Madrid, esquizoide y espídica como es, puede ser un lugar terrible para sus habitantes menos potentados o para quienes aspiren a una vida sin sobresaltos donde la envergadura urbana jamás te propine una sacudida, pero es una ciudad innegablemente genial para montarte una banda. Todo cuerpo necesita alimentarse y nutrirse, y Madrid alumbra unas dos bandas al día mientras ve enterrar otras tantas llegada la madrugada. Es el precio de la efervescencia. Y su mejor atributo.
En el barrio de Vallecas, hará cosa de un año, seis crapulillas buscavidas se juntaron para definir los contornos de un sonido que aspiraba a darle tientos a un rock áspero, enérgico y fino a la vez, como un whisky madurito, con marcados bouquets aflamencados. Un ruido que es una bestia parda. Se decidieron por un nombre con tintes de golferío y, claro, entre caladita y caladita al proverbial pitillo de la inspiración, pues alguna les provocó una tos fuerte que se convirtió en declaración de intenciones: una Dura Calá, que acabó culminando en su presentación.
Hará cosa de una década, los actuales popes musicales patrios comprendieron que la vuelta a las raíces era un engranaje tontamente despistado, visto que llevábamos endiosando lo anglo con un trajín obtuso durante demasiado tiempo. Rosalía se puso malamente, trá trá; C. Tangana taconeó en El Madrileño con La Húngara y el Niño de Elche, y, en última instancia, ahora hasta la moderna Judeline recién se abre de piernas al mundo para enseñar una matriz castiza digna de los halagos de Carmen Sevilla en Cine de barrio. Todos han sido agasajados y proclamados como «nuevas sensaciones» en un mundo donde la globalización hace del linaje nacional un estado subversivo. Así, algunos queríamos que las tendencias neofolclóricas entronadas en palmas encontraran su camino hasta el rock and roll, y los Dura Calá están encantados de complacernos.
Los Enemigos y Pata Negra
Porque a estas alturas necesitas algo lejos de la pegajosa plasta americana: necesitas algo patrio que te diferencie de todos los esgurruñados aspirantes a Johnny Cash o Robert Plant que llevan medio siglo brotando como champiñones a lo largo y ancho del planeta. Ergo: flamenco. Una belleza, rotunda y evidente, que para ningún español debería pasar de largo. Los Enemigos de cañas con Pata Negra.
De tal guisa, publican su primer álbum: ¡Ay! (Calaverita Records, 2026), ya disponible en plataformas y juzgable por ustedes mismos. Con la voz ronca y rota de su frontman, las canciones transitan fiestas marcianas, amoríos sangrientos con la muerte o relatos sobre desafortunadas babeantes de heroína flirteando con poéticas que huyen milagrosamente de un exceso de intensidad. Malabarismo gracias al cual el disco consigue parecer la reedición conmemorativa de un clásico vestido con una llamativa faja, dándole así frescura a lo tradicional, porque a estas alturas nadie debería desmoralizarse si le dicen que lo único que ha inventado es una nueva forma de mirarse a sí mismo. En Dura Calá son conscientes de ello, lo que les permite abandonar también el apriorismo didáctico de algunas bandas, a veces más cerca del mitin o el sermón moralizante que del atrevimiento impulsivo e inconsciente del que debe nacer la buena música.
Para tomarles el pulso, fui a Vallecas a cavilar la magnitud de mis impresiones. Siempre podía darse la circunstancia de que el impulso adquirido por la escucha del disco entrase en contradicción con cuerpos repletos de ego despachando una soberbia rapaz y resbaladiza. Me alegró ver, escoltados por unas micheladas en el Mercado de Numancia, que su ingenio musical corría paralelo a su generosidad y sus buenas maneras. Tras una larga hora y media de entrevista a Kash (voz) y Dani (batería), pude reconocerlos como tipos radiantes tatuados hasta la médula con pintas de atracadores quinquis ochenteros, lo cual es muy enternecedor. Porque todos sabemos —y si no, ya lo saben— que quienes visten así son buena gente simulando ser mala, mientras que los hippies de fórmula ibicenca suelen ser auténticas sanguijuelas solipsistas con pieles de cordero de Dios.
«¡Arriba los parias de la tierra!», digo yo, porque hasta esa oda estética al macarrismo madrileño, aseguran, es la etiqueta con la que se han decidido para nombrar su particular sonido. Una apuesta nacida de la forma menos glamurosa posible. «Yo en mi casa me hice una demo con el iPad, conectando la guitarra por un cable y un adaptador, lo que acabó siendo El Dorado, el primer tema que subimos», dice Kash. «Se la mandé a Dani y, de primeras, ya me dijo que había que montar una banda con eso». El baquetas, a la vera del cantante, asiente como si, a tal efecto, habláramos de una aparición mariana: «Fue oírlo y pensar: esto es la polla. Hay que hacerlo. Cada cual tenía su proyecto particular, pero por esto había que apostar».
La suerte sea piadosa
La idea pasó así el particular test de Dani, que consistió en dar la tabarra al personal en los bancos fuera del bar Godfather, en Vallecas. «Hice un estudio de mercado realmente profesional», asume con cachondeo. «Hay gente que monta llamadas de Teams; yo montaba coloquios a las 9 de la mañana a la salida del after un domingo, ¿sabes? Público objetivo… Para nada etílico». Pero, ¿por qué no? El amanecer gatopardo es un lugar de lo más transversal, ideal para canciones que, como dice Kash, beben de fuentes tan aparentemente dispares como Elvis y Camarón. Lo cual, confiesa, no fue un camino sencillo en cuanto a neuras se refiere: «Yo me he criado escuchando a Elvis y Camarón. A Led Zeppelin y los Chichos. Y muchos años renegué de la parte de música española porque a mí me molaban el blues, el rock and roll, y el rock solo se puede hacer en inglés. Ya sabes, esas gilipolleces que dices con 15 años».
Marchitado el cosmopaletismo, sobrevenido tras un proceso de madurez al que todo melómano se encomienda llegado el día, la melodía de Dura Calá definió los contornos de su corazón. Una entraña de arterias ibéricas y yanquis convertida, por algún grato proceso, en hogar para sensibilidades variopintas. «Me mola el chotis, me mola Rocío Jurado, la más grande… La madurez musical te lleva a entender que puedes regresar a eso que te conforma sin perder lo que te gusta», dice Kash. «Al final», apunta Dani, «no somos de Arkansas».
En vistoso prejuicio, uno relacionaría ese estado norteamericano con rednecks incestuosos fácilmente señalables como «enfermos»; en especial de soriasis y otras afecciones epidérmicas. Kash, si en algo se parece a esos habitantes, es en lo de ser un «enfermo», salvo que en su caso tiene una relación directa con la perfección y el entusiasmo privado por la investigación musical. Ya lo decía Susan Sontag: las personas obsesivas son quienes crean las mejores formas de arte. «Es que soy un enfermo…», insiste el cantante. «Me mola componer una canción y que yo mismo no me aburra después de escucharla 50 veces. Para eso necesito que esté cada cosita en su sitio, que nada me sobre y que nada me falte». Declaración que invita a su compadre de banda a asentir con fuerza. «En el estudio me odian todos, y lo entiendo, y yo me odiaría también», prosigue Kash.
Pero no pasa nada. Todo sea por la nitidez. Aunque, como bien señala Dani: «El tiempo en el estudio es oro y es pasta, muchísima pasta». Lo sabe bien el batería, siendo como es el principal mecenas de este inminente fenómeno —ya me darán la razón—, a quien hay que reconocerle una actitud muy lejos de la petulancia a la que suele dar lugar todo eso de poner las perras. Porque, por el momento, no todo es escenario y vómitos nerviosos a la salida de un concierto para el conjunto de Dura Calá. «En mi caso es un poco distinto», apunta Dani. «Yo compagino dos mundos que son completamente distintos, que es el mundo laboral informático, ciberseguridad, actualmente en una Big Four, y la música», explica. El resto de la formación son mercenarios musicales en ese alegre e insolente mejunje que es currar para la BBC (bodas, bautizos, comuniones), entre otros.
La dama Muerte y algún yonki
Yendo al contenido de las canciones, ¿de qué van las letras de Dura Calá? Uno puede tener todas las teorías sobre líos menores o épicos volantazos existenciales, pero, a decir verdad, Dani compara el encuentro de los versos, alumbrados por Kash, con la geología más revienta meniscos. «Las canciones son puro gas», incide el batería. «Es como si Kash encontrase una geoda, ¿sabes? Una geoda. Te llega y te dice: «Ábrelo. Entonces tú de repente haces así, clic, clic, clic, lo abres y dices: ‘Vale, pues muy bien. Esto es. La cosa está clara nada más verla’». «Compongo sobre lo que me rodea y sobre lo que he vivido», apostilla Kash. «Hablo mucho de la muerte porque es lo que nos une a todos sin importar de dónde vengas. Y luego el punto cañí me lo da mi biografía madrileña. Es algo que no controlo, ni quiero hacerlo».
De ese caldo de cultivo surgen canciones tan memorables como La Macarena, parida al albor de la resaca de un viaje dantesco a un bolo en las inmediaciones de Valencia; Tío Pepe, ranchera homenaje al latrocinio madraca en el centro de la city; o Mataora: «Es un tema un poco de mujer fatal, también relacionado con la muerte, con ese momento de cuando dices: ‘Hostia, como no me venga la suerte ya, estoy jodido’. La suerte también es un tema muy presente en las canciones». En definitiva, temas que se resisten a ser música de fondo, alejados de ese rock precocinado para hilo musical.
Como ligero apunte personal, un j’accuse que desea señalar el cronista aquí firmante: El enmohecido almacén de trivialidades en el que se domicilian las novedades semanales de Spotify, algunas rozando el flagrante delito de lesa humanidad, suele obviar a estos ovnis musicales —como Dura Calá— huérfanos salvo de arrojo, talento y temeridad. Una lástima, porque lanzarse a la piscina plagada de pirañas, anguilas y demás estimulante fauna marina que es la industria musical sin un apoyo de compañía millonetis que te arrope en los momentos difíciles, ahí es nada.
Te puedes ver majando a hierro frío o como un jockey arreándole a un caballo muerto, que diría un british, porque lo que la destreza te da, la decepción por el inmovilismo te lo quita; y nadie, ningún alma caritativa a los mandos del universo digital, ni de las vastas huestes de oyentes indecisos francamente predispuestos a tragar comida de perro por las orejas, te va a echar una mano. Por tanto: caradura, paciencia, carretera y manta y, si los caprichosos dioses del rock se prestan a bendecir tu senda, será porque has aguantado hasta alcanzar el lugar y el momento adecuados. Cualquiera rendido a la creación artística necesita en su kit de herramientas lo mismo que los detectives privados o los descuartizadores: compromiso y obstinación.
«El rock and roll es una actitud, implica cierto peligro sin tener que ser agresivo… Es algo que te empuja a salirte un poco de la norma, a hacer lo que piensas y a reclamar tu espacio», sentencia Kash, quien tiene claro que la senda es empedrada pero está repleta de suculentos manjares cuando crees a fuego en lo que haces. Porque hay a quien el asumido bienestar cultural lo puede dejar desnudo temblando esperando una nueva ocurrencia si las cosas se tuercen, o son jodidas, pero en los Dura Calá hay algo parecido a un espíritu batallero poco dado a la rendición. Están aquí por eso de ser ellos mismos y que los tornados de la inmundicia comercial hagan volar los chamizos de todos los oportunistas, que el anclaje de sus convicciones no los moverá. Lo mismo que tampoco nos bajará del burro a quienes creemos en ellos: ¡Ay!
Madrid, esquizoide y espídica como es, puede ser un lugar terrible para sus habitantes menos potentados o para quienes aspiren a una vida sin sobresaltos donde
Madrid, esquizoide y espídica como es, puede ser un lugar terrible para sus habitantes menos potentados o para quienes aspiren a una vida sin sobresaltos donde la envergadura urbana jamás te propine una sacudida, pero es una ciudad innegablemente genial para montarte una banda. Todo cuerpo necesita alimentarse y nutrirse, y Madrid alumbra unas dos bandas al día mientras ve enterrar otras tantas llegada la madrugada. Es el precio de la efervescencia. Y su mejor atributo.
En el barrio de Vallecas, hará cosa de un año, seis crapulillas buscavidas se juntaron para definir los contornos de un sonido que aspiraba a darle tientos a un rock áspero, enérgico y fino a la vez, como un whisky madurito, con marcados bouquets aflamencados. Un ruido que es una bestia parda. Se decidieron por un nombre con tintes de golferío y, claro, entre caladita y caladita al proverbial pitillo de la inspiración, pues alguna les provocó una tos fuerte que se convirtió en declaración de intenciones: una Dura Calá, que acabó culminando en su presentación.
Hará cosa de una década, los actuales popes musicales patrios comprendieron que la vuelta a las raíces era un engranaje tontamente despistado, visto que llevábamos endiosando lo anglo con un trajín obtuso durante demasiado tiempo. Rosalía se puso malamente, trá trá; C. Tangana taconeó en El Madrileño con La Húngara y el Niño de Elche, y, en última instancia, ahora hasta la moderna Judeline recién se abre de piernas al mundo para enseñar una matriz castiza digna de los halagos de Carmen Sevilla en Cine de barrio. Todos han sido agasajados y proclamados como «nuevas sensaciones» en un mundo donde la globalización hace del linaje nacional un estado subversivo. Así, algunos queríamos que las tendencias neofolclóricas entronadas en palmas encontraran su camino hasta el rock and roll, y los Dura Calá están encantados de complacernos.
Porque a estas alturas necesitas algo lejos de la pegajosa plasta americana: necesitas algo patrio que te diferencie de todos los esgurruñados aspirantes a Johnny Cash o Robert Plant que llevan medio siglo brotando como champiñones a lo largo y ancho del planeta. Ergo: flamenco. Una belleza, rotunda y evidente, que para ningún español debería pasar de largo. Los Enemigos de cañas con Pata Negra.
De tal guisa, publican su primer álbum: ¡Ay! (Calaverita Records, 2026), ya disponible en plataformas y juzgable por ustedes mismos. Con la voz ronca y rota de su frontman, las canciones transitan fiestas marcianas, amoríos sangrientos con la muerte o relatos sobre desafortunadas babeantes de heroína flirteando con poéticas que huyen milagrosamente de un exceso de intensidad. Malabarismo gracias al cual el disco consigue parecer la reedición conmemorativa de un clásico vestido con una llamativa faja, dándole así frescura a lo tradicional, porque a estas alturas nadie debería desmoralizarse si le dicen que lo único que ha inventado es una nueva forma de mirarse a sí mismo. En Dura Calá son conscientes de ello, lo que les permite abandonar también el apriorismo didáctico de algunas bandas, a veces más cerca del mitin o el sermón moralizante que del atrevimiento impulsivo e inconsciente del que debe nacer la buena música.
Para tomarles el pulso, fui a Vallecas a cavilar la magnitud de mis impresiones. Siempre podía darse la circunstancia de que el impulso adquirido por la escucha del disco entrase en contradicción con cuerpos repletos de ego despachando una soberbia rapaz y resbaladiza. Me alegró ver, escoltados por unas micheladas en el Mercado de Numancia, que su ingenio musical corría paralelo a su generosidad y sus buenas maneras. Tras una larga hora y media de entrevista a Kash (voz) y Dani (batería), pude reconocerlos como tipos radiantes tatuados hasta la médula con pintas de atracadores quinquis ochenteros, lo cual es muy enternecedor. Porque todos sabemos —y si no, ya lo saben— que quienes visten así son buena gente simulando ser mala, mientras que los hippies de fórmula ibicenca suelen ser auténticas sanguijuelas solipsistas con pieles de cordero de Dios.
«¡Arriba los parias de la tierra!», digo yo, porque hasta esa oda estética al macarrismo madrileño, aseguran, es la etiqueta con la que se han decidido para nombrar su particular sonido. Una apuesta nacida de la forma menos glamurosa posible. «Yo en mi casa me hice una demo con el iPad, conectando la guitarra por un cable y un adaptador, lo que acabó siendo El Dorado, el primer tema que subimos», dice Kash. «Se la mandé a Dani y, de primeras, ya me dijo que había que montar una banda con eso». El baquetas, a la vera del cantante, asiente como si, a tal efecto, habláramos de una aparición mariana: «Fue oírlo y pensar: esto es la polla. Hay que hacerlo. Cada cual tenía su proyecto particular, pero por esto había que apostar».
La idea pasó así el particular test de Dani, que consistió en dar la tabarra al personal en los bancos fuera del bar Godfather, en Vallecas. «Hice un estudio de mercado realmente profesional», asume con cachondeo. «Hay gente que monta llamadas de Teams; yo montaba coloquios a las 9 de la mañana a la salida del after un domingo, ¿sabes? Público objetivo… Para nada etílico». Pero, ¿por qué no? El amanecer gatopardo es un lugar de lo más transversal, ideal para canciones que, como dice Kash, beben de fuentes tan aparentemente dispares como Elvis y Camarón. Lo cual, confiesa, no fue un camino sencillo en cuanto a neuras se refiere: «Yo me he criado escuchando a Elvis y Camarón. A Led Zeppelin y los Chichos. Y muchos años renegué de la parte de música española porque a mí me molaban el blues, el rock and roll, y el rock solo se puede hacer en inglés. Ya sabes, esas gilipolleces que dices con 15 años».
Marchitado el cosmopaletismo, sobrevenido tras un proceso de madurez al que todo melómano se encomienda llegado el día, la melodía de Dura Calá definió los contornos de su corazón. Una entraña de arterias ibéricas y yanquis convertida, por algún grato proceso, en hogar para sensibilidades variopintas. «Me mola el chotis, me mola Rocío Jurado, la más grande… La madurez musical te lleva a entender que puedes regresar a eso que te conforma sin perder lo que te gusta», dice Kash. «Al final», apunta Dani, «no somos de Arkansas».
En vistoso prejuicio, uno relacionaría ese estado norteamericano con rednecks incestuosos fácilmente señalables como «enfermos»; en especial de soriasis y otras afecciones epidérmicas. Kash, si en algo se parece a esos habitantes, es en lo de ser un «enfermo», salvo que en su caso tiene una relación directa con la perfección y el entusiasmo privado por la investigación musical. Ya lo decía Susan Sontag: las personas obsesivas son quienes crean las mejores formas de arte. «Es que soy un enfermo…», insiste el cantante. «Me mola componer una canción y que yo mismo no me aburra después de escucharla 50 veces. Para eso necesito que esté cada cosita en su sitio, que nada me sobre y que nada me falte». Declaración que invita a su compadre de banda a asentir con fuerza. «En el estudio me odian todos, y lo entiendo, y yo me odiaría también», prosigue Kash.
Pero no pasa nada. Todo sea por la nitidez. Aunque, como bien señala Dani: «El tiempo en el estudio es oro y es pasta, muchísima pasta». Lo sabe bien el batería, siendo como es el principal mecenas de este inminente fenómeno —ya me darán la razón—, a quien hay que reconocerle una actitud muy lejos de la petulancia a la que suele dar lugar todo eso de poner las perras. Porque, por el momento, no todo es escenario y vómitos nerviosos a la salida de un concierto para el conjunto de Dura Calá. «En mi caso es un poco distinto», apunta Dani. «Yo compagino dos mundos que son completamente distintos, que es el mundo laboral informático, ciberseguridad, actualmente en una Big Four, y la música», explica. El resto de la formación son mercenarios musicales en ese alegre e insolente mejunje que es currar para la BBC (bodas, bautizos, comuniones), entre otros.
Yendo al contenido de las canciones, ¿de qué van las letras de Dura Calá? Uno puede tener todas las teorías sobre líos menores o épicos volantazos existenciales, pero, a decir verdad, Dani compara el encuentro de los versos, alumbrados por Kash, con la geología más revienta meniscos. «Las canciones son puro gas», incide el batería. «Es como si Kash encontrase una geoda, ¿sabes? Una geoda. Te llega y te dice: «Ábrelo. Entonces tú de repente haces así, clic, clic, clic, lo abres y dices: ‘Vale, pues muy bien. Esto es. La cosa está clara nada más verla’». «Compongo sobre lo que me rodea y sobre lo que he vivido», apostilla Kash. «Hablo mucho de la muerte porque es lo que nos une a todos sin importar de dónde vengas. Y luego el punto cañí me lo da mi biografía madrileña. Es algo que no controlo, ni quiero hacerlo».
De ese caldo de cultivo surgen canciones tan memorables como La Macarena, parida al albor de la resaca de un viaje dantesco a un bolo en las inmediaciones de Valencia; Tío Pepe, ranchera homenaje al latrocinio madraca en el centro de la city; o Mataora: «Es un tema un poco de mujer fatal, también relacionado con la muerte, con ese momento de cuando dices: ‘Hostia, como no me venga la suerte ya, estoy jodido’. La suerte también es un tema muy presente en las canciones». En definitiva, temas que se resisten a ser música de fondo, alejados de ese rock precocinado para hilo musical.
Como ligero apunte personal, un j’accuse que desea señalar el cronista aquí firmante: El enmohecido almacén de trivialidades en el que se domicilian las novedades semanales de Spotify, algunas rozando el flagrante delito de lesa humanidad, suele obviar a estos ovnis musicales —como Dura Calá— huérfanos salvo de arrojo, talento y temeridad. Una lástima, porque lanzarse a la piscina plagada de pirañas, anguilas y demás estimulante fauna marina que es la industria musical sin un apoyo de compañía millonetis que te arrope en los momentos difíciles, ahí es nada.
Te puedes ver majando a hierro frío o como un jockey arreándole a un caballo muerto, que diría un british, porque lo que la destreza te da, la decepción por el inmovilismo te lo quita; y nadie, ningún alma caritativa a los mandos del universo digital, ni de las vastas huestes de oyentes indecisos francamente predispuestos a tragar comida de perro por las orejas, te va a echar una mano. Por tanto: caradura, paciencia, carretera y manta y, si los caprichosos dioses del rock se prestan a bendecir tu senda, será porque has aguantado hasta alcanzar el lugar y el momento adecuados. Cualquiera rendido a la creación artística necesita en su kit de herramientas lo mismo que los detectives privados o los descuartizadores: compromiso y obstinación.
«El rock and roll es una actitud, implica cierto peligro sin tener que ser agresivo… Es algo que te empuja a salirte un poco de la norma, a hacer lo que piensas y a reclamar tu espacio», sentencia Kash, quien tiene claro que la senda es empedrada pero está repleta de suculentos manjares cuando crees a fuego en lo que haces. Porque hay a quien el asumido bienestar cultural lo puede dejar desnudo temblando esperando una nueva ocurrencia si las cosas se tuercen, o son jodidas, pero en los Dura Calá hay algo parecido a un espíritu batallero poco dado a la rendición. Están aquí por eso de ser ellos mismos y que los tornados de la inmundicia comercial hagan volar los chamizos de todos los oportunistas, que el anclaje de sus convicciones no los moverá. Lo mismo que tampoco nos bajará del burro a quienes creemos en ellos: ¡Ay!
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