‘El libro de plata’: Olivia Laing convierte la Roma de Fellini y Pasolini en novela

La Roma de mediados de la década de los setenta del siglo pasado había dejado atrás los esplendores de la dolce vita y estaba inmersa en los llamados años de plomo. Este es el escenario y la época elegidos por la británica Olivia Laing para situar su novela El libro de plata (Alpha Decay), que ha llegado a librerías esta semana.

Es una narración singular: tiene un protagonista ficticio, pero quienes le rodean son personajes reales. Y lo que cuenta está escrupulosamente documentado y arraigado en la verdad histórica. El protagonista ficticio es un joven británico, el pelirrojo Nicholas Wade, estudiante de Bellas Artes en Slade. En el primer capítulo se lo presenta huyendo de Londres, porque está de algún modo involucrado en algo turbio, que iremos sabiendo: la muerte de Alan, su amante casado. Este capítulo inicial se cierra así: «Es el 17 de septiembre de 1974, tiene veintidós años y ya ha aniquilado la primera de sus vidas».

El primer destino del joven en fuga es Venecia, donde conoce a Danilo Donati, coprotagonista de la novela y personaje real. Donati se lo lleva a su hotel, se acuestan la primera noche, pasan unos días juntos y le propone que se convierta en su aprendiz y lo acompañe a Roma.

¿Quién es este tal Danilo Donati, se preguntará cualquiera que no sea cinéfilo patanegra? Fue el gran diseñador de vestuario y producción del cine italiano, un maestro de los colores, las formas y la fantasía. Ganó dos Óscar al mejor vestuario, por Romeo y Julieta de Zeffirelli y por el Casanova de Fellini. Colaboró de forma estrecha y continuada con tres cineastas: los dos mencionados y Pasolini.

En el momento en que está situada la novela, Donati está trabajando en dos proyectos: el mencionado Casanova de Fellini y Salò de Pasolini. Ambos directores tienen un papel destacado en El libro de plata y Laing incrusta al personaje ficticio de Nicholas en hechos absolutamente reales como el robo de varias bobinas de ambas películas. Se trató de un intento de chantajear al productor napolitano Alberto Grimaldi, que en esa década financió también otros títulos exitosos y polémicos como El último tango en París y Novecento de Bertolucci y Excelentísimos cadáveres de Francesco Rosi. Otro hecho en el que se ve envuelto Nicholas es el asesinato de Pasolini.

Olivia Laing es una autora que se ha movido entre el ensayo cultural, la memoria íntima y la narrativa. Practica una escritura híbrida, que transgrede la división ortodoxa de la literatura en géneros estancos. Debutó en 2011 con Por el río, un libro en el que realizaba un recorrido por el río Ouse, en cuyas aguas se suicidó Virginia Woolf. Era al mismo tiempo un viaje físico y espiritual, una exploración paisajística y literaria. Entre sus textos posteriores destacan El viaje a Echo Spring, cuyo hilo conductor es la problemática relación con el alcohol de algunos grandes escritores como Hemingway, Tennessee Williams, Cheever y Carver, y La ciudad solitaria, que indagaba en la soledad urbana a través de figuras como Edward Hopper y el marginal pintor y escritor Henry Darger.

Laing hizo una primera incursión en la novela en 2018 con Crudo y ahora regresa al género por la puerta grande con El libro de plata. Escrita en capítulos breves y frases cortas, es una muestra de la perspicaz mirada de Laing para explorar las emociones humanas. Su retrato de la relación homosexual entre Nicholas y Donati logra atrapar todos los matices, desequilibrios y aristas: la diferencia de edad —el italiano tenía entonces 48 años—, la dependencia económica del británico y la emocional de Donati, a lo que se suma la vida promiscua que llevan ambos. Amor, deseo, dudas, temores.

Es también admirable cómo logra atrapar el aroma de la Roma de la época, con sus Vespas y sus maritozzi (un típico bollo con nata italiano), pero también con sus chaperos en la estación central, a los que buscaba Pasolini, y sus zonas de cruising en las orillas del Tíber, que frecuentaba Donati. Joie de vivre, sensualidad y vitalidad, pero también sordidez y un clima político enrarecido.

Laing da el do de pecho en el retrato de los estudios de Cinecittà, donde Nicholas entra a trabajar con Donati para crear los fastuosos decorados del Casanova felliniano. Situada a unos nueve kilómetros del centro de Roma, Cinecittà era conocida en sus años de esplendor como el «Hollywood en el Tíber».

Si me permiten un apunte histórico, que suele olvidarse: Cinecittà fue un invento del régimen fascista de Benito Mussolini, que presidió la inauguración en abril de 1937. La intención era crear una ciudad del cine que pudiera competir con Hollywood y utilizar el séptimo arte como instrumento de adoctrinamiento ideológico. Al frente del proyecto estuvieron Vittorio Mussolini —hijo del dictador y gran cinéfilo, fundador de la revista Cinema y después productor— y el periodista y político fascista Luigi Freddi, al que se atribuye esta frase diáfana: «El cine es el arma más poderosa». Freddi fue también el creador del Centro Sperimentale di Cinematografia en 1935, la primera escuela de cine de Europa. Durante la Segunda Guerra Mundial, Cinecittà fue utilizada como campo de concentración por los nazis y después bombardeada por los aliados. Renació en la posguerra y allí se rodaron películas italianas y superproducciones americanas como Ben-Hur y Cleopatra. Su mítico Studio 5 —el más grande— era la segunda casa de Fellini, el escenario de todas sus películas.

Olivia Laing perfila espléndidos retratos de Fellini y Pasolini. Sobre el primero dice Danilo Donati: «Está empeñado en que la gente lo quiera […]. Tiene la obsesión de seducir». Y a Pasolini se lo describe así: «Es hipnótica su forma de hablar: tanto su voz suave, susurrada, como las cosas apocalípticas que cuenta». A través de la visión del cine de ambos, la autora introduce una sagaz reflexión sobre la relación entre la realidad y la ficción, sobre la verdad y la mentira de lo que vemos en la pantalla.

Cuando un perplejo Nicholas le pregunta a Donati en Venecia por qué Casanova no puede rodarse allí y hay que reconstruir la ciudad en un estudio, este le responde: «Porque la película no está ambientada en Venecia. Está ambientada en la Venecia de Fellini, y eso hay que reconstruirlo desde cero». Más adelante, en una conversación de Pasolini con Nicholas, leemos esto: «El realismo es un error, responde Pasolini. Es impreciso y falso […] El montaje es subjetividad, provisionalidad; el plano general es objetividad, claridad, resolución. Pero ¿cuál de los dos es verdad? ¿Cuál representa mejor la realidad?».

La novela recrea la preparación y el rodaje de Casanova y Salò. Apunta detalles como el calculado maltrato al que sometió Fellini a Donald Sutherland o los procesos de casting de Pasolini, que parecían los de una cinta porno. Ambos títulos ocupan un lugar clave en la trayectoria de sus creadores. Casanova, visión grotesca del seductor veneciano de la mano de ese gran erotómano que fue Fellini, es una suerte de canto del cisne. Después de este largometraje, todavía rodó obras notables —Y la nave va, Ginger y Fred…—, pero Casanova fue la clausura de su época de máximo esplendor. Porque en los años ochenta tuvo cada vez más problemas para financiar sus proyectos y le costó encontrar su lugar en una industria que se desmoronaba.

Y en cuanto a Salò, que más que una película es un vómito, una deyección, fue lo último que filmó Pasolini antes de su asesinato. Olivia Laing cierra la novela con este hecho y, aunque no deja de apuntar la hipótesis del crimen político, tiene la sensatez de mostrarse prudente.

El asesinato del cineasta es uno de esos crímenes sin resolver que dieron pie a teorías conspiranoicas. Los hechos puros y duros son: la noche del 2 de noviembre de 1975, Pasolini recogió en su Alfa Romeo a un chapero, uno de esos ragazzi di vita que poblaron su vida. Este se llamaba Pino Pelosi y tenía 17 años. Se lo llevó a un descampado en Ostia para mantener una relación sexual. Pasolini apareció asesinado de forma brutal, con saña, porque su propio coche le había pasado por encima. Horas después Pelosi fue detenido conduciendo el Alfa Romeo y confesó ser el autor del crimen. Hasta aquí los hechos y, a partir de aquí, las especulaciones de un asesinato político con más implicados y una conspiración fascista jamás probada.

Pelosi se pasó la vida entrando y saliendo de la cárcel, y contando a los periodistas cambiantes versiones de lo sucedido. ¿Fiables? Era un yonqui y por dinero estaba dispuesto a contar lo que fuera. Hubo también una pista que conducía a dos hermanos del lumpen y la ultraderecha y a una conversación escuchada por alguien en un bar. Nada pudo probarse. Lo cierto es que la izquierda necesitaba la conspiración fascista para elevar a Pasolini a los altares del martirologio, porque la otra versión, la de la muerte a manos de un chapero menor de edad durante un encuentro sexual, resultaba demasiado sórdida y nada ejemplar.

El libro de plata es una lectura muy recomendable para los amantes del cine. Y también para los amantes de la buena literatura.

 La Roma de mediados de la década de los setenta del siglo pasado había dejado atrás los esplendores de la dolce vita y estaba inmersa en  

La Roma de mediados de la década de los setenta del siglo pasado había dejado atrás los esplendores de la dolce vita y estaba inmersa en los llamados años de plomo. Este es el escenario y la época elegidos por la británica Olivia Laing para situar su novela El libro de plata (Alpha Decay), que ha llegado a librerías esta semana.

Es una narración singular: tiene un protagonista ficticio, pero quienes le rodean son personajes reales. Y lo que cuenta está escrupulosamente documentado y arraigado en la verdad histórica. El protagonista ficticio es un joven británico, el pelirrojo Nicholas Wade, estudiante de Bellas Artes en Slade. En el primer capítulo se lo presenta huyendo de Londres, porque está de algún modo involucrado en algo turbio, que iremos sabiendo: la muerte de Alan, su amante casado. Este capítulo inicial se cierra así: «Es el 17 de septiembre de 1974, tiene veintidós años y ya ha aniquilado la primera de sus vidas».

El primer destino del joven en fuga es Venecia, donde conoce a Danilo Donati, coprotagonista de la novela y personaje real. Donati se lo lleva a su hotel, se acuestan la primera noche, pasan unos días juntos y le propone que se convierta en su aprendiz y lo acompañe a Roma.

¿Quién es este tal Danilo Donati, se preguntará cualquiera que no sea cinéfilo patanegra? Fue el gran diseñador de vestuario y producción del cine italiano, un maestro de los colores, las formas y la fantasía. Ganó dos Óscar al mejor vestuario, por Romeo y Julieta de Zeffirelli y por el Casanova de Fellini. Colaboró de forma estrecha y continuada con tres cineastas: los dos mencionados y Pasolini.

En el momento en que está situada la novela, Donati está trabajando en dos proyectos: el mencionado Casanova de Fellini y Salò de Pasolini. Ambos directores tienen un papel destacado en El libro de plata y Laing incrusta al personaje ficticio de Nicholas en hechos absolutamente reales como el robo de varias bobinas de ambas películas. Se trató de un intento de chantajear al productor napolitano Alberto Grimaldi, que en esa década financió también otros títulos exitosos y polémicos como El último tango en París y Novecento de Bertolucci y Excelentísimos cadáveres de Francesco Rosi. Otro hecho en el que se ve envuelto Nicholas es el asesinato de Pasolini.

Olivia Laing es una autora que se ha movido entre el ensayo cultural, la memoria íntima y la narrativa. Practica una escritura híbrida, que transgrede la división ortodoxa de la literatura en géneros estancos. Debutó en 2011 con Por el río, un libro en el que realizaba un recorrido por el río Ouse, en cuyas aguas se suicidó Virginia Woolf. Era al mismo tiempo un viaje físico y espiritual, una exploración paisajística y literaria. Entre sus textos posteriores destacan El viaje a Echo Spring, cuyo hilo conductor es la problemática relación con el alcohol de algunos grandes escritores como Hemingway, Tennessee Williams, Cheever y Carver, y La ciudad solitaria, que indagaba en la soledad urbana a través de figuras como Edward Hopper y el marginal pintor y escritor Henry Darger.

Laing hizo una primera incursión en la novela en 2018 con Crudo y ahora regresa al género por la puerta grande con El libro de plata. Escrita en capítulos breves y frases cortas, es una muestra de la perspicaz mirada de Laing para explorar las emociones humanas. Su retrato de la relación homosexual entre Nicholas y Donati logra atrapar todos los matices, desequilibrios y aristas: la diferencia de edad —el italiano tenía entonces 48 años—, la dependencia económica del británico y la emocional de Donati, a lo que se suma la vida promiscua que llevan ambos. Amor, deseo, dudas, temores.

Es también admirable cómo logra atrapar el aroma de la Roma de la época, con sus Vespas y sus maritozzi (un típico bollo con nata italiano), pero también con sus chaperos en la estación central, a los que buscaba Pasolini, y sus zonas de cruising en las orillas del Tíber, que frecuentaba Donati. Joie de vivre, sensualidad y vitalidad, pero también sordidez y un clima político enrarecido.

Laing da el do de pecho en el retrato de los estudios de Cinecittà, donde Nicholas entra a trabajar con Donati para crear los fastuosos decorados del Casanova felliniano. Situada a unos nueve kilómetros del centro de Roma, Cinecittà era conocida en sus años de esplendor como el «Hollywood en el Tíber».

Si me permiten un apunte histórico, que suele olvidarse: Cinecittà fue un invento del régimen fascista de Benito Mussolini, que presidió la inauguración en abril de 1937. La intención era crear una ciudad del cine que pudiera competir con Hollywood y utilizar el séptimo arte como instrumento de adoctrinamiento ideológico. Al frente del proyecto estuvieron Vittorio Mussolini —hijo del dictador y gran cinéfilo, fundador de la revista Cinema y después productor— y el periodista y político fascista Luigi Freddi, al que se atribuye esta frase diáfana: «El cine es el arma más poderosa». Freddi fue también el creador del Centro Sperimentale di Cinematografia en 1935, la primera escuela de cine de Europa. Durante la Segunda Guerra Mundial, Cinecittà fue utilizada como campo de concentración por los nazis y después bombardeada por los aliados. Renació en la posguerra y allí se rodaron películas italianas y superproducciones americanas como Ben-Hur y Cleopatra. Su mítico Studio 5 —el más grande— era la segunda casa de Fellini, el escenario de todas sus películas.

Olivia Laing perfila espléndidos retratos de Fellini y Pasolini. Sobre el primero dice Danilo Donati: «Está empeñado en que la gente lo quiera […]. Tiene la obsesión de seducir». Y a Pasolini se lo describe así: «Es hipnótica su forma de hablar: tanto su voz suave, susurrada, como las cosas apocalípticas que cuenta». A través de la visión del cine de ambos, la autora introduce una sagaz reflexión sobre la relación entre la realidad y la ficción, sobre la verdad y la mentira de lo que vemos en la pantalla.

Cuando un perplejo Nicholas le pregunta a Donati en Venecia por qué Casanova no puede rodarse allí y hay que reconstruir la ciudad en un estudio, este le responde: «Porque la película no está ambientada en Venecia. Está ambientada en la Venecia de Fellini, y eso hay que reconstruirlo desde cero». Más adelante, en una conversación de Pasolini con Nicholas, leemos esto: «El realismo es un error, responde Pasolini. Es impreciso y falso […] El montaje es subjetividad, provisionalidad; el plano general es objetividad, claridad, resolución. Pero ¿cuál de los dos es verdad? ¿Cuál representa mejor la realidad?».

La novela recrea la preparación y el rodaje de Casanova y Salò. Apunta detalles como el calculado maltrato al que sometió Fellini a Donald Sutherland o los procesos de casting de Pasolini, que parecían los de una cinta porno. Ambos títulos ocupan un lugar clave en la trayectoria de sus creadores. Casanova, visión grotesca del seductor veneciano de la mano de ese gran erotómano que fue Fellini, es una suerte de canto del cisne. Después de este largometraje, todavía rodó obras notables —Y la nave va, Ginger y Fred…—, pero Casanova fue la clausura de su época de máximo esplendor. Porque en los años ochenta tuvo cada vez más problemas para financiar sus proyectos y le costó encontrar su lugar en una industria que se desmoronaba.

Y en cuanto a Salò, que más que una película es un vómito, una deyección, fue lo último que filmó Pasolini antes de su asesinato. Olivia Laing cierra la novela con este hecho y, aunque no deja de apuntar la hipótesis del crimen político, tiene la sensatez de mostrarse prudente.

El asesinato del cineasta es uno de esos crímenes sin resolver que dieron pie a teorías conspiranoicas. Los hechos puros y duros son: la noche del 2 de noviembre de 1975, Pasolini recogió en su Alfa Romeo a un chapero, uno de esos ragazzi di vita que poblaron su vida. Este se llamaba Pino Pelosi y tenía 17 años. Se lo llevó a un descampado en Ostia para mantener una relación sexual. Pasolini apareció asesinado de forma brutal, con saña, porque su propio coche le había pasado por encima. Horas después Pelosi fue detenido conduciendo el Alfa Romeo y confesó ser el autor del crimen. Hasta aquí los hechos y, a partir de aquí, las especulaciones de un asesinato político con más implicados y una conspiración fascista jamás probada.

Pelosi se pasó la vida entrando y saliendo de la cárcel, y contando a los periodistas cambiantes versiones de lo sucedido. ¿Fiables? Era un yonqui y por dinero estaba dispuesto a contar lo que fuera. Hubo también una pista que conducía a dos hermanos del lumpen y la ultraderecha y a una conversación escuchada por alguien en un bar. Nada pudo probarse. Lo cierto es que la izquierda necesitaba la conspiración fascista para elevar a Pasolini a los altares del martirologio, porque la otra versión, la de la muerte a manos de un chapero menor de edad durante un encuentro sexual, resultaba demasiado sórdida y nada ejemplar.

El libro de plata es una lectura muy recomendable para los amantes del cine. Y también para los amantes de la buena literatura.

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