Hay novelas que su fuerza reside en las conversaciones entre personajes, en la descripción de una receta, un paisaje o una tienda de barrio, también en la posibilidad de encontrar compañía en medio de una vida difícil. Ese es el territorio del healing fiction, una corriente literaria vinculada a la búsqueda de consuelo y que tiene uno de sus antecedentes en la cultura japonesa del iyashikei, el «tipo sanador».
En este contexto, Dorayaki (Editorial Chai, 2024), de Durian Sukegawa, ocupa un lugar particular. Publicada originalmente en Japón en 2013 con el título An, la novela cuenta la relación entre Sentaro, un joven que trabaja en una pequeña tienda de dorayakis, y Tokue, una mujer mayor que conoce los secretos de la pasta de judías azuki. Desde su publicación en España en 2024, la novela ha vendido más de 32.000 ejemplares en España. En 2026, Sukegawa visita además varias ciudades de la península para encontrarse con sus lectores y presentar su obra.
Lo que comienza como una relación laboral acaba convirtiéndose en un encuentro entre tres personas marcadas por la soledad, la exclusión y las heridas del pasado. La novela ofrece una experiencia cercana a lo que hoy entendemos como literatura sanadora, pero no lo hace desde la evasión. Bajo su atmósfera pausada aparecen cuestiones como la enfermedad, la discriminación, el estigma y la dignidad. Ahí está una de las claves de la obra de Sukegawa: el consuelo no consiste en borrar el dolor, sino en aprender a mirarlo de otra manera.
Qué es el ‘healing fiction’
Healing fiction puede traducirse como «ficción sanadora» o «literatura de consuelo». No se trata de literatura terapéutica en sentido clínico, sino de una narrativa que busca generar en el lector una sensación de calma, acompañamiento o alivio emocional.
Su antecedente japonés más próximo es el iyashikei, un término relacionado con iyashi, que alude a la sanación, el alivio o el consuelo. En estas historias, el suspense y los grandes conflictos pierden protagonismo frente a la vida cotidiana, los vínculos humanos y una atención especial a los pequeños acontecimientos.

El healing fiction contemporáneo puede desarrollarse en cafeterías, librerías, restaurantes, pastelerías, pequeños comercios o pueblos. Sus protagonistas suelen atravesar un duelo, una ruptura, una crisis laboral, una enfermedad o una sensación de vacío. El relato no tiene por qué solucionar esas heridas. Lo que propone es otra manera de convivir con ellas mediante acciones como cocinar, leer, conversar, cuidar o dejarse ayudar.
Por eso, entre las características habituales del género aparecen los conflictos de baja intensidad, los ritmos pausados, los espacios cotidianos convertidos en refugios, los personajes que cargan con alguna forma de pérdida y las relaciones capaces de modificar su manera de entender el mundo. También es frecuente que la esperanza no sea absoluta. Sanar no implica que todo quede resuelto, sino que la vida vuelva a parecer habitable.
En ese sentido, el healing fiction se acerca a una novela de transformación íntima donde sus personajes no tienen necesariamente que conquistar nada.
Dorayaki, una novela sobre el consuelo y la exclusión
En Dorayaki, Sentaro trabaja en una pequeña tienda de pasteles japoneses y lleva una existencia marcada por el aislamiento y un pasado problemático. La llegada de Tokue modifica poco a poco su rutina. Ella se ofrece a preparar la pasta de judías azuki y le enseña una manera diferente de relacionarse con el trabajo y con los ingredientes.
La cocina adquiere así una importancia que va más allá de la gastronomía. Tokue enseña a escuchar las judías, observar sus transformaciones y respetar los tiempos de preparación. Hacer un dorayaki requiere atención y paciencia. La receta se convierte, de este modo, en una forma de mirar aquello que normalmente pasa inadvertido.
A la relación entre Sentaro y Tokue se suma Wakana, una joven que frecuenta la tienda. Los tres forman una comunidad frágil construida a través de conversaciones, silencios y tareas compartidas. La tienda de dorayakis termina funcionando como un espacio de encuentro entre generaciones y como un refugio frente a la exclusión. Pero la novela no se limita a contar una historia amable sobre una pastelería. Bajo esa aparente sencillez aparece una herida histórica: el aislamiento y la estigmatización sufridos por las personas afectadas por la enfermedad de Hansen en Japón.
Ese elemento cambia la lectura del libro. Dorayaki no propone que la bondad pueda borrar el sufrimiento ni que una relación humana sea suficiente para reparar una injusticia. La novela plantea algo más complejo: escuchar a quienes han sido apartados y cuestionar las etiquetas con las que una sociedad decide quién puede formar parte de ella.
El propio Sukegawa ha explicado que la idea de escribir sobre la enfermedad de Hansen surgió en la década de 1990, cuando trabajaba como presentador de radio nocturno. La pregunta por el sentido de la vida y por el valor de existir incluso en circunstancias adversas está en el origen del proyecto. Esta dimensión social resulta fundamental para entender por qué Dorayaki puede relacionarse con el healing fiction. El consuelo que propone Sukegawa no procede de ignorar la herida, sino de crear un espacio desde el que pueda ser escuchada.
El éxito de la novela en España añade otra dimensión a esta lectura. Los más de 32.000 ejemplares vendidos desde su publicación en 2024, según datos de la editorial, muestran la recepción que ha tenido la historia entre los lectores españoles. En 2026, la visita de Sukegawa a varias ciudades de la península permite además trasladar ese vínculo de las páginas a los encuentros con sus lectores.
Por qué Durian Sukegawa puede considerarse un precursor del ‘healing fiction’
Hablar de Durian Sukegawa como precursor del healing fiction requiere una precisión. Dorayaki no fue escrita dentro de una categoría editorial anglosajona denominada healing fiction. La novela pertenece a una tradición japonesa anterior, relacionada con el iyashikei, la atención a lo cotidiano y una sensibilidad marcada por la contemplación y la melancolía.
Sin embargo, la novela reúne varios de los elementos que hoy asociamos con la ficción sanadora. Su escenario principal es una pequeña pastelería. Sus protagonistas llegan a la historia con heridas y encuentran una forma de reparación a través del vínculo. La comida funciona como lenguaje afectivo y como una manera de reconocer al otro.
Sukegawa incorpora además un elemento que evita que Dorayaki se convierta en una simple historia reconfortante. La novela está atravesada por una conciencia histórica sobre la discriminación y el estigma. La esperanza aparece después de enfrentarse a esa realidad, no como una forma de ocultarla.
La adaptación cinematográfica de Naomi Kawase, Una pastelería en Tokio, estrenada en 2015, contribuyó además a ampliar internacionalmente el alcance de la historia.
‘Healing fiction’: ¿literatura de consuelo o escapismo?
El interés actual por el healing fiction puede relacionarse con una necesidad reconocible: encontrar historias capaces de reducir el ruido cotidiano y ofrecer una pausa. Muchas novelas del género recurren a cafeterías, librerías, restaurantes o pequeños comercios como espacios donde los personajes pueden detenerse y establecer vínculos.
Pero literatura reconfortante y literatura evasiva no son necesariamente lo mismo. La diferencia está en la forma en que se construye ese consuelo. Una novela puede ofrecer una sensación de calma sin prometer una solución inmediata a los problemas de sus personajes.
Dorayaki funciona precisamente desde esa tensión. El lector puede entrar en la novela atraído por los dorayakis, los paisajes y la intimidad de la tienda, pero la historia termina planteando preguntas más difíciles: quién queda fuera de una comunidad, qué prejuicios heredamos, cómo reconocemos la dignidad de una persona y qué significa continuar viviendo cuando determinadas experiencias no pueden repararse.
Por eso, el posible efecto sanador de esta literatura no reside en proporcionar felicidad instantánea. Su propuesta es más limitada y, al mismo tiempo, más compleja: ofrecer tiempo, compañía y otra perspectiva desde la que el dolor deje de ocupar todo el campo de visión.
Libros para volver a mirar
El healing fiction no cura en el sentido médico, su dimensión sanadora es metafórica y pertenece al territorio de la experiencia lectora. Puede ofrecer una pausa, una forma de compañía o una nueva perspectiva sobre situaciones que forman parte de la vida cotidiana.
Durian Sukegawa puede considerarse uno de sus precursores porque en Dorayaki convierte acciones pequeñas en posibilidades de transformación: preparar una receta, mantener una conversación, compartir un alimento o prestar atención a una persona que durante años ha sido ignorada.
La recepción de la novela en España muestran la continuidad del interés por una historia que empezó en una pequeña tienda de dorayakis y terminó encontrando lectores a miles de kilómetros de Japón. Quizá ahí reside una de las razones por las que Dorayaki encaja con el espíritu del healing fiction. La novela no promete que el sufrimiento desaparezca. Propone detenerse, escuchar y prestar atención a aquello que suele pasar inadvertido. A veces, una receta, una conversación o un encuentro pueden ser suficientes para empezar a mirar de nuevo.
Hay novelas que su fuerza reside en las conversaciones entre personajes, en la descripción de una receta, un paisaje o una tienda de barrio, también en
Hay novelas que su fuerza reside en las conversaciones entre personajes, en la descripción de una receta, un paisaje o una tienda de barrio, también en la posibilidad de encontrar compañía en medio de una vida difícil. Ese es el territorio del healing fiction, una corriente literaria vinculada a la búsqueda de consuelo y que tiene uno de sus antecedentes en la cultura japonesa del iyashikei, el «tipo sanador».
En este contexto, Dorayaki (Editorial Chai, 2024), de Durian Sukegawa, ocupa un lugar particular. Publicada originalmente en Japón en 2013 con el título An, la novela cuenta la relación entre Sentaro, un joven que trabaja en una pequeña tienda de dorayakis, y Tokue, una mujer mayor que conoce los secretos de la pasta de judías azuki. Desde su publicación en España en 2024, la novela ha vendido más de 32.000 ejemplares en España. En 2026, Sukegawa visita además varias ciudades de la península para encontrarse con sus lectores y presentar su obra.
Lo que comienza como una relación laboral acaba convirtiéndose en un encuentro entre tres personas marcadas por la soledad, la exclusión y las heridas del pasado. La novela ofrece una experiencia cercana a lo que hoy entendemos como literatura sanadora, pero no lo hace desde la evasión. Bajo su atmósfera pausada aparecen cuestiones como la enfermedad, la discriminación, el estigma y la dignidad. Ahí está una de las claves de la obra de Sukegawa: el consuelo no consiste en borrar el dolor, sino en aprender a mirarlo de otra manera.
Healing fiction puede traducirse como «ficción sanadora» o «literatura de consuelo». No se trata de literatura terapéutica en sentido clínico, sino de una narrativa que busca generar en el lector una sensación de calma, acompañamiento o alivio emocional.
Su antecedente japonés más próximo es el iyashikei, un término relacionado con iyashi, que alude a la sanación, el alivio o el consuelo. En estas historias, el suspense y los grandes conflictos pierden protagonismo frente a la vida cotidiana, los vínculos humanos y una atención especial a los pequeños acontecimientos.

El healing fiction contemporáneo puede desarrollarse en cafeterías, librerías, restaurantes, pastelerías, pequeños comercios o pueblos. Sus protagonistas suelen atravesar un duelo, una ruptura, una crisis laboral, una enfermedad o una sensación de vacío. El relato no tiene por qué solucionar esas heridas. Lo que propone es otra manera de convivir con ellas mediante acciones como cocinar, leer, conversar, cuidar o dejarse ayudar.
Por eso, entre las características habituales del género aparecen los conflictos de baja intensidad, los ritmos pausados, los espacios cotidianos convertidos en refugios, los personajes que cargan con alguna forma de pérdida y las relaciones capaces de modificar su manera de entender el mundo. También es frecuente que la esperanza no sea absoluta. Sanar no implica que todo quede resuelto, sino que la vida vuelva a parecer habitable.
En ese sentido, el healing fiction se acerca a una novela de transformación íntima donde sus personajes no tienen necesariamente que conquistar nada.
En Dorayaki, Sentaro trabaja en una pequeña tienda de pasteles japoneses y lleva una existencia marcada por el aislamiento y un pasado problemático. La llegada de Tokue modifica poco a poco su rutina. Ella se ofrece a preparar la pasta de judías azuki y le enseña una manera diferente de relacionarse con el trabajo y con los ingredientes.
La cocina adquiere así una importancia que va más allá de la gastronomía. Tokue enseña a escuchar las judías, observar sus transformaciones y respetar los tiempos de preparación. Hacer un dorayaki requiere atención y paciencia. La receta se convierte, de este modo, en una forma de mirar aquello que normalmente pasa inadvertido.
A la relación entre Sentaro y Tokue se suma Wakana, una joven que frecuenta la tienda. Los tres forman una comunidad frágil construida a través de conversaciones, silencios y tareas compartidas. La tienda de dorayakis termina funcionando como un espacio de encuentro entre generaciones y como un refugio frente a la exclusión. Pero la novela no se limita a contar una historia amable sobre una pastelería. Bajo esa aparente sencillez aparece una herida histórica: el aislamiento y la estigmatización sufridos por las personas afectadas por la enfermedad de Hansen en Japón.
Ese elemento cambia la lectura del libro. Dorayaki no propone que la bondad pueda borrar el sufrimiento ni que una relación humana sea suficiente para reparar una injusticia. La novela plantea algo más complejo: escuchar a quienes han sido apartados y cuestionar las etiquetas con las que una sociedad decide quién puede formar parte de ella.
El propio Sukegawa ha explicado que la idea de escribir sobre la enfermedad de Hansen surgió en la década de 1990, cuando trabajaba como presentador de radio nocturno. La pregunta por el sentido de la vida y por el valor de existir incluso en circunstancias adversas está en el origen del proyecto. Esta dimensión social resulta fundamental para entender por qué Dorayaki puede relacionarse con el healing fiction. El consuelo que propone Sukegawa no procede de ignorar la herida, sino de crear un espacio desde el que pueda ser escuchada.
El éxito de la novela en España añade otra dimensión a esta lectura. Los más de 32.000 ejemplares vendidos desde su publicación en 2024, según datos de la editorial, muestran la recepción que ha tenido la historia entre los lectores españoles. En 2026, la visita de Sukegawa a varias ciudades de la península permite además trasladar ese vínculo de las páginas a los encuentros con sus lectores.
Hablar de Durian Sukegawa como precursor del healing fiction requiere una precisión. Dorayaki no fue escrita dentro de una categoría editorial anglosajona denominada healing fiction. La novela pertenece a una tradición japonesa anterior, relacionada con el iyashikei, la atención a lo cotidiano y una sensibilidad marcada por la contemplación y la melancolía.
Sin embargo, la novela reúne varios de los elementos que hoy asociamos con la ficción sanadora. Su escenario principal es una pequeña pastelería. Sus protagonistas llegan a la historia con heridas y encuentran una forma de reparación a través del vínculo. La comida funciona como lenguaje afectivo y como una manera de reconocer al otro.
Sukegawa incorpora además un elemento que evita que Dorayaki se convierta en una simple historia reconfortante. La novela está atravesada por una conciencia histórica sobre la discriminación y el estigma. La esperanza aparece después de enfrentarse a esa realidad, no como una forma de ocultarla.
La adaptación cinematográfica de Naomi Kawase, Una pastelería en Tokio, estrenada en 2015, contribuyó además a ampliar internacionalmente el alcance de la historia.
El interés actual por el healing fiction puede relacionarse con una necesidad reconocible: encontrar historias capaces de reducir el ruido cotidiano y ofrecer una pausa. Muchas novelas del género recurren a cafeterías, librerías, restaurantes o pequeños comercios como espacios donde los personajes pueden detenerse y establecer vínculos.
Pero literatura reconfortante y literatura evasiva no son necesariamente lo mismo. La diferencia está en la forma en que se construye ese consuelo. Una novela puede ofrecer una sensación de calma sin prometer una solución inmediata a los problemas de sus personajes.
Dorayaki funciona precisamente desde esa tensión. El lector puede entrar en la novela atraído por los dorayakis, los paisajes y la intimidad de la tienda, pero la historia termina planteando preguntas más difíciles: quién queda fuera de una comunidad, qué prejuicios heredamos, cómo reconocemos la dignidad de una persona y qué significa continuar viviendo cuando determinadas experiencias no pueden repararse.
Por eso, el posible efecto sanador de esta literatura no reside en proporcionar felicidad instantánea. Su propuesta es más limitada y, al mismo tiempo, más compleja: ofrecer tiempo, compañía y otra perspectiva desde la que el dolor deje de ocupar todo el campo de visión.
El healing fiction no cura en el sentido médico, su dimensión sanadora es metafórica y pertenece al territorio de la experiencia lectora. Puede ofrecer una pausa, una forma de compañía o una nueva perspectiva sobre situaciones que forman parte de la vida cotidiana.
Durian Sukegawa puede considerarse uno de sus precursores porque en Dorayaki convierte acciones pequeñas en posibilidades de transformación: preparar una receta, mantener una conversación, compartir un alimento o prestar atención a una persona que durante años ha sido ignorada.
La recepción de la novela en España muestran la continuidad del interés por una historia que empezó en una pequeña tienda de dorayakis y terminó encontrando lectores a miles de kilómetros de Japón. Quizá ahí reside una de las razones por las que Dorayaki encaja con el espíritu del healing fiction. La novela no promete que el sufrimiento desaparezca. Propone detenerse, escuchar y prestar atención a aquello que suele pasar inadvertido. A veces, una receta, una conversación o un encuentro pueden ser suficientes para empezar a mirar de nuevo.
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