Tres libros para viajar sin levantarse del sofá

Para quien quiera viajar este verano sin moverse del sofá o para quien desee cargar con algunos libros viajeros en la maleta, aquí van tres itinerarios entre el presente y el pasado por los escenarios que formaron parte del imperio portugués, por los monasterios benedictinos fundados por Europa y por las mejores novelas de aventuras marinas atesoradas en una biblioteca.

‘Los navegantes’, Erika Fatland, Tusquets

A partir de principios del siglo XV se empezó a expandir el imperio portugués, el primero en alcanzar una dimensión global. La noruega Erica Fatland —intrépida viajera y perspicaz escritora— emprende un estimulante recorrido de más de 600 páginas de apretada tipografía por la historia y el presente de esas antiguas posesiones coloniales. Su periplo arranca en Ceuta que, aunque mucha gente no lo recuerde, fue portuguesa antes que española. Fue el primer territorio de ultramar, a partir del cual se expandió el imperio por la costa atlántica africana, el Índico, Oriente y América. El gran impulsor fue el infante Enrique el Navegante y los navíos iban al mando de marinos como Magallanes y Vasco de Gama.

La autora recorre Cabo Verde, Angola, Mozambique, Sri Lanka, Macao, Malaka, Timor Oriental, India, Japón, Brasil… Y su viaje es doble. Por un lado, evoca las gestas del pasado, como la de Bartolomeu Dias doblando lo que él llamó Cabo de las Tormentas y después el rey portugués decidió bautizar con el más positivo nombre de Cabo de Buena Esperanza. Y también las historias de personajes como el ermitaño Lopes de la isla de Santa Elena o el último emperador de Brasil. Y por otro lado, retrata los claroscuros de la herencia colonial en el presente, a través de encuentros con personajes singulares como un luchador por la democracia angoleño llamado Hitler Samussuku —nada menos, cosas de su padre— o una curandera de Mozambique.

El resultado es un volumen que es al mismo tiempo libro de viajes y de historia, crónica personal y retrato de escenarios y personas alrededor del mundo.

‘El hilo infinito’, Paolo Rumiz, Anagrama

San Benito de Nursia fundó en el año 529 la orden de los benedictinos, bajo el hoy célebre lema de Ora et Labora. La orden se expandió por Europa en diversos monasterios, que forman parte de sus raíces culturales. El periodista italiano Paolo Rumiz hace un recorrido por algunos de estos escenarios, en un periplo que le lleva desde Italia a Polonia, pasando por Alemania, Austria, Hungría, Bélgica, Irlanda (donde llega hasta las remotas islas de Arán), Francia y España. En el caso español, visita un único monasterio, el de Montserrat, y por tanto quedan fuera del libro otros como Santo Domingo de Silos.

A lo largo del viaje, se van sucediendo los encuentros con monjes que explican sus razones y sus rutinas: «La vida trascurre aquí siguiendo ritmos que han permanecido inalterables desde hace catorce siglos». Apunta el autor sobre la orden que «el benedictino no es un mundo místico. No es tampoco una agrupación de misántropos amargados atrincherados dentro de sus muros. La sorpresa es descubrir hasta qué punto ahí dentro el encuentro es fácil y abierto a la alegría. Hay de todo, gente de derechas y de izquierdas, jóvenes en busca de un renacer espiritual y ancianos que se preparan para el crepúsculo».

El resultado es un libro hermoso, entre la historia, la literatura de viajes y la búsqueda espiritual. Aunque no está exento de algunos patinazos, como en el capítulo dedicado a Montserrat. El problema es que entre sus interlocutores aparecen personajes tan lunáticos como la monja Teresa Forcades, independentista, partidaria de la «teología queer» (sea lo que sea eso) y propagadora de teorías conspirativas contra las farmacéuticas, mientras defendía milagrosos tratamientos sin aval científico para combatir el cáncer o el ébola. Por lo que sea, al autor se le olvida comentar que ese templo del catalanismo más tribal recibió a Franco bajo palio y en los últimos años ha tenido que lidiar con serios escándalos de pederastica con los niños del coro.

‘La biblioteca de los siete mares’, Alexander Pechmann, Acantilado

Arranca como la mejor novela de aventuras: «El libro favorito de mi tatarabuelo parece haber sobrevivido a muchos huracanes y naufragios (…) Lo leía en un camarote oscilante del yate inglés Pandora que partió hacia el Ártico en 1876…». Esta reliquia familiar forma parte de la biblioteca del autor, el austriaco Alexander Pechmann, que ama las novelas de aventuras marineras. En La biblioteca de los siete mares nos propone un recorrido literario que arranca, claro, con La Odisea homérica y en el que van asomando aventuras de descubridores y náufragos, peripecias de piratas y tesoros, fatigas de balleneros y pescadores, misterios de las profundidades y barcos fantasma.

Los océanos novelescos vivieron su momento de máximo esplendor en el siglo XIX y en los albores del XX. Por ello buena parte del libro está dedicada a la literatura de este periodo: los tesoros de Stevenson, los náufragos herederos del Robinson de Defoe, las aventuras fantasiosas imaginadas por Julio Verne y las muy reales inspiradas en las experiencias del capitán de navío Joseph Conrad; los Mares del Sur y los balleneros de Melville; el exotismo de los piratas de Salgari; las historias de terror y fantasía de aires pulp de William Hope Hodgson y Lovecraft; la mitología portuaria de El muelle de las brumas de Pierre Mac Orlan, que Jean Genet erotizará en el Querelle de Brest

Entre los capítulos más sabrosos, merece mencionarse el dedicado a la familia de constructores de faros de la que procedía Robert Louis Stevenson. Una saga que arranca con el abuelo y sigue con el padre y los tíos, que levantaron en la costa escocesa faros legendarios en lugares casi inaccesibles. Y también el centrado en la relación con el mar de Jane Austen, cuyos dos hermanos llegaron a almirante y vicealmirante de la Armada Real.

Una lectura muy recomendable para cualquier amante de las aventuras marineras, pese a que autores importantes como Hemingway y Patrick O’Brian solo aparezcan muy de pasada y escritores españoles vinculados con el mar como Pio Baroja y Álvaro Cunqueiro brillen por su ausencia. Tampoco habría estado mal añadir un capítulo dedicado a las grandes películas marineras, aunque asoma alguna que otra, como la estupenda historia de piratas Los contrabandistas de Moonfleet de Fritz Lang, basada en la novela de John Meade Falkner.  

 Para quien quiera viajar este verano sin moverse del sofá o para quien desee cargar con algunos libros viajeros en la maleta, aquí van tres itinerarios  

Para quien quiera viajar este verano sin moverse del sofá o para quien desee cargar con algunos libros viajeros en la maleta, aquí van tres itinerarios entre el presente y el pasado por los escenarios que formaron parte del imperio portugués, por los monasterios benedictinos fundados por Europa y por las mejores novelas de aventuras marinas atesoradas en una biblioteca.

A partir de principios del siglo XV se empezó a expandir el imperio portugués, el primero en alcanzar una dimensión global. La noruega Erica Fatland —intrépida viajera y perspicaz escritora— emprende un estimulante recorrido de más de 600 páginas de apretada tipografía por la historia y el presente de esas antiguas posesiones coloniales. Su periplo arranca en Ceuta que, aunque mucha gente no lo recuerde, fue portuguesa antes que española. Fue el primer territorio de ultramar, a partir del cual se expandió el imperio por la costa atlántica africana, el Índico, Oriente y América. El gran impulsor fue el infante Enrique el Navegante y los navíos iban al mando de marinos como Magallanes y Vasco de Gama.

La autora recorre Cabo Verde, Angola, Mozambique, Sri Lanka, Macao, Malaka, Timor Oriental, India, Japón, Brasil… Y su viaje es doble. Por un lado, evoca las gestas del pasado, como la de Bartolomeu Dias doblando lo que él llamó Cabo de las Tormentas y después el rey portugués decidió bautizar con el más positivo nombre de Cabo de Buena Esperanza. Y también las historias de personajes como el ermitaño Lopes de la isla de Santa Elena o el último emperador de Brasil. Y por otro lado, retrata los claroscuros de la herencia colonial en el presente, a través de encuentros con personajes singulares como un luchador por la democracia angoleño llamado Hitler Samussuku —nada menos, cosas de su padre— o una curandera de Mozambique.

El resultado es un volumen que es al mismo tiempo libro de viajes y de historia, crónica personal y retrato de escenarios y personas alrededor del mundo.

San Benito de Nursia fundó en el año 529 la orden de los benedictinos, bajo el hoy célebre lema de Ora et Labora. La orden se expandió por Europa en diversos monasterios, que forman parte de sus raíces culturales. El periodista italiano Paolo Rumiz hace un recorrido por algunos de estos escenarios, en un periplo que le lleva desde Italia a Polonia, pasando por Alemania, Austria, Hungría, Bélgica, Irlanda (donde llega hasta las remotas islas de Arán), Francia y España. En el caso español, visita un único monasterio, el de Montserrat, y por tanto quedan fuera del libro otros como Santo Domingo de Silos.

A lo largo del viaje, se van sucediendo los encuentros con monjes que explican sus razones y sus rutinas: «La vida trascurre aquí siguiendo ritmos que han permanecido inalterables desde hace catorce siglos». Apunta el autor sobre la orden que «el benedictino no es un mundo místico. No es tampoco una agrupación de misántropos amargados atrincherados dentro de sus muros. La sorpresa es descubrir hasta qué punto ahí dentro el encuentro es fácil y abierto a la alegría. Hay de todo, gente de derechas y de izquierdas, jóvenes en busca de un renacer espiritual y ancianos que se preparan para el crepúsculo».

El resultado es un libro hermoso, entre la historia, la literatura de viajes y la búsqueda espiritual. Aunque no está exento de algunos patinazos, como en el capítulo dedicado a Montserrat. El problema es que entre sus interlocutores aparecen personajes tan lunáticos como la monja Teresa Forcades, independentista, partidaria de la «teología queer» (sea lo que sea eso) y propagadora de teorías conspirativas contra las farmacéuticas, mientras defendía milagrosos tratamientos sin aval científico para combatir el cáncer o el ébola. Por lo que sea, al autor se le olvida comentar que ese templo del catalanismo más tribal recibió a Franco bajo palio y en los últimos años ha tenido que lidiar con serios escándalos de pederastica con los niños del coro.

Arranca como la mejor novela de aventuras: «El libro favorito de mi tatarabuelo parece haber sobrevivido a muchos huracanes y naufragios (…) Lo leía en un camarote oscilante del yate inglés Pandora que partió hacia el Ártico en 1876…». Esta reliquia familiar forma parte de la biblioteca del autor, el austriaco Alexander Pechmann, que ama las novelas de aventuras marineras. En La biblioteca de los siete mares nos propone un recorrido literario que arranca, claro, con La Odisea homérica y en el que van asomando aventuras de descubridores y náufragos, peripecias de piratas y tesoros, fatigas de balleneros y pescadores, misterios de las profundidades y barcos fantasma.

Los océanos novelescos vivieron su momento de máximo esplendor en el siglo XIX y en los albores del XX. Por ello buena parte del libro está dedicada a la literatura de este periodo: los tesoros de Stevenson, los náufragos herederos del Robinson de Defoe, las aventuras fantasiosas imaginadas por Julio Verne y las muy reales inspiradas en las experiencias del capitán de navío Joseph Conrad; los Mares del Sur y los balleneros de Melville; el exotismo de los piratas de Salgari; las historias de terror y fantasía de aires pulp de William Hope Hodgson y Lovecraft; la mitología portuaria de El muelle de las brumas de Pierre Mac Orlan, que Jean Genet erotizará en el Querelle de Brest

Entre los capítulos más sabrosos, merece mencionarse el dedicado a la familia de constructores de faros de la que procedía Robert Louis Stevenson. Una saga que arranca con el abuelo y sigue con el padre y los tíos, que levantaron en la costa escocesa faros legendarios en lugares casi inaccesibles. Y también el centrado en la relación con el mar de Jane Austen, cuyos dos hermanos llegaron a almirante y vicealmirante de la Armada Real.

Una lectura muy recomendable para cualquier amante de las aventuras marineras, pese a que autores importantes como Hemingway y Patrick O’Brian solo aparezcan muy de pasada y escritores españoles vinculados con el mar como Pio Baroja y Álvaro Cunqueiro brillen por su ausencia. Tampoco habría estado mal añadir un capítulo dedicado a las grandes películas marineras, aunque asoma alguna que otra, como la estupenda historia de piratas Los contrabandistas de Moonfleet de Fritz Lang, basada en la novela de John Meade Falkner.  

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