El sol de Austerlitz

Tres emperadores peleando en una batalla como la que se libró en Austerlitz el 2 de diciembre de 1805 es un récord histórico. Hubo una «batalla de los Tres Reyes» en el siglo XVI, cuando Don Sebastián, el joven e inexperto rey de Portugal, quiso capitanear lo que puede considerarse la última cruzada cristiana. En Alcazarquivir (Marruecos) luchó junto al sultán Mohammed II Saadi, contra Abdel Malik I, y murieron los tres reyes.

En Austerlitz no murió ninguno de los emperadores, aunque el de título más señero, el que toda Europa consideraba sucesor de los emperadores romanos, perdió su imperio. Se trataba de Francisco II, titular del Sacro Imperio Romano Germánico. Esta entidad, que desapareció cuando se firmó la paz después de Austerlitz, había sido fundada por Carlomagno en Roma y con la bendición del Papa, el día de Navidad del año 800, con la pretensión de continuidad del Imperio Romano. Aunque el cargo era teóricamente electivo, desde 1452 lo monopolizó la Casa de Austria, que también reinaría en España.

Francisco II no estaba a la altura de su imponente título y prosapia. En cambio, frente a él se alzaba una figura que no llevaba ni un año ostentando la corona imperial. Era un arribista desde el punto de vista de la ortodoxia monárquica, un simple oficial de artillería procedente de una familia sin fortuna de Córcega, isla italiana comprada por Francia un año antes del nacimiento de Napoleone di Buonaparte.

Las tremendas conmociones causadas por la Revolución Francesa permitieron que ese oficial, que había disimulado su nombre italiano haciéndose llamar Napoleón Bonaparte, se convirtiera en el indiscutible líder militar de la nueva Francia, el salvador de la República Francesa. Del caudillaje militar al político hay sólo un paso; un pequeño golpe de Estado dado por el general Bonaparte el 18 Brumario de 1799 le convertiría en «cónsul vitalicio», o sea, dictador. A ese fenómeno, muy repetido en la Historia Contemporánea, se le llama precisamente «bonapartismo». 

La enorme popularidad de Napoleón en Francia, su prestigio mundial como un genio de la guerra comparable a Alejandro Magno, le animaron a autoproclamarse «Emperador de los Franceses» el 18 de mayo de 1804. Es decir, no llevaba ni un año luciendo la corona imperial cuando se enfrentó en Austerlitz a Francisco II, titular del Sacro Imperio, y al zar de Rusia, Alejandro I, que era el principal enemigo, porque los austriacos ya habían sido derrotados poco antes y a Francisco II le quedaban pocas tropas.

Austerlitz fue la obra maestra del genio militar de Napoleón. En primer lugar, fue una hazaña logística, porque el ejército francés estaba en el Canal de la Mancha, preparado para invadir Inglaterra, cuando llegó la noticia de que Austria y Rusia habían formado una coalición agresiva contra Francia. Pero Napoleón fue capaz de llevar a sus tropas a través de media Europa, desde la costa atlántica a Checoslovaquia, en un tiempo récord y en perfectas condiciones para entrar en combate.

Una vez en el campo de operaciones, Napoleón eligió con suma habilidad el escenario de la batalla. Serían las alturas de Pratzen, cuyo terreno fue estudiado minuciosamente por Napoleón, que haría que sus generales se familiarizasen también con el terreno. Simulando un movimiento de retirada, Napoleón atrajo a Pratzen al ejército ruso, que acampó en su extremo oriental la noche antes de la batalla.

Los franceses estaban acampados en el extremo occidental, y cuando Napoleón recorrió el campamento para comprobar los últimos detalles, sus soldados lo recibieron con entusiasmo. Un viejo veterano hizo una antorcha de paja para iluminar a su héroe, y miles de hombres lo imitaron. Desde el campamento ruso pensaron que los franceses incendiaban su propio campamento porque habían caído en pánico y se estaban retirando. 

El zar Alejandro cayó en la trampa, su preocupación no era ya vencer a Napoleón, lo que daba por hecho, sino que no se le escapase. Lanzó a sus mejores tropas por el flanco, en un movimiento envolvente para «cortar la huida» de Napoleón. Al hacer eso, Alejandro debilitó su centro, contra el que se lanzó Napoleón decididamente. El centro ruso-austriaco cedió, como era de esperar, pero parte esencial del plan estratégico de Napoleón era que había atraído al enemigo a una posición que tenía detrás unos lagos helados.

Y fue aquí donde intervino «el sol de Austerlitz». Pese a la fecha -diciembre en Centro Europa es muy frío-, el sol, como si fuera un aliado sobrenatural de Napoleón, apareció luciendo con intensidad y comenzó a derretir el hielo. La artillería francesa dirigió también su fuego al hielo, y el peso de miles de hombres, caballos y cañones intentando huir sobre el agua helada hizo el resto. Nunca se ha sabido cuántos hombres y caballos murieron allí congelados.

Josué fue el primero

Desde que existe la Historia escrita ha habido intervenciones del sol en los asuntos de los hombres. En la Biblia, el Libro de Josué narra cómo el pueblo hebreo, capitaneado por su caudillo militar Josué, culmina la conquista de la Tierra Prometida. En una batalla contra los amorreos, uno de los pueblos que habitaban Palestina antes de la llegada de los judíos, Yavé, el dios judío, interviene a favor de estos, bombardeando a los amorreos con un granizo de grandes dimensiones que los mata o deja malheridos. Josué quiere llevar a su fin la matanza y cuando ve que se acaba el día invoca: «Sol, detente sobre Gabaón. Y tú, luna, detente sobre el valle de Ayalón».

«Y se detuvo el sol y se paró la luna hasta que el pueblo elegido (los israelitas) se vengó de sus enemigos… Se detuvo el sol en medio del cielo y no se apresuró a ponerse en casi un día entero. No ha habido un día semejante a aquél, ni antes ni después, en el que Yavé haya obedecido la voz de un hombre», explica el relato bíblico.

El prodigio logrado por Josué serviría de ejemplo a ejércitos cristianos durante siglos, como veremos más adelante, sin embargo, Napoleón era un hijo de la Revolución Francesa, y la Revolución le había declarado la guerra a la Iglesia y sus creencias, guillotinado a muchos curas y monjas e instaurado a la Diosa Razón en los templos católicos. El emperador, que había mantenido en prisión al mismísimo Papa, no podía admitir una intervención divina en sus gloriosas victorias. Sin embargo, aceptó y utilizó la mitificación de «el sol de Austerlitz», como una señal sobrenatural que anunciaría sus victorias.

Aunque recurrió a esta evocación en diversas campañas, la ocasión más conocida fue en la batalla de Borodino, previa a la conquista de Moscú en 1812. Un militar de su entorno, el general Philippe Paul de Ségur, lo recogería en sus Memorias, y Tolstoy, que utilizó esta obra como fuente, lo refleja a su vez en su obra cumbre, Guerra y paz

«Hacia las cinco y media, cuando el sol apareció en el cielo, Napoleón llamó la atención de su séquito y dijo en voz alta y fuerte: He aquí el sol de Austerlitz…. Pero el sol no estaba de nuestra parte, estaba de parte de los rusos, y nos deslumbró, cegando nuestros ojos», reflexiona Ségur, pues la campaña de Rusia de 1812 terminaría en el mayor desastre del ejército napoleónico.

Pese a esto, la evocación de «el sol de Austerlitz» ha permanecido en la cultura francesa como una expresión triunfal. El 28 de junio de 1919 se firmaría la Paz de Versalles, el tratado que cerraba oficialmente la Primera Guerra Mundial. El día amaneció nublado y triste, pero justo a las tres de la tarde, la hora que se había fijado para la ceremonia de la firma, apareció un sol radiante. Clemenceau, el primer ministro francés que había sido artífice de la victoria sobre Alemania, no pudo contener su entusiasmo y exclamó: «¡Oh sol, compañero de los vencedores! ¡Sol de Austerlitz, sol del Marne, mantente fiel a nosotros!».

Incluso en estos días de pocas glorias, los mandatarios franceses siguen evocando al sol de Austerlitz. El 5 de mayo de 2021, durante la conmemoración del bicentenario de Napoleón, el presidente de la República, Emmanuel Macron, pronunció un discurso en el Instituto de Francia que terminó con esta frase: «Y el sol de Austerlitz sigue brillando siempre».

 Tres emperadores peleando en una batalla como la que se libró en Austerlitz el 2 de diciembre de 1805 es un récord histórico. Hubo una «batalla  

Tres emperadores peleando en una batalla como la que se libró en Austerlitz el 2 de diciembre de 1805 es un récord histórico. Hubo una «batalla de los Tres Reyes» en el siglo XVI, cuando Don Sebastián, el joven e inexperto rey de Portugal, quiso capitanear lo que puede considerarse la última cruzada cristiana. En Alcazarquivir (Marruecos) luchó junto al sultán Mohammed II Saadi, contra Abdel Malik I, y murieron los tres reyes.

En Austerlitz no murió ninguno de los emperadores, aunque el de título más señero, el que toda Europa consideraba sucesor de los emperadores romanos, perdió su imperio. Se trataba de Francisco II, titular del Sacro Imperio Romano Germánico. Esta entidad, que desapareció cuando se firmó la paz después de Austerlitz, había sido fundada por Carlomagno en Roma y con la bendición del Papa, el día de Navidad del año 800, con la pretensión de continuidad del Imperio Romano. Aunque el cargo era teóricamente electivo, desde 1452 lo monopolizó la Casa de Austria, que también reinaría en España.

Francisco II no estaba a la altura de su imponente título y prosapia. En cambio, frente a él se alzaba una figura que no llevaba ni un año ostentando la corona imperial. Era un arribista desde el punto de vista de la ortodoxia monárquica, un simple oficial de artillería procedente de una familia sin fortuna de Córcega, isla italiana comprada por Francia un año antes del nacimiento de Napoleone di Buonaparte.

Las tremendas conmociones causadas por la Revolución Francesa permitieron que ese oficial, que había disimulado su nombre italiano haciéndose llamar Napoleón Bonaparte, se convirtiera en el indiscutible líder militar de la nueva Francia, el salvador de la República Francesa. Del caudillaje militar al político hay sólo un paso; un pequeño golpe de Estado dado por el general Bonaparte el 18 Brumario de 1799 le convertiría en «cónsul vitalicio», o sea, dictador. A ese fenómeno, muy repetido en la Historia Contemporánea, se le llama precisamente «bonapartismo». 

La enorme popularidad de Napoleón en Francia, su prestigio mundial como un genio de la guerra comparable a Alejandro Magno, le animaron a autoproclamarse «Emperador de los Franceses» el 18 de mayo de 1804. Es decir, no llevaba ni un año luciendo la corona imperial cuando se enfrentó en Austerlitz a Francisco II, titular del Sacro Imperio, y al zar de Rusia, Alejandro I, que era el principal enemigo, porque los austriacos ya habían sido derrotados poco antes y a Francisco II le quedaban pocas tropas.

Austerlitz fue la obra maestra del genio militar de Napoleón. En primer lugar, fue una hazaña logística, porque el ejército francés estaba en el Canal de la Mancha, preparado para invadir Inglaterra, cuando llegó la noticia de que Austria y Rusia habían formado una coalición agresiva contra Francia. Pero Napoleón fue capaz de llevar a sus tropas a través de media Europa, desde la costa atlántica a Checoslovaquia, en un tiempo récord y en perfectas condiciones para entrar en combate.

Una vez en el campo de operaciones, Napoleón eligió con suma habilidad el escenario de la batalla. Serían las alturas de Pratzen, cuyo terreno fue estudiado minuciosamente por Napoleón, que haría que sus generales se familiarizasen también con el terreno. Simulando un movimiento de retirada, Napoleón atrajo a Pratzen al ejército ruso, que acampó en su extremo oriental la noche antes de la batalla.

Los franceses estaban acampados en el extremo occidental, y cuando Napoleón recorrió el campamento para comprobar los últimos detalles, sus soldados lo recibieron con entusiasmo. Un viejo veterano hizo una antorcha de paja para iluminar a su héroe, y miles de hombres lo imitaron. Desde el campamento ruso pensaron que los franceses incendiaban su propio campamento porque habían caído en pánico y se estaban retirando. 

El zar Alejandro cayó en la trampa, su preocupación no era ya vencer a Napoleón, lo que daba por hecho, sino que no se le escapase. Lanzó a sus mejores tropas por el flanco, en un movimiento envolvente para «cortar la huida» de Napoleón. Al hacer eso, Alejandro debilitó su centro, contra el que se lanzó Napoleón decididamente. El centro ruso-austriaco cedió, como era de esperar, pero parte esencial del plan estratégico de Napoleón era que había atraído al enemigo a una posición que tenía detrás unos lagos helados.

Y fue aquí donde intervino «el sol de Austerlitz». Pese a la fecha -diciembre en Centro Europa es muy frío-, el sol, como si fuera un aliado sobrenatural de Napoleón, apareció luciendo con intensidad y comenzó a derretir el hielo. La artillería francesa dirigió también su fuego al hielo, y el peso de miles de hombres, caballos y cañones intentando huir sobre el agua helada hizo el resto. Nunca se ha sabido cuántos hombres y caballos murieron allí congelados.

Desde que existe la Historia escrita ha habido intervenciones del sol en los asuntos de los hombres. En la Biblia, el Libro de Josué narra cómo el pueblo hebreo, capitaneado por su caudillo militar Josué, culmina la conquista de la Tierra Prometida. En una batalla contra los amorreos, uno de los pueblos que habitaban Palestina antes de la llegada de los judíos, Yavé, el dios judío, interviene a favor de estos, bombardeando a los amorreos con un granizo de grandes dimensiones que los mata o deja malheridos. Josué quiere llevar a su fin la matanza y cuando ve que se acaba el día invoca: «Sol, detente sobre Gabaón. Y tú, luna, detente sobre el valle de Ayalón».

«Y se detuvo el sol y se paró la luna hasta que el pueblo elegido (los israelitas) se vengó de sus enemigos… Se detuvo el sol en medio del cielo y no se apresuró a ponerse en casi un día entero. No ha habido un día semejante a aquél, ni antes ni después, en el que Yavé haya obedecido la voz de un hombre», explica el relato bíblico.

El prodigio logrado por Josué serviría de ejemplo a ejércitos cristianos durante siglos, como veremos más adelante, sin embargo, Napoleón era un hijo de la Revolución Francesa, y la Revolución le había declarado la guerra a la Iglesia y sus creencias, guillotinado a muchos curas y monjas e instaurado a la Diosa Razón en los templos católicos. El emperador, que había mantenido en prisión al mismísimo Papa, no podía admitir una intervención divina en sus gloriosas victorias. Sin embargo, aceptó y utilizó la mitificación de «el sol de Austerlitz», como una señal sobrenatural que anunciaría sus victorias.

Aunque recurrió a esta evocación en diversas campañas, la ocasión más conocida fue en la batalla de Borodino, previa a la conquista de Moscú en 1812. Un militar de su entorno, el general Philippe Paul de Ségur, lo recogería en sus Memorias, y Tolstoy, que utilizó esta obra como fuente, lo refleja a su vez en su obra cumbre, Guerra y paz

«Hacia las cinco y media, cuando el sol apareció en el cielo, Napoleón llamó la atención de su séquito y dijo en voz alta y fuerte: He aquí el sol de Austerlitz…. Pero el sol no estaba de nuestra parte, estaba de parte de los rusos, y nos deslumbró, cegando nuestros ojos», reflexiona Ségur, pues la campaña de Rusia de 1812 terminaría en el mayor desastre del ejército napoleónico.

Pese a esto, la evocación de «el sol de Austerlitz» ha permanecido en la cultura francesa como una expresión triunfal. El 28 de junio de 1919 se firmaría la Paz de Versalles, el tratado que cerraba oficialmente la Primera Guerra Mundial. El día amaneció nublado y triste, pero justo a las tres de la tarde, la hora que se había fijado para la ceremonia de la firma, apareció un sol radiante. Clemenceau, el primer ministro francés que había sido artífice de la victoria sobre Alemania, no pudo contener su entusiasmo y exclamó: «¡Oh sol, compañero de los vencedores! ¡Sol de Austerlitz, sol del Marne, mantente fiel a nosotros!».

Incluso en estos días de pocas glorias, los mandatarios franceses siguen evocando al sol de Austerlitz. El 5 de mayo de 2021, durante la conmemoración del bicentenario de Napoleón, el presidente de la República, Emmanuel Macron, pronunció un discurso en el Instituto de Francia que terminó con esta frase: «Y el sol de Austerlitz sigue brillando siempre».

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