Serguéi Lébedev y el «círculo vicioso de impunidad» de Putin

A Serguéi Lébedev (Moscú, 1981) le apasiona la investigación. Desde pequeño. En su país, que primero se llamó URSS y luego Rusia, eso no está bien visto… si lo haces por tu cuenta. De mayor, Serguéi Lébedev se hizo, lógicamente, periodista. También poeta, ensayista y, por supuesto, novelista: la mejor forma de plasmar cualquier investigación es ponerle alas narrativas. Pero, en su país, eso tampoco está bien visto… si tocas determinados temas.

Las novelas de Lébedev se han traducido a 17 idiomas, con especial éxito en el mundo angloparlante, al que los gobiernos de su país le han tenido tradicionalmente cierta inquina. Medios del prestigio de The New York Review of Books o Times Literary Supplement lo han considerado como el mejor escritor ruso de su generación. Él no se conforma con semejante elogio: ha descubierto que su generación, la de la Rusia de Putin, está lidiando con el mismo fondo tenebroso que las anteriores, las de la URSS, por ejemplo. Y lo pone por escrito.

Desde 2018 vive con su familia en Alemania, donde puede escribir con tranquilidad cosas como Indetectable (Random House), una novela escalofriante y, sobre todo, muy significativa. En un laboratorio secreto en una remota isla soviética, el profesor Kalitin crea una sustancia letal, instantánea e indetectable. Cuando los servicios secretos están a punto de incorporarla a su arsenal, la URSS colapsa y el profesor huye a Alemania, donde obtiene una nueva identidad y un puesto como consultor. Décadas más tarde, otro desertor ruso es envenenado, pero antes de morir consigue avisar de lo sucedido y se inicia una investigación que conduce hacia Kalitin. El Kremlin, alarmado, envía al teniente coronel Shérshnev a eliminarlo. El peculiar pastor Trávníček, párroco de una iglesia próxima a la casa de Kalitin, le advierte de que está siendo vigilado y se inicia una compleja cacería que despierta los recuerdos tanto del cazador como de la presa. Un reguero de viejos demonios brota de las sombras. 

En una entrevista por Zoom, el autor nos lo resume de forma mucho más sintética: «Es un libro sobre el oscuro romance entre la gente del conocimiento y la gente del poder, especialmente importante en el siglo XX, cuando los científicos sirvieron a la maquinaria totalitaria». En realidad, dice, fue la novela la que lo encontró a él: «Un buen libro te agarra y te fuerza a escribirlo». Todo empezó en la primavera de 2018 cuando Serguéi Skripal, un ex agente de los servicios de inteligencia rusos, y su hija cayeron desplomados en un parque de Salisbury, en el Reino Unido, tras ser envenenados con Novichok, un agente nervioso desarrollado en la URSS y hoy parte de la lista de toxinas prohibidas por la Convención de Armas Químicas. «Cuando, días después, se aclaró de dónde venían los asesinos, se mencionó una pequeña ciudad rusa cerrada como origen del veneno: Shijany».

Nadie le prestó demasiada atención a ese detalle, pero Lébedev sabía por una investigación anterior de su importancia en «el contexto de una colaboración militar secreta que comenzó cuando el Tratado de Versalles prohibió a Alemania desarrollar ciertos tipos de armas, por lo que buscó la colaboración soviética para seguir haciéndolo en secreto». Esa relación es, probablemente, el mayor de los muchos tabúes de la Rusia actual. Putin quiere conectar su imperio con el de la URSS (no en vano, los primeros pasos de su carrera los dio en la KGB), y saca lustre a la victoria en la Segunda Guerra Mundial para llamar nazi a cualquiera que le lleve la contraria; por ejemplo, los ucranianos… «En Rusia está prohibido relacionar las acciones de la Alemania nazi con las de la URSS. Te puede caer una larga condena de cárcel. Señal de que hay que hacerlo».

Armas biológicas

Mientras Lébedev seguía investigando sobre Shijany, le dejó estupefacto que «los medios liberales rusos [todavía quedaba alguno] encontraron a los inventores de Novichok y los entrevistaron como si fueran científicos normales, expertos en el clima o la geología. Nadie mencionaba que habían desarrollado algo terrible, inhumano, contribuyendo a la causa del mal». De esa indignación nació la novela. «No puedes hablar de ética en un libro de no ficción. O sí, pero sin profundizar en lo que yo quería centrarme: ¿quiénes son estas personas?»

Pero había algo más. «Una historia privada» como reconoce él mismo. «Cuando buscaba al protagonista, recordé un episodio de la historia de mi familia que podía guiarme. En mi infancia soviética había una persona distinta al resto de nosotros. En aquella época, todos teníamos una especie de marca: se notaba que éramos soviéticos y vivíamos como soviéticos. Él no. Él disfrutaba de una especie de libertad y calma que yo no había visto jamás. Como preguntarle era tabú, me inventé mi propia explicación: probablemente era escritor o dramaturgo. En mi imaginación, esa libertad solo estaba al alcance de los artistas. Muchos años después, con él ya muerto y la URSS desintegrada, le pregunté a mis padres y me dijeron que era general del ejército soviético y uno de los principales especialistas en la creación de armas biológicas».

El personaje más fascinante de la novela quizá sea el tío Igor, claro trasunto de ese general, que seduce y adopta al profesor Kalitin en la misteriosa ciudad creada para uso exclusivo de los químicos militares al servicio del poder soviético. Tanto el personaje de la novela como el real de la infancia del escritor debían su arrollador carisma a «una libertad lograda a cambio de sus servicios». La novela arranca con una cita del Fausto de Goethe…

El universal como continuidad. «Serguéi Lébedev no escribe sobre el pasado, sino sobre el presente». Esta frase de la Premio Nobel Svetlana Alexievich explica la manía que el ecosistema putinesco le tiene a este tipo obsesionado por recordar. Para él es más que un entretenimiento o un vicio. Lo siente como una obligación. «En mi álbum familiar hay una foto de julio de 1914 que ha sobrevivido mágicamente a todo lo que pasó después. Aparecen unas 40 o 45 personas en algún lugar cerca de Moscú. La familia amplia, con hermanos, abuelos y demás. Hay de todo: uniformes militares y civiles, trajes, vestidos… A la izquierda, casi invisible, está mi abuela, una niña de seis años. En 1945, era la única de esa foto que seguía viva. Y nadie murió por causas naturales. Esto es lo que la Historia hizo con mi familia».

Círculo de crímenes

Brutal. «Eso me deja como la última y única persona que puede hacer algo por ellos, que puede hablar por ellos». Ser consciente del propio papel como «conexión con ese pasado» no debe ser un fardo fácil de llevar. «No vives una vida normal: estás siempre rastreando las sombras oscuras del pasado para desarrollar el trabajo de investigación». E insiste: «No es una vida normal, porque normalmente la gente se preocupa por el futuro. Pero, por desgracia, lo cierto es que la historia de la URSS y de la Rusia de los últimos años comparte el mismo círculo vicioso de impunidad. Los perpetradores del Estado no reciben nunca ningún castigo. Ni siquiera se osa preguntar sobre la impunidad».

Esa perspectiva, sostiene, explica la actualidad. «Los crímenes de la época soviética son relevantes ahora porque Vladímir Putin quiere que la soviética sea una historia brillante de gloria y poder. Y los crímenes no caben en esta imagen. Y en los 30 años de su existencia tras la URSS, Rusia ha repetido el círculo de crímenes, por ejemplo con las dos guerras contra Chechenia y la de Ucrania desde 2014». El pasado es algo peliagudo para los rusos. Para todos. «Ni siquiera la oposición hizo ninguna demanda integral de responsabilidad y justicia. Siempre ha estado fuera de la agenda política. Y me parece que volverá a ser la parte más problemática cuando termine la guerra contra Ucrania».

En la novela, esa impunidad la protagoniza la ciencia puesta al servicio del poder. El poder no ha permitido que calaran en el imaginario ruso puntuales figuras heroicas como el arrepentido Vil Mirzayanov o el Nobel Andréi Sájarov. Prosperan cínicos narcisistas como el profesor Kalitin de la novela… hasta que el poder, insaciable, los devora en la enésima purga. Ahí entra en juego el teniente coronel Shérshnev: «También hice una extensa investigación de los archivos de la seguridad soviética en Lituania y Ucrania. Leí toneladas de documentos, entre los que hay evidencias de que usaban las armas químicas con una sorprendente normalidad, como una opción más».

Ese es el perfil de «todas las personas del círculo de Putin, la mayoría oficiales de la Seguridad del Estado. Tienen una perspectiva muy especial. La palabra clave para comprenderla es ‘objeto’. Para ellos no hay seres humanos, sino objetos de supervisión, de control…» En la novela, el narrador dice que dos generales «se conocían desde hacía mucho. Habían servido juntos ya bajo las enseñas rojas con la hoz y el martillo». ¿Podría cambiar algo cuando pase esa generación? «La mayoría de los generales rusos que comandan tropas en Ucrania eran capitanes y tenientes durante la primera y la segunda guerra contra Chechenia. Hay una continuidad. Y la única forma de detenerla es juzgar a los perpetradores. Es demasiada sangre. De hecho, tras el colapso de la URSS tuvimos la oportunidad de hacerlo, y la demanda pública era muy alta; según los sociólogos, más de la mitad de la población quería algún tipo de castigo para los criminales soviéticos».

El veneno de la retórica

¿Qué pasó? «El orden liberal no satisfizo esa demanda». Y aquí Lébedev demuestra su conocimiento de nuestra historia. «Sé que la Transición es un tema importante para España, pero en este caso el escenario de los crímenes soviéticos era enorme, y la responsabilidad rusa es más alta». Entre otras cosas, porque «Rusia tiene armas nucleares, y cualquier problema en su interior lo es no solo para la región, sino para todo el planeta». Además, por lo que fuera, finalmente «nunca terminamos la transición, y ahora tenemos lo que tenemos». Y la bola crece: «Una parte enorme de la sociedad rusa ya está involucrada directa o indirectamente en la guerra: quienes sirven en la frontera, quienes ofrecen logística, quienes producen equipos militares… Millones y millones de personas, especialmente interesados en defender que su guerra es justa porque, entre otras cosas, los pueblos agredidos los van a querer denunciar cuando todo acabe».

El putinismo se nutre de este círculo vicioso y lo propicia. Por supuesto que se han reabierto laboratorios siniestros como el de la novela, y se les están añadiendo departamentos especializados en el veneno de moda, el digital, con la IA como nuevo gran aliado. Pero Lébedev recuerda que «el verdadero veneno, el más importante, es el del lenguaje, el de la retórica. Lo que tenemos en Rusia ahora solo se puede comparar con el pico del terror estalinista. Se han cruzado todas las líneas rojas de la esfera pública, los discursos de odio están absolutamente normalizados. En la televisión pública puedes decir sin problemas cosas como: ‘Tenemos que lanzarles bombas nucleares’. Y eso está contaminando el paisaje como una especie de Chernóbil de la opinión».

Intento aportar algo de luz matizando que ya no hay aquel apoyo a la URSS de los intelectuales de izquierdas. Lébedev replica con contundencia: «Toma el caso de Alemania. O el de Francia».

¿Quiénes van a tener poder en dos, tres o cinco años? «Los amigos de Rusia». Pero, hasta ahora, parece que cuando llegan al poder se muestran un poco más razonables. «Hasta qué punto y hasta cuándo… Es la gran pregunta. Putin usa la guerra contra Ucrania también como herramienta para erosionar el paisaje político europeo».

Obsesión con la historia

Preguntas difíciles de contestar. «Tratamos de aplicar la racionalidad cuando, en realidad, el comandante supremo de la parte rusa está dirigido por unos oscuros deseos difícilmente escrutables. Hay que recordar que en 1996 era un funcionario del Ayuntamiento de San Petersburgo. No lo conocía nadie. En el nivel político federal no existía, su nombre no significaba nada. Tres años después era primer ministro, jefe de la seguridad y sucesor al trono. No puedes describir esto como una carrera política. No hay carreras así. Por eso, desde que sucedió a Yeltsin, su única obsesión es demostrarse a sí mismo y a la historia que él es una auténtica figura histórica, que su ascenso no fue un accidente, sino que es el rey legítimo de Rusia y merece un lugar en su historia». ¿Al final todo es fruto de un descomunal síndrome del impostor? «Es la clave de todo. Putin no se mueve por motivos racionales, su clara obsesión con la historia le provoca ese impulso inhumano de conquista. Racionalmente, ves que es el momento de parar la guerra, pero…» 

¿No hay alternativa? Le recuerdo la última portada de The Economist, que presenta a Andrey Melichenko como un posible Mandela ruso. Lébedev sonríe irónicamente, aunque no entra en la cuestión personal. Simplemente: «El paisaje ruso está vacío. Los que quedan allí están controlados por el Estado. Y las figuras en el exilio no tienen un verdadero poder en Rusia». The Economist, ojo, reconoce que Melichenko hizo su fortuna al calor del putinismo y no osa contradecir al Gran Hombre, pero aporta ciertos matices… ¿Un clavo ardiendo a la espera de que se produzca lo que el tardofranquismo llamaba «el hecho biológico»? Porque Putin no tiene pinta de inmortal, aunque lo pillaran fantaseando con ello en cierto viaje a China. «No me gusta esa especulación. Soy un escritor, no un analista político. No es mi campo. Honestamente». Y menos hablando de una novela sobre envenenamientos…

Mejor trascendamos la muerte. El pastor Trávníček canaliza el final de la trama de Indetectable con una genial vuelta de tuerca que no vamos a destripar aquí. Digamos solo que, tras cierto toque esotérico al describir la truculenta historia del laboratorio del profesor Kalitin, la religión asalta el primer plano. «Es algo muy interesante en Rusia. Yo vengo de una familia con muchos clérigos ortodoxos antes de la Revolución. Todos fueron exiliados, deportados, arrestados, ejecutados… Y las iglesias de sus pueblos fueron destruidas. Durante 70 años vivimos en un país ateo, y de repente, de la noche a la mañana, Rusia volvió a convertirse en un país ortodoxo. Aunque necesitaríamos a Dostoievski para que escribiera sobre qué Dios y qué culto tenemos ahora. Personalmente, tengo la sensación de que no es algo real, sino algún tipo de sustituto para la ideología soviética».

Entonces, el pastor Trávníček… «Esa parte de la novela no se sitúa en Rusia». De acuerdo, pero el profesor Kalitin es muy ruso y no puede dejar de escucharlo… Lébedev se encoge de hombros y la entrevista ya pasa de la hora, no hay tiempo sino para un vistazo al futuro inmediato: «No estoy escribiendo ahora mismo, pero sigo con la investigación de mi historia familiar, ahora con la parte relacionada con Europa, en concreto con los que se unieron a los comunistas que invadieron Polonia». La última vez que hizo algo parecido descubrió al tío Igor de Indetectable. Estaremos atentos…

 A Serguéi Lébedev (Moscú, 1981) le apasiona la investigación. Desde pequeño. En su país, que primero se llamó URSS y luego Rusia, eso no está bien  

A Serguéi Lébedev (Moscú, 1981) le apasiona la investigación. Desde pequeño. En su país, que primero se llamó URSS y luego Rusia, eso no está bien visto… si lo haces por tu cuenta. De mayor, Serguéi Lébedev se hizo, lógicamente, periodista. También poeta, ensayista y, por supuesto, novelista: la mejor forma de plasmar cualquier investigación es ponerle alas narrativas. Pero, en su país, eso tampoco está bien visto… si tocas determinados temas.

Las novelas de Lébedev se han traducido a 17 idiomas, con especial éxito en el mundo angloparlante, al que los gobiernos de su país le han tenido tradicionalmente cierta inquina. Medios del prestigio de The New York Review of Books o Times Literary Supplement lo han considerado como el mejor escritor ruso de su generación. Él no se conforma con semejante elogio: ha descubierto que su generación, la de la Rusia de Putin, está lidiando con el mismo fondo tenebroso que las anteriores, las de la URSS, por ejemplo. Y lo pone por escrito.

Desde 2018 vive con su familia en Alemania, donde puede escribir con tranquilidad cosas como Indetectable (Random House), una novela escalofriante y, sobre todo, muy significativa. En un laboratorio secreto en una remota isla soviética, el profesor Kalitin crea una sustancia letal, instantánea e indetectable. Cuando los servicios secretos están a punto de incorporarla a su arsenal, la URSS colapsa y el profesor huye a Alemania, donde obtiene una nueva identidad y un puesto como consultor. Décadas más tarde, otro desertor ruso es envenenado, pero antes de morir consigue avisar de lo sucedido y se inicia una investigación que conduce hacia Kalitin. El Kremlin, alarmado, envía al teniente coronel Shérshnev a eliminarlo. El peculiar pastor Trávníček, párroco de una iglesia próxima a la casa de Kalitin, le advierte de que está siendo vigilado y se inicia una compleja cacería que despierta los recuerdos tanto del cazador como de la presa. Un reguero de viejos demonios brota de las sombras. 

En una entrevista por Zoom, el autor nos lo resume de forma mucho más sintética: «Es un libro sobre el oscuro romance entre la gente del conocimiento y la gente del poder, especialmente importante en el siglo XX, cuando los científicos sirvieron a la maquinaria totalitaria». En realidad, dice, fue la novela la que lo encontró a él: «Un buen libro te agarra y te fuerza a escribirlo». Todo empezó en la primavera de 2018 cuando Serguéi Skripal, un ex agente de los servicios de inteligencia rusos, y su hija cayeron desplomados en un parque de Salisbury, en el Reino Unido, tras ser envenenados con Novichok, un agente nervioso desarrollado en la URSS y hoy parte de la lista de toxinas prohibidas por la Convención de Armas Químicas. «Cuando, días después, se aclaró de dónde venían los asesinos, se mencionó una pequeña ciudad rusa cerrada como origen del veneno: Shijany».

Nadie le prestó demasiada atención a ese detalle, pero Lébedev sabía por una investigación anterior de su importancia en «el contexto de una colaboración militar secreta que comenzó cuando el Tratado de Versalles prohibió a Alemania desarrollar ciertos tipos de armas, por lo que buscó la colaboración soviética para seguir haciéndolo en secreto». Esa relación es, probablemente, el mayor de los muchos tabúes de la Rusia actual. Putin quiere conectar su imperio con el de la URSS (no en vano, los primeros pasos de su carrera los dio en la KGB), y saca lustre a la victoria en la Segunda Guerra Mundial para llamar nazi a cualquiera que le lleve la contraria; por ejemplo, los ucranianos… «En Rusia está prohibido relacionar las acciones de la Alemania nazi con las de la URSS. Te puede caer una larga condena de cárcel. Señal de que hay que hacerlo».

Armas biológicas

Mientras Lébedev seguía investigando sobre Shijany, le dejó estupefacto que «los medios liberales rusos [todavía quedaba alguno] encontraron a los inventores de Novichok y los entrevistaron como si fueran científicos normales, expertos en el clima o la geología. Nadie mencionaba que habían desarrollado algo terrible, inhumano, contribuyendo a la causa del mal». De esa indignación nació la novela. «No puedes hablar de ética en un libro de no ficción. O sí, pero sin profundizar en lo que yo quería centrarme: ¿quiénes son estas personas?»

Pero había algo más. «Una historia privada» como reconoce él mismo. «Cuando buscaba al protagonista, recordé un episodio de la historia de mi familia que podía guiarme. En mi infancia soviética había una persona distinta al resto de nosotros. En aquella época, todos teníamos una especie de marca: se notaba que éramos soviéticos y vivíamos como soviéticos. Él no. Él disfrutaba de una especie de libertad y calma que yo no había visto jamás. Como preguntarle era tabú, me inventé mi propia explicación: probablemente era escritor o dramaturgo. En mi imaginación, esa libertad solo estaba al alcance de los artistas. Muchos años después, con él ya muerto y la URSS desintegrada, le pregunté a mis padres y me dijeron que era general del ejército soviético y uno de los principales especialistas en la creación de armas biológicas».

El personaje más fascinante de la novela quizá sea el tío Igor, claro trasunto de ese general, que seduce y adopta al profesor Kalitin en la misteriosa ciudad creada para uso exclusivo de los químicos militares al servicio del poder soviético. Tanto el personaje de la novela como el real de la infancia del escritor debían su arrollador carisma a «una libertad lograda a cambio de sus servicios». La novela arranca con una cita del Fausto de Goethe…

El universal como continuidad. «Serguéi Lébedev no escribe sobre el pasado, sino sobre el presente». Esta frase de la Premio Nobel Svetlana Alexievich explica la manía que el ecosistema putinesco le tiene a este tipo obsesionado por recordar. Para él es más que un entretenimiento o un vicio. Lo siente como una obligación. «En mi álbum familiar hay una foto de julio de 1914 que ha sobrevivido mágicamente a todo lo que pasó después. Aparecen unas 40 o 45 personas en algún lugar cerca de Moscú. La familia amplia, con hermanos, abuelos y demás. Hay de todo: uniformes militares y civiles, trajes, vestidos… A la izquierda, casi invisible, está mi abuela, una niña de seis años. En 1945, era la única de esa foto que seguía viva. Y nadie murió por causas naturales. Esto es lo que la Historia hizo con mi familia».

Círculo de crímenes

Brutal. «Eso me deja como la última y única persona que puede hacer algo por ellos, que puede hablar por ellos». Ser consciente del propio papel como «conexión con ese pasado» no debe ser un fardo fácil de llevar. «No vives una vida normal: estás siempre rastreando las sombras oscuras del pasado para desarrollar el trabajo de investigación». E insiste: «No es una vida normal, porque normalmente la gente se preocupa por el futuro. Pero, por desgracia, lo cierto es que la historia de la URSS y de la Rusia de los últimos años comparte el mismo círculo vicioso de impunidad. Los perpetradores del Estado no reciben nunca ningún castigo. Ni siquiera se osa preguntar sobre la impunidad».

Esa perspectiva, sostiene, explica la actualidad. «Los crímenes de la época soviética son relevantes ahora porque Vladímir Putin quiere que la soviética sea una historia brillante de gloria y poder. Y los crímenes no caben en esta imagen. Y en los 30 años de su existencia tras la URSS, Rusia ha repetido el círculo de crímenes, por ejemplo con las dos guerras contra Chechenia y la de Ucrania desde 2014». El pasado es algo peliagudo para los rusos. Para todos. «Ni siquiera la oposición hizo ninguna demanda integral de responsabilidad y justicia. Siempre ha estado fuera de la agenda política. Y me parece que volverá a ser la parte más problemática cuando termine la guerra contra Ucrania».

En la novela, esa impunidad la protagoniza la ciencia puesta al servicio del poder. El poder no ha permitido que calaran en el imaginario ruso puntuales figuras heroicas como el arrepentido Vil Mirzayanov o el Nobel Andréi Sájarov. Prosperan cínicos narcisistas como el profesor Kalitin de la novela… hasta que el poder, insaciable, los devora en la enésima purga. Ahí entra en juego el teniente coronel Shérshnev: «También hice una extensa investigación de los archivos de la seguridad soviética en Lituania y Ucrania. Leí toneladas de documentos, entre los que hay evidencias de que usaban las armas químicas con una sorprendente normalidad, como una opción más».

Ese es el perfil de «todas las personas del círculo de Putin, la mayoría oficiales de la Seguridad del Estado. Tienen una perspectiva muy especial. La palabra clave para comprenderla es ‘objeto’. Para ellos no hay seres humanos, sino objetos de supervisión, de control…» En la novela, el narrador dice que dos generales «se conocían desde hacía mucho. Habían servido juntos ya bajo las enseñas rojas con la hoz y el martillo». ¿Podría cambiar algo cuando pase esa generación? «La mayoría de los generales rusos que comandan tropas en Ucrania eran capitanes y tenientes durante la primera y la segunda guerra contra Chechenia. Hay una continuidad. Y la única forma de detenerla es juzgar a los perpetradores. Es demasiada sangre. De hecho, tras el colapso de la URSS tuvimos la oportunidad de hacerlo, y la demanda pública era muy alta; según los sociólogos, más de la mitad de la población quería algún tipo de castigo para los criminales soviéticos».

El veneno de la retórica

¿Qué pasó? «El orden liberal no satisfizo esa demanda». Y aquí Lébedev demuestra su conocimiento de nuestra historia. «Sé que la Transición es un tema importante para España, pero en este caso el escenario de los crímenes soviéticos era enorme, y la responsabilidad rusa es más alta». Entre otras cosas, porque «Rusia tiene armas nucleares, y cualquier problema en su interior lo es no solo para la región, sino para todo el planeta». Además, por lo que fuera, finalmente «nunca terminamos la transición, y ahora tenemos lo que tenemos». Y la bola crece: «Una parte enorme de la sociedad rusa ya está involucrada directa o indirectamente en la guerra: quienes sirven en la frontera, quienes ofrecen logística, quienes producen equipos militares… Millones y millones de personas, especialmente interesados en defender que su guerra es justa porque, entre otras cosas, los pueblos agredidos los van a querer denunciar cuando todo acabe».

El putinismo se nutre de este círculo vicioso y lo propicia. Por supuesto que se han reabierto laboratorios siniestros como el de la novela, y se les están añadiendo departamentos especializados en el veneno de moda, el digital, con la IA como nuevo gran aliado. Pero Lébedev recuerda que «el verdadero veneno, el más importante, es el del lenguaje, el de la retórica. Lo que tenemos en Rusia ahora solo se puede comparar con el pico del terror estalinista. Se han cruzado todas las líneas rojas de la esfera pública, los discursos de odio están absolutamente normalizados. En la televisión pública puedes decir sin problemas cosas como: ‘Tenemos que lanzarles bombas nucleares’. Y eso está contaminando el paisaje como una especie de Chernóbil de la opinión».

Intento aportar algo de luz matizando que ya no hay aquel apoyo a la URSS de los intelectuales de izquierdas. Lébedev replica con contundencia: «Toma el caso de Alemania. O el de Francia».

¿Quiénes van a tener poder en dos, tres o cinco años? «Los amigos de Rusia». Pero, hasta ahora, parece que cuando llegan al poder se muestran un poco más razonables. «Hasta qué punto y hasta cuándo… Es la gran pregunta. Putin usa la guerra contra Ucrania también como herramienta para erosionar el paisaje político europeo».

Obsesión con la historia

Preguntas difíciles de contestar. «Tratamos de aplicar la racionalidad cuando, en realidad, el comandante supremo de la parte rusa está dirigido por unos oscuros deseos difícilmente escrutables. Hay que recordar que en 1996 era un funcionario del Ayuntamiento de San Petersburgo. No lo conocía nadie. En el nivel político federal no existía, su nombre no significaba nada. Tres años después era primer ministro, jefe de la seguridad y sucesor al trono. No puedes describir esto como una carrera política. No hay carreras así. Por eso, desde que sucedió a Yeltsin, su única obsesión es demostrarse a sí mismo y a la historia que él es una auténtica figura histórica, que su ascenso no fue un accidente, sino que es el rey legítimo de Rusia y merece un lugar en su historia». ¿Al final todo es fruto de un descomunal síndrome del impostor? «Es la clave de todo. Putin no se mueve por motivos racionales, su clara obsesión con la historia le provoca ese impulso inhumano de conquista. Racionalmente, ves que es el momento de parar la guerra, pero…» 

¿No hay alternativa? Le recuerdo la última portada de The Economist, que presenta a Andrey Melichenko como un posible Mandela ruso. Lébedev sonríe irónicamente, aunque no entra en la cuestión personal. Simplemente: «El paisaje ruso está vacío. Los que quedan allí están controlados por el Estado. Y las figuras en el exilio no tienen un verdadero poder en Rusia». The Economist, ojo, reconoce que Melichenko hizo su fortuna al calor del putinismo y no osa contradecir al Gran Hombre, pero aporta ciertos matices… ¿Un clavo ardiendo a la espera de que se produzca lo que el tardofranquismo llamaba «el hecho biológico»? Porque Putin no tiene pinta de inmortal, aunque lo pillaran fantaseando con ello en cierto viaje a China. «No me gusta esa especulación. Soy un escritor, no un analista político. No es mi campo. Honestamente». Y menos hablando de una novela sobre envenenamientos…

Mejor trascendamos la muerte. El pastor Trávníček canaliza el final de la trama de Indetectable con una genial vuelta de tuerca que no vamos a destripar aquí. Digamos solo que, tras cierto toque esotérico al describir la truculenta historia del laboratorio del profesor Kalitin, la religión asalta el primer plano. «Es algo muy interesante en Rusia. Yo vengo de una familia con muchos clérigos ortodoxos antes de la Revolución. Todos fueron exiliados, deportados, arrestados, ejecutados… Y las iglesias de sus pueblos fueron destruidas. Durante 70 años vivimos en un país ateo, y de repente, de la noche a la mañana, Rusia volvió a convertirse en un país ortodoxo. Aunque necesitaríamos a Dostoievski para que escribiera sobre qué Dios y qué culto tenemos ahora. Personalmente, tengo la sensación de que no es algo real, sino algún tipo de sustituto para la ideología soviética».

Entonces, el pastor Trávníček… «Esa parte de la novela no se sitúa en Rusia». De acuerdo, pero el profesor Kalitin es muy ruso y no puede dejar de escucharlo… Lébedev se encoge de hombros y la entrevista ya pasa de la hora, no hay tiempo sino para un vistazo al futuro inmediato: «No estoy escribiendo ahora mismo, pero sigo con la investigación de mi historia familiar, ahora con la parte relacionada con Europa, en concreto con los que se unieron a los comunistas que invadieron Polonia». La última vez que hizo algo parecido descubrió al tío Igor de Indetectable. Estaremos atentos…

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