A los años veinte del siglo pasado se les suele dedicar en Europa el calificativo de «felices» y no sin motivo. No solo porque fue un paréntesis breve, casi un suspiro (1918-1939), entre dos conflictos brutales, sino también porque la tecnología, sobre todo el cine, llevó a esa sociedad (entre tanto, industrializada y por ende urbanizada: la población se iba concentrando en grandes ciudades) a describir un mundo nuevo en el ocio y los espectáculos, con apertura de muchos locales dedicados a esos menesteres. Las palabras cabaret, varietés o revista se explican en ese contexto. Sucede además que se descubrieron, con origen en Estados Unidos, nuevas modalidades de baile, como el foxtrot o el jazz, con la mujer en lugar protagonista. Y con irrupción del desnudo, parcial o incluso total, en los escenarios: como el baile de San Vito de 400 años antes, solo que ahora (con la Salomé de Richard Strauss en 1905 de por medio) llevando las cosas al límite.
De lo sucedido en España en aquella sazón se han ocupado libros muy interesantes, como, por citar solo uno de los más recientes, el de Adolfo Domingo llamado Cabaret Iberia, que obviamente pone el foco en la ciudad de Madrid y en singular en la Gran Vía —la calle más neoyorkina de Europa— y sus aledaños. Sobre el París donde triunfaba Josephine Baker contamos con bibliotecas enteras. Pero Berlín vivía en esa época —la de la República de Weimar— un auténtico estallido. Sí, Babilonia 2.0, tan ramera como la original. Una movida de las de verdad.
Y nadie mejor para contarlo que Francisco Uzcanga Meinecke, donostiarra de madre alemana y con residencia en Ulm, que a su bien conocido El café sobre el volcán añade ahora una biografía de Anita Berber (protagonista de Los años salvajes de Weimar, como reza el subtítulo) que se denomina Tú que bailas con la muerte (Editorial Libros del K.O.). Ni que decir tiene que esas palabras tan trágicas no son casuales ni novedosas. La una, el volcán, hace referencia al trágico final de todo aquello, el 30 de enero de 1933, cuando Hitler fue nombrado canciller. La había pronunciado, a comienzos de 1919, recién terminada la Gran Guerra y cuando la Constitución de Weimar aún no se había aprobado, el diplomático y escritor Harry Graf Kessler, acuñando la expresión «bailar sobre el volcán»: un auténtico visionario.
Y el segundo de los términos que emplea Uzcanga, la muerte, proviene de una canción llamada Fox macabre que retomaba el lema de los carteles contra la sífilis de unos días antes, en la Nochevieja de despedida del año 1918: «¡Berlín, tu pareja de baile es la muerte! / De huelga en huelga, De atraco en atraco / En medio de la muerte, del striptease y del claqué / ¡no dejes de divertirte! / ¡Berlín, te rebozas en las heces con lujuria! ¡Boseas, jazzeas y foxeas en el barril de pólvora!». Sí, una vez más Eros y Tánatos de la mano. Y ello en el contexto que en 1923 —el año de la máxima inflación y del Putsch de la cervecería de Múnich— había explicado Klaus Mann (sí, hijo del gran Thomas) en su autobiografía: «El baile es una manía, una idea fija, un culto». Y es que «un pueblo derrotado, empobrecido y desmoralizado baila para olvidar. La nueva moda se convierte en obsesión, la fiebre se extiende por doquier, incontenible, como ciertas epidemias o trastornos colectivos medievales». La Tanzmut, que literalmente pudiésemos traducir como «furia danzadora».
El libro cuenta con poco más de 140 páginas, pero bien puede decirse eso tan castizo de que no tiene desperdicio. Es, por supuesto, una biografía de la tal Anita, bailarina y actriz (si es que acaso ambos oficios resultaban disociables), cuya vida de solo 29 años demostró lo difícil que resulta combinar lo extenso con lo intenso: estaba predestinada a morir joven, de tanto que apuró cada minuto de la existencia. Uzcanga relata sus andanzas en el marco de las drogas de laboratorio, producto en el que Alemania, por su poderosa industria farmacéutica —Bayer, Merck, Boehringer y Knoll, por ejemplo—, era el país líder. Allí habían surgido, con fines médicos, la morfina (para calmar el dolor), cocaína (para las depresiones o como anestesia local) o la heroína, contra la tos e incluso las alergias. Pero enseguida pasaron a tener otros usos: «La explosión cultural de la República de Weimar sería muy difícil de explicar sin las drogas. Sin el descubrimiento de que liberaba una creatividad insospechada. Y de que ayudaba a desinhibirse sobre el escenario».
Retrato de la sociedad
Como sucede en las buenas biografías, aunque la protagonista sea una persona, la foto lo es de toda una sociedad. Aquí desfilan —los actores de reparto, dicho en la terminología de Hollywood— las parejas que tuvo Anita —hombres y mujeres—; los dueños y los animadores de los locales de Berlín, cuyo número era de varios cientos; y, muy en singular, dos grandes pintores, Georg Grosz, cuyo cuadro Metrópolis tenemos en Madrid, en el Thyssen, y sobre todo Otto Dix, autor del famoso retrato —ya de la Nueva Objetividad, no del Expresionismo— de Anita vestida de rojo que, después de muchas idas y venidas, se encuentra hoy en el Museo de Stuttgart.
Sí, fue una mujer rompedora o transgresora (provenía de una familia de los latifundios cerealistas de Prusia Oriental, los Junkers: no cabe mayor grado de conservadurismo, ni tan siquiera entre sus colegas de Valladolid o los andaluces de Jaén, olivareros altivos) y que se empeñó en llevar el corte con el pasado hasta el extremo más sañudo de la autodestrucción, como si fuese alguien novelesco al que el autor del texto se la tuviese jurada y quisiera ensañarse para servir de aviso a navegantes. Pero del libro de Uzcanga cabe decir que, más allá de relatar los excesos de ese individuo, pudiera inscribirse en lo que los franceses llaman la historia de las mentalidades y, en concreto, de la idea dominante entre la mujer alemana y también de los varones acerca de ella. Para explicarlo con siglas, de la KKK (Küche, Kinder, Kirche: Cocina, niños, iglesia) de la época guillermina se pasó a la AKB (Arm, Korper, Bein: brazo, cuerpo y pierna).
Se dirá que ese cambio no resulta privativo de Berlín, pero lo cierto es que allí ocurrió primero y con singular intensidad, casi como un terremoto: algo salvaje, como reza el subtítulo del libro. Sí, fue el volcán que se había anunciado en 1919 y terminó erupcionando en 1933. 14 años nada más: diríase un castigo divino, como el de Sodoma y Gomorra.
A los años veinte del siglo pasado se les suele dedicar en Europa el calificativo de «felices» y no sin motivo. No solo porque fue un
A los años veinte del siglo pasado se les suele dedicar en Europa el calificativo de «felices» y no sin motivo. No solo porque fue un paréntesis breve, casi un suspiro (1918-1939), entre dos conflictos brutales, sino también porque la tecnología, sobre todo el cine, llevó a esa sociedad (entre tanto, industrializada y por ende urbanizada: la población se iba concentrando en grandes ciudades) a describir un mundo nuevo en el ocio y los espectáculos, con apertura de muchos locales dedicados a esos menesteres. Las palabras cabaret, varietés o revista se explican en ese contexto. Sucede además que se descubrieron, con origen en Estados Unidos, nuevas modalidades de baile, como el foxtrot o el jazz, con la mujer en lugar protagonista. Y con irrupción del desnudo, parcial o incluso total, en los escenarios: como el baile de San Vito de 400 años antes, solo que ahora (con la Salomé de Richard Strauss en 1905 de por medio) llevando las cosas al límite.
De lo sucedido en España en aquella sazón se han ocupado libros muy interesantes, como, por citar solo uno de los más recientes, el de Adolfo Domingo llamado Cabaret Iberia, que obviamente pone el foco en la ciudad de Madrid y en singular en la Gran Vía —la calle más neoyorkina de Europa— y sus aledaños. Sobre el París donde triunfaba Josephine Baker contamos con bibliotecas enteras. Pero Berlín vivía en esa época —la de la República de Weimar— un auténtico estallido. Sí, Babilonia 2.0, tan ramera como la original. Una movida de las de verdad.
Y nadie mejor para contarlo que Francisco Uzcanga Meinecke, donostiarra de madre alemana y con residencia en Ulm, que a su bien conocido El café sobre el volcán añade ahora una biografía de Anita Berber (protagonista de Los años salvajes de Weimar, como reza el subtítulo) que se denomina Tú que bailas con la muerte (Editorial Libros del K.O.). Ni que decir tiene que esas palabras tan trágicas no son casuales ni novedosas. La una, el volcán, hace referencia al trágico final de todo aquello, el 30 de enero de 1933, cuando Hitler fue nombrado canciller. La había pronunciado, a comienzos de 1919, recién terminada la Gran Guerra y cuando la Constitución de Weimar aún no se había aprobado, el diplomático y escritor Harry Graf Kessler, acuñando la expresión «bailar sobre el volcán»: un auténtico visionario.
Y el segundo de los términos que emplea Uzcanga, la muerte, proviene de una canción llamada Fox macabre que retomaba el lema de los carteles contra la sífilis de unos días antes, en la Nochevieja de despedida del año 1918: «¡Berlín, tu pareja de baile es la muerte! / De huelga en huelga, De atraco en atraco / En medio de la muerte, del striptease y del claqué / ¡no dejes de divertirte! / ¡Berlín, te rebozas en las heces con lujuria! ¡Boseas, jazzeas y foxeas en el barril de pólvora!». Sí, una vez más Eros y Tánatos de la mano. Y ello en el contexto que en 1923 —el año de la máxima inflación y del Putsch de la cervecería de Múnich— había explicado Klaus Mann (sí, hijo del gran Thomas) en su autobiografía: «El baile es una manía, una idea fija, un culto». Y es que «un pueblo derrotado, empobrecido y desmoralizado baila para olvidar. La nueva moda se convierte en obsesión, la fiebre se extiende por doquier, incontenible, como ciertas epidemias o trastornos colectivos medievales». La Tanzmut, que literalmente pudiésemos traducir como «furia danzadora».
El libro cuenta con poco más de 140 páginas, pero bien puede decirse eso tan castizo de que no tiene desperdicio. Es, por supuesto, una biografía de la tal Anita, bailarina y actriz (si es que acaso ambos oficios resultaban disociables), cuya vida de solo 29 años demostró lo difícil que resulta combinar lo extenso con lo intenso: estaba predestinada a morir joven, de tanto que apuró cada minuto de la existencia. Uzcanga relata sus andanzas en el marco de las drogas de laboratorio, producto en el que Alemania, por su poderosa industria farmacéutica —Bayer, Merck, Boehringer y Knoll, por ejemplo—, era el país líder. Allí habían surgido, con fines médicos, la morfina (para calmar el dolor), cocaína (para las depresiones o como anestesia local) o la heroína, contra la tos e incluso las alergias. Pero enseguida pasaron a tener otros usos: «La explosión cultural de la República de Weimar sería muy difícil de explicar sin las drogas. Sin el descubrimiento de que liberaba una creatividad insospechada. Y de que ayudaba a desinhibirse sobre el escenario».
Como sucede en las buenas biografías, aunque la protagonista sea una persona, la foto lo es de toda una sociedad. Aquí desfilan —los actores de reparto, dicho en la terminología de Hollywood— las parejas que tuvo Anita —hombres y mujeres—; los dueños y los animadores de los locales de Berlín, cuyo número era de varios cientos; y, muy en singular, dos grandes pintores, Georg Grosz, cuyo cuadro Metrópolis tenemos en Madrid, en el Thyssen, y sobre todo Otto Dix, autor del famoso retrato —ya de la Nueva Objetividad, no del Expresionismo— de Anita vestida de rojo que, después de muchas idas y venidas, se encuentra hoy en el Museo de Stuttgart.
Sí, fue una mujer rompedora o transgresora (provenía de una familia de los latifundios cerealistas de Prusia Oriental, los Junkers: no cabe mayor grado de conservadurismo, ni tan siquiera entre sus colegas de Valladolid o los andaluces de Jaén, olivareros altivos) y que se empeñó en llevar el corte con el pasado hasta el extremo más sañudo de la autodestrucción, como si fuese alguien novelesco al que el autor del texto se la tuviese jurada y quisiera ensañarse para servir de aviso a navegantes. Pero del libro de Uzcanga cabe decir que, más allá de relatar los excesos de ese individuo, pudiera inscribirse en lo que los franceses llaman la historia de las mentalidades y, en concreto, de la idea dominante entre la mujer alemana y también de los varones acerca de ella. Para explicarlo con siglas, de la KKK (Küche, Kinder, Kirche: Cocina, niños, iglesia) de la época guillermina se pasó a la AKB (Arm, Korper, Bein: brazo, cuerpo y pierna).
Se dirá que ese cambio no resulta privativo de Berlín, pero lo cierto es que allí ocurrió primero y con singular intensidad, casi como un terremoto: algo salvaje, como reza el subtítulo del libro. Sí, fue el volcán que se había anunciado en 1919 y terminó erupcionando en 1933. 14 años nada más: diríase un castigo divino, como el de Sodoma y Gomorra.
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