<p>La orquesta interpretaba notas caprichosas desde el centro de la pista y <strong>Rosalía</strong>, en el coqueto escenario semicircular, cantó con el corazón en las manos el aria <i><strong>Mio Cristo</strong></i>, su voz de hielo y fuego, cristalina y carnosa al mismo tiempo. Enfrente, <strong>16.000 personas</strong> eran eyectadas a la estratosfera a la cuarta canción en un éxtasis barroco para el escalofrío colectivo.</p>
La artista inició su gira mundial ante 16.000 devotos en Lyon con un espectáculo ambicioso, centrado en el repertorio de ‘Lux’ y en el que la acompaña una orquesta sinfónica. Lo presentará en España en abril
La orquesta interpretaba notas caprichosas desde el centro de la pista y Rosalía, en el coqueto escenario semicircular, cantó con el corazón en las manos el aria Mio Cristo, su voz de hielo y fuego, cristalina y carnosa al mismo tiempo. En frente, 16.000 personas eran eyectadas a la estratosfera a la cuarta canción en un éxtasis barroco para el escalofrío colectivo.
La estrella española ha iniciado este lunes su gira mundial en la ciudad francesa de Lyon, en un pabellón deportivo lleno que ha aplaudido a rabiar la música de Rosalía. A veces las canciones fluían con dulzura, pero casi siempre se desencadenaban, se desataban, como ella misma, que rompió a llorar de emoción al principio del show (luego rió mucho e hizo bromas, no se aflijan).
Su música es un arrebato que surge al unir elementos que chocan entre sí como moléculas explosivas. Rosalía maneja una gama enorme de estilos, sonidos, mensajes y emociones, y le gusta llevarlos al extremo, incluso cuando hace versiones como Can’t Take My Eyes Off You. Por eso el gran desafío de sus conciertos es dar coherencia a todo ese torbellino en el que hay canciones de lujuria y otras de Dios; en las que a veces canta baladas vulnerables (especialidad de la casa) y otras gamberradas chulescas (¡Bizcochito!); en las que puede predominar la delicadeza intimista o un barroquismo gigantesco; en las que suena un flamenco mutante o el latineo alocado, o la música urbana o la electrónica a sacudidas o los arreglos sinfónicos de vanguardia, o todo agitado, porque cuánta agitación, Rosalía, y qué frenesí, y cuánta intensidad, por dios.
Es todo este juego de extremos el que impulsa el concierto de principio a fin. En el repertorio de la gira de Lux predominan las canciones de este cuarto álbum, bendecido por la crítica anglosajona y europea como uno de los mejores discos de 2025. Con su pop de arreglos orquestales, producción experimental y aliento flamenco (Lyon dando palmas voluntariosas en La rumba del perdón), tiene un enfoque muy distinto al de sus anteriores discos. ¿Cómo han encajado las canciones de El mal querer con esta nueva era de música luminosa y trascendental? Malamente, si aceptan una broma, porque Rosalía no canta ni esa ni ninguna canción de su segundo disco (tampoco del primero, claro), una decisión muy sorprendente e inesperada.
Sí ha habido varios tramos de la era Motomami en el concierto y han sonado fabulosos, con electrónica excéntrica y los arreglos orquestales, como la sucesión de Saoko, La fama y La Combi Versace, precedidas por un Berghain en versión remix desbocado.
La gira de Lux, que comienza con aroma de acontecimiento internacional, llegará a España dentro de dos semanas, donde no quedan entradas para sus ocho conciertos, cuatro en el Movistar Arena de Madrid (30 de marzo y 1, 3 y 4 de abril) y cuatro en el Palau Sant Jordi de Barcelona (13, 15, 17 y 18 de abril). Además, pasará por 17 países de Europa y América en 56 conciertos, incluyendo dos O2 de Londres, dos Madison Square Garden en Nueva York, cuatro Movistar Arena de Buenos Aires y cinco Palacios de Deportes de Ciudad de México.
Siempre independiente y original, Rosalía encarna una de las cualidades más valiosas en la cultura actual: una identidad propia y única. Nadie más podría imaginar una descarga de funk carioca raver como Cuuuute bajo una luz estroboscópica que se balancea en el centro de la pista echando humo como un botafumeiro.
Si en la gira de Motomami, Rosalía ofrecía más un espectáculo que un concierto, esta noche hemos asistido (boquiabiertos) a un concierto enorme que es además un espectáculo. Con la orquesta Heritage, especializada desde hace dos décadas en acompañar a artistas modernos, las canciones se sucedían con cierto margen para la improvisación, mientras un montón de bailarines se movían alrededor de la artista igual que giran los electrones alrededor del núcleo. Cada movimiento y postura están pensados para la retransmisión en las pantallas, una coreografía continua en la que se insertan, ajá, momentos ‘wow’ para la viralización transatlántica (de La perla a Sauvignon Blanc pasando por la prodigiosa La yugular).
Desde su primer disco y más que nunca en Lux, Rosalía siempre ha tenido la ambición de transmitir un sentido de grandeza y de elevar la música a una experiencia trascendente y duradera en el tiempo: el final épico con Magnolias ha sido el mejor ejemplo. De eso tratan estas nuevas canciones, sobre todo, de dar un significado profundo al momento efímero, de forma que adquieran una resonancia en el interior de quien las escucha, que es una forma de definir la diferencia entre la cultura y el entretenimiento.
Es una gran ambición, y la ambición es una actitud complicada para una cantante de pop, cada vez más. Algunas personas reaccionan negativamente ante una gran ambición artística y rechazan el resultado, incluso aunque tenga un gran valor. Otras personas se fascinan fácilmente ante una gran ambición, y se entregan mansamente al resultado, incluso aunque no tenga ningún valor. Por eso decimos que Rosalía es valiente, porque ha elegido un terreno de juego lleno de trampas. Y por eso decimos que es un artista genial, porque los resultados de su expresividad son formidables, una obra donde encontramos una estética y un sonido rompedores, potencia expresiva e intensidad emocional en canciones con espíritu popular para escuchar mil veces. En disco y, de manera arrebatada, en el escenario.
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