importante. Una cosa es mantener la esperanza ante una situación difícil y otra utilizar el pensamiento positivo para convencernos de que un problema no existe. Para actuar sobre aquello que puede cambiarse, primero hay que ser capaz de verlo.

Esta idea tampoco contradice necesariamente al Lorca que defendía la alegría. Para él, reconocer el dolor no significaba renunciar a ella. En esa misma entrevista defendió que el artista debía implicarse en la realidad de su tiempo: «En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo». Las dos acciones aparecen juntas: llorar y reír. Ser consciente de aquello que está mal sin renunciar por ello a aquello que está bien.

La ciencia, no obstante, ha hallado beneficios asociados al optimismo. Un metaanálisis publicado en Annals of Behavioral Medicine analizó 83 estudios y 108 tamaños del efecto sobre la relación entre optimismo y salud física.

Los investigadores encontraron una asociación positiva estadísticamente significativa entre ambas variables. Sin embargo, la magnitud media del efecto fue relativamente modesta —0,17— y la asociación era mayor en los estudios que utilizaban medidas subjetivas de salud que en aquellos que empleaban indicadores objetivos.

Por tanto, sería incorrecto utilizar las palabras de Lorca para concluir que el optimismo es perjudicial. La evidencia científica no sostiene algo así. Pero existen investigaciones que introducen un matiz especialmente interesante: no todo optimismo es necesariamente igual de beneficioso, especialmente cuando nuestras expectativas se alejan sistemáticamente de lo que termina sucediendo.

Los investigadores David de Meza y Chris Dawson estudiaron precisamente esta cuestión en un trabajo publicado online en 2020 y posteriormente incluido en el volumen de 2021 de Personality and Social Psychology Bulletin. Utilizaron una muestra británica representativa de 1.601 personas y compararon sus expectativas financieras con lo que posteriormente ocurría realmente. Los datos se habían recogido anualmente durante 18 años.

Los resultados mostraron que las personas cuyas expectativas se alejaban sistemáticamente de la realidad —tanto en una dirección demasiado optimista como demasiado pesimista— presentaban peores resultados en dos indicadores de bienestar a largo plazo que aquellas cuyas expectativas eran más realistas.

Hay que interpretar correctamente este resultado. El estudio analiza expectativas financieras y bienestar, no demuestra que cualquier forma de optimismo irreal produzca necesariamente infelicidad. Los propios autores plantean posibles explicaciones. En el caso de las personas excesivamente optimistas, las decepciones derivadas de esperar resultados mejores de los que finalmente se producen podrían terminar contrarrestando las emociones positivas generadas inicialmente por esas expectativas.

Y el pesimismo excesivo tampoco resultó beneficioso. La conclusión es, por tanto, bastante más interesante que un simple «es mejor ser optimista» o «es mejor ser pesimista». Mantener expectativas conectadas con la realidad también parece importar.

Otra línea de investigación permite añadir una segunda perspectiva. En un trabajo publicado en Journal of Personality and Social Psychology, Brett Ford, Phoebe Lam, Oliver John e Iris Mauss estudiaron qué ocurría cuando las personas tendían a aceptar sus pensamientos y emociones sin juzgarlos como malos o inadecuados.

La investigación estuvo formada por tres estudios diferentes:

  • El primero, con 1.003 participantes, encontró que la aceptación habitual de las propias experiencias mentales predecía diferentes indicadores de salud psicológica incluso controlando otros factores relacionados.
  • Un segundo estudio, con 156 participantes, observó que esa aceptación habitual predecía una menor respuesta emocional negativa ante una situación estresante de laboratorio.
  • Finalmente, un estudio longitudinal con 222 personas encontró que la aceptación se relacionaba con menores emociones negativas durante situaciones estresantes cotidianas y que estas, a su vez, explicaban estadísticamente parte de la relación entre aceptación y salud psicológica seis meses después.

Los investigadores no concluyeron que debamos resignarnos ante los problemas externos. De hecho, distinguen expresamente entre aceptar sin juzgar nuestras experiencias mentales y aceptar pasivamente una situación estresante que quizá podamos cambiar. La asociación favorable encontrada correspondía a la primera. Es una diferencia especialmente pertinente al releer a Lorca: reconocer una emoción desagradable no obliga a resignarse ante aquello que la provoca.

Existe un último esrudio especialmente curioso. En 2011, un equipo encabezado por la psicóloga Iris Mauss investigó si conceder una importancia muy elevada a sentirse feliz podía, en determinadas circunstancias, producir el efecto contrario.

En un primer estudio, las mujeres que valoraban más intensamente la felicidad declararon menor felicidad en condiciones de bajo estrés vital. En un segundo experimento, inducir a las participantes a valorar más la felicidad hizo que reaccionaran menos positivamente ante una situación diseñada para generar emociones agradables.

Federico García Lorca dijo en varias entrevistas y cartas qué era para él la felicidad
Federico García Lorca dijo en varias entrevistas y cartas qué era para él la felicidad. Foto: Brittanica

El efecto experimental estuvo mediado por la decepción de las participantes con sus propios sentimientos. Los resultados no significan que querer ser feliz sea malo. El propio estudio plantea algo más específico: cuando creemos que deberíamos sentirnos especialmente felices, podemos terminar decepcionados si nuestras emociones reales no alcanzan esa expectativa.

La ciencia, por tanto, introduce un matiz importante respecto a las palabras: el optimismo aparece asociado con resultados positivos para la salud, aunque esas asociaciones varían según lo que se mida. Pero las investigaciones también muestran que nuestras expectativas pueden ser demasiado optimistas o demasiado pesimistas, que aceptar sin juzgar las emociones desagradables puede relacionarse con una mejor salud psicológica y que exigirnos sentir felicidad puede resultar contraproducente en determinadas circunstancias.

La alternativa no tiene por qué ser elegir entre optimismo y pesimismo. Puede ser algo más difícil: mantener la esperanza sin dejar de mirar la realidad. Porque reconocer que algo está mal no significa necesariamente ser pesimista. Y cuando ese algo, como decía Lorca, «tiene remedio», verlo con claridad puede ser precisamente el principio del cambio.

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