Albert Serra no habría filmado este triunfo de Roca Rey en Santander

Albert Serra no habría filmado a Roca Rey en Santander como hace tres años con aquel corridón de Bañuelos en tarde homérica y, por tanto, este triunfo no aparecería en Tardes de soledad. Serra prescindió en su montaje de las plazas donde el toro menor desdecía la épica de Andrés al lado de su espigada figura. El torero peruano se enfadó porque aspiraba a una hagiografía y a salir toreando como Pepín Martín Vázquez en Currito de la Cruz, cosa del todo imposible y que, precisamente, pedía el chico Ermitaño de Juan Manuel Criado, que fue un gran toro. Lo desorejó a su aire, y eso es mucho aire. Un huracán.

 El huracanado peruano desoreja a un extraordinario y chico toro de Juan Manuel Criado en la tarde de la alternativa no del todo feliz de Tomás Bastos; Pablo Aguado hace lo más torero  

Albert Serra no habría filmado a Roca Rey en Santander como hace tres años con aquel corridón de Bañuelos en tarde homérica y, por tanto, este triunfo no aparecería en Tardes de soledad. Serra prescindió en su montaje de las plazas donde el toro menor desdecía la épica de Andrés al lado de su espigada figura. El torero peruano se enfadó porque aspiraba a una hagiografía y a salir toreando como Pepín Martín Vázquez en Currito de la Cruz, cosa del todo imposible y que, precisamente, pedía el chico Ermitaño de Juan Manuel Criado, que fue un gran toro. Lo desorejó a su aire, y eso es mucho aire. Un huracán.

La plaza de Cuatro Caminos volvió a los días anteriores previos a que Victorino devolviese el respeto al toro bravo. Tomás Bastos tomó la alternativa proyectando algunas luces de esperanza cuando la tarde moría.

«¡El novillo está inválido!», gritaron con guasa. El bonito torito -modélicas hechuras en diminutivo- del doctorado de Tomás Bastos perdía las manos en ese instante justo, en el exigente remate del quite. No las volvió a perder, pero de racita tampoco venía sobrado. La carita suelta, noble condición y ya. Duró poco. Esto es: unos pases cambiados por la espalda y dos series de derechazos. Ya quiso tablas. Una de naturales, unos circulares invertidos y unas bernadinas que pusieron a cien al personal. De tal modo, que pidieron la oreja después de un bajonazo -aviso- y un golpe de descabello. Así venía la gente. Bastos saludó una ovación.

Una voz similar encajó Roca Rey cuando se dirigía a la devolución de trastos: «¡Es un buen novillo!». Realmente, Ermitaño se escurría mucho, lavadísimo desde la cara hasta el rabo. Posiblemente era menos que el torito anovillado de Morante que provocó crónicas sulfúricas -¡una becerrada!- el otro día. Lo que fue es muy bueno, extraordinario. Sostuvo un ritmo fabuloso, siempre con un tranco más, una definición preclara, hecha de calidades para el toreo. Tuvo, sin embargo, rock and roll. Roca lo saludó con una cadena chicuelinas -no lo sangró nada en el caballo-, quitó con una maraña de gaoneras y abrochó a una mano, por delante y por detrás la brionesa, que no creo pierda su casto nombre. La descripción de la faena podría seguir en esta línea de lista de la compra: unos estatutarios, dos rondas de derechazos y tres golpes de flequillo. Un puñado de naturales muy largos -póngamelos maduros y más despacio-, cuarto y mitad se pases cambiados, cien gramos de circulares invertidos y un kilo de bernadinas apretadísimas. Andrés se podía haber llevado a Ermitaño debajo del brazo. El espadazo lo despenó con rectitud e inapelable contundencia. Cayeron las dos orejas y llegó a pedirse la vuelta al ruedo para el gran (sic) toro de Juan Manuel Criado. Supongo que en televisión (OneToro) todo daría mucho clásico y lento, con su armonía.

No dio para mucho un tercero bajo como un capato, guapa cara, redondito, sin poder ninguno y, para más inri, gazapón y haciendo hilo. Pablo Aguado no se lo sacaba nunca de encima, sin salirse jamás la embestida de la suerte. Quitando un torero principio al paso, no quedó mucho en limpio. Lo mató bien.

Como cuarto de la corrida -cuando subió el nivel de respeto- saltó un toro más aparente, simplón, de marcadas querencias, bruto, queriendo arrollar. Un comportamiento con el que Roca Rey interesa más, pues exige su poder y su capacidad. Renunció a hacerse con los mandos en los tercios previos, reservándose para la tercio de muleta, cuando abrió faena con un absurdo pase por alto: el toro se fue a la querencia como si le hubieran abierto las puertas del campo. El mérito en determinados pasajes quedó tan patente como el estancamiento en su evolución. Diría más: su involución. Hace cinco años se monta encima de este mismo manso desclasado, que no fue un imposible, y además, se lo hace mejor. Cobró una estocada, tras el largo empeño, que necesitó se varios golpes de verduguilo.

Pablo Aguado casi arregla al final el poco tacto que aplicó a un quinto de cualidades precisas para él. Venía pidiendo sensibilidad, las medias alturas, caricias. Aguado ya había empezado mal, sentado en el estribo, estrellando al toro contra las tablas. En ocasiones, halló en bálsamo de sus yemas y entonces surgía, por una y otra mano, el toreo sutil, la cadencia, la elegancia; otras veces, demasiadas, no afinó los toques. Hasta que al final, ya digo, de uno en uno, soltando la sevillanía del cartucho de pescao, sacó a pasear la naturalidad, la torería no vista en toda la tarde. Rodilla en tierra levantó los últimos pasajes hermosos. No sé si tanto para cortar la oreja que debió cortar de verdad. Un pinchazo y estocada.

A últimas, un sobrero de Criado sustituyó a un toro descoordinado. Y fue buen toro aunque apagándose antes de hora. El portugués Tomás Bastos se arrebató con el capote y explicó con la muleta cosas que nos llevaron a hablar de él de novillero en ocasiones. Trató de que la efemérides no pasase en blanco y, al final, cortó una oreja. Que mucho me temo sólo servirá para adornar la fecha.

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