
Una mujer aprovecha que el agua conserva cierta frescura y los niños del pueblo aún no han salido de casa para dar las primeras brazadas del día. En la entrada de la piscina, las sillas que los vecinos apilan cada tarde montan guardia a la espera del regreso de sus dueños. El diseño y ejecución de este espacio lleva la firma del arquitecto Óscar Miguel Ares, cuyo estudio ha proyectado en Castromonte (Valladolid, 320 habitantes) otra obra de piedra y hormigón, una casa de comidas de influencia funcionalista. Como apunta el autor, ambos trabajos responden a la misma idea: dotar de servicios básicos a un municipio aquejado por la despoblación. “Es cuestión de justicia espacial”, resume Ares. A su espalda, unos aerogeneradores baten sus aspas sobre el paisaje árido de la meseta.


El estudio de Óscar Miguel Ares proyecta una piscina municipal y una casa de comidas de inspiración funcionalista en la Valladolid golpeada por la despoblación
Una mujer aprovecha que el agua conserva cierta frescura y los niños del pueblo aún no han salido de casa para dar las primeras brazadas del día. En la entrada de la piscina, las sillas que los vecinos apilan cada tarde montan guardia a la espera del regreso de sus dueños. El diseño y ejecución de este espacio lleva la firma del arquitecto Óscar Miguel Ares, cuyo estudio ha proyectado en Castromonte (Valladolid, 320 habitantes) otra obra de piedra y hormigón, una casa de comidas de influencia funcionalista. Como apunta el autor, ambos trabajos responden a la misma idea: dotar de servicios básicos a un municipio aquejado por la despoblación. “Es cuestión de justicia espacial”, resume Ares. A su espalda, unos aerogeneradores baten sus aspas sobre el paisaje árido de la meseta.
Los impuestos que abonan las multinacionales de la energía eólica han saneado las cuentas de Castromonte y permiten al Ayuntamiento acometer inversiones que hace apenas unos años parecían fuera de su alcance. “Algunos alcaldes han destinado esas plusvalías a festejos; otros, con una visión más estratégica, las han revertido en beneficio de la comunidad. Estos pueblos han estado abandonados durante décadas”, concede Ares. Profesor de la Universidad de Valladolid y comisario, su labor como arquitecto municipal le ha valido numerosos reconocimientos internacionales. La XIV Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo, celebrada en Brasilia, acaba de seleccionar su casa de comidas junto a proyectos singulares de México, Bolivia, Colombia y Perú. El año pasado, la piscina fue nominada al Premio Mies van der Rohe, uno de los galardones más prestigiosos del oficio en Europa.

La España vacía constituye un inesperado campo de pruebas para la arquitectura contemporánea. En estos territorios se ensayan nuevas formas de construir capaces de reinterpretar la tradición sin los costes que impone el ejercicio profesional en las grandes ciudades. Para levantar sus edificaciones en Castromonte, Ares reutilizó piedra procedente de tapias derruidas y viviendas que el abandono había ido desmoronando lentamente. La obra dio empleo a los canteros de la comarca, algunos de los cuales llevaban años sin trabajar en una construcción de nueva planta. “La economía circular y de kilómetro cero funciona en estos municipios de toda la vida”, cuenta el proyectista quitándose importancia. “Posiblemente estos sean los únicos edificios públicos que se hagan aquí en un siglo. Tienen que ser lugares polivalentes, donde sucedan muchas cosas a la vez”, apostilla.
Uno puede acercarse a la piscina para darse un chapuzón, pero el recinto es mucho más que eso: acoge un cine de verano, actividades deportivas e incluso una cantina. “En la España llena malgastamos mucho”, reflexiona Ares. “Los edificios enseguida se quedan obsoletos: los tiramos y construimos otros. En lugares como Castromonte, en cambio, los vecinos se apropian de los espacios y los transforman según sus necesidades”. La apertura de estas instalaciones ha atraído a los niños, que antes se aburrían solo de pensar en pasar unos días de verano con sus abuelos en el pueblo. Y hay otro síntoma de renacer: en los últimos años, Ares ha tramitado cinco licencias para familias que están rehabilitando antiguas viviendas familiares, hasta entonces cerradas y en desuso. “Se ha vivido como un milagro, antes las casas se caían a pedazos”.

Las calles del pueblo se despliegan sobre el llano y forman recodos donde apenas puede colarse el sol. Una iglesia del siglo XVI se eleva sobre la plaza, donde también está la casa de comidas, que a primera vista se confunde con el resto de las construcciones de piedra caliza. Los ventanales correderos de la planta baja diluyen los límites entre el interior y el exterior, haciendo del local una prolongación natural de la calle. Regentado por una familia de un municipio cercano, el establecimiento funciona como bar y restaurante y sirve una media de 70 menús diarios a 15 euros, según Heliodoro de la Iglesia (PP), alcalde de Castromonte desde hace más de una década. “Se trata de una concesión a cambio de un canon simbólico. Lo único que buscamos es que el coste para las arcas municipales sea cero. El negocio va muy bien y nosotros estamos encantados. Los servicios llaman a la gente”, sostiene.
Un grupo de 12 amigos llegados desde La Santa Espina, una localidad dependiente de Castromonte, toma asiento en el restaurante. Cuentan que reservaron su mesa con casi una semana de antelación y opinan que este “es el mejor sitio de la zona”. De la cocina salen sin cesar platos de garbanzos con callos, arroz a la cubana y conejo asado, todo ello regado con vinos de la comarca. “El invierno aquí es duro y la población llega a reducirse a la mitad”, confiesa en otra mesa De la Iglesia, profesor de instituto jubilado. “Los mayores se refugian del frío en la casa de comidas, que sigue despachando una cierta cantidad de menús para quienes se quedan. Yo digo que hacen una labor social. Desde que cerró el primer bar del pueblo hasta que se terminó la obra de este, transcurrieron cinco o seis meses muy duros, sin lugares de reunión”.

De la Iglesia confió desde el primer momento en el criterio de Ares, que ya trabajaba con otros municipios de la provincia, y le dejó hacer. Con los años y los éxitos cosechados, se ha fraguado entre ellos una relación de amistad. El alcalde ha llegado a desarrollar cierta sensibilidad estética y él mismo diseña pequeñas intervenciones urbanas como un mirador o un parque infantil. “Son cosas menores con las que Óscar no se quiere meter, él está para lo importante”, bromea. “El objetivo no es tanto atraer población como mantener la que ya existe. Que las familias vinculadas al pueblo sigan viniendo y generen actividad. Muchas pasan los meses de frío en Valladolid y ya se instalan aquí de mayo a octubre”, prosigue el regidor, quien subraya el gran cambio social y económico que los parques eólicos han provocado en la comarca.
El caso de éxito de Castromonte dista de ser la norma, como sostiene Ares, gran conocedor de la provincia. La energía eólica, que deja importantes ingresos en ayuntamientos y propietarios de terrenos, genera poco empleo y ha alterado la relación tradicional con el paisaje agrícola. De vuelta a la piscina, el arquitecto decidió incorporar una referencia a esos molinos de viento modernos que hoy dominan buena parte del horizonte castellano. Ares señala unas cubiertas de hormigón que evocan el movimiento de las aspas y, suspendidas sobre los muros, proyectan una agradable sombra para los bañistas. “No podemos olvidar la disciplina, el oficio de arquitecto, y seguir haciendo edificios que no dicen nada”, reivindica el proyectista. Mientras habla, dos mujeres llegan al recinto y recogen sus sillas de una pila cercana.
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