En 1936, 17 mujeres de entre 24 y 70 años fueron detenidas, rapadas y torturadas, sometidas al escarnio público y, finalmente, fusiladas en el cementerio de Gerena (Sevilla). Descubiertas en 2010 en una fosa común localizada gracias a un testigo que, cuando ocurrieron los hechos, tenía apenas ocho años, eran en su mayoría parejas de republicanos o simpatizantes de izquierdas que habían sido condenadas por el general Gonzalo Queipo de Llano como parte de un castigo ejemplarizante. Se las conoció como las 17 Rosas de Guillena y Cosamala (Seix Barral), la nueva novela de Alana S. Portero, se inspira en este hecho histórico para construir su propio aquelarre.
«El crimen contra aquellas mujeres resulta paradigmático, por su forma y por su fondo, de lo que significó el hostigamiento fascista de las mujeres, especialmente en Andalucía, una realidad histórica hecha con los materiales del auténtico terror», explica la escritora en una nota al final del libro.
Hacía más de tres años que esperábamos lo nuevo de esta autora que irrumpió en 2023 con La mala costumbre (Seix Barral), una fantástica primera novela que se convirtió en todo un fenómeno editorial con 200.000 ejemplares vendidos y el aplauso de la crítica. Escrita en primera persona, a partir de su propia experiencia y de las historias que conocía, la escritora contaba entonces el viaje de autodescubrimiento de una chica trans en el madrileño barrio obrero de San Blas entre los años 80 y 90.
Aunque ella siempre se negó a definir aquella primera incursión narrativa como autoficción —y a pesar de su evidente carácter testimonial—, por si aún quedaban dudas, en Cosamala la escritora toma distancia de su propia experiencia y construye un relato sobrenatural de brujas y de terror, marcado por el folclore y las leyendas orales, que hunde sus raíces en la memoria de nuestra Guerra Civil.
Cosamala, dice su autora, no es una novela histórica, sino un cuento gótico de brujas y fantasmas. Pero lo cierto es que tiene un poco de ambas. Por ella vemos avanzar a la columna de Carranza, formada por caballistas, toreros, falangistas, terratenientes y guardias civiles por la sierra norte de Sevilla. «Es agosto de 1937. El último año la tierra se ha atiborrado de sangre, mierda y llanto. Ha cambiado, se ha retorcido, ya no va a ser la misma, la que estaba destinada a ser», describe.
Mitos populares
Nos encontramos, pues, en Guillena. Un pueblo asediado por esta violenta unidad militar, dirigida por Ramón de Carranza, que, alentado por Gonzalo Queipo de Llano, amenaza, tortura y fusila a todo aquel que disienta sin ningún disimulo. «Los primeros días mataban a gente, pero nadie los veía hacerlo, se escuchaban los disparos por las noches, murmuraciones, griteríos lejanos, el nombre de Dios contra las piedras y los campos. Con el tiempo dejaron de ocultarse y no era raro encontrarse cadáveres en medio de las calles y mujeres arrodilladas, gritando», escribe Portero.
Para enfrentarse a este asedio, como ya hiciera en La mala costumbre, en Cosamala Portero crea también una red de mujeres y personajes marginales, que se protegen y empoderan entre sí. Lideradas en este caso por una bruja, Trinidad la Camacha, todas ellas se inician en la magia oscura que absorbe su sabiduría de la tradición rural como fuerza de resistencia. Tira entonces la escritora de leyendas, supersticiones y mitos populares. «María la Negra la había metido en su casa, le había dado de comer, le había enseñado a tejer, a elaborar venenos, a tratar con los demonios menores, los que tienen patas peludas y tocan la flauta o las castañuelas en las peñas lejanas, a tallar el hueso con alfileres, a leer los higadillos de las palomas y más de cien ensalmos para sacar los espíritus de las tumbas y pactar con ellos, pero, por encima de todo, le arrancó el miedo del cuajo, le hizo el regalo más violento y delicado que una mujer le puede hacer a otra, la hizo libre».
Si en Carrie, Stephen King dotaba de poderes a una adolescente para que pudiera enfrentarse a sus acosadores de instituto, Portero las vuelve brujas. A ellas consagra su literatura. En La mala costumbre era La Peluca, una mujer mayor, baja y flaca, mal pintada, que vivía sola al final de su calle en San Blas. Aquí, construye todo un aquelarre con las vecinas del pueblo. Están la Tórtola, una mujer travesti que regenta un bar, Manuela la Esterona, que pronto aprendió que la muerte no tiene un solo rostro, sino que tiene el de todos; Granada, descendiente de toda una estirpe de mortajeras, la joven embarazada Dolores y Tomasa, una profesora jubilada y comunista. Todas ellas se unen a La Camacha en su empeño por sanar «esa tierra marchita, bañada en sangre».
Entre el gótico y lo sobrenatural, la magia, el folclore, lo rural y el terror, la escritora da forma así a esta original historia sobre una parte nunca narrada de la Guerra Civil en la que los cuerpos —vivos, muertos o espectrales, ligeros y pesados— evocan a estas y otras mujeres. «No las vamos a olvidar. Eso es lo importante, que no las vamos a olvidar. Tendrán su trigo, tendrán su cante, diremos su nombre», prometen sus protagonistas. Mientras tanto, y a juzgar por este libro, los ingredientes no le faltan a esta nueva novela para repetir el éxito de La mala costumbre.
En 1936, 17 mujeres de entre 24 y 70 años fueron detenidas, rapadas y torturadas, sometidas al escarnio público y, finalmente, fusiladas en el cementerio de
En 1936, 17 mujeres de entre 24 y 70 años fueron detenidas, rapadas y torturadas, sometidas al escarnio público y, finalmente, fusiladas en el cementerio de Gerena (Sevilla). Descubiertas en 2010 en una fosa común localizada gracias a un testigo que, cuando ocurrieron los hechos, tenía apenas ocho años, eran en su mayoría parejas de republicanos o simpatizantes de izquierdas que habían sido condenadas por el general Gonzalo Queipo de Llano como parte de un castigo ejemplarizante. Se las conoció como las 17 Rosas de Guillena y Cosamala (Seix Barral), la nueva novela de Alana S. Portero, se inspira en este hecho histórico para construir su propio aquelarre.
«El crimen contra aquellas mujeres resulta paradigmático, por su forma y por su fondo, de lo que significó el hostigamiento fascista de las mujeres, especialmente en Andalucía, una realidad histórica hecha con los materiales del auténtico terror», explica la escritora en una nota al final del libro.
Hacía más de tres años que esperábamos lo nuevo de esta autora que irrumpió en 2023 con La mala costumbre (Seix Barral), una fantástica primera novela que se convirtió en todo un fenómeno editorial con 200.000 ejemplares vendidos y el aplauso de la crítica. Escrita en primera persona, a partir de su propia experiencia y de las historias que conocía, la escritora contaba entonces el viaje de autodescubrimiento de una chica trans en el madrileño barrio obrero de San Blas entre los años 80 y 90.
Aunque ella siempre se negó a definir aquella primera incursión narrativa como autoficción —y a pesar de su evidente carácter testimonial—, por si aún quedaban dudas, en Cosamala la escritora toma distancia de su propia experiencia y construye un relato sobrenatural de brujas y de terror, marcado por el folclore y las leyendas orales, que hunde sus raíces en la memoria de nuestra Guerra Civil.
Cosamala, dice su autora, no es una novela histórica, sino un cuento gótico de brujas y fantasmas. Pero lo cierto es que tiene un poco de ambas. Por ella vemos avanzar a la columna de Carranza, formada por caballistas, toreros, falangistas, terratenientes y guardias civiles por la sierra norte de Sevilla. «Es agosto de 1937. El último año la tierra se ha atiborrado de sangre, mierda y llanto. Ha cambiado, se ha retorcido, ya no va a ser la misma, la que estaba destinada a ser», describe.
Nos encontramos, pues, en Guillena. Un pueblo asediado por esta violenta unidad militar, dirigida por Ramón de Carranza, que, alentado por Gonzalo Queipo de Llano, amenaza, tortura y fusila a todo aquel que disienta sin ningún disimulo. «Los primeros días mataban a gente, pero nadie los veía hacerlo, se escuchaban los disparos por las noches, murmuraciones, griteríos lejanos, el nombre de Dios contra las piedras y los campos. Con el tiempo dejaron de ocultarse y no era raro encontrarse cadáveres en medio de las calles y mujeres arrodilladas, gritando», escribe Portero.
Para enfrentarse a este asedio, como ya hiciera en La mala costumbre, en Cosamala Portero crea también una red de mujeres y personajes marginales, que se protegen y empoderan entre sí. Lideradas en este caso por una bruja, Trinidad la Camacha, todas ellas se inician en la magia oscura que absorbe su sabiduría de la tradición rural como fuerza de resistencia. Tira entonces la escritora de leyendas, supersticiones y mitos populares. «María la Negra la había metido en su casa, le había dado de comer, le había enseñado a tejer, a elaborar venenos, a tratar con los demonios menores, los que tienen patas peludas y tocan la flauta o las castañuelas en las peñas lejanas, a tallar el hueso con alfileres, a leer los higadillos de las palomas y más de cien ensalmos para sacar los espíritus de las tumbas y pactar con ellos, pero, por encima de todo, le arrancó el miedo del cuajo, le hizo el regalo más violento y delicado que una mujer le puede hacer a otra, la hizo libre».
Si en Carrie, Stephen King dotaba de poderes a una adolescente para que pudiera enfrentarse a sus acosadores de instituto, Portero las vuelve brujas. A ellas consagra su literatura. En La mala costumbre era La Peluca, una mujer mayor, baja y flaca, mal pintada, que vivía sola al final de su calle en San Blas. Aquí, construye todo un aquelarre con las vecinas del pueblo. Están la Tórtola, una mujer travesti que regenta un bar, Manuela la Esterona, que pronto aprendió que la muerte no tiene un solo rostro, sino que tiene el de todos; Granada, descendiente de toda una estirpe de mortajeras, la joven embarazada Dolores y Tomasa, una profesora jubilada y comunista. Todas ellas se unen a La Camacha en su empeño por sanar «esa tierra marchita, bañada en sangre».
Entre el gótico y lo sobrenatural, la magia, el folclore, lo rural y el terror, la escritora da forma así a esta original historia sobre una parte nunca narrada de la Guerra Civil en la que los cuerpos —vivos, muertos o espectrales, ligeros y pesados— evocan a estas y otras mujeres. «No las vamos a olvidar. Eso es lo importante, que no las vamos a olvidar. Tendrán su trigo, tendrán su cante, diremos su nombre», prometen sus protagonistas. Mientras tanto, y a juzgar por este libro, los ingredientes no le faltan a esta nueva novela para repetir el éxito de La mala costumbre.
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