Cuando el mundo deja de doler, deja de existir
Estoy en París, en el Jardín de Luxemburgo, leyendo gratamente el periódico. Un niño anda por ahí, gritador y peleón: estira de mi pantalón, pero yo ni me inmuto. Estira del pantalón de mi vecino, que anda consultando el móvil y que por supuesto que ni se inmuta. Su madre, que acaba de desviar la mirada de su portátil, intenta calmarlo, pero él se enfurece más y le da una patada a un perro, que al igual que las personas, permanece tranquilo, como si no hubiese pasado nada, pues en París los perros son más educados que los niños y…
