Un año antes de morir, Keith Haring realizó el tríptico de bronce bañado en oro blanco La vida de Cristo para la iglesia de San Eustaquio de París. La pieza, más escultural que grafitera, aunque con la misma habilidad pop para cuestionar el canon blanco y heterosexual, está en una de las decenas de capillas de este templo. Justo encima hay varias pinturas del siglo XVII. A pocos metros, una obra de Rubens y otra de Luca Giordano. La mayoría de los turistas que visita la ciudad desconoce que esta monumental iglesia alberga a tantos grandes maestros. Tampoco es la más frecuentada por los parisinos. Es, sin embargo, un lugar seguro para parte de la comunidad LGTBIQ+ desde los años ochenta, cuando comenzó la epidemia del VIH y el sida. Por eso Haring, fallecido a los 31 años por esta enfermedad, decidió que su última obra debía honrar el legado de los curas que acogieron a quienes no tenían ni quien les enterrara.
La organización World Monuments Fund termina los trabajos en la iglesia de San Eustaquio, en la que conviven Rubens y el arte contemporáneo, y en la capilla de la Universidad de la Sorbona
Un año antes de morir, Keith Haring realizó el tríptico de bronce bañado en oro blanco La vida de Cristo para la iglesia de San Eustaquio de París. La pieza, más escultural que grafitera, aunque con la misma habilidad pop para cuestionar el canon blanco y heterosexual, está en una de las decenas de capillas de este templo. Justo encima hay varias pinturas del siglo XVII. A pocos metros, una obra de Rubens y otra de Luca Giordano. La mayoría de los turistas que visita la ciudad desconoce que esta monumental iglesia alberga a tantos grandes maestros. Tampoco es la más frecuentada por los parisinos. Es, sin embargo, un lugar seguro para parte de la comunidad LGTBIQ+ desde los años ochenta, cuando comenzó la epidemia del VIH y el sida. Por eso Haring, fallecido a los 31 años por esta enfermedad, decidió que su última obra debía honrar el legado de los curas que acogieron a quienes no tenían ni quien les enterrara.
“Aquí se conmemoró la dignidad de estas personas cuando el resto ni las miraba”, dice Mathilde Augé, directora ejecutiva de World Monuments Fund (WMF) en Francia, la organización con sede en EE UU que ha liderado la restauración durante dos años de la capilla de San Vicente de Paúl en esta iglesia, como parte de su labor de recuperación del patrimonio en distintas partes del mundo. “Por eso, aunque parezca un lugar pequeño en esta gran iglesia, es un verdadero símbolo de la caridad y la solidaridad”, agrega durante la inauguración de este espacio el pasado 25 de junio. Más de cuatro décadas después, San Eustaquio mantiene esa función: forma parte de la memoria de la realeza francesa y de la de los habitantes más humildes que aún hoy acuden a buscar comida porque es una de las cocinas populares más importantes de la ciudad.
Esta manera de recuperar el patrimonio, no solo desde una perspectiva esencialmente de contemplación del arte, sino como un medio para que vuelva a ser vivida y usada por la comunidad en la que se ubica, explica Bénédicte de Montlaur, presidenta de WMF, es parte del objetivo de los proyectos en los que se involucra esta organización con sede en Nueva York, que en España trabaja en la Alhambra y en Belchite (Zaragoza). “Cuando el patrimonio se deja de usar, es cuando más peligro corre”, opina Augé. “Se llama reutilización adaptativa, es un principio esencial de la preservación del patrimonio. Muy a menudo hay lugares que se construyeron para una función especial en un periodo determinado. Entonces, ¿qué se hace hoy con esos grandes espacios vacíos? Los traemos al siglo XXI”, continúa la máxima responsable de la fundación, “algunas personas pueden pensar que es algo polvoriento, que pertenece al pasado, pero no es así. Tenemos que mostrar que el patrimonio está muy entrelazado con los problemas contemporáneos”.

El viaje del patrimonio hasta la actualidad —de los más de 700 proyectos patrimoniales en más de un centenar de países en los que trabaja WMF desde 1965— comienza buscando el dinero necesario que ponga de acuerdo a las instituciones y administraciones públicas que hasta ese momento no se habían puesto manos a la obra. Es decir, encontrar a los donantes; en el caso de WMF, más de un 60% son estadounidenses, como ha pasado en San Eustaquio. Otro ejemplo reciente: “Stephen A. Schwarzman [cofundador, presidente y consejero delegado de la firma de inversión Blackstone] ha dado más de 14 millones para restaurar la Logia de Rafael, espacio histórico de tránsito de papas, cardenales y jefes de Estado en el Vaticano”, recuerda De Montlaur.
Una vez que cuentan con el presupuesto, se organizan los equipos públicos y privados que intervienen sobre los sitios. “No somos los dueños de estos lugares”, dice la presidenta. “Cuando se terminan los proyectos, los dejamos en manos de los gestores y las comunidades que los van a hacer suyos para devolverles un uso y, a fin de cuentas, a la vida”. Esto es lo que esperan que suceda con la capilla de la universidad de la Sorbona, cerrada desde hace más de 25 años por los terribles daños que una tormenta en 1999 provocó sobre la cúpula. Desde entonces, los estudiantes se reúnen en sus escaleras, los curiosos fotografían sus puertas, pero nadie entra en el lugar en el que descansa la tumba del cardenal Richelieu.

Una segunda oportunidad para Richelieu
Al acceder a esta capilla por el patio donde se originó una de las universidades más antiguas de Europa, la tumba barroca de mármol del cardenal, uno de los hombres más poderosos de la historia de Francia, se sitúa en el centro, justo frente al altar y rodeada de los bancos donde se colocaban las autoridades religiosas y políticas. Ariel Bertrand, conservadora y restauradora de la capilla de la Sorbona y la de San Eustaquio, cede ante la curiosidad de los periodistas y donantes que han reunido más de 700.000 euros para recuperar este espacio y levanta la tela que la cubre. Ahí está Richelieu esculpido en una postura recostada. Sus restos no están dentro. “Durante la Revolución francesa asaltaron la capilla y se los llevaron. La cabeza apareció en el río Sena, una familia la conservó en Bretaña y luego fue devuelta a París”, recuerda Augé, que añade: “Mi anécdota favorita está un poco más arriba, en el hilo que cae desde el techo. Al final se colgaba el sombrero de los cardenales. Una vez que se caía al suelo, simbolizaba que habían dejado el purgatorio para pasar al cielo. El de Richelieu se cayó cuando comenzamos las obras. Quiero pensar que tuvo una segunda oportunidad para por fin descansar”.
Al cruzar esta primera zona, comienza el enjambre de andamios desplegados hasta el techo de la bóveda, donde trabajan varios conservadores sobre las pinturas encargadas por el arquitecto Jacques Lemercier al gran pintor del barroco Philippe de Champaigne. El espacio, explica Augé, se podrá visitar en septiembre, durante los dos días que París abre distintos edificios para que sus ciudadanos descubran los secretos de su patrimonio, como esta capilla. “Por eso empezamos restaurando las puertas; al abrirse desvelarán lo que hay dentro”, dice De Montlaur. Mientras avanzan las obras, un comité idea los nuevos usos para este lugar. “Probablemente se dedique a actividades culturales como exposiciones, danza, conferencias…”, apunta la responsable de WMF en Francia.
Tanto en San Eustaquio como en la Sorbona, las responsables de WMF confían en que se produzca un efecto llamada no solo para las comunidades colindantes, sino también que redirija los flujos de turistas hacia otras partes de la ciudad como el barrio Latino y el de Les Halles. “No estamos en contra del turismo en absoluto, pero hay que gestionarlo”, aclara la presidenta de WMF que desde hace años prioriza los proyectos que garanticen la sostenibilidad, la inclusividad y que estén en peligro por el cambio climático. Por eso en África trabajan en zonas de costa, donde las consecuencias de este fenómeno son más acuciantes.
“Hoy, según la UNESCO, uno de cada seis sitios patrimoniales está amenazado por esta razón. En los próximos años pretendemos tener una evaluación climática de todos los lugares donde trabajamos porque de otro modo no van a durar las restauraciones”, prosigue De Montlaur, que tras años de carrera diplomática en destinos como la ONU no abandona el oficio y ha encontrado otra manera de ejercerlo a través del patrimonio cultural. “En este momento todo el mundo tiene miedo y se mira hacia adentro, de ahí este auge de los nacionalismos. Nosotros somos lo opuesto a eso”.
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