Cuenta una leyenda, aventada por amigos y admiradores, que la verdadera causa de la muerte de John Keats no fue la tuberculosis, sino las malas críticas. Las que recibió su poema Endimión, dos años antes de su fallecimiento, por parte de un par de publicaciones conservadoras. Se sabe que al poeta le dolieron hasta el punto de causarle insomnio y que, para colmo, la motivación de esos textos maliciosos era más política que literaria.
El mexicano Christopher Domínguez Michael evoca esta anécdota en El crítico sin estatua (Athenaica). ¿Puede un crítico matar a un escritor, aunque solo sea simbólicamente? ¿Tal es su poder? ¿Y qué pasa cuando se equivoca, lo que sucede no pocas veces? Y sobre todo, ¿la principal potestad del crítico es la demolición inclemente, o más bien debería ser la de descubrir y ensalzar aquello que merece ser destacado?
Christopher Domínguez Michael ha dedicado su vida a la crítica literaria, desde sus inicios en la imprescindible Vuelta de Octavio Paz. Es, en estos tiempos en que el oficio está bajo mínimos —tanto en credibilidad y capacidad de influencia como en remuneración—, una de las plumas más perspicaces y elegantes que pueden leerse. Eso sí, los libros que recopilan sus artículos, salvo este recién publicado por la editorial sevillana Athenaica, son de difícil acceso en el mercado español. Entre ellos, es especialmente recomendable El XIX en el XXI, editado por Sexto Piso y que reúne sus textos sobre clásicos decimonónicos.
El autor ya había reflexionado sobre la labor del crítico en su discurso de ingreso en el Colegio Nacional de México: ¿Qué es un crítico literario?, publicado por Letras Libres en diciembre de 2017. En El crítico sin estatua reúne sus piezas sobre los grandes críticos, sus maestros y referentes. No hablamos de esforzados reseñistas, provocadores de baratillo o plumillas sin fundamento, sino de críticos en mayúsculas. El libro propone un recorrido cabal, aunque inevitablemente incompleto, por la evolución de la crítica literaria a lo largo de varios siglos, con especial incidencia en el XX. No están todos los que son, pero sí son todos los que están.
En algunos casos, esboza perfiles biográficos y en otros tira más hacia el ensayo breve. Por las páginas del volumen desfilan figuras históricas como Madame de Staël y el especialista en literatura rusa Eugène Melchior de Vogüé. También el danés Georg Brandes, hoy muy olvidado, pero todo un influencer avant la lettre en su época: «En junio de 1914 la policía tuvo que dispersar a un millar de personas frustradas por no haber logrado entrar a escuchar su conferencia sobre Shakespeare en el Comedy Theatre de Nueva York».
Influencia de la ‘Nouvelle Revue Française’
Ya en el siglo XX, asoman Menéndez Pidal, Alfonso Reyes, el español emigrado a Argentina —y cuñado de Borges— Guillermo de Torre, Erich Auerbach —utilizado y, en buena medida, tergiversado por Edward Said— y el británico Cyril Connolly. Siempre he sentido especial predilección por él —traduje una selección de sus textos, incluida una divertida parodia de James Bond—, que no parece compartir Christopher Domínguez, que dice de él: «A Connolly, en la comedia que todo autor escribe sobre sí mismo, le tocó vender la máscara de la indolencia».
Hay en El crítico sin estatua dos bloques particularmente interesantes. Por un lado, el dedicado a la muy influyente NRF (Nouvelle Revue Française), con piezas sobre su fundador André Gide, y sobre uno de sus críticos más destacados, André Suarès, católico y antinazi, «portavoz de un esteticismo algo cursi, un poco grosero en su vitalismo desenfadado». Y también sobre quien fue su secretario de redacción y después director, Jacques Rivière, «el engranaje que permitió la circulación de los genios y geniecillos de la revista en torno al ʻseñorʽ Gaston Gallimard, editor que hizo posible la hazaña intelectual decisiva de la primera mitad del siglo». Tal como apunta con tino Domínguez, la influencia de la NRF es rastreable en otras muchas publicaciones culturales, desde Sur de Victoria Ocampo hasta la Revista de Occidente de Ortega.
El otro bloque destacado es el dedicado a las grandes figuras estadounidenses, empezando por el poderoso Edmund Wilson, que detestaba las novelas policiacas y las fantasías de Tolkien, pese a lo cual «fue, en esa creencia de que el mundo marchaba hacia la democratización de la alta cultura soñada por Matthew Arnold, muy norteamericano, y fue de los pocos críticos que no odiaron al mundo moderno porque no odiaban a Estados Unidos, dado que casi siempre —nunca está de más recordarlo— una cosa va con la otra». El libro también dedica atención a H. L. Mencken, Alfred Kazin, Harold Rosenberg —más conocido como crítico de arte y valedor del expresionismo abstracto— y Elisabeth Hardwick.
Entre las figuras más cercanas al presente, hay piezas sobre el exquisito Marc Fumaroli, el mandarín teutón Reich-Ranicki y el italiano Alfonso Berardinelli que, descontento con el mundo académico, dejó su cátedra en la Universidad de Venecia y se dedicó a escribir desde la radicalidad del pensamiento libre (uno de sus libros se titula Leer es peligroso). Comparten uno de los artículos dos personajes de gran relumbrón: George Steiner, —«el último de los grandes humanistas»—, y Harold Bloom, «el provocador que se asume como alimaña para corroer las corrientes políticas y filosóficas imperantes en el campus».
Los estructuralistas y Roland Barthes
Hay otro bloque dedicado a los temibles estructuralistas franceses, que hicieron alguna que otra aportación brillante, pero dejaron también un reguero de desaguisados intelectuales que todavía estamos sufriendo, por desgracia no solo en el ámbito literario (me refiero en especial a la tóxica influencia de Foucault en los campus estadounidenses, germen del wokismo, la teoría de género y demás constructos y engrudos).
Algunos, los estructuralistas más sensatos, hasta llegaron a arrepentirse de las arbitrariedades acientíficas que pergeñaron y las neolenguas académicas que se inventaron para dar el pego, y en su madurez escribieron obras interesantísimas e inteligibles, caso de Tzvetan Todorov. De todos ellos, al que más salva Domínguez es al que más tendemos a salvar todos, porque es nuestra debilidad particular: Roland Barthes. Básicamente, porque fue un gran escritor y un ensayista muy agudo, aunque a veces se empeñara en disimularlo muy bien con tanta jerga y tanto galimatías.
Y es que como dice el autor, «la crítica literaria es la única de las críticas que —usualmente— utiliza el mismo instrumento de lo que critica: el lenguaje escrito». El instrumento de Christopher Domínguez Michael está muy bien afinado. El crítico sin estatua es una lectura imprescindible para cualquiera que ejerza el oficio y muy recomendable para cualquier lector interesado en lo que el subtítulo del volumen llama la «servidumbre y grandeza de la vida literaria».
Cuenta una leyenda, aventada por amigos y admiradores, que la verdadera causa de la muerte de John Keats no fue la tuberculosis, sino las malas críticas.
Cuenta una leyenda, aventada por amigos y admiradores, que la verdadera causa de la muerte de John Keats no fue la tuberculosis, sino las malas críticas. Las que recibió su poema Endimión, dos años antes de su fallecimiento, por parte de un par de publicaciones conservadoras. Se sabe que al poeta le dolieron hasta el punto de causarle insomnio y que, para colmo, la motivación de esos textos maliciosos era más política que literaria.
El mexicano Christopher Domínguez Michael evoca esta anécdota en El crítico sin estatua (Athenaica). ¿Puede un crítico matar a un escritor, aunque solo sea simbólicamente? ¿Tal es su poder? ¿Y qué pasa cuando se equivoca, lo que sucede no pocas veces? Y sobre todo, ¿la principal potestad del crítico es la demolición inclemente, o más bien debería ser la de descubrir y ensalzar aquello que merece ser destacado?
Christopher Domínguez Michael ha dedicado su vida a la crítica literaria, desde sus inicios en la imprescindible Vuelta de Octavio Paz. Es, en estos tiempos en que el oficio está bajo mínimos —tanto en credibilidad y capacidad de influencia como en remuneración—, una de las plumas más perspicaces y elegantes que pueden leerse. Eso sí, los libros que recopilan sus artículos, salvo este recién publicado por la editorial sevillana Athenaica, son de difícil acceso en el mercado español. Entre ellos, es especialmente recomendable El XIX en el XXI, editado por Sexto Piso y que reúne sus textos sobre clásicos decimonónicos.
El autor ya había reflexionado sobre la labor del crítico en su discurso de ingreso en el Colegio Nacional de México: ¿Qué es un crítico literario?, publicado por Letras Libres en diciembre de 2017. En El crítico sin estatua reúne sus piezas sobre los grandes críticos, sus maestros y referentes. No hablamos de esforzados reseñistas, provocadores de baratillo o plumillas sin fundamento, sino de críticos en mayúsculas. El libro propone un recorrido cabal, aunque inevitablemente incompleto, por la evolución de la crítica literaria a lo largo de varios siglos, con especial incidencia en el XX. No están todos los que son, pero sí son todos los que están.
En algunos casos, esboza perfiles biográficos y en otros tira más hacia el ensayo breve. Por las páginas del volumen desfilan figuras históricas como Madame de Staël y el especialista en literatura rusa Eugène Melchior de Vogüé. También el danés Georg Brandes, hoy muy olvidado, pero todo un influencer avant la lettre en su época: «En junio de 1914 la policía tuvo que dispersar a un millar de personas frustradas por no haber logrado entrar a escuchar su conferencia sobre Shakespeare en el Comedy Theatre de Nueva York».
Ya en el siglo XX, asoman Menéndez Pidal, Alfonso Reyes, el español emigrado a Argentina —y cuñado de Borges— Guillermo de Torre, Erich Auerbach —utilizado y, en buena medida, tergiversado por Edward Said— y el británico Cyril Connolly. Siempre he sentido especial predilección por él —traduje una selección de sus textos, incluida una divertida parodia de James Bond—, que no parece compartir Christopher Domínguez, que dice de él: «A Connolly, en la comedia que todo autor escribe sobre sí mismo, le tocó vender la máscara de la indolencia».
Hay en El crítico sin estatua dos bloques particularmente interesantes. Por un lado, el dedicado a la muy influyente NRF (Nouvelle Revue Française), con piezas sobre su fundador André Gide, y sobre uno de sus críticos más destacados, André Suarès, católico y antinazi, «portavoz de un esteticismo algo cursi, un poco grosero en su vitalismo desenfadado». Y también sobre quien fue su secretario de redacción y después director, Jacques Rivière, «el engranaje que permitió la circulación de los genios y geniecillos de la revista en torno al ʻseñorʽ Gaston Gallimard, editor que hizo posible la hazaña intelectual decisiva de la primera mitad del siglo». Tal como apunta con tino Domínguez, la influencia de la NRF es rastreable en otras muchas publicaciones culturales, desde Sur de Victoria Ocampo hasta la Revista de Occidente de Ortega.
El otro bloque destacado es el dedicado a las grandes figuras estadounidenses, empezando por el poderoso Edmund Wilson, que detestaba las novelas policiacas y las fantasías de Tolkien, pese a lo cual «fue, en esa creencia de que el mundo marchaba hacia la democratización de la alta cultura soñada por Matthew Arnold, muy norteamericano, y fue de los pocos críticos que no odiaron al mundo moderno porque no odiaban a Estados Unidos, dado que casi siempre —nunca está de más recordarlo— una cosa va con la otra». El libro también dedica atención a H. L. Mencken, Alfred Kazin, Harold Rosenberg —más conocido como crítico de arte y valedor del expresionismo abstracto— y Elisabeth Hardwick.
Entre las figuras más cercanas al presente, hay piezas sobre el exquisito Marc Fumaroli, el mandarín teutón Reich-Ranicki y el italiano Alfonso Berardinelli que, descontento con el mundo académico, dejó su cátedra en la Universidad de Venecia y se dedicó a escribir desde la radicalidad del pensamiento libre (uno de sus libros se titula Leer es peligroso). Comparten uno de los artículos dos personajes de gran relumbrón: George Steiner, —«el último de los grandes humanistas»—, y Harold Bloom, «el provocador que se asume como alimaña para corroer las corrientes políticas y filosóficas imperantes en el campus».
Hay otro bloque dedicado a los temibles estructuralistas franceses, que hicieron alguna que otra aportación brillante, pero dejaron también un reguero de desaguisados intelectuales que todavía estamos sufriendo, por desgracia no solo en el ámbito literario (me refiero en especial a la tóxica influencia de Foucault en los campus estadounidenses, germen del wokismo, la teoría de género y demás constructos y engrudos).
Algunos, los estructuralistas más sensatos, hasta llegaron a arrepentirse de las arbitrariedades acientíficas que pergeñaron y las neolenguas académicas que se inventaron para dar el pego, y en su madurez escribieron obras interesantísimas e inteligibles, caso de Tzvetan Todorov. De todos ellos, al que más salva Domínguez es al que más tendemos a salvar todos, porque es nuestra debilidad particular: Roland Barthes. Básicamente, porque fue un gran escritor y un ensayista muy agudo, aunque a veces se empeñara en disimularlo muy bien con tanta jerga y tanto galimatías.
Y es que como dice el autor, «la crítica literaria es la única de las críticas que —usualmente— utiliza el mismo instrumento de lo que critica: el lenguaje escrito». El instrumento de Christopher Domínguez Michael está muy bien afinado. El crítico sin estatua es una lectura imprescindible para cualquiera que ejerza el oficio y muy recomendable para cualquier lector interesado en lo que el subtítulo del volumen llama la «servidumbre y grandeza de la vida literaria».
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