Existen dos vías (ambas arduas e incluso dolorosas) de conocimiento: la erudición y la emoción. La primera requiere tiempo, estudio, curiosidad, una cierta capacidad de comprensión y mucha disciplina de trabajo. Nadie se convierte en un sabio de forma espontánea. La segunda —la fórmula emocional, propia de las artes— presupone contar con una notable sensibilidad natural —tarea que puede exigir toda una vida o apenas un instante— y necesita, también, el talento para traducir experiencias íntimas a los demás, tradicionalmente a través de la magia de las palabras. La aproximación intelectual es la propia de los filósofos, los historiadores y los pensadores. La interpretación estética es la que define a los poetas.
Eduardo Jordá (Palma de Mallorca, 1956) pertenece a esta última estirpe —su obra poética está recogida en las antologías Pero sucede (Renacimiento) y Doce lunas (Fundación Lara)—, aunque también haya explorado con éxito la narrativa, la escritura de dietarios, la literatura de viajes y el fértil género del ensayo literario, con desvíos específicos hacia personajes de la cultura popular, como evidencian sus libros biográficos sobre el músico irlandés Van Morrison y el cantante norteamericano Hank Williams, el último forajido del género musical del country and western.
Entra, pues, dentro de lo natural que Jordá extienda ahora sus pesquisas musicales a otro creador —más trascendente que los anteriores— que puede —y debe— ser considerado el Cervantes (o el Shakespeare) de todas las variantes de la música moderna desde mediados del pasado siglo. Hablamos, por supuesto, de Bob Dylan, sobre quien Jordá acaba de publicar un breviario —115 esforzadas páginas— con el enigmático y sugerente título de Número cero (Libros del Asteroide). Una obra que es una aproximación para principiantes a la figura del artista más influyente de la cultura popular en el último siglo. No es preciso explicar mucho más. Dylan es el primer —y el único— escritor de canciones que ha recibido el Nobel de Literatura y que, encarnando la condición ancestral de los poetas, no se dedica a los libros, sino a grabar discos y a tocar en directo sin freno.
Con 85 años cumplidos —15 más que Jordá—, el hombre que una vez fue Robert Zimmerman continúa en la carretera. El próximo tramo de su gira europea (Lights of Autumn Tour) comenzará dentro de algo más de un mes en Oslo (Noruega) y lo llevará hasta finales de este año por escenarios y auditorios de Suecia, Dinamarca, Alemania, Bélgica, Luxemburgo, Suiza, Italia, Eslovenia, Austria e Inglaterra, esta vez sin hacer una parada en nuestro país. Dylan ha hecho suyo el fatum de los viejos bluesmen, que prefirieron viajar y tocar —igual que los juglares y los músicos de feria— hasta que el tiempo los alcanzase, antes de quedarse en casa. Quizás porque el camino es el verdadero hogar de Dylan, que ha convertido el escapismo en un arte y ha hecho de la rebeldía su bandera.
El libro de Jordá versa justamente sobre estos dos asuntos —su seductora identidad biográfica y su método de trabajo— y, sin entrar en excesivas profundidades, en él se sugieren algunas de las claves del personaje. El escritor mallorquín no ha querido escribir un ensayo donde se descifre la magia de las canciones de Dylan —Jordá admite que muchas de sus letras, en especial las de su etapa eléctrica, cuando en los versículos de Dylan la retórica bíblica se confundía con las imágenes surrealistas y los inesperados hallazgos de la escritura automática, le parecen galimatías— ni tampoco descubrir (tarea que ya han hecho autores como Anthony Scaduto, Paul Williams, Clinton Heylin, David Dalton, Ian Bell, Dennis McDougal o Howard Sounes) algún descuidado secreto sobre su intimidad.
Todo lo que Jordá cuenta en este libro está documentado —o fabulado— en los retratos escritos por estos otros autores que han explorado las gestas, las hazañas y los secretos del artista de Minnesota. Tampoco ha querido meterse a explicar la condición literaria de sus letras, un camino que han transitado Christopher Ricks, crítico literario y catedrático en Oxford, Clinton Heylin en Still on the Road o, entre nosotros, Vicente Araguas a partir de la investigación de su tesis doctoral en filología inglesa.
Jordá hace otra cosa. Esbozar un retrato en sfumato de Dylan a partir de una colección de anécdotas, variaciones autobiográficas y asociaciones personales, en algún caso sin conexión directa con el músico de Duluth, que funcionan al modo de una suerte de correlatos de su propia cosecha, de forma que quien no conozca la envergadura del arte dylaniano —pensamos sobre todo en parte de las nuevas generaciones, nacidas en los últimos 25 años— pueda hacerse una somera pero sugerente idea del personaje, sus circunstancias y la infinita reverberación de su música. Es un enfoque no exento de riesgos porque a los versados en dylanología —esa disciplina sin academia pero de intensa devoción— les parecerá insuficiente o poca cosa, mientras que a los no familiarizados con la materia dylaniana les hará pensar que han descubierto novísimos mediterráneos.
Jordá ha preferido, además, hacer un libro voluntariamente breve, pensado como una síntesis divulgativa —una especie de Dylan para dummies—, pero con un meritorio enfoque personal. Eso es Número cero, donde el poeta mallorquín conecta a Dylan con los versos de Rilke, la música sinfónica de Celibidache, habla de los ecos de Rimbaud y los poetas malditos franceses y prolonga la original lectura que Todd Haynes hizo del personaje en I’m Not There, película donde mostraba no a un Dylan impar, sino múltiple, resumido en una colección de relatos basada en las máscaras que han caracterizado la evolución del personaje durante las últimas seis décadas.
Por fortuna, la mutación continúa. Bob Dylan no se ha detenido todavía. Su interminable proceso de reinvención, lleno de muertes sin entierro y resurrecciones, no tiene que entenderse necesariamente como un problema o considerarse un enigma. Es, de hecho, la (única) respuesta: la vida de Dylan, igual que la de cualquiera, es una sucesión de identidades. Y todas desmienten la falsa idea de que somos de una manera, siendo en realidad palimpsestos con infinitas escrituras, rostros, sensibilidades y anhelos.
«El hombre es el estilo», dijo Buffon. Los artistas cambian y, con ellos, lo hace su carácter. Así sucede desde el principio de los tiempos. Y así será hasta el día en el que nos convirtamos, al emprender el último viaje hacia la Estigia, en un pretérito cada vez más lejano en la línea del tiempo, ya agotada para nosotros. Incluso con el pie en el estribo, si uno tiene la suerte de no ser olvidado, inevitablemente será tergiversado e interpretado —«I ain’t looking to compete with you / beat or cheat or mistreat you / simplify you, classify you»— no de acuerdo con lo que fuimos, sino con aquello que otros, los demás, ignorando los rastros del camino, creen que quisimos ser.
Al cabo, nadie conoce realmente a nadie. Hace bastante tiempo que el propio Dylan lo puso por escrito —y lo cantó— en Maggie’s Farm, la furiosa canción con la que, en el Festival Folk de Newport, armado con una Fender Stratocaster y vestido de cuero negro, desafió a su devota audiencia y a sus padrinos y abrazó la libertad: «Well, I try my best to be just like I am / But everybody wants you to be just like them / They say, ‘Sing while you slave’ and I just get bored / I ain’t gonna work on Maggie’s farm no more».
Existen dos vías (ambas arduas e incluso dolorosas) de conocimiento: la erudición y la emoción. La primera requiere tiempo, estudio, curiosidad, una cierta capacidad de comprensión
Existen dos vías (ambas arduas e incluso dolorosas) de conocimiento: la erudición y la emoción. La primera requiere tiempo, estudio, curiosidad, una cierta capacidad de comprensión y mucha disciplina de trabajo. Nadie se convierte en un sabio de forma espontánea. La segunda —la fórmula emocional, propia de las artes— presupone contar con una notable sensibilidad natural —tarea que puede exigir toda una vida o apenas un instante— y necesita, también, el talento para traducir experiencias íntimas a los demás, tradicionalmente a través de la magia de las palabras. La aproximación intelectual es la propia de los filósofos, los historiadores y los pensadores. La interpretación estética es la que define a los poetas.
Eduardo Jordá (Palma de Mallorca, 1956) pertenece a esta última estirpe —su obra poética está recogida en las antologías Pero sucede (Renacimiento) y Doce lunas (Fundación Lara)—, aunque también haya explorado con éxito la narrativa, la escritura de dietarios, la literatura de viajes y el fértil género del ensayo literario, con desvíos específicos hacia personajes de la cultura popular, como evidencian sus libros biográficos sobre el músico irlandés Van Morrison y el cantante norteamericano Hank Williams, el último forajido del género musical del country and western.
Entra, pues, dentro de lo natural que Jordá extienda ahora sus pesquisas musicales a otro creador —más trascendente que los anteriores— que puede —y debe— ser considerado el Cervantes (o el Shakespeare) de todas las variantes de la música moderna desde mediados del pasado siglo. Hablamos, por supuesto, de Bob Dylan, sobre quien Jordá acaba de publicar un breviario —115 esforzadas páginas— con el enigmático y sugerente título de Número cero (Libros del Asteroide). Una obra que es una aproximación para principiantes a la figura del artista más influyente de la cultura popular en el último siglo. No es preciso explicar mucho más. Dylan es el primer —y el único— escritor de canciones que ha recibido el Nobel de Literatura y que, encarnando la condición ancestral de los poetas, no se dedica a los libros, sino a grabar discos y a tocar en directo sin freno.
Con 85 años cumplidos —15 más que Jordá—, el hombre que una vez fue Robert Zimmerman continúa en la carretera. El próximo tramo de su gira europea (Lights of Autumn Tour) comenzará dentro de algo más de un mes en Oslo (Noruega) y lo llevará hasta finales de este año por escenarios y auditorios de Suecia, Dinamarca, Alemania, Bélgica, Luxemburgo, Suiza, Italia, Eslovenia, Austria e Inglaterra, esta vez sin hacer una parada en nuestro país. Dylan ha hecho suyo el fatum de los viejos bluesmen, que prefirieron viajar y tocar —igual que los juglares y los músicos de feria— hasta que el tiempo los alcanzase, antes de quedarse en casa. Quizás porque el camino es el verdadero hogar de Dylan, que ha convertido el escapismo en un arte y ha hecho de la rebeldía su bandera.
El libro de Jordá versa justamente sobre estos dos asuntos —su seductora identidad biográfica y su método de trabajo— y, sin entrar en excesivas profundidades, en él se sugieren algunas de las claves del personaje. El escritor mallorquín no ha querido escribir un ensayo donde se descifre la magia de las canciones de Dylan —Jordá admite que muchas de sus letras, en especial las de su etapa eléctrica, cuando en los versículos de Dylan la retórica bíblica se confundía con las imágenes surrealistas y los inesperados hallazgos de la escritura automática, le parecen galimatías— ni tampoco descubrir (tarea que ya han hecho autores como Anthony Scaduto, Paul Williams, Clinton Heylin, David Dalton, Ian Bell, Dennis McDougal o Howard Sounes) algún descuidado secreto sobre su intimidad.
Todo lo que Jordá cuenta en este libro está documentado —o fabulado— en los retratos escritos por estos otros autores que han explorado las gestas, las hazañas y los secretos del artista de Minnesota. Tampoco ha querido meterse a explicar la condición literaria de sus letras, un camino que han transitado Christopher Ricks, crítico literario y catedrático en Oxford, Clinton Heylin en Still on the Road o, entre nosotros, Vicente Araguas a partir de la investigación de su tesis doctoral en filología inglesa.
Jordá hace otra cosa. Esbozar un retrato en sfumato de Dylan a partir de una colección de anécdotas, variaciones autobiográficas y asociaciones personales, en algún caso sin conexión directa con el músico de Duluth, que funcionan al modo de una suerte de correlatos de su propia cosecha, de forma que quien no conozca la envergadura del arte dylaniano —pensamos sobre todo en parte de las nuevas generaciones, nacidas en los últimos 25 años— pueda hacerse una somera pero sugerente idea del personaje, sus circunstancias y la infinita reverberación de su música. Es un enfoque no exento de riesgos porque a los versados en dylanología —esa disciplina sin academia pero de intensa devoción— les parecerá insuficiente o poca cosa, mientras que a los no familiarizados con la materia dylaniana les hará pensar que han descubierto novísimos mediterráneos.
Jordá ha preferido, además, hacer un libro voluntariamente breve, pensado como una síntesis divulgativa —una especie de Dylan para dummies—, pero con un meritorio enfoque personal. Eso es Número cero, donde el poeta mallorquín conecta a Dylan con los versos de Rilke, la música sinfónica de Celibidache, habla de los ecos de Rimbaud y los poetas malditos franceses y prolonga la original lectura que Todd Haynes hizo del personaje en I’m Not There, película donde mostraba no a un Dylan impar, sino múltiple, resumido en una colección de relatos basada en las máscaras que han caracterizado la evolución del personaje durante las últimas seis décadas.
Por fortuna, la mutación continúa. Bob Dylan no se ha detenido todavía. Su interminable proceso de reinvención, lleno de muertes sin entierro y resurrecciones, no tiene que entenderse necesariamente como un problema o considerarse un enigma. Es, de hecho, la (única) respuesta: la vida de Dylan, igual que la de cualquiera, es una sucesión de identidades. Y todas desmienten la falsa idea de que somos de una manera, siendo en realidad palimpsestos con infinitas escrituras, rostros, sensibilidades y anhelos.
«El hombre es el estilo», dijo Buffon. Los artistas cambian y, con ellos, lo hace su carácter. Así sucede desde el principio de los tiempos. Y así será hasta el día en el que nos convirtamos, al emprender el último viaje hacia la Estigia, en un pretérito cada vez más lejano en la línea del tiempo, ya agotada para nosotros. Incluso con el pie en el estribo, si uno tiene la suerte de no ser olvidado, inevitablemente será tergiversado e interpretado —«I ain’t looking to compete with you / beat or cheat or mistreat you / simplify you, classify you»— no de acuerdo con lo que fuimos, sino con aquello que otros, los demás, ignorando los rastros del camino, creen que quisimos ser.
Al cabo, nadie conoce realmente a nadie. Hace bastante tiempo que el propio Dylan lo puso por escrito —y lo cantó— en Maggie’s Farm, la furiosa canción con la que, en el Festival Folk de Newport, armado con una Fender Stratocaster y vestido de cuero negro, desafió a su devota audiencia y a sus padrinos y abrazó la libertad: «Well, I try my best to be just like I am / But everybody wants you to be just like them / They say, ‘Sing while you slave’ and I just get bored / I ain’t gonna work on Maggie’s farm no more».
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