‘Digger’: Tom Cruise provoca el apocalipsis

En 1962 el mundo estuvo al borde del abismo. Fue la llamada crisis de los misiles en Cuba: en plena Guerra Fría, Kennedy se plantó ante la evidencia de que los soviéticos estaban enviando misiles nucleares a la isla, ordenó un bloqueo naval y la creciente tensión entre las dos superpotencias hizo temer un conflicto atómico planetario.

Un par de años después, llegaron a los cines estadounidenses dos largometrajes que trasladaban a la pantalla el pánico de la población ante esa posibilidad. Uno de ellos, hoy bastante olvidado, era Punto límite, de Sidney Lumet, con Henry Fonda, un adusto y admonitorio drama. El otro, en cambio, elegía la vía de la sátira más feroz y un punto cínica. Algo muy osado, porque no estaba el clima para hacer bromas sobre el tema. El genio que se atrevió con este provocador enfoque se llamaba Stanley Kubrick y la película era ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú.

Todo esto viene a cuento porque Digger, de Alejandro G. Iñárritu, protagonizada por Tom Cruise, sin duda se mira en el espejo de la farsa de Kubrick, cambiando la destrucción nuclear por el apocalipsis climático. Digger Rockwell (Tom Cruise avejentado con toneladas de maquillaje) es un magnate tejano al que solo le importa su moribundo gato (lo del minino en su regazo le da cierto aire de malvado de cinta de James Bond).

En una de sus plataformas petrolíferas en Groenlandia se han detectado fugas de metano en el lecho marino, que han provocado una preocupante grieta. Pero la codicia aconseja no parar la producción y se acaba produciendo una catástrofe medioambiental morrocotuda: un iceberg del tamaño de un pequeño continente se desprende del glaciar y las corrientes lo dirigen hacia Europa, donde provocará un tsunami y unas inundaciones jamás vistas. A lo que poco después se suma un segundo iceberg que, para complicarlo todo un poco más, contiene residuos radiactivos rusos.

Digger Rockwell es tan influyente que el comité de crisis gubernamental —encabezado por un presidente moribundo (John Goldman), con generales, asesores y un pastor evangelista— se reúne en su mansión. Todos los personajes de la película, incluidos la hija del potentado (Sandra Hüller) y el agobiado científico responsable de la seguridad de los yacimientos petrolíferos (Riz Ahmed), son grotescos.

Histrionismo

Iñárritu juega muy a fondo —acaso demasiado— la carta del espejo deformante del esperpento. Para lo cual despliega diversos recursos visuales: abundan los ángulos bajos de cámara y las lentes deformantes, todos los actores se lanzan a un histrionismo sin mesura y los decorados, además de feístas, son muy artificiosos.

De hecho, llamativamente artificiosos. Hasta el punto de que durante los primeros 20 minutos de metraje chirrían. Incluso el gato moribundo resulta muy raro, claramente un muñeco articulado. Hasta que sucede algo, que no les desvelaré para no incurrir en spoilers, y esa artificiosidad de pronto cobra sentido. Digamos que es una suerte de ruptura de la cuarta pared, que convierte lo que hemos visto en una trama dentro de otra trama.

En ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, Kubrick manejaba con mano maestra el humor más negro: ese general que sospecha que los soviéticos están envenenando el agua porque tiene problemas de erección; ese científico alemán al que se le levanta el brazo ortopédico sin control, formando un embarazoso saludo nazi… La jugada le salía bien, porque sabía en todo momento hasta dónde podía llevar la parodia sin que se le fuera de las manos.

En esta misma línea, la película de Netflix No mires arriba de Adam McKay, con Leonardo DiCaprio, que era otra comedia apocalíptica, se manejaba con solvencia en este registro, satirizando la ineptitud y la desvergüenza de los políticos ante la inminente caída de un meteorito sobre la Tierra. Digger, en cambio, va mucho más allá y no teme excederse en la caricatura extrema, hasta tal punto que acaba jugando en su contra. Y con el problema añadido de que el humor no siempre resulta gracioso. Salva la función el mencionado juego de la cuarta pared, que es lo que da sentido al registro desquiciado por el que opta.

Mensaje político de brocha gorda

Iñárritu alcanzó su cenit como cineasta con dos títulos magníficos, que eran además sendos tours de force: Birdman y El renacido. Con Bardo, vapuleada de forma inclemente e injusta, porque tenía unas cuantas virtudes, subió la apuesta con planteamientos más abstractos y lances estéticos de tono felliniano. Siempre ha habido en este cineasta —desde su debut con Amores perros— un empeño por el más difícil todavía, para demostrar que es el más listo de la clase. Y el resultado es que sus películas son cada vez más ambiciosas, pero también cada vez más pretenciosas.

En el mensaje político de Digger hay bastante brocha gorda. Aunque tiene un momento excepcional: el cínico discurso de Digger Rockwell ante una asamblea, sobre los combustibles fósiles, la crisis ecológica y el abismo que hay entre lo que la sociedad demanda y los discursitos bienintencionados. Lo cual explica por qué alguien tan pérfido como él es uno de los hombres más poderosos del planeta. Es una escena extrañísima, muy teatral, que recuerda poderosamente a la puesta en escena de las comedias surrealistas del veterano director sueco Roy Andersson.

Vaticino que Digger generará opiniones muy polarizadas y que se estrellará en taquilla. En realidad, es una película de arte y ensayo —cuyo guion podría haber firmado Charlie Kaufman— disfrazada de superproducción hollywoodiense con estrella rutilante. En este caso, Tom Cruise, al que, a sus 64 años, le toca dejar su faceta de acrobático héroe de acción y ponerse a demostrar que puede ser un gran actor. Este papel es de esos que las estrellas encaran con la intención de ganar un Oscar; dudo que lo consiga, porque hay demasiado histrionismo.

Con todos sus altibajos y decisiones cuestionables, Digger no deja de ser una propuesta de elevada ambición y por momentos brillante. Lo cual no necesariamente se traduce en que sea muy disfrutable.

 En 1962 el mundo estuvo al borde del abismo. Fue la llamada crisis de los misiles en Cuba: en plena Guerra Fría, Kennedy se plantó ante  

En 1962 el mundo estuvo al borde del abismo. Fue la llamada crisis de los misiles en Cuba: en plena Guerra Fría, Kennedy se plantó ante la evidencia de que los soviéticos estaban enviando misiles nucleares a la isla, ordenó un bloqueo naval y la creciente tensión entre las dos superpotencias hizo temer un conflicto atómico planetario.

Un par de años después, llegaron a los cines estadounidenses dos largometrajes que trasladaban a la pantalla el pánico de la población ante esa posibilidad. Uno de ellos, hoy bastante olvidado, era Punto límite, de Sidney Lumet, con Henry Fonda, un adusto y admonitorio drama. El otro, en cambio, elegía la vía de la sátira más feroz y un punto cínica. Algo muy osado, porque no estaba el clima para hacer bromas sobre el tema. El genio que se atrevió con este provocador enfoque se llamaba Stanley Kubrick y la película era ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú.

Todo esto viene a cuento porque Digger, de Alejandro G. Iñárritu, protagonizada por Tom Cruise, sin duda se mira en el espejo de la farsa de Kubrick, cambiando la destrucción nuclear por el apocalipsis climático. Digger Rockwell (Tom Cruise avejentado con toneladas de maquillaje) es un magnate tejano al que solo le importa su moribundo gato (lo del minino en su regazo le da cierto aire de malvado de cinta de James Bond).

En una de sus plataformas petrolíferas en Groenlandia se han detectado fugas de metano en el lecho marino, que han provocado una preocupante grieta. Pero la codicia aconseja no parar la producción y se acaba produciendo una catástrofe medioambiental morrocotuda: un iceberg del tamaño de un pequeño continente se desprende del glaciar y las corrientes lo dirigen hacia Europa, donde provocará un tsunami y unas inundaciones jamás vistas. A lo que poco después se suma un segundo iceberg que, para complicarlo todo un poco más, contiene residuos radiactivos rusos.

Digger Rockwell es tan influyente que el comité de crisis gubernamental —encabezado por un presidente moribundo (John Goldman), con generales, asesores y un pastor evangelista— se reúne en su mansión. Todos los personajes de la película, incluidos la hija del potentado (Sandra Hüller) y el agobiado científico responsable de la seguridad de los yacimientos petrolíferos (Riz Ahmed), son grotescos.

Iñárritu juega muy a fondo —acaso demasiado— la carta del espejo deformante del esperpento. Para lo cual despliega diversos recursos visuales: abundan los ángulos bajos de cámara y las lentes deformantes, todos los actores se lanzan a un histrionismo sin mesura y los decorados, además de feístas, son muy artificiosos.

De hecho, llamativamente artificiosos. Hasta el punto de que durante los primeros 20 minutos de metraje chirrían. Incluso el gato moribundo resulta muy raro, claramente un muñeco articulado. Hasta que sucede algo, que no les desvelaré para no incurrir en spoilers, y esa artificiosidad de pronto cobra sentido. Digamos que es una suerte de ruptura de la cuarta pared, que convierte lo que hemos visto en una trama dentro de otra trama.

En ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, Kubrick manejaba con mano maestra el humor más negro: ese general que sospecha que los soviéticos están envenenando el agua porque tiene problemas de erección; ese científico alemán al que se le levanta el brazo ortopédico sin control, formando un embarazoso saludo nazi… La jugada le salía bien, porque sabía en todo momento hasta dónde podía llevar la parodia sin que se le fuera de las manos.

En esta misma línea, la película de Netflix No mires arriba de Adam McKay, con Leonardo DiCaprio, que era otra comedia apocalíptica, se manejaba con solvencia en este registro, satirizando la ineptitud y la desvergüenza de los políticos ante la inminente caída de un meteorito sobre la Tierra. Digger, en cambio, va mucho más allá y no teme excederse en la caricatura extrema, hasta tal punto que acaba jugando en su contra. Y con el problema añadido de que el humor no siempre resulta gracioso. Salva la función el mencionado juego de la cuarta pared, que es lo que da sentido al registro desquiciado por el que opta.

Iñárritu alcanzó su cenit como cineasta con dos títulos magníficos, que eran además sendos tours de force: Birdman y El renacido. Con Bardo, vapuleada de forma inclemente e injusta, porque tenía unas cuantas virtudes, subió la apuesta con planteamientos más abstractos y lances estéticos de tono felliniano. Siempre ha habido en este cineasta —desde su debut con Amores perros— un empeño por el más difícil todavía, para demostrar que es el más listo de la clase. Y el resultado es que sus películas son cada vez más ambiciosas, pero también cada vez más pretenciosas.

En el mensaje político de Digger hay bastante brocha gorda. Aunque tiene un momento excepcional: el cínico discurso de Digger Rockwell ante una asamblea, sobre los combustibles fósiles, la crisis ecológica y el abismo que hay entre lo que la sociedad demanda y los discursitos bienintencionados. Lo cual explica por qué alguien tan pérfido como él es uno de los hombres más poderosos del planeta. Es una escena extrañísima, muy teatral, que recuerda poderosamente a la puesta en escena de las comedias surrealistas del veterano director sueco Roy Andersson.

Vaticino que Digger generará opiniones muy polarizadas y que se estrellará en taquilla. En realidad, es una película de arte y ensayo —cuyo guion podría haber firmado Charlie Kaufman— disfrazada de superproducción hollywoodiense con estrella rutilante. En este caso, Tom Cruise, al que, a sus 64 años, le toca dejar su faceta de acrobático héroe de acción y ponerse a demostrar que puede ser un gran actor. Este papel es de esos que las estrellas encaran con la intención de ganar un Oscar; dudo que lo consiga, porque hay demasiado histrionismo.

Con todos sus altibajos y decisiones cuestionables, Digger no deja de ser una propuesta de elevada ambición y por momentos brillante. Lo cual no necesariamente se traduce en que sea muy disfrutable.

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