El miedo es una emoción tan atávica como ecuménica. Todos lo sentimos, aunque sea ante cosas y personas distintas, acaso por aquello que dejó escrito Quevedo: «El valiente tiene miedo del contrario; el cobarde lo tiene de su propio temor». Estamos, pues, ante un tema clásico que atraviesa la historia de la humanidad y que, a partir del siglo XVII, cristalizó en un género literario —el gótico— con mutaciones que van desde el tenebrismo romántico a la narrativa policiaca, pasando por los relatos de suspense, los cuentos de misterio o las distopías de ciencia-ficción, considerados por la crítica ortodoxa una literatura secundaria que, gracias a la convergencia entre la alta y la baja cultura, tan característica de la modernidad, ha terminado contaminando a casi todos los formatos narrativos literarios y cinematográficos hasta hacerse indisoluble del retrato de la realidad.
El rasgo más característico de la literatura de terror contemporánea es su perspectiva prosaica. Su tendencia a la vulgarización. Nadie cree ya, salvo como arqueología, en los terribles cuentos con castillos encantados. El terror se manifiesta ahora en una cotidianidad que, de repente, se torna extraña y ajena, sin dejar de ser al mismo tiempo familiar. Sobre esta cuestión reflexiona con indudable talento Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) en Conversación en la oscuridad (Páginas de Espuma), un libro que viene a ser una poética y topografía del terror contemporáneo. La autora argentina, una de las maestras contemporáneas del género, empezó acercándose al sombrío territorio de la narrativa gótica de forma intuitiva, espontánea, autodidacta, sin tener un marco teórico previo.
Después de publicar un par de libros inspirados en el realismo sucio, como Bajar es lo peor y Cómo desaparecer completamente, acabó, gracias a su devoción por Stephen King, encontrando en la literatura de terror un código para hablar de los miedos contemporáneos de la Argentina, donde el género fantástico ha florecido desde el siglo XIX con una intensidad tan obstinada como fértil, como demuestran las obras de escritores como Horacio Quiroga, Borges, Bioy Casares, Julio Cortázar o Ernesto Sabato. Enriquez fue elaborando su teoría sobre las literaturas del miedo, que es de lo que versa esta oportuna compilación —al cuidado de Inti Soledad Bustos—, después de haber escrito varios títulos de narrativa de género, en una aproximación tan alejada de lo académico como certera.
Sus reflexiones e ideas destacan por su perspectiva práctica: enuncian una teoría sólida sobre la escritura de terror —dividida en cinco capítulos— que se sustenta en el análisis de la tradición que la antecede, para pasar a continuación a explicar las fórmulas de renovación que permiten adaptar este lenguaje literario a la realidad latinoamericana, tan ajena ya a la que consagrase el famoso boom. Desde este lugar sombrío y terrible, Enriquez ha escrito hasta ahora toda su exitosa obra. Conversación con la oscuridad no es, sin embargo, ni un manifiesto ni una preceptiva. Es una pieza oral, pues se nutre de las conferencias, escritos e intervenciones públicas de la autora argentina sobre esta cuestión, junto a las preguntas y a los problemas a los que se ha enfrentado al escribir sus propios libros.
Digamos que llegó un momento en el que Enriquez necesitó situarse. Lo hizo mediante una doble operación: estudiando la estirpe del terror en el ámbito cultural inglés y norteamericano, con aportaciones de la literatura francesa, y adaptando estas enseñanzas al espacio y tiempo de su biografía, donde el abanico de temas posibles se amplía hacia el terror político, la violencia militar o los traumas personales y familiares. Enriquez ha trabajado el sendero a conciencia: sus reflexiones sobre cómo contar nuestros miedos mezclan —sin reparo— referencias procedentes tanto de la alta cultura como de manifestaciones mucho más populares.
Se trata de un libro ambicioso y serio, por lo que es una lástima que la editora haya decidido situar las notas —sustanciosas y concebidas como una especie de relato paralelo al discurso principal— al final del libro, lo que dificulta al lector la consulta y ampliación inmediata de los temas que se despliegan en este ensayo. También la ordenación de la obra en cinco partes —denominadas «vértebras», un término que, a nuestro juicio, peca de efectismo— o la designación de los «espacios, tiempos, cuerpos y subjetividades de lo siniestro» abusa de una terminología escasamente natural y abstracta. Son los únicos reparos que cabe ponerle a esta obra, cuyas grandes virtudes son la libertad asociativa —referencias al folclore, a la música, al ocultismo; aborda obras de serie B junto a clásicos— y la fortaleza de la tesis de fondo, obtenida de Faulkner: el pasado no es pasado, sino una dimensión más del presente. Los muertos no mueren por completo. Y todos los lugares que habitaron, igual que el curso de los ríos, recuerdan las vivencias y a todas las personas que los recorrieron.
El viaje de Enriquez a la semilla de la literatura de terror es también una especie de biografía indirecta: aparecen los espacios que han inspirado su obra —los sórdidos distritos de la periferia bonaerense, la precarización, la desindustrialización, los horrores de la dictadura argentina, los desaparecidos—, el tiempo vivido y un caudal de experiencias individuales, como la juventud en Lanús, un suburbio de la provincia de Buenos Aires, que han sido las semillas de sus originales fantasmagorías. Estos vínculos personales se extienden también a los libros, que Enriquez ya exploró en Archipiélago (Ampersand), donde hacía un recorrido por su experiencia personal como lectora.
Conversación en la oscuridad contiene una suerte de secuela, al incluir, al hilo de su disquisición sobre literatura gótica, una serie de libros y autores que funcionan como un canon personal. Están, por supuesto, Stephen King y Emily Brontë. Pero también Horace Walpole, autor de El castillo de Otranto, la obra fundacional del género; Henry James, maestro de la ambigüedad y la literatura de fantasmas del siglo XIX; Silvina Ocampo, que exploró la presencia de lo siniestro en lo cotidiano; Shirley Jackson, cuya idea del terror parte de problemas como el aislamiento social y las familias extraviadas, y algunos clásicos norteamericanos, como Flannery O’Connor o Carson McCullers. Las analogías trascienden lo literario para explorar los aspectos psicológicos del miedo —Freud, Guy Debord, Derrida—, el legado del cine (John Carpenter, Wes Craven, David Cronenberg, el género del true crime) o fenómenos como el ocultismo, la religión de los cementerios o las mitologías sobre la muerte.
Toda esta constelación de elementos sirve a la autora argentina para explicar las fuentes de su obra y reivindicar la narrativa de terror como el género literario que mejor conecta con las incertidumbres del presente digital, esa pesadilla donde no existe ya diferencia entre la realidad y la ficción; la idea de lo humano retrocede en favor de la tecnología y el mundo vuelve a estar amenazado por nuevos e imprevisibles apocalipsis.
El miedo es una emoción tan atávica como ecuménica. Todos lo sentimos, aunque sea ante cosas y personas distintas, acaso por aquello que dejó escrito Quevedo:
El miedo es una emoción tan atávica como ecuménica. Todos lo sentimos, aunque sea ante cosas y personas distintas, acaso por aquello que dejó escrito Quevedo: «El valiente tiene miedo del contrario; el cobarde lo tiene de su propio temor». Estamos, pues, ante un tema clásico que atraviesa la historia de la humanidad y que, a partir del siglo XVII, cristalizó en un género literario —el gótico— con mutaciones que van desde el tenebrismo romántico a la narrativa policiaca, pasando por los relatos de suspense, los cuentos de misterio o las distopías de ciencia-ficción, considerados por la crítica ortodoxa una literatura secundaria que, gracias a la convergencia entre la alta y la baja cultura, tan característica de la modernidad, ha terminado contaminando a casi todos los formatos narrativos literarios y cinematográficos hasta hacerse indisoluble del retrato de la realidad.
El rasgo más característico de la literatura de terror contemporánea es su perspectiva prosaica. Su tendencia a la vulgarización. Nadie cree ya, salvo como arqueología, en los terribles cuentos con castillos encantados. El terror se manifiesta ahora en una cotidianidad que, de repente, se torna extraña y ajena, sin dejar de ser al mismo tiempo familiar. Sobre esta cuestión reflexiona con indudable talento Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) en Conversación en la oscuridad (Páginas de Espuma), un libro que viene a ser una poética y topografía del terror contemporáneo. La autora argentina, una de las maestras contemporáneas del género, empezó acercándose al sombrío territorio de la narrativa gótica de forma intuitiva, espontánea, autodidacta, sin tener un marco teórico previo.
Después de publicar un par de libros inspirados en el realismo sucio, como Bajar es lo peor y Cómo desaparecer completamente, acabó, gracias a su devoción por Stephen King, encontrando en la literatura de terror un código para hablar de los miedos contemporáneos de la Argentina, donde el género fantástico ha florecido desde el siglo XIX con una intensidad tan obstinada como fértil, como demuestran las obras de escritores como Horacio Quiroga, Borges, Bioy Casares, Julio Cortázar o Ernesto Sabato. Enriquez fue elaborando su teoría sobre las literaturas del miedo, que es de lo que versa esta oportuna compilación —al cuidado de Inti Soledad Bustos—, después de haber escrito varios títulos de narrativa de género, en una aproximación tan alejada de lo académico como certera.
Sus reflexiones e ideas destacan por su perspectiva práctica: enuncian una teoría sólida sobre la escritura de terror —dividida en cinco capítulos— que se sustenta en el análisis de la tradición que la antecede, para pasar a continuación a explicar las fórmulas de renovación que permiten adaptar este lenguaje literario a la realidad latinoamericana, tan ajena ya a la que consagrase el famoso boom. Desde este lugar sombrío y terrible, Enriquez ha escrito hasta ahora toda su exitosa obra. Conversación con la oscuridad no es, sin embargo, ni un manifiesto ni una preceptiva. Es una pieza oral, pues se nutre de las conferencias, escritos e intervenciones públicas de la autora argentina sobre esta cuestión, junto a las preguntas y a los problemas a los que se ha enfrentado al escribir sus propios libros.
Digamos que llegó un momento en el que Enriquez necesitó situarse. Lo hizo mediante una doble operación: estudiando la estirpe del terror en el ámbito cultural inglés y norteamericano, con aportaciones de la literatura francesa, y adaptando estas enseñanzas al espacio y tiempo de su biografía, donde el abanico de temas posibles se amplía hacia el terror político, la violencia militar o los traumas personales y familiares. Enriquez ha trabajado el sendero a conciencia: sus reflexiones sobre cómo contar nuestros miedos mezclan —sin reparo— referencias procedentes tanto de la alta cultura como de manifestaciones mucho más populares.
Se trata de un libro ambicioso y serio, por lo que es una lástima que la editora haya decidido situar las notas —sustanciosas y concebidas como una especie de relato paralelo al discurso principal— al final del libro, lo que dificulta al lector la consulta y ampliación inmediata de los temas que se despliegan en este ensayo. También la ordenación de la obra en cinco partes —denominadas «vértebras», un término que, a nuestro juicio, peca de efectismo— o la designación de los «espacios, tiempos, cuerpos y subjetividades de lo siniestro» abusa de una terminología escasamente natural y abstracta. Son los únicos reparos que cabe ponerle a esta obra, cuyas grandes virtudes son la libertad asociativa —referencias al folclore, a la música, al ocultismo; aborda obras de serie B junto a clásicos— y la fortaleza de la tesis de fondo, obtenida de Faulkner: el pasado no es pasado, sino una dimensión más del presente. Los muertos no mueren por completo. Y todos los lugares que habitaron, igual que el curso de los ríos, recuerdan las vivencias y a todas las personas que los recorrieron.
El viaje de Enriquez a la semilla de la literatura de terror es también una especie de biografía indirecta: aparecen los espacios que han inspirado su obra —los sórdidos distritos de la periferia bonaerense, la precarización, la desindustrialización, los horrores de la dictadura argentina, los desaparecidos—, el tiempo vivido y un caudal de experiencias individuales, como la juventud en Lanús, un suburbio de la provincia de Buenos Aires, que han sido las semillas de sus originales fantasmagorías. Estos vínculos personales se extienden también a los libros, que Enriquez ya exploró en Archipiélago (Ampersand), donde hacía un recorrido por su experiencia personal como lectora.
Conversación en la oscuridad contiene una suerte de secuela, al incluir, al hilo de su disquisición sobre literatura gótica, una serie de libros y autores que funcionan como un canon personal. Están, por supuesto, Stephen King y Emily Brontë. Pero también Horace Walpole, autor de El castillo de Otranto, la obra fundacional del género; Henry James, maestro de la ambigüedad y la literatura de fantasmas del siglo XIX; Silvina Ocampo, que exploró la presencia de lo siniestro en lo cotidiano; Shirley Jackson, cuya idea del terror parte de problemas como el aislamiento social y las familias extraviadas, y algunos clásicos norteamericanos, como Flannery O’Connor o Carson McCullers. Las analogías trascienden lo literario para explorar los aspectos psicológicos del miedo —Freud, Guy Debord, Derrida—, el legado del cine (John Carpenter, Wes Craven, David Cronenberg, el género del true crime) o fenómenos como el ocultismo, la religión de los cementerios o las mitologías sobre la muerte.
Toda esta constelación de elementos sirve a la autora argentina para explicar las fuentes de su obra y reivindicar la narrativa de terror como el género literario que mejor conecta con las incertidumbres del presente digital, esa pesadilla donde no existe ya diferencia entre la realidad y la ficción; la idea de lo humano retrocede en favor de la tecnología y el mundo vuelve a estar amenazado por nuevos e imprevisibles apocalipsis.
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