Pues resulta que hace seis décadas y media anduvo algo desorientado por Madrid un escurridizo poeta colombiano que acabó empotrándose deliberadamente con un coche en la primera madrugada de 1963. Hay que ver qué cosas y qué gente. Y hemos leído varios libros de Villena sobre poetas raros, bohemios y malditos, y muchas referencias en muchos sitios a escritores marginales y problemáticos que publicaron poco o nada y que murieron jóvenes dejando una ristra de preguntas y muy pocas referencias, apenas un poema en una revista, una carta a un escritor importante, una foto con Azorín o con Aleixandre o, si no se dio para más, con Arrabal…, pero de este Carlos Obregón (Bogotá, 1929 – Madrid, 1963) yo no había oído absolutamente nada jamás, y no es extraño porque, aunque llevó a buen término dos libros, lo que realmente ha caído sobre él es una descomunal nevada de silencio, sepultándolo del todo hasta que ahora, hace pocos meses, la profesora e investigadora Daniela Hernández Gallo ha tenido a bien rehabilitarlo para la vida editorial española, haciéndolo emerger de un olvido total, de una muerte ya antigua y sin matices, de un suicidio eficaz, una desaparición que se cumplió.
Ha sido en su Madrid, en la editorial Dairea, y así podemos leer de nuevo los desmesurados dos libros de un hombre a todas luces excesivo, alguien que venía de una vida extraña y de unas circunstancias dramáticas (tras una infancia más o menos acomodada en Bogotá, estudió en Estados Unidos, vivió amores turbulentos, se desentendió de un hijo y tuvo que enterrar a otro…) y que, tal vez por ellas, acabó en un delirio relativamente fecundo, en un ir a salto de mata que acabó matándolo sin haber logrado grandes conquistas ante los sublimes ojos del arte o los inmaduros de la mitomanía (aunque parece que llegó a conocer a Luis Buñuel, cosechó palabras de cariño de Gonzalo Torrente Ballester y se hizo muy amigo de su hijo, Gonzalo Torrente Malvido, lo cual probablemente contribuyó a que se torciese todo…).
Obregón no fue ni es un poeta buenísimo, pero es un poeta muy curioso al que hay que leer. Sobre su breve vida, terminada a la edad de los mesías, Hernández Gallo cuenta en el breve epílogo todo lo poco que se sabe. Y en cuanto a su poesía, la misma editora, no muchísimo más locuaz, pero suficientemente informativa, da algunas claves precisas y oportunas en la presentación, centrándose en los temas y en los motivos, en los autotópicos, en las insistencias.

A mí su actitud me recuerda mucho, muchísimo, a la de Juan Larrea en su postura alucinada y como extática ante determinados aspectos de la realidad, ahíto de iluminaciones que probablemente solo estaban en su cabeza o, como mucho, en su memoria (Larrea sí las tenía delante, pues lo que a él acabó de aturdirle fue la inmensidad abrumadora del paisaje americano, ante el cual reaccionó con verdadera conmoción, con una consternación fértil que fue expresada en su Diario del Nuevo Mundo o en esa locura que es Del surrealismo a Machupicchu). Lo de Obregón, que en algún momento de su primera juventud había manifestado cierta vocación religiosa, era algo así como una fe sin Dios o con demasiados dioses, un politeísmo venenoso y estimulante que le hacía gozar y sufrir de modos extremos y escribir de manera fluida, instintiva, desbordada. Hacer de sí mismo un dogma, y de su poesía una revelación, ese parecía el cometido. Una vela al buen Dios y otra al diablo. Un sacerdote de la noche, exhausto por su abundancia de vida y por su apetito de descanso final.
Su primer libro es breve, pero de poemas más o menos largos y torrenciales, algo juveniles en sus rimas y en sus duplicaciones. En el segundo, los poemas se reducen mucho, hay un tono más contenido y adecuado, pero a cambio es un libro enorme, grueso, un centón de poemas y poemas distribuidos en cuatro largas secciones. Está visto que la moderación no era lo suyo, pero sí los hallazgos, algún destello de genialidad en medio de cierta cháchara de hombre que andaba constantemente entre la euforia y el abatimiento. El primero se tituló Distancia destruida y se lo autoeditaría en 1957 en la imprenta de las Gráficas Valera, en Madrid. El segundo, Estuario, tuvo un destino algo más prestigiado: fue en 1961, en Palma de Mallorca y en las prensas de los Papeles de Son Armadans.
Hernández Gallo da cuenta de una edición de esta misma Obra poética que apareció en Bogotá en 1985, de modo que yo he investigado como hacía en el tiempo de los grandes exámenes y he podido leer ese otro prólogo, firmado por el periodista colombiano Gilberto Abril Rojas, en el que da cuenta de las temporadas de Obregón en París, Marruecos o en Ibiza (todos los males pasan por ahí), de su pobreza poco menos que deseada, de su peregrinaje por monasterios y santuarios o de su fenomenal crisis religiosa de 1956.
La poesía habría sido una respuesta a tantas preguntas, a tanta falta, a tantos reveses, a tanto dolor al que se había dado la espalda, y por eso son versos tremendos, sentidos, en los que vuelva su vida entera, simbólico pero implicado, «en tanta hondura el alma ya entregada».
Se dirige en muchas ocasiones a una segunda persona que no parece eso, personal, sino más bien un sujeto cercano en el que se encarna la propia vida, el silencio, el mar, el misterio: «te adoraré / en diferentes lugares / de la noche” porque “rezar es preguntarse / por la hierba que crece».
«Todo viaje es vestigio», dice. El suyo fue fugaz, pero ha dejado esto, unos versos que, contra todos los elementos, contra toda previsibilidad, se resisten a desaparecer del todo.
Pues resulta que hace seis décadas y media anduvo algo desorientado por Madrid un escurridizo poeta colombiano que acabó empotrándose deliberadamente con un coche en la
Pues resulta que hace seis décadas y media anduvo algo desorientado por Madrid un escurridizo poeta colombiano que acabó empotrándose deliberadamente con un coche en la primera madrugada de 1963. Hay que ver qué cosas y qué gente. Y hemos leído varios libros de Villena sobre poetas raros, bohemios y malditos, y muchas referencias en muchos sitios a escritores marginales y problemáticos que publicaron poco o nada y que murieron jóvenes dejando una ristra de preguntas y muy pocas referencias, apenas un poema en una revista, una carta a un escritor importante, una foto con Azorín o con Aleixandre o, si no se dio para más, con Arrabal…, pero de este Carlos Obregón (Bogotá, 1929 – Madrid, 1963) yo no había oído absolutamente nada jamás, y no es extraño porque, aunque llevó a buen término dos libros, lo que realmente ha caído sobre él es una descomunal nevada de silencio, sepultándolo del todo hasta que ahora, hace pocos meses, la profesora e investigadora Daniela Hernández Gallo ha tenido a bien rehabilitarlo para la vida editorial española, haciéndolo emerger de un olvido total, de una muerte ya antigua y sin matices, de un suicidio eficaz, una desaparición que se cumplió.
Ha sido en su Madrid, en la editorial Dairea, y así podemos leer de nuevo los desmesurados dos libros de un hombre a todas luces excesivo, alguien que venía de una vida extraña y de unas circunstancias dramáticas (tras una infancia más o menos acomodada en Bogotá, estudió en Estados Unidos, vivió amores turbulentos, se desentendió de un hijo y tuvo que enterrar a otro…) y que, tal vez por ellas, acabó en un delirio relativamente fecundo, en un ir a salto de mata que acabó matándolo sin haber logrado grandes conquistas ante los sublimes ojos del arte o los inmaduros de la mitomanía (aunque parece que llegó a conocer a Luis Buñuel, cosechó palabras de cariño de Gonzalo Torrente Ballester y se hizo muy amigo de su hijo, Gonzalo Torrente Malvido, lo cual probablemente contribuyó a que se torciese todo…).
Obregón no fue ni es un poeta buenísimo, pero es un poeta muy curioso al que hay que leer. Sobre su breve vida, terminada a la edad de los mesías, Hernández Gallo cuenta en el breve epílogo todo lo poco que se sabe. Y en cuanto a su poesía, la misma editora, no muchísimo más locuaz, pero suficientemente informativa, da algunas claves precisas y oportunas en la presentación, centrándose en los temas y en los motivos, en los autotópicos, en las insistencias.

A mí su actitud me recuerda mucho, muchísimo, a la de Juan Larrea en su postura alucinada y como extática ante determinados aspectos de la realidad, ahíto de iluminaciones que probablemente solo estaban en su cabeza o, como mucho, en su memoria (Larrea sí las tenía delante, pues lo que a él acabó de aturdirle fue la inmensidad abrumadora del paisaje americano, ante el cual reaccionó con verdadera conmoción, con una consternación fértil que fue expresada en su Diario del Nuevo Mundo o en esa locura que es Del surrealismo a Machupicchu). Lo de Obregón, que en algún momento de su primera juventud había manifestado cierta vocación religiosa, era algo así como una fe sin Dios o con demasiados dioses, un politeísmo venenoso y estimulante que le hacía gozar y sufrir de modos extremos y escribir de manera fluida, instintiva, desbordada. Hacer de sí mismo un dogma, y de su poesía una revelación, ese parecía el cometido. Una vela al buen Dios y otra al diablo. Un sacerdote de la noche, exhausto por su abundancia de vida y por su apetito de descanso final.
Su primer libro es breve, pero de poemas más o menos largos y torrenciales, algo juveniles en sus rimas y en sus duplicaciones. En el segundo, los poemas se reducen mucho, hay un tono más contenido y adecuado, pero a cambio es un libro enorme, grueso, un centón de poemas y poemas distribuidos en cuatro largas secciones. Está visto que la moderación no era lo suyo, pero sí los hallazgos, algún destello de genialidad en medio de cierta cháchara de hombre que andaba constantemente entre la euforia y el abatimiento. El primero se tituló Distancia destruida y se lo autoeditaría en 1957 en la imprenta de las Gráficas Valera, en Madrid. El segundo, Estuario, tuvo un destino algo más prestigiado: fue en 1961, en Palma de Mallorca y en las prensas de los Papeles de Son Armadans.
Hernández Gallo da cuenta de una edición de esta misma Obra poética que apareció en Bogotá en 1985, de modo que yo he investigado como hacía en el tiempo de los grandes exámenes y he podido leer ese otro prólogo, firmado por el periodista colombiano Gilberto Abril Rojas, en el que da cuenta de las temporadas de Obregón en París, Marruecos o en Ibiza (todos los males pasan por ahí), de su pobreza poco menos que deseada, de su peregrinaje por monasterios y santuarios o de su fenomenal crisis religiosa de 1956.
La poesía habría sido una respuesta a tantas preguntas, a tanta falta, a tantos reveses, a tanto dolor al que se había dado la espalda, y por eso son versos tremendos, sentidos, en los que vuelva su vida entera, simbólico pero implicado, «en tanta hondura el alma ya entregada».
Se dirige en muchas ocasiones a una segunda persona que no parece eso, personal, sino más bien un sujeto cercano en el que se encarna la propia vida, el silencio, el mar, el misterio: «te adoraré / en diferentes lugares / de la noche” porque “rezar es preguntarse / por la hierba que crece».
«Todo viaje es vestigio», dice. El suyo fue fugaz, pero ha dejado esto, unos versos que, contra todos los elementos, contra toda previsibilidad, se resisten a desaparecer del todo.
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