Más allá de la política que fueron capaces de propiciar, o no, durante su mandato, algunos presidentes norteamericanos dejan un legado arquitectónico: un edificio. Cuando ese inmueble se construye mientras están vivos, el proyecto suele representar la imagen que ellos mismos tienen de su mandato. O de lo que hubieran querido conseguir. Así, hayan ayudado o no a fomentar la lectura, casi todos (Franklin D. Roosevelt en Hyde Park, Nueva York o Ronald Reagan en Simi Valley, California) eligen dejar una biblioteca que lleva su nombre. Con todo, algunos consiguen ir más allá. Y envían también un mensaje de futuro con la arquitectura de dicho edificio. Fue el caso de la administración Kennedy que, frente a la Biblioteca de Reagan —estilo Misión y con más visitantes para ver el avión presidencial Air Force One que lectores—, o frente a la que Roosevelt tiene con estilo colonial, optó por encargarle el Centro Kennedy de Boston al arquitecto que cambiaría la faz del Louvre y que ya había construido el rascacielos más alto de Boston: I.M. Pei.
Todd Williams y Billie Tsien concluyen en Chicago un ‘campus cívico’ que hace convivir arquitectura, paisajismo, cultura, deporte, juego, naturaleza y civismo
Más allá de la política que fueron capaces de propiciar, o no, durante su mandato, algunos presidentes norteamericanos dejan un legado arquitectónico: un edificio. Cuando ese inmueble se construye mientras están vivos, el proyecto suele representar la imagen que ellos mismos tienen de su mandato. O de lo que hubieran querido conseguir. Así, hayan ayudado o no a fomentar la lectura, casi todos (Franklin D. Roosevelt en Hyde Park, Nueva York o Ronald Reagan en Simi Valley, California) eligen dejar una biblioteca que lleva su nombre. Con todo, algunos consiguen ir más allá. Y envían también un mensaje de futuro con la arquitectura de dicho edificio. Fue el caso de la administración Kennedy que, frente a la Biblioteca de Reagan —estilo Misión y con más visitantes para ver el avión presidencial Air Force One que lectores—, o frente a la que Roosevelt tiene con estilo colonial, optó por encargarle el Centro Kennedy de Boston al arquitecto que cambiaría la faz del Louvre y que ya había construido el rascacielos más alto de Boston: I.M. Pei.
Estos días Barack Obama ha inaugurado el Presidential Center que lleva su nombre en Jackson Park, el sur de Chicago, una zona no exenta de conflictos raciales donde creció su mujer. Los arquitectos, los neoyorquinos Todd Williams y Billie Tsien, son dos de los profesionales norteamericanos que mejor combinan una ambición plástica con un tratamiento artesanal de las obras. Esa mano puede verse en la radical sutileza de la Barnes Foundation, en Filadelfia; en la Biblioteca James Baldwin, que levantaron en Peterborough (New Hampshire); en el American Folk Art Museum de Nueva York o en el nuevo The Obama Presidential Center, que han inaugurado este mes. Este proyecto, explicado por el propio Obama como un centro cívico, busca hacer convivir saberes: deporte con horticultura, arte con literatura, cocina con música. El expresidente lo define como un “conector para el cambio”. Y es cierto que esa suma de pequeñas ambiciones lo convierte en un lugar grande que podría ser grandioso.

Fue esa idea de poner la conexión por delante del impacto lo que hizo que, entre los siete estudios de arquitectos que aspiraban al encargo, Williams&Tsien ganaran el concurso cuando, en lugar de un edificio icónico, propusieron levantar un campus abierto. Si el objetivo de Obama es conectar el arte con la vida para mejorar, por lo menos en parte, el mundo, el centro busca hacerlo a través de sus instalaciones y decisiones. Así, allí es tan importante el jardín —ideado por Michael van Valkenburgh, Living Habitats y Site design Group— como el edificio de cuatro plantas, de hormigón y acero con una fachada de granito de New Hampshire diseñado por Williams&Tsien. Los arquitectos cuentan que la forma poliédrica facetada del inmueble tiene como referencia la unión de varias manos. Y, ciertamente, el objetivo es tanto resultar útil como honrar a quienes han contribuido a las mejoras sociales de Estados Unidos —el huerto lleva el nombre de Eleanor Roosevelt y el auditorio de 336 asientos el del premio Nobel, y superviviente del Holocausto judío, Elie Wiesel—.

Con jardines, pista de baloncesto y ese huerto abierto al público, el campus incluye también un museo de los movimientos sociales, una biblioteca y un laboratorio-escuela culinario. Tiene zonas de juegos, abiertas al público, y zonas de pago, como las salas de exposición, el auditorio, el restaurante, o el aparcamiento, para 400 coches.

Obama ha hablado de la importancia del lugar. Barajaron la posibilidad de levantar su Presidential Center en Manhattan, junto a la Universidad de Columbia. También en Hawaii, donde nació. Pero él quiso que fuera en la ciudad donde más años ha vivido, y donde nació su mujer, Michelle Obama. Más allá de que sea una ubicación simbólica, el cuidado del lugar tiene que ver también con la sostenibilidad como parte del diseño. En el jardín, 900 árboles cuidarán de la sombra. Y los sistemas de retención y reciclaje de agua cuidarán del jardín. Toda la climatización es por geotermia. El edificio está aislado en las zonas de mayor exposición solar. Pero es la celosía la que habla con más fuerza. Es una celosía construida con palabras. Labradas en granito, repiten parte del mensaje presidencial que Obama leyó en 2015 y que recuerda que América no es la obra de una sola persona y que, por eso, lo más importante es la primera persona del plural: nosotros. We the people, we shall overcome. Yes we can. “La palabra nosotros no le pertenece a nadie —dijo—, nos pertenece a todos”. Eso busca también su legado arquitectónico.
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