El de Carmen Laffón (Sevilla, 1934 – Sanlúcar de Barrameda, 2021) ha sido uno de los nombres notables del arte español de las últimas décadas. Segunda mujer en ingresar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando como académica de número, su visibilidad pública se fundó, paradójicamente, sobre la íntima sensibilidad de su estilo, siempre en evolución hacia la pureza de la luz. El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza la recorre en la exposición Carmen Laffón. Variaciones, que se puede visitar hasta el 27 de septiembre.
Un total de 77 obras, entre óleos, carboncillos y esculturas, se organizan en nueve secciones dedicadas a sus iconografías más frecuentes: la muñeca Marcelina, la cuna, los cestos, los armarios, el Coto de Doñana, las viñas, la cal y las salinas. El acertado comienzo con la muñeca y la cuna parece abrir una estructura biográfica lineal, pero, como señala el vídeo con el que concluye el recorrido, Laffón volvía sobre los mismos temas una y otra vez, en variaciones que hacían evolucionar su arte mientras narraban su historia: de la cuna a la luz, con un último epílogo de trascendencia.
El primer apartado es también el más entrañable. Lo componen dos parejas de óleos. Por un lado, los dedicados a la muñeca Marcelina de su amiga la artista Teresa Duclós. Por el otro, La cuna, realizado entre 1969 y 1974 a partir de un bebé anónimo, e Inés Laffón en la cuna, de 1995, en el que aparece su sobrina nieta, ya que ella misma no tuvo descendencia directa.
Los bodegones son la herramienta perfecta para la experimentación con formatos y técnicas. Los motivos sobre la mesa se encuentran habitualmente en el centro más detallados, mientras que el entorno queda difuminado. A partir de la década de 1990 comienza a introducir el paisaje como fondo, y más adelante incorpora composiciones verticales. Ya en el siglo XXI, la seguridad en sí misma la lleva incluso a mezclar disciplinas: la escultura en bronce pintado Repisa improvisada, por ejemplo, aparece acompañada por su reproducción en carboncillo sobre papel en Repisa improvisada II.
Los objetos muestran la pasión de la artista por los humildes pilares de la vida cotidiana. Canastas, muebles, una radio… Uno adquiere un protagonismo central: si El costurero es uno de los cuadros más iniciáticos (1963), tres versiones de Máquina de coser reflejan en 1967, 1978 y 1992 la importancia de una actividad considerada central en la vida de una mujer durante la infancia y la juventud de Carmen Laffón.

Doñana, fuente de inspiración
El calor del hogar se abre a la experiencia exterior, pero sin perder la calidez del toque entrañable, con Paisaje urbano. El primer cuadro de la sala, La terraza. Madrid (1973-1975), muestra su segunda residencia en la capital: tras sus años de estudiante en los 50 y la toma de contacto con el mercado gracias a gente como la galerista Juana Mordó, regresó en los años 70 para retratar la atmósfera y la luz de los cielos madrileños desde su apartamento en la calle Serrano. En 1975 se estableció definitivamente en el sur, incorporándose a la cátedra de Dibujo de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla y refugiándose a menudo en su amada Sanlúcar de Barrameda, de la que la exposición muestra tres hermosas panorámicas al óleo.
El corazón de su experiencia andaluza late en El Coto. Doñana es, probablemente, la musa mayor de Carmen Laffón. Hacia 1978, inicia sus célebres pinturas El Coto desde Sanlúcar. Aquí se acelera su tránsito por el camino a la abstracción, en búsqueda de la esencia de la luz. En la versión del paisaje de principios de los años 90, los tonos pastel aún conservan una nítida línea divisoria entre el cielo y el mar, mientras que en las de 2011 a 2014 el referente se difumina para dejar la emoción pura vibrando sobre el lienzo, al modo de su admirado Rothko.
Acertada decisión, la de situar El Coto justo en el centro del recorrido. Queda aún algo así como un largo epílogo que se puede interpretar conceptualmente, además de disfrutar con los sentidos. Los armarios es uno de los temas más extendidos en el tiempo de la carrera de Laffón: desde 1973 y hasta 2018. Parte siempre de una composición realista, a veces con intención incluso narrativa, como la serie de 1985 en la que el mismo armario protagoniza tres cuadros en un enigmático juego con una misteriosa carta de fondo. Pero los ejemplares más sugerentes quizá sean los que anuncian la fascinación por el blanco: en la muestra los hay de 1979, 1995, 2003 y 2017.
En el siguiente apartado se aprecia la coherencia de ese énfasis. La cal se compone de una serie de cuadros realizados sobre tabla con témpera, carboncillo o/y óleo relacionados con los utensilios y herramientas de los encaladores que trabajan en un cortijo andaluz, como bidones, carretillas, cubos y mesas. Por una vez, la cartela de la sala cobra mayor sentido en la traducción al inglés: Whitewash expresa la expansión de la blancura por unos espacios deshabitados que se desbordan en la siguiente sala.

La cal y la sal
La sal es la última de las series en las que trabajó Carmen Laffón. Entre 2017 y 2020, se sumergió en las salinas sanluqueñas de Bonanza. Dicen los organizadores de la muestra que «tal vez sea su proyecto más ambicioso, tanto por el número de piezas y su gran formato como por el carácter abstracto de las composiciones, hacia el que se encamina la artista según avanza en su producción». En la sala octava se incluyen siete óleos, un delicado bajorrelieve en escayola y una pequeña escultura.
El blanco se funde con la tierra, con su tierra. Carmen Laffón falleció a los 87 años durante la madrugada del 7 de noviembre de 2021, mientras dormía en su casa y taller de La Jara, en Sanlúcar de Barrameda, que aparece repleta de luz en el vídeo con el que concluye la exposición. La vida y la carrera de la artista culminaron en una inundación del color suprema, suma de todos los colores, de todas las longitudes de onda que componen el espectro de luz visible: el blanco.
A la exposición le queda, sin embargo, un último argumento. El hall central del museo exhibe la serie de La viña, realizada entre 2006 y 2007 e inspirada en la pequeña viña que rodea el estudio de Carmen Laffón en Sanlúcar y que ella cuidaba a diario. La componen los cuatro paneles de madera que forman Vista de la viña junto a Espuertas cargadas con uvas, y una monumental pieza de bronce pintado, entre escultura e instalación, formada por más de 20 cestos de tamaño natural. Recuerda y celebra la muestra que la serie fue expuesta por primera vez en el monasterio de Santo Domingo de Silos. Todo un testamento vital y artístico en un lugar sagrado, obra cumbre del románico: la luz de Carmen Laffón, sarmiento de luz en la mejor de nuestras vides.
El de Carmen Laffón (Sevilla, 1934 – Sanlúcar de Barrameda, 2021) ha sido uno de los nombres notables del arte español de las últimas décadas. Segunda
El de Carmen Laffón (Sevilla, 1934 – Sanlúcar de Barrameda, 2021) ha sido uno de los nombres notables del arte español de las últimas décadas. Segunda mujer en ingresar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando como académica de número, su visibilidad pública se fundó, paradójicamente, sobre la íntima sensibilidad de su estilo, siempre en evolución hacia la pureza de la luz. El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza la recorre en la exposición Carmen Laffón. Variaciones, que se puede visitar hasta el 27 de septiembre.
Un total de 77 obras, entre óleos, carboncillos y esculturas, se organizan en nueve secciones dedicadas a sus iconografías más frecuentes: la muñeca Marcelina, la cuna, los cestos, los armarios, el Coto de Doñana, las viñas, la cal y las salinas. El acertado comienzo con la muñeca y la cuna parece abrir una estructura biográfica lineal, pero, como señala el vídeo con el que concluye el recorrido, Laffón volvía sobre los mismos temas una y otra vez, en variaciones que hacían evolucionar su arte mientras narraban su historia: de la cuna a la luz, con un último epílogo de trascendencia.
El primer apartado es también el más entrañable. Lo componen dos parejas de óleos. Por un lado, los dedicados a la muñeca Marcelina de su amiga la artista Teresa Duclós. Por el otro, La cuna, realizado entre 1969 y 1974 a partir de un bebé anónimo, e Inés Laffón en la cuna, de 1995, en el que aparece su sobrina nieta, ya que ella misma no tuvo descendencia directa.
Los bodegones son la herramienta perfecta para la experimentación con formatos y técnicas. Los motivos sobre la mesa se encuentran habitualmente en el centro más detallados, mientras que el entorno queda difuminado. A partir de la década de 1990 comienza a introducir el paisaje como fondo, y más adelante incorpora composiciones verticales. Ya en el siglo XXI, la seguridad en sí misma la lleva incluso a mezclar disciplinas: la escultura en bronce pintado Repisa improvisada, por ejemplo, aparece acompañada por su reproducción en carboncillo sobre papel en Repisa improvisada II.
Los objetos muestran la pasión de la artista por los humildes pilares de la vida cotidiana. Canastas, muebles, una radio… Uno adquiere un protagonismo central: si El costurero es uno de los cuadros más iniciáticos (1963), tres versiones de Máquina de coser reflejan en 1967, 1978 y 1992 la importancia de una actividad considerada central en la vida de una mujer durante la infancia y la juventud de Carmen Laffón.

El calor del hogar se abre a la experiencia exterior, pero sin perder la calidez del toque entrañable, con Paisaje urbano. El primer cuadro de la sala, La terraza. Madrid (1973-1975), muestra su segunda residencia en la capital: tras sus años de estudiante en los 50 y la toma de contacto con el mercado gracias a gente como la galerista Juana Mordó, regresó en los años 70 para retratar la atmósfera y la luz de los cielos madrileños desde su apartamento en la calle Serrano. En 1975 se estableció definitivamente en el sur, incorporándose a la cátedra de Dibujo de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla y refugiándose a menudo en su amada Sanlúcar de Barrameda, de la que la exposición muestra tres hermosas panorámicas al óleo.
El corazón de su experiencia andaluza late en El Coto. Doñana es, probablemente, la musa mayor de Carmen Laffón. Hacia 1978, inicia sus célebres pinturas El Coto desde Sanlúcar. Aquí se acelera su tránsito por el camino a la abstracción, en búsqueda de la esencia de la luz. En la versión del paisaje de principios de los años 90, los tonos pastel aún conservan una nítida línea divisoria entre el cielo y el mar, mientras que en las de 2011 a 2014 el referente se difumina para dejar la emoción pura vibrando sobre el lienzo, al modo de su admirado Rothko.
Acertada decisión, la de situar El Coto justo en el centro del recorrido. Queda aún algo así como un largo epílogo que se puede interpretar conceptualmente, además de disfrutar con los sentidos. Los armarios es uno de los temas más extendidos en el tiempo de la carrera de Laffón: desde 1973 y hasta 2018. Parte siempre de una composición realista, a veces con intención incluso narrativa, como la serie de 1985 en la que el mismo armario protagoniza tres cuadros en un enigmático juego con una misteriosa carta de fondo. Pero los ejemplares más sugerentes quizá sean los que anuncian la fascinación por el blanco: en la muestra los hay de 1979, 1995, 2003 y 2017.
En el siguiente apartado se aprecia la coherencia de ese énfasis. La cal se compone de una serie de cuadros realizados sobre tabla con témpera, carboncillo o/y óleo relacionados con los utensilios y herramientas de los encaladores que trabajan en un cortijo andaluz, como bidones, carretillas, cubos y mesas. Por una vez, la cartela de la sala cobra mayor sentido en la traducción al inglés: Whitewash expresa la expansión de la blancura por unos espacios deshabitados que se desbordan en la siguiente sala.

La sal es la última de las series en las que trabajó Carmen Laffón. Entre 2017 y 2020, se sumergió en las salinas sanluqueñas de Bonanza. Dicen los organizadores de la muestra que «tal vez sea su proyecto más ambicioso, tanto por el número de piezas y su gran formato como por el carácter abstracto de las composiciones, hacia el que se encamina la artista según avanza en su producción». En la sala octava se incluyen siete óleos, un delicado bajorrelieve en escayola y una pequeña escultura.
El blanco se funde con la tierra, con su tierra. Carmen Laffón falleció a los 87 años durante la madrugada del 7 de noviembre de 2021, mientras dormía en su casa y taller de La Jara, en Sanlúcar de Barrameda, que aparece repleta de luz en el vídeo con el que concluye la exposición. La vida y la carrera de la artista culminaron en una inundación del color suprema, suma de todos los colores, de todas las longitudes de onda que componen el espectro de luz visible: el blanco.
A la exposición le queda, sin embargo, un último argumento. El hall central del museo exhibe la serie de La viña, realizada entre 2006 y 2007 e inspirada en la pequeña viña que rodea el estudio de Carmen Laffón en Sanlúcar y que ella cuidaba a diario. La componen los cuatro paneles de madera que forman Vista de la viña junto a Espuertas cargadas con uvas, y una monumental pieza de bronce pintado, entre escultura e instalación, formada por más de 20 cestos de tamaño natural. Recuerda y celebra la muestra que la serie fue expuesta por primera vez en el monasterio de Santo Domingo de Silos. Todo un testamento vital y artístico en un lugar sagrado, obra cumbre del románico: la luz de Carmen Laffón, sarmiento de luz en la mejor de nuestras vides.
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