El último atrevimiento de Slavoj Žižek

Hay algo que se puede afirmar sin lugar a dudas del último libro de Slavoj Žižek, Una izquierda que se atreva a decir su nombre (Editorial Anagrama): solo puede estar escrito por Slavoj Žižek. Si, por ejemplo, alguien le hubiera ordenado a la inteligencia artificial que escribiera un libro al modo de Žižek, la IA, tras unas cuantas páginas de tentativas desesperadas, hubiera comenzado a rechinar y habría terminado autodestruyéndose, como HAL 9000, el superordenador de 2001: Una odisea espacial. Hay en cada texto de Zizek tal cantidad de paradojas delirantes, de ideas contradictorias y de perspectivas que, ya sea de forma voluntaria o impensada, resultan provocadoras y chocantes, que nadie que no sea Žižek sería capaz de ordenarlas y darles forma de libro.

Entiéndanme bien. Esto no significa que el esloveno sea un pensador de obligado cumplimiento, ni tampoco que resulte perfectamente irrelevante. Zizek es, más que nada, un pensador pop, mucho más posmoderno de lo que a él le gusta creer y mucho más académico de lo que podría sugerir su cultivada apariencia de enfant terrible de la filosofía, pero hay que reconocerle en su haber que la lectura de sus obras raramente resulta aburrida y que sus boutades filosóficas no siempre están exentas de algún sentido, en ocasiones sumamente sugerente. Zizek es a la filosofía de nuestro tiempo un poco lo que Damien Hirst o Jeff Koons al mundo del arte: gente a la que hay que seguirle la pista, pero a la que sería un error hermenéutico tomarse demasiado en serio.

En su último libro, una recopilación de artículos, intervenciones y ensayos publicados en diversos medios, Žižek viene a traernos una buena nueva que ni es nueva —tiene ya, al menos, dos siglos— ni, desde luego, es buena. Según el filósofo mediático, la solución a todos nuestros problemas no puede ser otra que el comunismo, que es la única izquierda que sí se atreve a decir su nombre. ¿Se siente usted amenazado por las potencialidades destructivas del cambio climático? La única solución efectiva solo puede provenir de las virtualidades organizativas de un sistema de producción comunista. ¿Cree usted que las oleadas migratorias van a ocasionar desajustes indeseables en las sociedades del futuro? No hay como el comunismo, según nos demostrara ya el padrecito Stalin, para organizar de una forma racional los movimientos de masas.

¿Pero qué hay, entonces, de las libertades, de esas formas de convivencia que hemos conquistado en las sociedades occidentales? Žižek ni se lo plantea; en su opinión, tan solo un comunismo a nivel mundial podrá salvarnos del apocalipsis capitalista. «Está claro» —afirma— «que hace falta un organismo global fuerte que cuente con el poder de coordinar dichas medidas. ¿Y no apunta ese organismo hacia lo que antaño llamábamos comunismo?». No crean, sin embargo, que el sueño reverdecido de Žižek es tan insólito: hay toda una izquierda presuntamente liberal que no deja de fantasear con la utopía salvífica de un Estado Total.

La propia metodología que emplea el autor del libro —en la que no faltan elementos tan puramente extravagantes como la teoría de las contradicciones de Mao— se declara abiertamente comunista (aunque en muchos momentos cabe dudar de que realmente lo sea): «Las intervenciones que recoge este libro» —nos dice— «son intempestivas porque su premisa es que la perspectiva comunista es la única que nos permite comprender estos temas». Ahora bien, lo que comprobamos en la lectura de sus ensayos es, precisamente, que esa perspectiva, cuando se aplica, yerra, nunca mejor dicho, por sistema, mientras que los textos que mejor se sostienen son aquellos en los que Žižek se limita a ser simplemente Žižek.

Utilidad del populismo

Sea como fuere, hay que reconocer que los enfoques del pensador esloveno no son nunca simples, lo que en ciertos casos tampoco tiene por qué ser un halago. Dado que la mayor parte de los ensayos e intervenciones del libro tienen ya algunos años, podemos valorar con cierta perspectiva el grado de acierto a partir del destino que han tenido algunos de los fenómenos analizados. Un caso particularmente significativo es el del populismo.

Žižek, desde sus alucinaciones finalistas en un orden comunista, no puede obviamente rebajarse a aceptar de modo ciego los presupuestos del populismo, pero sí considera su utilidad instrumental en términos de debilitamiento del sistema. «Por consiguiente» —proclama—, «la manera de combatir el populismo de derechas es recurrir al populismo de izquierdas, que, aunque conserva las coordenadas populistas básicas (la lógica agonística de Nosotros contra Ellos, del ‘pueblo’ contra una élite corrupta), las llena de contenido izquierdista: ‘Ellos’ no son los pobres refugiados o inmigrantes, sino que se refiere al capital financiero, la burocracia estatal tecnocrática, etc. Este populismo va más allá del viejo anticapitalismo de la clase obrera; intenta fusionar una multiplicidad de luchas que van desde la ecología al feminismo, del derecho al trabajo a la educación y la sanidad gratuitas, etc.». En fin, lo que se ha llamado izquierda woke o posmoderna.

A partir de tales consideraciones, a nadie le puede extrañar que Žižek se deje deslumbrar por emergencias circunstanciales a las que el tiempo se ha encargado de diluir como algodones de feria en la boca de un niño hambriento. Ahí están para demostrarlo los casos de Podemos o de Greta Thunberg. De los que iban a asaltar los cielos, dice lo siguiente el filósofo: «Podemos, sin duda, representa el populismo en su mejor versión. Contra las élites intelectuales arrogantes, y políticamente correctas que desprecian ‘la estrechez de miras’ de la gente corriente, a la que consideran ‘estúpida’ por ‘votar en contra de sus intereses’, el principio organizador del partido consiste en escuchar y organizar a ‘aquellos que vienen de abajo’ contra ‘los que están arriba’, superando los modelos tradicionales de derecha e izquierda».

Sobre la Thunberg es aún más visionario. En un ensayo titulado, nada más y nada menos, Solo pueden salvarnos los niños autistas, termina diciendo: «¿Y no es Greta Thunberg nuestra Daenerys? ¿No es la misma Reina Loca que desea un cambio real? ¿Y no es la respuesta de nuestra clase dirigente a sus actos la misma sabiduría cínica que exhibe el Consejo de Gobierno de Juego de Tronos?».

Cinismo y libertad

No todo en el libro es caricatura y boutade; hay en él momentos de verdadero pensamiento y, cómo no, también de cierta genialidad. Su relación de amor-odio con Trump, por ejemplo, proyecta una gran cantidad de matices sobre un personaje al que la izquierda ortodoxa no puede despachar sino con su acostumbrado monocromatismo intelectual. Tampoco Žižek es nunca puritano, lo que en nuestros tiempos es muy de agradecer: fenómenos como la cultura woke o el feminismo al mando no salen muy bien parados en sus análisis. Y, por supuesto, no deben negársele las virtualidades de su, por así llamarlo, cinismo creativo y su desbocado sentido de la libertad (que no sabemos, por cierto, cómo sería valorado en la sociedad con la que él sueña).

Si hay algo de lo que no puede acusársele al pensador es de decir siempre lo que le da la gana en cada momento, sin que ello implique, sin embargo, la existencia incontestable de un infalible olfato comercial. Lo que queda al final de este libro es lo que deja siempre el pensamiento cuando no es convencional: la interpelación a pensar por nosotros mismos. Por eso nos dan tanta pena esas multitudes de izquierdistas presuntamente alternativos que llenan los auditorios y se toman a Žižek en serio.

 Hay algo que se puede afirmar sin lugar a dudas del último libro de Slavoj Žižek, Una izquierda que se atreva a decir su nombre (Editorial  

Hay algo que se puede afirmar sin lugar a dudas del último libro de Slavoj Žižek, Una izquierda que se atreva a decir su nombre (Editorial Anagrama): solo puede estar escrito por Slavoj Žižek. Si, por ejemplo, alguien le hubiera ordenado a la inteligencia artificial que escribiera un libro al modo de Žižek, la IA, tras unas cuantas páginas de tentativas desesperadas, hubiera comenzado a rechinar y habría terminado autodestruyéndose, como HAL 9000, el superordenador de 2001: Una odisea espacial. Hay en cada texto de Zizek tal cantidad de paradojas delirantes, de ideas contradictorias y de perspectivas que, ya sea de forma voluntaria o impensada, resultan provocadoras y chocantes, que nadie que no sea Žižek sería capaz de ordenarlas y darles forma de libro.

Entiéndanme bien. Esto no significa que el esloveno sea un pensador de obligado cumplimiento, ni tampoco que resulte perfectamente irrelevante. Zizek es, más que nada, un pensador pop, mucho más posmoderno de lo que a él le gusta creer y mucho más académico de lo que podría sugerir su cultivada apariencia de enfant terrible de la filosofía, pero hay que reconocerle en su haber que la lectura de sus obras raramente resulta aburrida y que sus boutades filosóficas no siempre están exentas de algún sentido, en ocasiones sumamente sugerente. Zizek es a la filosofía de nuestro tiempo un poco lo que Damien Hirst o Jeff Koons al mundo del arte: gente a la que hay que seguirle la pista, pero a la que sería un error hermenéutico tomarse demasiado en serio.

En su último libro, una recopilación de artículos, intervenciones y ensayos publicados en diversos medios, Žižek viene a traernos una buena nueva que ni es nueva —tiene ya, al menos, dos siglos— ni, desde luego, es buena. Según el filósofo mediático, la solución a todos nuestros problemas no puede ser otra que el comunismo, que es la única izquierda que sí se atreve a decir su nombre. ¿Se siente usted amenazado por las potencialidades destructivas del cambio climático? La única solución efectiva solo puede provenir de las virtualidades organizativas de un sistema de producción comunista. ¿Cree usted que las oleadas migratorias van a ocasionar desajustes indeseables en las sociedades del futuro? No hay como el comunismo, según nos demostrara ya el padrecito Stalin, para organizar de una forma racional los movimientos de masas.

¿Pero qué hay, entonces, de las libertades, de esas formas de convivencia que hemos conquistado en las sociedades occidentales? Žižek ni se lo plantea; en su opinión, tan solo un comunismo a nivel mundial podrá salvarnos del apocalipsis capitalista. «Está claro» —afirma— «que hace falta un organismo global fuerte que cuente con el poder de coordinar dichas medidas. ¿Y no apunta ese organismo hacia lo que antaño llamábamos comunismo?». No crean, sin embargo, que el sueño reverdecido de Žižek es tan insólito: hay toda una izquierda presuntamente liberal que no deja de fantasear con la utopía salvífica de un Estado Total.

La propia metodología que emplea el autor del libro —en la que no faltan elementos tan puramente extravagantes como la teoría de las contradicciones de Mao— se declara abiertamente comunista (aunque en muchos momentos cabe dudar de que realmente lo sea): «Las intervenciones que recoge este libro» —nos dice— «son intempestivas porque su premisa es que la perspectiva comunista es la única que nos permite comprender estos temas». Ahora bien, lo que comprobamos en la lectura de sus ensayos es, precisamente, que esa perspectiva, cuando se aplica, yerra, nunca mejor dicho, por sistema, mientras que los textos que mejor se sostienen son aquellos en los que Žižek se limita a ser simplemente Žižek.

Sea como fuere, hay que reconocer que los enfoques del pensador esloveno no son nunca simples, lo que en ciertos casos tampoco tiene por qué ser un halago. Dado que la mayor parte de los ensayos e intervenciones del libro tienen ya algunos años, podemos valorar con cierta perspectiva el grado de acierto a partir del destino que han tenido algunos de los fenómenos analizados. Un caso particularmente significativo es el del populismo.

Žižek, desde sus alucinaciones finalistas en un orden comunista, no puede obviamente rebajarse a aceptar de modo ciego los presupuestos del populismo, pero sí considera su utilidad instrumental en términos de debilitamiento del sistema. «Por consiguiente» —proclama—, «la manera de combatir el populismo de derechas es recurrir al populismo de izquierdas, que, aunque conserva las coordenadas populistas básicas (la lógica agonística de Nosotros contra Ellos, del ‘pueblo’ contra una élite corrupta), las llena de contenido izquierdista: ‘Ellos’ no son los pobres refugiados o inmigrantes, sino que se refiere al capital financiero, la burocracia estatal tecnocrática, etc. Este populismo va más allá del viejo anticapitalismo de la clase obrera; intenta fusionar una multiplicidad de luchas que van desde la ecología al feminismo, del derecho al trabajo a la educación y la sanidad gratuitas, etc.». En fin, lo que se ha llamado izquierda woke o posmoderna.

A partir de tales consideraciones, a nadie le puede extrañar que Žižek se deje deslumbrar por emergencias circunstanciales a las que el tiempo se ha encargado de diluir como algodones de feria en la boca de un niño hambriento. Ahí están para demostrarlo los casos de Podemos o de Greta Thunberg. De los que iban a asaltar los cielos, dice lo siguiente el filósofo: «Podemos, sin duda, representa el populismo en su mejor versión. Contra las élites intelectuales arrogantes, y políticamente correctas que desprecian ‘la estrechez de miras’ de la gente corriente, a la que consideran ‘estúpida’ por ‘votar en contra de sus intereses’, el principio organizador del partido consiste en escuchar y organizar a ‘aquellos que vienen de abajo’ contra ‘los que están arriba’, superando los modelos tradicionales de derecha e izquierda».

Sobre la Thunberg es aún más visionario. En un ensayo titulado, nada más y nada menos, Solo pueden salvarnos los niños autistas, termina diciendo: «¿Y no es Greta Thunberg nuestra Daenerys? ¿No es la misma Reina Loca que desea un cambio real? ¿Y no es la respuesta de nuestra clase dirigente a sus actos la misma sabiduría cínica que exhibe el Consejo de Gobierno de Juego de Tronos?».

No todo en el libro es caricatura y boutade; hay en él momentos de verdadero pensamiento y, cómo no, también de cierta genialidad. Su relación de amor-odio con Trump, por ejemplo, proyecta una gran cantidad de matices sobre un personaje al que la izquierda ortodoxa no puede despachar sino con su acostumbrado monocromatismo intelectual. Tampoco Žižek es nunca puritano, lo que en nuestros tiempos es muy de agradecer: fenómenos como la cultura woke o el feminismo al mando no salen muy bien parados en sus análisis. Y, por supuesto, no deben negársele las virtualidades de su, por así llamarlo, cinismo creativo y su desbocado sentido de la libertad (que no sabemos, por cierto, cómo sería valorado en la sociedad con la que él sueña).

Si hay algo de lo que no puede acusársele al pensador es de decir siempre lo que le da la gana en cada momento, sin que ello implique, sin embargo, la existencia incontestable de un infalible olfato comercial. Lo que queda al final de este libro es lo que deja siempre el pensamiento cuando no es convencional: la interpelación a pensar por nosotros mismos. Por eso nos dan tanta pena esas multitudes de izquierdistas presuntamente alternativos que llenan los auditorios y se toman a Žižek en serio.

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