La primera vez que aterricé en Galicia recuerdo oír hablar de la alita de mosca, de Sito Miñanco y los Charlines con la euforia con que se señala a los tesoros locales. Sin saber de qué iba la fiesta, e incapaz de retener mi curiosidad, pregunté por tan significativos monumentos de la historia regional. Lo primero era una referencia al salitre nasal, claro. Al vicio que Sabina siempre quería reducir —así lo confesó en una vieja entrevista con Jesús Quintero— dejando la nariz sólo para respirar. La alita era, según me contó un espídico bacala a cráneo visto y ceja partida, el producto denominación de origen que había hecho, precisamente, famosos a los otros. Los terratenientes gallegos de la aspiración. Los obispos de la fariña. Oligarcas del estraperlo que tampoco fueron ajenos a suministrar nicotina o hachís al menudeo nacional.
Desde entonces Galicia me ha dejado recados contradictorios respecto a aquellos capos dominantes de los caños y pulmones españoles. De algún modo, todo se confunde mentalmente. Admiración. Odio visceral. Recados de riqueza y sangre. Por eso no son de extrañar las buenas nuevas de las Rías Baixas, que nos traen un tour a 189 euros por los lugares emblemáticos del narcotráfico gallego, comilona y vino mediante, de la mano de Laureano Oubiña (Cambados, 1946). De momento la Xunta ha respondido con toda la artillería burocrática y un expediente sancionador: nuestro hombre no tiene licencia para organizar rutas turísticas.
Laureano fue un contrabandista de los de seminario. Tempranero y avispado, Oubiña comenzó con el estraperlo de tabaco y diésel a los 17 años. Y ya no paró. Y ya todo fue para arriba, sin mesura, sin miedo, igual que en cualquier película del género mafioso, hasta que la justicia, como un plomo, hizo caer todo ahogando a quien se creyó con demasiadas agallas. Tanto patrimonio: fincas, navieras, barcos, carrazos a tutiplén y hasta un Pazo, el de Bayón, señalado como un Falcon Crest gallego, y justificado en golpes de suerte. Minucias afortunadas. Cuatro buenos movimientos con el estraperlo de tabaco y gasofa.
Para saber más, Laureano siempre recomienda su libro: Oubiña toda la verdad. Un alegato que, por lo acusado y culpable de quien lo escribe, ya debería hacernos dudar de un término tan definitivo. Porque bien es sabido que cada uno, según se vea, o quiera verse, acaba por tener su «verdad». Y a Oubiña lo llamaban en sus tiempos de gerifalte El Pajarito. Un apodo que, por mucha etimología anecdótica que tenga, no se presta a demasiada honradez y confianza.
Una gira por una herida muy rentable
El narcotráfico gallego se ha visto con el paso de los años convertido en un polo de los más atractivo. Las idiosincrasias del Finisterre casaron a la perfección con el dinero mal llamado «fácil» de la droga. Lo cual, sumado al auge del morbo por lo criminal, ha dado como resultado un interés pirotécnico por el anecdotario de la región que, si bien queda lejos de la hipérbole hollywoodiense, no ha dejado pocos cadáveres y fortunas a su paso.
«La vida de cerca es drama y de lejos es comedia», dijo Chaplin. Una cita que, perfectamente, podría cambiar el humor por el negocio. Una vez el tiempo ha ido condenando la tragedia a la mundanidad, el business asoma como un topo sediento de rentabilidad. De ahí que Oubiña, tras haber pasado desde los años noventa entrando y saliendo de prisión, vea una oportunidad de seguir haciendo caja con la misma ruta que le valió su riqueza (y ruina) tiempo ha.
La jugada del famoso contrabandista gallego recuerda, salvando las distancias, a la película de Jesse Eisenberg y Kieran Culkin: A Real Pain (2024). Esa comedia ácida sobre dos primos que, tras la muerte de su abuela, se costean un tour por los principales lugares del Holocausto en Polonia. La película no necesita dar muchas explicaciones para reflejar la inquietante paradoja de una propuesta turística que sostiene el atractivo en un «paseo» por los restos supervivientes del horror nazi. El debate entre el argumento historicista y la banalización comercial está servido desde el principio. Un rifirrafe ético presente por igual en la propuesta de Oubiña que, por cierto, ya cuenta con todas las plazas vendidas.
Uno de los riesgos siempre presentes en todo cuanto tiene que ver con revivir una historia a través de la narrativa es la conversión del dolor que la erige en un producto atractivo. Así, en Estados Unidos, cuna del delirio mitómano y la disociación, los asesinos en serie protagonizan libros y películas que terminan por convertir sus sanguinolentas pasiones en motivo de culto. En España, esta idolatría se ha filtrado en los relatos del narcotráfico, hasta el punto de convertir aquello en una golosa crónica de aventuras, peinetas al poder y euforizantes anécdotas de superación. En especial, de superación pecuniaria.
La fotografía de las últimas décadas del siglo XX brindada por libros como Fariña, de Nacho Carretero, y su posterior conversión en serie difundida por Netflix, tiende inevitablemente al mejoramiento de la real apariencia de lo sucedido. Son los efectos de la condensación narrativa que, como obra con vocación de atraer, cautivar y emocionar, aunque sea desde hechos cuestionables, se rinde inevitablemente a la épica que tanto deseamos como espectadores de la vivencia ajena. Algo del todo natural. El aquí escribiente, de hecho, confiesa haberse visto a la postre de estos relatos a los mandos de una lancha motora por la Ría, después de recoger fardos de material en un buque nodriza –o mammas-, con la pasma pisándole los talones y el entusiasmo adrenalínico de salirse con la suya. Pero eso, habrá que repetirlo hasta la saciedad, es solo un espejismo. Una ficción —aunque esté basada en hechos— que inevitablemente guarda una perspectiva sesgada de la realidad. Nunca tan sencilla. Nunca tan gratificante.
‘Narcos S.A.’
He aquí que la frontera entre espectáculo y memoria se diluye peligrosamente. La llegada del hachís y la cocaína —esa «alita de mosca» tan cotizada— fueron un vendaval de degradación en la Galicia de los años ochenta y noventa. No sólo por las adicciones (allá cada cual se las maneje, dirán algunos), también porque todo el tejido social, económico, político y familiar se vio maldecido por las promesas de una fortuna al amparo de los fardos. Una manipulación que, como un torbellino en el que se mezclaron los buitres bien avenidos y los pobres diablos, carne de talego y sobredosis, puso a Galicia en el mapa del crimen internacional.
Dentro de las obras que mejor han alcanzado a definir los contornos del narcotráfico gallego, nos encontramos con la investigación periodística de Andros Lozano y Javier Romero: Narcos S.A. Aunque la obra de Carretero, antes citada, supuso un totum revolutum, rescatando la familiaridad hereditaria del tejemaneje y atizando la relación de los viejos narcos con cárteles hispanoamericanos, empresarios y la clase política dirigente (el poder es una moneda donde lo ilegal y lo legal tienden a flirtear), Narcos S.A. desgrana el recorrido que permite a tu tío, tu hermana o tu hijo embolsarse un gramo de perico en 40 minutos. Con tanta costa como goza España, nuestro país es un caramelito para el narcotráfico, que tiene reconocida devoción por surcar los mares antes de recalar en tierra. Lugar donde se esfumará en los torrentes sanguíneos de decenas de miles de personas con mucha más facilidad de cómo llegaron a su bolsillo.
Apuesto, que no aseguro, haber oído a aquel bacala gallego de cráneo rasurado bendecir su admiración por los narcos resumida en una frase: «Todo sube de precio. El pan, los cubatas, todo. Lo que lleva sin subir en lo que va de siglo es el gramo de fariña». Y es más o menos cierto, así lo revela Narcos S.A., que las mafias que van desde Portugal al Levante, pasando por la capital, y coronando en la Costa del Sol, han conseguido sostener un negocio redondo e incontrolable. Además, por supuesto, de belicoso y delirante, como dan fe varias de las historias presentes en el libro con minisubmarinos, delegaciones familiares y jefes de la UDEF (Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal) untados como un pantumaca. Todo ello, por cierto, de rabiosa actualidad.
El narcotráfico es, y será, una realidad presente, ceñida a la cotidianidad de un país como España que no solo suma costa, sino también una vocación ociosa y turística inasequible al desaliento de la desinhibición. La jugada de Laureano Oubiña reaviva el debate sobre si la memoria puede convertirse en espectáculo, en especial si este último se ve mediado por la vieja maldición del dinero. Fariña, Narcos S.A., Narcogallegos (Movistar Plus+), Costo (sobre el Estrecho de Gibraltar y Andalucía) o El Inmortal (Movistar Plus+, sobre la banda madrileña Los Miami: pregunten al Homero de la canalla Iñaki Domínguez al respecto) basculan inevitablemente entre la admiración provocada por el relato y las desgracias, miedos y llantos derivados del mismo.
No obstante, apuesto a que si preguntáramos a las madres de quienes tragaron mierda, dicho pronto y mal, en la Galicia de final de siglo, o a quienes han visto la vida de sus allegados arruinada hoy con promesas de un éxito que, en realidad y desde el principio, solo podían aspirar a conquistar para otros, la respuesta sería tajante. Ahora, como escribe Carretero en Fariña: «La autopista atlántica entre los carteles colombianos y la costa gallega se hizo más ancha que nunca en los 90. Mientras hubiera alguien al otro lado, los carteles seguirían enviando mercancía. Y al otro lado siempre había alguien. No desapareció el dinero que la cocaína y el hachís derramaba por arte de magia en la zona». Y que, en fin, siguen derramando en buena parte de nuestra geografía.
La primera vez que aterricé en Galicia recuerdo oír hablar de la alita de mosca, de Sito Miñanco y los Charlines con la euforia con que
La primera vez que aterricé en Galicia recuerdo oír hablar de la alita de mosca, de Sito Miñanco y los Charlines con la euforia con que se señala a los tesoros locales. Sin saber de qué iba la fiesta, e incapaz de retener mi curiosidad, pregunté por tan significativos monumentos de la historia regional. Lo primero era una referencia al salitre nasal, claro. Al vicio que Sabina siempre quería reducir —así lo confesó en una vieja entrevista con Jesús Quintero— dejando la nariz sólo para respirar. La alita era, según me contó un espídico bacala a cráneo visto y ceja partida, el producto denominación de origen que había hecho, precisamente, famosos a los otros. Los terratenientes gallegos de la aspiración. Los obispos de la fariña. Oligarcas del estraperlo que tampoco fueron ajenos a suministrar nicotina o hachís al menudeo nacional.
Desde entonces Galicia me ha dejado recados contradictorios respecto a aquellos capos dominantes de los caños y pulmones españoles. De algún modo, todo se confunde mentalmente. Admiración. Odio visceral. Recados de riqueza y sangre. Por eso no son de extrañar las buenas nuevas de las Rías Baixas, que nos traen un tour a 189 euros por los lugares emblemáticos del narcotráfico gallego, comilona y vino mediante, de la mano de Laureano Oubiña (Cambados, 1946). De momento la Xunta ha respondido con toda la artillería burocrática y un expediente sancionador: nuestro hombre no tiene licencia para organizar rutas turísticas.
Laureano fue un contrabandista de los de seminario. Tempranero y avispado, Oubiña comenzó con el estraperlo de tabaco y diésel a los 17 años. Y ya no paró. Y ya todo fue para arriba, sin mesura, sin miedo, igual que en cualquier película del género mafioso, hasta que la justicia, como un plomo, hizo caer todo ahogando a quien se creyó con demasiadas agallas. Tanto patrimonio: fincas, navieras, barcos, carrazos a tutiplén y hasta un Pazo, el de Bayón, señalado como un Falcon Crest gallego, y justificado en golpes de suerte. Minucias afortunadas. Cuatro buenos movimientos con el estraperlo de tabaco y gasofa.
Para saber más, Laureano siempre recomienda su libro: Oubiña toda la verdad. Un alegato que, por lo acusado y culpable de quien lo escribe, ya debería hacernos dudar de un término tan definitivo. Porque bien es sabido que cada uno, según se vea, o quiera verse, acaba por tener su «verdad». Y a Oubiña lo llamaban en sus tiempos de gerifalte El Pajarito. Un apodo que, por mucha etimología anecdótica que tenga, no se presta a demasiada honradez y confianza.
El narcotráfico gallego se ha visto con el paso de los años convertido en un polo de los más atractivo. Las idiosincrasias del Finisterre casaron a la perfección con el dinero mal llamado «fácil» de la droga. Lo cual, sumado al auge del morbo por lo criminal, ha dado como resultado un interés pirotécnico por el anecdotario de la región que, si bien queda lejos de la hipérbole hollywoodiense, no ha dejado pocos cadáveres y fortunas a su paso.
«La vida de cerca es drama y de lejos es comedia», dijo Chaplin. Una cita que, perfectamente, podría cambiar el humor por el negocio. Una vez el tiempo ha ido condenando la tragedia a la mundanidad, el business asoma como un topo sediento de rentabilidad. De ahí que Oubiña, tras haber pasado desde los años noventa entrando y saliendo de prisión, vea una oportunidad de seguir haciendo caja con la misma ruta que le valió su riqueza (y ruina) tiempo ha.
La jugada del famoso contrabandista gallego recuerda, salvando las distancias, a la película de Jesse Eisenberg y Kieran Culkin: A Real Pain (2024). Esa comedia ácida sobre dos primos que, tras la muerte de su abuela, se costean un tour por los principales lugares del Holocausto en Polonia. La película no necesita dar muchas explicaciones para reflejar la inquietante paradoja de una propuesta turística que sostiene el atractivo en un «paseo» por los restos supervivientes del horror nazi. El debate entre el argumento historicista y la banalización comercial está servido desde el principio. Un rifirrafe ético presente por igual en la propuesta de Oubiña que, por cierto, ya cuenta con todas las plazas vendidas.
Uno de los riesgos siempre presentes en todo cuanto tiene que ver con revivir una historia a través de la narrativa es la conversión del dolor que la erige en un producto atractivo. Así, en Estados Unidos, cuna del delirio mitómano y la disociación, los asesinos en serie protagonizan libros y películas que terminan por convertir sus sanguinolentas pasiones en motivo de culto. En España, esta idolatría se ha filtrado en los relatos del narcotráfico, hasta el punto de convertir aquello en una golosa crónica de aventuras, peinetas al poder y euforizantes anécdotas de superación. En especial, de superación pecuniaria.
La fotografía de las últimas décadas del siglo XX brindada por libros como Fariña, de Nacho Carretero, y su posterior conversión en serie difundida por Netflix, tiende inevitablemente al mejoramiento de la real apariencia de lo sucedido. Son los efectos de la condensación narrativa que, como obra con vocación de atraer, cautivar y emocionar, aunque sea desde hechos cuestionables, se rinde inevitablemente a la épica que tanto deseamos como espectadores de la vivencia ajena. Algo del todo natural. El aquí escribiente, de hecho, confiesa haberse visto a la postre de estos relatos a los mandos de una lancha motora por la Ría, después de recoger fardos de material en un buque nodriza –o mammas-, con la pasma pisándole los talones y el entusiasmo adrenalínico de salirse con la suya. Pero eso, habrá que repetirlo hasta la saciedad, es solo un espejismo. Una ficción —aunque esté basada en hechos— que inevitablemente guarda una perspectiva sesgada de la realidad. Nunca tan sencilla. Nunca tan gratificante.
He aquí que la frontera entre espectáculo y memoria se diluye peligrosamente. La llegada del hachís y la cocaína —esa «alita de mosca» tan cotizada— fueron un vendaval de degradación en la Galicia de los años ochenta y noventa. No sólo por las adicciones (allá cada cual se las maneje, dirán algunos), también porque todo el tejido social, económico, político y familiar se vio maldecido por las promesas de una fortuna al amparo de los fardos. Una manipulación que, como un torbellino en el que se mezclaron los buitres bien avenidos y los pobres diablos, carne de talego y sobredosis, puso a Galicia en el mapa del crimen internacional.
Dentro de las obras que mejor han alcanzado a definir los contornos del narcotráfico gallego, nos encontramos con la investigación periodística de Andros Lozano y Javier Romero: Narcos S.A. Aunque la obra de Carretero, antes citada, supuso un totum revolutum, rescatando la familiaridad hereditaria del tejemaneje y atizando la relación de los viejos narcos con cárteles hispanoamericanos, empresarios y la clase política dirigente (el poder es una moneda donde lo ilegal y lo legal tienden a flirtear), Narcos S.A. desgrana el recorrido que permite a tu tío, tu hermana o tu hijo embolsarse un gramo de perico en 40 minutos. Con tanta costa como goza España, nuestro país es un caramelito para el narcotráfico, que tiene reconocida devoción por surcar los mares antes de recalar en tierra. Lugar donde se esfumará en los torrentes sanguíneos de decenas de miles de personas con mucha más facilidad de cómo llegaron a su bolsillo.
Apuesto, que no aseguro, haber oído a aquel bacala gallego de cráneo rasurado bendecir su admiración por los narcos resumida en una frase: «Todo sube de precio. El pan, los cubatas, todo. Lo que lleva sin subir en lo que va de siglo es el gramo de fariña». Y es más o menos cierto, así lo revela Narcos S.A., que las mafias que van desde Portugal al Levante, pasando por la capital, y coronando en la Costa del Sol, han conseguido sostener un negocio redondo e incontrolable. Además, por supuesto, de belicoso y delirante, como dan fe varias de las historias presentes en el libro con minisubmarinos, delegaciones familiares y jefes de la UDEF (Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal) untados como un pantumaca. Todo ello, por cierto, de rabiosa actualidad.
El narcotráfico es, y será, una realidad presente, ceñida a la cotidianidad de un país como España que no solo suma costa, sino también una vocación ociosa y turística inasequible al desaliento de la desinhibición. La jugada de Laureano Oubiña reaviva el debate sobre si la memoria puede convertirse en espectáculo, en especial si este último se ve mediado por la vieja maldición del dinero. Fariña, Narcos S.A., Narcogallegos (Movistar Plus+), Costo (sobre el Estrecho de Gibraltar y Andalucía) o El Inmortal (Movistar Plus+, sobre la banda madrileña Los Miami: pregunten al Homero de la canalla Iñaki Domínguez al respecto) basculan inevitablemente entre la admiración provocada por el relato y las desgracias, miedos y llantos derivados del mismo.
No obstante, apuesto a que si preguntáramos a las madres de quienes tragaron mierda, dicho pronto y mal, en la Galicia de final de siglo, o a quienes han visto la vida de sus allegados arruinada hoy con promesas de un éxito que, en realidad y desde el principio, solo podían aspirar a conquistar para otros, la respuesta sería tajante. Ahora, como escribe Carretero en Fariña: «La autopista atlántica entre los carteles colombianos y la costa gallega se hizo más ancha que nunca en los 90. Mientras hubiera alguien al otro lado, los carteles seguirían enviando mercancía. Y al otro lado siempre había alguien. No desapareció el dinero que la cocaína y el hachís derramaba por arte de magia en la zona». Y que, en fin, siguen derramando en buena parte de nuestra geografía.
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