Esther Gatón dialoga con la tradición religiosa en su regreso a Valladolid

El Museo Patio Herreriano de Arte Contemporáneo Español de Valladolid presenta la obra de Esther Gatón. La muestra titulada Tú, tú, tú, mi incesante, comisariada por Rafa Barber Cortell, interviene en tres salones del histórico solar y antiguo Monasterio de San Benito. La artista interviene el espacio con más de 70 obras. «La muestra funciona de manera polifónica; cada pieza tiene su propia voz y podría existir en solitario, pero juntas crean un diálogo que no necesita acuerdo, solo proximidad», cuenta a THE OBJECTIVE.

PREGUNTA.- Rafa Barber, curador de la muestra, evoca imágenes religiosas como vírgenes, milagros y objetos de culto para hablar de su obra.

RESPUESTA.- Creo que tiene que ver con el origen. De pequeños percibimos los lugares desde nuestra pequeña escala y, al regresar a los mismos espacios con el paso del tiempo, la percepción cambia absolutamente. Eso también se refleja en mi obra, sobre todo en esta muestra. Soy de Valladolid y mi infancia tiene sus raíces en este territorio tan tradicional y religioso. Rafa Barber tiene una experiencia parecida a la mía; siendo él de Valencia, crecimos en contextos de los que tuvimos que irnos, en busca de las industrias en las que queríamos trabajar. Pienso en las Fallas de Valencia y en la Semana Santa de Valladolid, ambas fiestas tan tradicionales y con imaginarios tan potentes. En España se habla mucho de la Semana Santa sevillana o malagueña, pero la vallisoletana tiene su propio carácter, con algo absolutamente castellano, como de desierto. Castilla y León sigue siendo la región más despoblada de España; la geografía es impresionante, rodeada de ruinas romanas, visigodas o medievales. Yo me fui a los 17 años como la mayoría de mi generación. Ahora, con la llegada de los nómadas digitales, creo que estos lugares están teniendo una segunda oportunidad. Mis primeros recuerdos están anclados en ese mundo tradicional donde el pensamiento mágico o aparato estético es muy poderoso.

P.- De la Semana Santa vallisoletana se dice que es «sobria o silenciosa» y que muestra un «museo barroco» entre sus calles…

R.- Durante mi infancia la recuerdo como un teatro de calle, con ese simbolismo de pasear las estatuas de forma tan coreografiada. La ciudad se paraliza mientras se recorre y lo más impresionante son las tallas, las esculturas. En toda la región de Castilla y León hay un montón de monasterios, varios ya en ruinas, hechos en torno a una «rama de espinas», evocando la corona de Jesús. Esa etapa fue la de su mayor esplendor; luego la zona sería vandalizada con la llegada de Napoleón a España. Es impresionante ver la adoración que también hay a estas imágenes rotas o a sus restos. Tampoco podemos dejar de lado que son imágenes «represoras» o «vigilantes», para señalar al que no se atiene a la norma. Valladolid vivió el momento de la Contrarreforma, el Siglo de Oro español, con ese catolicismo exagerado, que le hace frente al protestantismo iconoclasta que rechazaba las imágenes. En ese periodo barroco español se dejó de utilizar mármol para usar madera y mostrar más realismo. Por eso el museo más importante de España y uno de los más relevantes de Europa dedicado a la escultura en madera policromada es el Museo Nacional de Escultura de Valladolid. Mi trabajo claramente no es hiperrealista, pero creo que hay de esto en mi bagaje y en esta muestra lo he reconocido.

«El título de la muestra es un homenaje a la poesía de Jorge Guillén»

P.- Su obra en todo caso es bastante conceptual; en Tú, tú, tú, mi incesante, flotan esculturas translúcidas ocupando el aire de la sala; el gesto lo describen como un «artificio barroco».

R.- La muestra está en lo que fue un antiguo monasterio, que anteriormente era una fortaleza. El edificio es pronunciadamente religioso; no podía ignorarlo. El patio está proyectado o pensado para los recorridos que hacían los monjes; es el clasicismo español, austero, sin ornamentos. En Tú, tú, tú, mi incesante, intento jugar con la escala, incorporando la arquitectura en el recorrido. Mi padre era arquitecto de iglesias, así que se puede decir que el entendimiento de este tipo de espacio es parte de mí. En los años cincuenta, Valladolid creció mucho por la creación de FASA, la primera fábrica de coches Renault de España, y los nuevos barrios necesitaban iglesias. Él trabajó después del Concilio Vaticano II, que trataba de recuperar lo que fue el origen del cristianismo: las misas pasaron a darse en el idioma local en vez de en latín y a las mujeres y hombres se les dejó estar separados durante la misa. Las iglesias pasan a ser pensadas como lugares no solo de culto, sino también de encuentro. Creo que también busco eso en mis muestras; no solo pienso en los objetos o piezas, sino en la disposición que ocupan en el lugar formando un conjunto.

P.- El título de la exposición pertenece al poema homónimo del poeta Jorge Guillén.

R.- Guillén era vallisoletano, poeta y antifranquista; tuvo que exiliarse en Estados Unidos, donde fue profesor de literatura. Perteneció a la Generación del 27 —para mí, la de los más grandes de la poesía española—. Tomé el título porque me importaba reconocer esa cadena simbólica, apropiármela para mostrar de dónde bebo y vengo. Es también un homenaje a su poesía y a esa gente ligada al arte que estuvo detrás de nosotros y lo tuvo más difícil que nosotros.

P.- Trabaja con varios materiales, pero sobre todo llama la atención la utilización del bioplástico. ¿Por qué lo elige?

R.- Llegué al material porque quería que mi práctica fuera lo más ética posible. Trabajo con el laboratorio alemán Materiability en Dessau, con el que desarrollé una receta. Yo misma la cocino, tiene propiedades plásticas, pero en teoría se podría comer. Me gradué en Goldsmiths en Londres, donde nos enseñaron a trabajar, como la mayoría de escuelas, con productos o técnicas muy tóxicas. Teníamos que siempre utilizar guantes o mascarillas y salí un poco horrorizada de lo que representaba. Además, la idea de protegerme de mi trabajo no me gustaba. Los artistas generamos mucho desperdicio, así que al ganar la beca Generaciones, me di cuenta de que lo que quería era hacerle frente a ese tema, y ahí fue cuando descubrí la posibilidad de crear la receta de bioplástico con la que trabajo.

P.- Ha desarrollado su práctica artística en Bélgica, Londres, Barcelona y ahora está en Madrid, ¿cómo la ha referenciado cada ciudad?

R.- La educación en arte cambia radicalmente de ciudad en ciudad; incluso entre Madrid y Barcelona, las aproximaciones son completamente diferentes.  Me di cuenta de que cuanto más me movía, era mejor. He pasado por formaciones muy conceptuales, pero también hay algo hermoso en la educación clásica, que tiene que ver con el respeto a la herencia tan grande que tenemos. Aprender a dibujar es también aprender a mirar.  Últimamente tengo la impresión de que en el arte la idea o el concepto pesa más que la obra, y yo, en cierto sentido, trato de reivindicar lo contrario. Me gusta que la obra se adelante al pensamiento. Mi trabajo ha ido cambiando de medios; hago escultura, pero también video, y en Madrid me he reencontrado con la pintura.  

«Me gusta que la obra se adelante al pensamiento»

P.- El Patio Herreriano es todo un referente para el arte contemporáneo español. Actualmente, también se puede ver en sus salas obra de Daniel Canogar o Gustavo Torner. ¿Cómo fue el proceso de selección? 

R.- Recibí la invitación por parte de Javier Hontoria, su director, hace dos años. Ha sido un tiempo ideal para presentar un trabajo asentado. El mundo del arte tiene fechas muy pautadas, pero siempre vamos contra la velocidad del tiempo. En la programación también les interesa que las muestras tengan relación entre sí, y yo inauguré el mismo día que Nuria Fuster, una artista alicantina asentada en Berlín. Además de Canogar y Torner, también se está exhibiendo La Promesa de Villèlia, con obra del fallecido artista catalán Moisès Villèlia.  Creo que hay un relato histórico en el conjunto de exposiciones, que le da un carácter especial a la visita del Museo.

P.- Tú, tú, tú, mi incesante va hasta el 13 de septiembre. ¿Qué otras muestras está preparando?

R.- Ahora mismo estoy participando en una exposición colectiva en Madrid que se llama Nueva-Vieja Pintura, uno de los proyectos ganadores de la XVII edición de la selección Se Busca Comisario, que apuesta por nuevos modelos curatoriales. La muestra propone una genealogía de la pintura actual, algo más experimental de lo pictórico. Y en septiembre inauguro en el espacio que comparten las galerías Bombón Projects y Crisis en Madrid.

 El Museo Patio Herreriano de Arte Contemporáneo Español de Valladolid presenta la obra de Esther Gatón. La muestra titulada Tú, tú, tú, mi incesante, comisariada por  

El Museo Patio Herreriano de Arte Contemporáneo Español de Valladolid presenta la obra de Esther Gatón. La muestra titulada Tú, tú, tú, mi incesante, comisariada por Rafa Barber Cortell, interviene en tres salones del histórico solar y antiguo Monasterio de San Benito. La artista interviene el espacio con más de 70 obras. «La muestra funciona de manera polifónica; cada pieza tiene su propia voz y podría existir en solitario, pero juntas crean un diálogo que no necesita acuerdo, solo proximidad», cuenta a THE OBJECTIVE.

PREGUNTA.- Rafa Barber, curador de la muestra, evoca imágenes religiosas como vírgenes, milagros y objetos de culto para hablar de su obra.

RESPUESTA.- Creo que tiene que ver con el origen. De pequeños percibimos los lugares desde nuestra pequeña escala y, al regresar a los mismos espacios con el paso del tiempo, la percepción cambia absolutamente. Eso también se refleja en mi obra, sobre todo en esta muestra. Soy de Valladolid y mi infancia tiene sus raíces en este territorio tan tradicional y religioso. Rafa Barber tiene una experiencia parecida a la mía; siendo él de Valencia, crecimos en contextos de los que tuvimos que irnos, en busca de las industrias en las que queríamos trabajar. Pienso en las Fallas de Valencia y en la Semana Santa de Valladolid, ambas fiestas tan tradicionales y con imaginarios tan potentes. En España se habla mucho de la Semana Santa sevillana o malagueña, pero la vallisoletana tiene su propio carácter, con algo absolutamente castellano, como de desierto. Castilla y León sigue siendo la región más despoblada de España; la geografía es impresionante, rodeada de ruinas romanas, visigodas o medievales. Yo me fui a los 17 años como la mayoría de mi generación. Ahora, con la llegada de los nómadas digitales, creo que estos lugares están teniendo una segunda oportunidad. Mis primeros recuerdos están anclados en ese mundo tradicional donde el pensamiento mágico o aparato estético es muy poderoso.

P.- De la Semana Santa vallisoletana se dice que es «sobria o silenciosa» y que muestra un «museo barroco» entre sus calles…

R.- Durante mi infancia la recuerdo como un teatro de calle, con ese simbolismo de pasear las estatuas de forma tan coreografiada. La ciudad se paraliza mientras se recorre y lo más impresionante son las tallas, las esculturas. En toda la región de Castilla y León hay un montón de monasterios, varios ya en ruinas, hechos en torno a una «rama de espinas», evocando la corona de Jesús. Esa etapa fue la de su mayor esplendor; luego la zona sería vandalizada con la llegada de Napoleón a España. Es impresionante ver la adoración que también hay a estas imágenes rotas o a sus restos. Tampoco podemos dejar de lado que son imágenes «represoras» o «vigilantes», para señalar al que no se atiene a la norma. Valladolid vivió el momento de la Contrarreforma, el Siglo de Oro español, con ese catolicismo exagerado, que le hace frente al protestantismo iconoclasta que rechazaba las imágenes. En ese periodo barroco español se dejó de utilizar mármol para usar madera y mostrar más realismo. Por eso el museo más importante de España y uno de los más relevantes de Europa dedicado a la escultura en madera policromada es el Museo Nacional de Escultura de Valladolid. Mi trabajo claramente no es hiperrealista, pero creo que hay de esto en mi bagaje y en esta muestra lo he reconocido.

«El título de la muestra es un homenaje a la poesía de Jorge Guillén»

P.- Su obra en todo caso es bastante conceptual; en Tú, tú, tú, mi incesante, flotan esculturas translúcidas ocupando el aire de la sala; el gesto lo describen como un «artificio barroco».

R.- La muestra está en lo que fue un antiguo monasterio, que anteriormente era una fortaleza. El edificio es pronunciadamente religioso; no podía ignorarlo. El patio está proyectado o pensado para los recorridos que hacían los monjes; es el clasicismo español, austero, sin ornamentos. En Tú, tú, tú, mi incesante, intento jugar con la escala, incorporando la arquitectura en el recorrido. Mi padre era arquitecto de iglesias, así que se puede decir que el entendimiento de este tipo de espacio es parte de mí. En los años cincuenta, Valladolid creció mucho por la creación de FASA, la primera fábrica de coches Renault de España, y los nuevos barrios necesitaban iglesias. Él trabajó después del Concilio Vaticano II, que trataba de recuperar lo que fue el origen del cristianismo: las misas pasaron a darse en el idioma local en vez de en latín y a las mujeres y hombres se les dejó estar separados durante la misa. Las iglesias pasan a ser pensadas como lugares no solo de culto, sino también de encuentro. Creo que también busco eso en mis muestras; no solo pienso en los objetos o piezas, sino en la disposición que ocupan en el lugar formando un conjunto.

P.- El título de la exposición pertenece al poema homónimo del poeta Jorge Guillén.

R.- Guillén era vallisoletano, poeta y antifranquista; tuvo que exiliarse en Estados Unidos, donde fue profesor de literatura. Perteneció a la Generación del 27 —para mí, la de los más grandes de la poesía española—. Tomé el título porque me importaba reconocer esa cadena simbólica, apropiármela para mostrar de dónde bebo y vengo. Es también un homenaje a su poesía y a esa gente ligada al arte que estuvo detrás de nosotros y lo tuvo más difícil que nosotros.

P.- Trabaja con varios materiales, pero sobre todo llama la atención la utilización del bioplástico. ¿Por qué lo elige?

R.- Llegué al material porque quería que mi práctica fuera lo más ética posible. Trabajo con el laboratorio alemán Materiability en Dessau, con el que desarrollé una receta. Yo misma la cocino, tiene propiedades plásticas, pero en teoría se podría comer. Me gradué en Goldsmiths en Londres, donde nos enseñaron a trabajar, como la mayoría de escuelas, con productos o técnicas muy tóxicas. Teníamos que siempre utilizar guantes o mascarillas y salí un poco horrorizada de lo que representaba. Además, la idea de protegerme de mi trabajo no me gustaba. Los artistas generamos mucho desperdicio, así que al ganar la beca Generaciones, me di cuenta de que lo que quería era hacerle frente a ese tema, y ahí fue cuando descubrí la posibilidad de crear la receta de bioplástico con la que trabajo.

P.- Ha desarrollado su práctica artística en Bélgica, Londres, Barcelona y ahora está en Madrid, ¿cómo la ha referenciado cada ciudad?

R.- La educación en arte cambia radicalmente de ciudad en ciudad; incluso entre Madrid y Barcelona, las aproximaciones son completamente diferentes.  Me di cuenta de que cuanto más me movía, era mejor. He pasado por formaciones muy conceptuales, pero también hay algo hermoso en la educación clásica, que tiene que ver con el respeto a la herencia tan grande que tenemos. Aprender a dibujar es también aprender a mirar.  Últimamente tengo la impresión de que en el arte la idea o el concepto pesa más que la obra, y yo, en cierto sentido, trato de reivindicar lo contrario. Me gusta que la obra se adelante al pensamiento. Mi trabajo ha ido cambiando de medios; hago escultura, pero también video, y en Madrid me he reencontrado con la pintura.  

«Me gusta que la obra se adelante al pensamiento»

P.- El Patio Herreriano es todo un referente para el arte contemporáneo español. Actualmente, también se puede ver en sus salas obra de Daniel Canogar o Gustavo Torner. ¿Cómo fue el proceso de selección? 

R.- Recibí la invitación por parte de Javier Hontoria, su director, hace dos años. Ha sido un tiempo ideal para presentar un trabajo asentado. El mundo del arte tiene fechas muy pautadas, pero siempre vamos contra la velocidad del tiempo. En la programación también les interesa que las muestras tengan relación entre sí, y yo inauguré el mismo día que Nuria Fuster, una artista alicantina asentada en Berlín. Además de Canogar y Torner, también se está exhibiendo La Promesa de Villèlia, con obra del fallecido artista catalán Moisès Villèlia.  Creo que hay un relato histórico en el conjunto de exposiciones, que le da un carácter especial a la visita del Museo.

P.- Tú, tú, tú, mi incesante va hasta el 13 de septiembre. ¿Qué otras muestras está preparando?

R.- Ahora mismo estoy participando en una exposición colectiva en Madrid que se llama Nueva-Vieja Pintura, uno de los proyectos ganadores de la XVII edición de la selección Se Busca Comisario, que apuesta por nuevos modelos curatoriales. La muestra propone una genealogía de la pintura actual, algo más experimental de lo pictórico. Y en septiembre inauguro en el espacio que comparten las galerías Bombón Projects y Crisis en Madrid.

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