El verano es una trampa. Una prisión. Un hades de pantalones cortos, pantorrillas al aire, sudores incontrolados y una conga de exhibicionismos que las redes sociales han viralizado en nuestros teléfonos. Vaya chow estival. Cuerpinis fetén bajo pareo en mar y montaña dándose atracones de camarones o choricillos, cuando no, sin medias tintas, despatarrados en la proa de un barco. ¡Un barco! Ahora todo quisqui tiene un barco. O conoce a alguien que tiene un barco. O puede alquilar un barco. Cuando yo estaba en plena cocción preadolescente el único barco popularizado eran los botes a pedales. Y las diferencias de clase se presumían en quién tenía tobogán y quién, a lo proleta, debía satisfacerse con un chapuzón ortopédico brincando desde la popa. El verano nos cambia y ha cambiado. Si no me creen, pregúntenle a Enrique Rey (Madrid, 1992).
Rey, siguiendo su horizonte periodístico, labrado en medios como Vice, El Confidencial, El Mundo o El País, ha escrito el ensayo Melón con jamón: crónica sentimental de un país al sol (Temas de Hoy, 2026). Que Rey sea profesor de vela en Murcia ayuda, y mucho, a la estabilidad de esta obra. Enrique no es un simple turista de las homéricas execraciones veraniegas. Es un Ulises -tan de moda últimamente- que batalla a lomos de su balandro contra las peores criaturas de los mares: los niños anfetamínicos y los domingueros borrachos.
La canícula, no obstante, de Melón con Jamón no se encorseta en una ristra de anécdotas pintonas sobre la desangelada y paciente cotidianidad de un escritor y navegante, es un registro muy bien nutrido de referencias ilustradas o pop, con entrevistas y guiños literarios, para bichear la mitología del verano. Y así, con el rostro salpicado por costras de salitre, tras una mañana donde el sueño veraniego del amor y la aventura ha conquistado los corazones de los críos a los que Enrique ha enseñado a desfilar por el mar, mientras él jadea por una pausa laboral, atiende Rey a este diario.
Pregunta.- Hablas varias veces en el libro de la sincronización del verano y el dinero. ¿Se nos está acabando el chollo playero?
Respuesta.- El verano, al ser un rito y tener unas fechas clave, servía muy bien para medir la Operación Salida, que ya no es tan masiva. Aunque parezca que sí, proporcionalmente la Operación Salida ya no lo es tanto como lo era en agosto. Se está convirtiendo en una cosa que antes era normal y de pronto es inaccesible. Yo en estas cosas soy muy pesimista. Estoy convencido de que vivimos en un mundo en el que, como se ha devaluado el trabajo, se devalúan también las pausas, como las propias vacaciones. Y cada vez es más difícil irse.
«Antes, lo propio del verano era ese tiempo lento del aburrimiento, que era cuando llegaban los descubrimientos»
P.- El verano también se entendía como un tiempo de reposo, pero hoy parece una lista interminable de obligaciones.
R.- Es que la consecuencia de que se haya convertido en algo inaccesible es que, en el poquito tiempo del que dispones, tienes que acumular experiencias: ya que tienes una semana vas a visitar todos los monumentos, vas a aprender windsurf y vas a hacer otras siete cosas. Antes, lo propio del verano era ese tiempo lento y pausado del aburrimiento, que era cuando llegaban los descubrimientos. Si hablamos de bares, en tu bar favorito pasa algo importante a la décima noche a la que vas; para que te pase algo significativo, para que haya un encuentro inolvidable o te enamores, has tenido que pasar nueve noches mirando al techo mientras gastabas dinero a lo tonto. El verano tenía algo de eso: una búsqueda o un merodeo en el que sobraba el tiempo y las cosas importantes llegaban al final o por lo menos se atisbaban.
P.- Pienso en esas películas del neorrealismo italiano que a veces transmiten el sagrado dolce far niente. Tú encajas esto en las películas de Rohmer.
R.- Sí, totalmente. Esto se explica mucho en las películas de Rohmer, que es un lugar común, pero a mí me gustan mucho, igual que los libros de Parise. Son personajes que están ahí merodeando y no les pasa nada. En las pelis de Rohmer hay galanes que nunca consuman, nunca se convierten en acto, todo está en potencia. Tienen a sus cinco candidatas, salen con una, cenan con otra, y al final se les acaba pasando el verano y lo más significativo que les ha pasado es que han rozado una rodilla. Hablando mal y pronto, podrían haberse follado a las cinco, pero esa es precisamente la gracia: que van y vienen mientras todo es potencia y nada es acto.
P.- Hablando de esa energía de la socialización y lo desconocido al viajar, ¿sientes que cada vez hay menos espacio para el encuentro insólito o promiscuo?
R.- Cada vez todo está más pactado para que no ocurra lo insólito, que sería ese encuentro inesperado. En las ciudades también pasa que ya falta un poco esa promiscuidad en el mejor sentido de la palabra. Esto de Jane Jacobs: las buenas calles son aquellas que combinan distintos usos. En Benidorm o en La Manga incluso, por mucho que tenga una belleza al revés, pasan muchísimas cosas en muy poco tiempo: un niño jugando a la pelota, un desfile del Orgullo fuera de fecha, unos borrachos ingleses… Y esto tiene cierta gracia. Pero claro, cuando todo está pautado y no queda un respiro, pues sigues el plan.
P.- Sobre esa paradoja del verano español entre lo festivo y lo chabacano, ¿hemos convertido el litoral en un parque de atracciones? Como dice Esther García Llovet, a la que citas: «Cultura barata. Cultura de playa. Gente que habla tres idiomas sin tener bachillerato, paquis, belgas, gin-tonics aguados, gays».
R.- Es que a mí esa cultura veraniega me parece que tiene mucho encanto. Estaba Jess Franco, el director de cine, que era tío de Javier Marías y que lo retrata mucho ya en los 70; él vivió sus últimos años en Torremolinos entre cachivaches, ferias y muñequitos. Incluso a Andrés Trapiello lo que le gustan son las chanclas y las pelotas de playa de plástico blanco. Como el verano es una fuerza de la naturaleza ingobernable —verdaderamente una depredación del territorio y los recursos donde todo se seca y se consume al sol—, pues con ese mismo descontrol, euforia y arrojo se han construido las estructuras del verano: hoteles locos, parques acuáticos, toboganes…
«¿Qué es una moto de agua sino un derroche de gasolina, ruido y espanto para hacerte el chulo?»
P.- Hablabas en el ensayo de antropólogos como Bataille o Caillois. ¿Encaja el verano con esa idea del «gasto improductivo»?
R.- Hay una constante antropológica: el verano como el momento en el que acaban los ciclos de la cosecha y empieza esto que, efectivamente, Georges Bataille llamaba el gasto improductivo. A mí estos antropólogos como Bataille o Roger Caillois, que son anteriores a Lévi-Strauss, me parece que se inventaban lo que escribían; hacían más literatura que ciencia. Pero sí es verdad que cuadra muy bien el verano en esa idea del gasto improductivo: tirar la casa por la ventana y derrochar por derrochar. Al final, ¿qué es una moto de agua sino un derroche de gasolina, ruido y espanto para hacerte el chulo?
P.- Tiene también mucho de chulería el verano.
R.- Sí, aunque como el verano se está desestacionalizando ya no hay tanto de eso. Pero yo me acuerdo de estos coches descapotables… A mí me gustan los coches. Me acuerdo de esos descapotables que iban con tíos cachas y tías recauchutadas anunciando discotecas por Gandía y tal. A mí me encantaba. Y yo decía: «¿Estos tíos cachas y estas tías de silicona dónde se van a meter en invierno?». ¿Qué pasa? Que como ya no hay invierno, tienen trabajo todo el año.
P.- Ahora mismo tenemos un debate sobre la mesa muy ligado al verano: los hoteles adult only sobre los que Ana Iris Simón escribió hace poco una de sus columnas. Y estando más o menos de acuerdo, si parece que el mercado fuerza la identidad y promueve esos sesgos a modo de estrategia de consumo, ¿no?
R.- En la escuela de vela ocurre una cosa curiosa: conviven niños de 4 años con adolescentes de 15, universitarios de 20 y borrachuzos del pueblo de 50. Creo que es de los pocos sitios donde todavía se ve esa convivencia intergeneracional y creo que no debería perderse. Si no, la gente se acostumbra a considerar al resto de generaciones casi como un producto o una etiqueta. Todo este auge de lo generacional como nicho de mercado tiene que ver con que, desde que la gente no tiene hijos, apenas hay espacios de convivencia con personas de otras edades. Acabas viéndolos como una oportunidad de negocio o un nicho: los X, los Z… En la escuela de vela ves que entre el borracho de 50 años y el adolescente de 13 los puntos en común son todavía más importantes.
P.- ¿Cómo te has enfrentado a la relación de los cuerpos con el verano?
R.- El verano es una especie de mecano al que se conducen los cuerpos con la «operación bikini» y todo esto. A medida que el verano se extiende, se extiende la exigencia de que el cuerpo sea presentable. Y luego hay una cosa nueva, que llevo tiempo queriendo escribir pero no sé cómo plantear: es una experiencia bastante nueva esta de saber cómo es el cuerpo de todas tus amigas o amigos gracias a Instagram. De repente es algo raro saber cómo es tu jefa, tu vecino o tu amiga en bikini si tienes su Instagram.
P.- ¿Cómo afecta esa sobreexposición en redes al propio relato del verano?
R.- Es esta cosa de que en Instagram siempre es verano, ves la cuenta de Dua Lipa y siempre es verano. Y a medida que el verano conquista más territorios y temporadas —porque se pueden tener experiencias veraniegas en diciembre o en el centro de Madrid cuando unos guiris se quitan la camiseta—, sin embargo se vuelve más inaccesible. Más presente está en redes como relato, pero más inaccesible es para los españoles. Quería reflejar esta situación de «meridionalidad» de España, entendida como subalternidad respecto a Alemania.
«Para mí el verano es un deseo infantil prolongado a la edad adulta»
P.- Entonces, frente a estas experiencias fuera de fecha, ¿qué es exactamente el verano para ti?
R.- Creo que el verano es una sensación de euforia y un sentimiento con raíces antropológicas muy profundas, como la Noche de San Juan. Toda esa energía que explota en junio se adapta muy bien al capitalismo por ser una constante antropológica. Es uno de los deseos más profundamente enraizados que mejor se pueden convertir en mercancía y en producto. Como es tan fácil transformar ese fondo de verdad en algo que se pueda vender, por eso ha proliferado tanto y se ha convertido en cosas tan raras.
P.- Citas multitud de referencias a la cultura pop y la música. ¿Es el verano un nicho especialmente rico para esa creación?
R.- Es una temporada en la que las expresiones más populares todavía están vistas con buenos ojos y donde la cultura de masas y la cultura popular se acercan a través de las verbenas y las fiestas. Y luego está esa potencialidad que tiene el verano. Ese pulso desmedido que, en ciertas zonas, como en el entorno rural, mantienen la transversalidad y la accesibilidad.
P.- Por último, aquí uno que aborrece el verano, a la manera de Carmen Martín Gaite, como citas en el libro. ¿Qué hay de quienes no toleramos el verano?
R.- En mi caso, el odio al verano tiene que ver sobre todo con el trabajo y el cansancio; es temporada altísima y estoy desesperado siempre. Pero este odio al verano no lo he tenido por mi propia biografía. Tengo un recuerdo curioso de niño en Días de Reyes en Madrid con mis padres, siendo hijo único, de mucha plenitud por ver a la familia y recibir regalos, y pensar ya de niño: «Toda esta plenitud del Día de Reyes es incomparable respecto a la plenitud de cualquier día de julio, en Murcia». Para mí el verano también es eso: un deseo infantil prolongado a la edad adulta.
El verano es una trampa. Una prisión. Un hades de pantalones cortos, pantorrillas al aire, sudores incontrolados y una conga de exhibicionismos que las redes sociales
El verano es una trampa. Una prisión. Un hades de pantalones cortos, pantorrillas al aire, sudores incontrolados y una conga de exhibicionismos que las redes sociales han viralizado en nuestros teléfonos. Vaya chow estival. Cuerpinis fetén bajo pareo en mar y montaña dándose atracones de camarones o choricillos, cuando no, sin medias tintas, despatarrados en la proa de un barco. ¡Un barco! Ahora todo quisqui tiene un barco. O conoce a alguien que tiene un barco. O puede alquilar un barco. Cuando yo estaba en plena cocción preadolescente el único barco popularizado eran los botes a pedales. Y las diferencias de clase se presumían en quién tenía tobogán y quién, a lo proleta, debía satisfacerse con un chapuzón ortopédico brincando desde la popa. El verano nos cambia y ha cambiado. Si no me creen, pregúntenle a Enrique Rey (Madrid, 1992).
Rey, siguiendo su horizonte periodístico, labrado en medios como Vice, El Confidencial, El Mundo o El País, ha escrito el ensayo Melón con jamón: crónica sentimental de un país al sol (Temas de Hoy, 2026). Que Rey sea profesor de vela en Murcia ayuda, y mucho, a la estabilidad de esta obra. Enrique no es un simple turista de las homéricas execraciones veraniegas. Es un Ulises -tan de moda últimamente- que batalla a lomos de su balandro contra las peores criaturas de los mares: los niños anfetamínicos y los domingueros borrachos.
La canícula, no obstante, de Melón con Jamón no se encorseta en una ristra de anécdotas pintonas sobre la desangelada y paciente cotidianidad de un escritor y navegante, es un registro muy bien nutrido de referencias ilustradas o pop, con entrevistas y guiños literarios, para bichear la mitología del verano. Y así, con el rostro salpicado por costras de salitre, tras una mañana donde el sueño veraniego del amor y la aventura ha conquistado los corazones de los críos a los que Enrique ha enseñado a desfilar por el mar, mientras él jadea por una pausa laboral, atiende Rey a este diario.
Pregunta.- Hablas varias veces en el libro de la sincronización del verano y el dinero. ¿Se nos está acabando el chollo playero?
Respuesta.- El verano, al ser un rito y tener unas fechas clave, servía muy bien para medir la Operación Salida, que ya no es tan masiva. Aunque parezca que sí, proporcionalmente la Operación Salida ya no lo es tanto como lo era en agosto. Se está convirtiendo en una cosa que antes era normal y de pronto es inaccesible. Yo en estas cosas soy muy pesimista. Estoy convencido de que vivimos en un mundo en el que, como se ha devaluado el trabajo, se devalúan también las pausas, como las propias vacaciones. Y cada vez es más difícil irse.
«Antes, lo propio del verano era ese tiempo lento del aburrimiento, que era cuando llegaban los descubrimientos»
P.- El verano también se entendía como un tiempo de reposo, pero hoy parece una lista interminable de obligaciones.
R.- Es que la consecuencia de que se haya convertido en algo inaccesible es que, en el poquito tiempo del que dispones, tienes que acumular experiencias: ya que tienes una semana vas a visitar todos los monumentos, vas a aprender windsurf y vas a hacer otras siete cosas. Antes, lo propio del verano era ese tiempo lento y pausado del aburrimiento, que era cuando llegaban los descubrimientos. Si hablamos de bares, en tu bar favorito pasa algo importante a la décima noche a la que vas; para que te pase algo significativo, para que haya un encuentro inolvidable o te enamores, has tenido que pasar nueve noches mirando al techo mientras gastabas dinero a lo tonto. El verano tenía algo de eso: una búsqueda o un merodeo en el que sobraba el tiempo y las cosas importantes llegaban al final o por lo menos se atisbaban.
P.- Pienso en esas películas del neorrealismo italiano que a veces transmiten el sagrado dolce far niente. Tú encajas esto en las películas de Rohmer.
R.- Sí, totalmente. Esto se explica mucho en las películas de Rohmer, que es un lugar común, pero a mí me gustan mucho, igual que los libros de Parise. Son personajes que están ahí merodeando y no les pasa nada. En las pelis de Rohmer hay galanes que nunca consuman, nunca se convierten en acto, todo está en potencia. Tienen a sus cinco candidatas, salen con una, cenan con otra, y al final se les acaba pasando el verano y lo más significativo que les ha pasado es que han rozado una rodilla. Hablando mal y pronto, podrían haberse follado a las cinco, pero esa es precisamente la gracia: que van y vienen mientras todo es potencia y nada es acto.
P.- Hablando de esa energía de la socialización y lo desconocido al viajar, ¿sientes que cada vez hay menos espacio para el encuentro insólito o promiscuo?
R.- Cada vez todo está más pactado para que no ocurra lo insólito, que sería ese encuentro inesperado. En las ciudades también pasa que ya falta un poco esa promiscuidad en el mejor sentido de la palabra. Esto de Jane Jacobs: las buenas calles son aquellas que combinan distintos usos. En Benidorm o en La Manga incluso, por mucho que tenga una belleza al revés, pasan muchísimas cosas en muy poco tiempo: un niño jugando a la pelota, un desfile del Orgullo fuera de fecha, unos borrachos ingleses… Y esto tiene cierta gracia. Pero claro, cuando todo está pautado y no queda un respiro, pues sigues el plan.
P.- Sobre esa paradoja del verano español entre lo festivo y lo chabacano, ¿hemos convertido el litoral en un parque de atracciones? Como dice Esther García Llovet, a la que citas: «Cultura barata. Cultura de playa. Gente que habla tres idiomas sin tener bachillerato, paquis, belgas, gin-tonics aguados, gays».
R.- Es que a mí esa cultura veraniega me parece que tiene mucho encanto. Estaba Jess Franco, el director de cine, que era tío de Javier Marías y que lo retrata mucho ya en los 70; él vivió sus últimos años en Torremolinos entre cachivaches, ferias y muñequitos. Incluso a Andrés Trapiello lo que le gustan son las chanclas y las pelotas de playa de plástico blanco. Como el verano es una fuerza de la naturaleza ingobernable —verdaderamente una depredación del territorio y los recursos donde todo se seca y se consume al sol—, pues con ese mismo descontrol, euforia y arrojo se han construido las estructuras del verano: hoteles locos, parques acuáticos, toboganes…
«¿Qué es una moto de agua sino un derroche de gasolina, ruido y espanto para hacerte el chulo?»
P.- Hablabas en el ensayo de antropólogos como Bataille o Caillois. ¿Encaja el verano con esa idea del «gasto improductivo»?
R.- Hay una constante antropológica: el verano como el momento en el que acaban los ciclos de la cosecha y empieza esto que, efectivamente, Georges Bataille llamaba el gasto improductivo. A mí estos antropólogos como Bataille o Roger Caillois, que son anteriores a Lévi-Strauss, me parece que se inventaban lo que escribían; hacían más literatura que ciencia. Pero sí es verdad que cuadra muy bien el verano en esa idea del gasto improductivo: tirar la casa por la ventana y derrochar por derrochar. Al final, ¿qué es una moto de agua sino un derroche de gasolina, ruido y espanto para hacerte el chulo?
P.- Tiene también mucho de chulería el verano.
R.- Sí, aunque como el verano se está desestacionalizando ya no hay tanto de eso. Pero yo me acuerdo de estos coches descapotables… A mí me gustan los coches. Me acuerdo de esos descapotables que iban con tíos cachas y tías recauchutadas anunciando discotecas por Gandía y tal. A mí me encantaba. Y yo decía: «¿Estos tíos cachas y estas tías de silicona dónde se van a meter en invierno?». ¿Qué pasa? Que como ya no hay invierno, tienen trabajo todo el año.
P.- Ahora mismo tenemos un debate sobre la mesa muy ligado al verano: los hoteles adult only sobre los que Ana Iris Simón escribió hace poco una de sus columnas. Y estando más o menos de acuerdo, si parece que el mercado fuerza la identidad y promueve esos sesgos a modo de estrategia de consumo, ¿no?
R.- En la escuela de vela ocurre una cosa curiosa: conviven niños de 4 años con adolescentes de 15, universitarios de 20 y borrachuzos del pueblo de 50. Creo que es de los pocos sitios donde todavía se ve esa convivencia intergeneracional y creo que no debería perderse. Si no, la gente se acostumbra a considerar al resto de generaciones casi como un producto o una etiqueta. Todo este auge de lo generacional como nicho de mercado tiene que ver con que, desde que la gente no tiene hijos, apenas hay espacios de convivencia con personas de otras edades. Acabas viéndolos como una oportunidad de negocio o un nicho: los X, los Z… En la escuela de vela ves que entre el borracho de 50 años y el adolescente de 13 los puntos en común son todavía más importantes.
P.- ¿Cómo te has enfrentado a la relación de los cuerpos con el verano?
R.- El verano es una especie de mecano al que se conducen los cuerpos con la «operación bikini» y todo esto. A medida que el verano se extiende, se extiende la exigencia de que el cuerpo sea presentable. Y luego hay una cosa nueva, que llevo tiempo queriendo escribir pero no sé cómo plantear: es una experiencia bastante nueva esta de saber cómo es el cuerpo de todas tus amigas o amigos gracias a Instagram. De repente es algo raro saber cómo es tu jefa, tu vecino o tu amiga en bikini si tienes su Instagram.
P.- ¿Cómo afecta esa sobreexposición en redes al propio relato del verano?
R.- Es esta cosa de que en Instagram siempre es verano, ves la cuenta de Dua Lipa y siempre es verano. Y a medida que el verano conquista más territorios y temporadas —porque se pueden tener experiencias veraniegas en diciembre o en el centro de Madrid cuando unos guiris se quitan la camiseta—, sin embargo se vuelve más inaccesible. Más presente está en redes como relato, pero más inaccesible es para los españoles. Quería reflejar esta situación de «meridionalidad» de España, entendida como subalternidad respecto a Alemania.
«Para mí el verano es un deseo infantil prolongado a la edad adulta»
P.- Entonces, frente a estas experiencias fuera de fecha, ¿qué es exactamente el verano para ti?
R.- Creo que el verano es una sensación de euforia y un sentimiento con raíces antropológicas muy profundas, como la Noche de San Juan. Toda esa energía que explota en junio se adapta muy bien al capitalismo por ser una constante antropológica. Es uno de los deseos más profundamente enraizados que mejor se pueden convertir en mercancía y en producto. Como es tan fácil transformar ese fondo de verdad en algo que se pueda vender, por eso ha proliferado tanto y se ha convertido en cosas tan raras.
P.- Citas multitud de referencias a la cultura pop y la música. ¿Es el verano un nicho especialmente rico para esa creación?
R.- Es una temporada en la que las expresiones más populares todavía están vistas con buenos ojos y donde la cultura de masas y la cultura popular se acercan a través de las verbenas y las fiestas. Y luego está esa potencialidad que tiene el verano. Ese pulso desmedido que, en ciertas zonas, como en el entorno rural, mantienen la transversalidad y la accesibilidad.
P.- Por último, aquí uno que aborrece el verano, a la manera de Carmen Martín Gaite, como citas en el libro. ¿Qué hay de quienes no toleramos el verano?
R.- En mi caso, el odio al verano tiene que ver sobre todo con el trabajo y el cansancio; es temporada altísima y estoy desesperado siempre. Pero este odio al verano no lo he tenido por mi propia biografía. Tengo un recuerdo curioso de niño en Días de Reyes en Madrid con mis padres, siendo hijo único, de mucha plenitud por ver a la familia y recibir regalos, y pensar ya de niño: «Toda esta plenitud del Día de Reyes es incomparable respecto a la plenitud de cualquier día de julio, en Murcia». Para mí el verano también es eso: un deseo infantil prolongado a la edad adulta.
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