Aprendiendo de Madrid con Paco Gómez

Hace ya bastantes años, cuando yo aún estaba casado, una amiga de mi mujer llegó tarde al restaurante donde nos habíamos citado, pero traía una buena excusa: estaba leyendo Los Modlin, y andaba tan fascinada con esa magnética, casi increíble historia, que se iba confundiendo de andenes, pasándose de paradas, despistándose con las calles. Sólo veía una pega en el libro, y es que a todas luces, decía ella, le faltaba una edición a fondo, una buena corrección.

Fue ahí cuando empecé a mirar la carta por quinta vez, sin lanzarme a confesar que de hecho era yo quien había corregido ese libro o, mejor, quien precisamente había hecho la última revisión ortotipográfica y panorámica de un libro que sí había sido muy trabajado no sólo por su autor, el fotógrafo Paco Gómez, o por mí, su último lector antes de imprenta, sino por algunos otros amigos que entre medias habían sugerido cosas, intervenido un poco en el texto, toqueteado comas y detalles. Y bien podría haberme destapado, la verdad, porque no había nada de lo que avergonzarse, y de hecho ese aire de naturalidad difícil, de frescura extraña, que tienen los libros de Paco, explican tal vez una buena parte de su éxito. Él detesta la solemnidad y las florituras, y, a lo Baroja, prefiere un anacoluto expresivo que un giro remotamente forzado que evite cualquier mínima agramaticalidad. Con la escritura sucede como con los viajes: si no hay improvisación, si no hay espontaneidad, entonces se reduce la libertad y, por consiguiente, la alegría. Y él es un hombre humilde, y por tanto se dejaba corregir agradecido, pero también es mucho más autor literario de lo que quizá él mismo sabe, y tenía claro cuáles eran las estructuras o los circunloquios que no estaba dispuesto a suscribir. Él buscaba ese tono, esa prosa, ese «timbre» del texto. Y si hubiera sido todo más académico y envarado es probable que esa amiga que protestaba por las pequeñas y supuestas imperfecciones hubiera quedado mucho menos atrapada por aquella familia y, por tanto, hubiera llegado puntual.

Ese aire de Los Modlin se prolongó después, tras el tremendo éxito, a través de otros cinco libros dispares, alguno de ficción, otros más exóticos…, y se repitió en buena parte en Wattebled o el rastro de las cosas, una historia nacida no en la basura sino en el Rastro, pero que a mí me pareció comparable en su poder narrativo y evocador. Y ahora Paco Gómez ha publicado un séptimo libro que, como sucede cada año y medio o así, vuelve a encandilarnos y a mí, particularmente, a llenarme de envidia.

Siempre he envidiado a los fotógrafos, y tengo clarísimo que en otra vida lo hubiera dado todo por dedicarme a ello. Dejando a un lado la música, radicalmente insuperable a la hora de llevarnos a otro sitio, creo que la fotografía es casi superior a la poesía verbal en su capacidad simbólica o, sí, poética. Las palabras se atascan muchas veces allá donde una buena foto nos obliga a hacernos todo tipo de preguntas. Y, además, un buen fotógrafo es algo así como el hombre invisible: puede colarse en todos sitios y, lejos de prohibírselo, le invitan a ello, así sea la cocina de un gran chef, un barco de pesca que se dirige hacia el Gran Sol o la ducha de, pongamos por caso, Ferran Torres. Si sus fotos son conocidas y celebradas, un fotógrafo tiene luz verde o tarjeta VIP para husmear donde quiera y enseñárnoslo.

Leyendo estas Derivas con Leo la envidia es aún mayor, pues a su gozosa vocación como fotógrafo y, digamos, «registrador de la realidad», documentalista de la ciudad, casi historiador de la arquitectura, se une su condición de padre de un chico de veinte años que, estudiante en efecto de Arquitectura, está dispuesto a dedicar las mañanas de los sábados a visitar con su padre algunos rincones especiales de Madrid, desde esa «Casa de las Flores» por donde yo últimamente he de pasar todos los días hasta esas obras sepultadas de Eduardo Torroja que hay junto a la Moncloa (y sobre las cuales ya leímos hace poco en el también sorprendente Cantarranas), desde las intoreables Torres Blancas hasta la Casa Huarte.

Lo que estas salidas a la ciudad demuestran es que no darse importancia es el mejor modo de acabar haciendo cosas importantes, de que huir de la erudición no implica caer en la superficialidad, y esto es así por mucho que Paco Gómez casi presuma de «merodeador», de aficionado: no sólo es curiosidad lo que a él le mueve, como tantas veces explica, sino cierto afán de preservar, de educar la actitud ante la vida de su hijo o de sus lectores, de invitarnos a mirar y por tanto a vivir con un poco más de atención.

Cuando terminé de leer Derivas con Leo envié un mensaje de teléfono a Gómez: «Caramba, amigo, no sé cuántos años hacía que no leía un libro de 340 páginas en una larga, gozosa, mañana». Él me respondió enseguida: «No te engañes, es que tiene muchas fotos». Lo dicho: se trata de no darse importancia. Pero hay por ahí una conjura de curiosos, de detectives y de sabuesos que andan rastreando y mapeando una nueva ciudad «artística», crítica, poética, secreta, estimulante, detallista. Y algún día me sacaré el carné.

 Hace ya bastantes años, cuando yo aún estaba casado, una amiga de mi mujer llegó tarde al restaurante donde nos habíamos citado, pero traía una buena  

Hace ya bastantes años, cuando yo aún estaba casado, una amiga de mi mujer llegó tarde al restaurante donde nos habíamos citado, pero traía una buena excusa: estaba leyendo Los Modlin, y andaba tan fascinada con esa magnética, casi increíble historia, que se iba confundiendo de andenes, pasándose de paradas, despistándose con las calles. Sólo veía una pega en el libro, y es que a todas luces, decía ella, le faltaba una edición a fondo, una buena corrección.

Fue ahí cuando empecé a mirar la carta por quinta vez, sin lanzarme a confesar que de hecho era yo quien había corregido ese libro o, mejor, quien precisamente había hecho la última revisión ortotipográfica y panorámica de un libro que sí había sido muy trabajado no sólo por su autor, el fotógrafo Paco Gómez, o por mí, su último lector antes de imprenta, sino por algunos otros amigos que entre medias habían sugerido cosas, intervenido un poco en el texto, toqueteado comas y detalles. Y bien podría haberme destapado, la verdad, porque no había nada de lo que avergonzarse, y de hecho ese aire de naturalidad difícil, de frescura extraña, que tienen los libros de Paco, explican tal vez una buena parte de su éxito. Él detesta la solemnidad y las florituras, y, a lo Baroja, prefiere un anacoluto expresivo que un giro remotamente forzado que evite cualquier mínima agramaticalidad. Con la escritura sucede como con los viajes: si no hay improvisación, si no hay espontaneidad, entonces se reduce la libertad y, por consiguiente, la alegría. Y él es un hombre humilde, y por tanto se dejaba corregir agradecido, pero también es mucho más autor literario de lo que quizá él mismo sabe, y tenía claro cuáles eran las estructuras o los circunloquios que no estaba dispuesto a suscribir. Él buscaba ese tono, esa prosa, ese «timbre» del texto. Y si hubiera sido todo más académico y envarado es probable que esa amiga que protestaba por las pequeñas y supuestas imperfecciones hubiera quedado mucho menos atrapada por aquella familia y, por tanto, hubiera llegado puntual.

Ese aire de Los Modlin se prolongó después, tras el tremendo éxito, a través de otros cinco libros dispares, alguno de ficción, otros más exóticos…, y se repitió en buena parte en Wattebled o el rastro de las cosas, una historia nacida no en la basura sino en el Rastro, pero que a mí me pareció comparable en su poder narrativo y evocador. Y ahora Paco Gómez ha publicado un séptimo libro que, como sucede cada año y medio o así, vuelve a encandilarnos y a mí, particularmente, a llenarme de envidia.

Siempre he envidiado a los fotógrafos, y tengo clarísimo que en otra vida lo hubiera dado todo por dedicarme a ello. Dejando a un lado la música, radicalmente insuperable a la hora de llevarnos a otro sitio, creo que la fotografía es casi superior a la poesía verbal en su capacidad simbólica o, sí, poética. Las palabras se atascan muchas veces allá donde una buena foto nos obliga a hacernos todo tipo de preguntas. Y, además, un buen fotógrafo es algo así como el hombre invisible: puede colarse en todos sitios y, lejos de prohibírselo, le invitan a ello, así sea la cocina de un gran chef, un barco de pesca que se dirige hacia el Gran Sol o la ducha de, pongamos por caso, Ferran Torres. Si sus fotos son conocidas y celebradas, un fotógrafo tiene luz verde o tarjeta VIP para husmear donde quiera y enseñárnoslo.

Leyendo estas Derivas con Leo la envidia es aún mayor, pues a su gozosa vocación como fotógrafo y, digamos, «registrador de la realidad», documentalista de la ciudad, casi historiador de la arquitectura, se une su condición de padre de un chico de veinte años que, estudiante en efecto de Arquitectura, está dispuesto a dedicar las mañanas de los sábados a visitar con su padre algunos rincones especiales de Madrid, desde esa «Casa de las Flores» por donde yo últimamente he de pasar todos los días hasta esas obras sepultadas de Eduardo Torroja que hay junto a la Moncloa (y sobre las cuales ya leímos hace poco en el también sorprendente Cantarranas), desde las intoreables Torres Blancas hasta la Casa Huarte.

Lo que estas salidas a la ciudad demuestran es que no darse importancia es el mejor modo de acabar haciendo cosas importantes, de que huir de la erudición no implica caer en la superficialidad, y esto es así por mucho que Paco Gómez casi presuma de «merodeador», de aficionado: no sólo es curiosidad lo que a él le mueve, como tantas veces explica, sino cierto afán de preservar, de educar la actitud ante la vida de su hijo o de sus lectores, de invitarnos a mirar y por tanto a vivir con un poco más de atención.

Cuando terminé de leer Derivas con Leo envié un mensaje de teléfono a Gómez: «Caramba, amigo, no sé cuántos años hacía que no leía un libro de 340 páginas en una larga, gozosa, mañana». Él me respondió enseguida: «No te engañes, es que tiene muchas fotos». Lo dicho: se trata de no darse importancia. Pero hay por ahí una conjura de curiosos, de detectives y de sabuesos que andan rastreando y mapeando una nueva ciudad «artística», crítica, poética, secreta, estimulante, detallista. Y algún día me sacaré el carné.

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