Profesor Angel Dust, el rey de la noche de Barcelona que acabó en una prisión de Panamá: «Sigo pensando que fue un sueño, pero me perdí cinco años de la vida de mi hija»

«Recuerdo aquel momento como un caos hecho jirones y luz: el llanto de Keni, los gritos de mi hija, el trotar de las botas de policías que llegaban corriendo. Caigo de rodillas y me desmayo. Para cuando recobro el conocimiento, estoy esposado a las patas metálicas de un sillón largo. […] Mi vida entera se ha venido abajo».

 El DJ fue un referente de la noche catalana, le tendieron una trampa y le encerraron por tráfico de cocaína. Ahora cuenta su historia en ‘En el estómago de la bestia’  

«Recuerdo aquel momento como un caos hecho jirones y luz: el llanto de Keni, los gritos de mi hija, el trotar de las botas de policías que llegaban corriendo. Caigo de rodillas y me desmayo. Para cuando recobro el conocimiento, estoy esposado a las patas metálicas de un sillón largo. […] Mi vida entera se ha venido abajo».

Es 13 de septiembre de 2008, en el control del aeropuerto de Tocumen (Panamá), la policía detiene a un hombre y a su mujer, acompañados de su hija de dos años, forrados con bolsas de cocaína. Él es Ángel Francisco López Morán (Ciudad de México, 1963), uno de los reyes de la noche barcelonesa, DJ underground de referencia bajo el nombre de Profesor Angel Dust, creador de la fiesta Bongo Lounge y autor de la versión electrónica del Oye cómo va de Tito Puente popularizado por Santana, que suena en todas las discotecas. Tiene 45 años y sí, su vida acaba de venirse abajo.

«Sigo pensando que todo aquello fue un sueño, que es una película que nunca pasó, pero no, estuve cinco años allí encerrado, perdí cinco años de la vida de mi hija. La verdad que para escribir este libro he tenido que desempolvar algunos recuerdos que son como un infierno y que tenía enterrados para protegerme, pero al final ha sido una terapia», expone al otro lado de la pantalla, desde su casa de Barcelona, el músico. El libro al que se refiere es En el estómago de la bestia (Contra), una autobiografía que recorre la adolescencia en su México natal, su bautismo nocturno en las modernas discotecas de Toronto en los 80, sus incursiones en el post-punk oscuro, sus fiestas en Nueva York o Londres, su llegada a Barcelona a finales de los 90, su ascenso a DJ de referencia en la capital catalana durante la primera década del milenio, su cautiverio en prisiones panameñas y su regreso a la libertad al que siguió la muerte de sus padres.

En su adolescencia, Ángel leyó a los poetas malditos, a Dostoyevski, a Sade, a Burroughs y a Nietzsche; se empapó del cine de Buñuel, Pasolini o Tarkovski, y, sobre todo, dedicó sus ahorros a comprar vinilos que iban de Deep Purple a Mercedes Sosa, pasando por la Velvet, Bowie, Patti Smith o Led Zeppelin. Cuando se mudó a Toronto siguiendo a sus padres, encontró allí una escena post-punk y de club que también absorbió. Montó varias bandas, se enamoró, bailó al ritmo que marcaba Larry Levan en el Paradise Garage la noche en la que murió Andy Warhol y tuvo una experiencia turbulenta con Malcolm Mclaren –histórico productor de Sex Pistols– como agente. Y, juntando todo, construyó una identidad que rezumaba sus sesiones en los clubes de Barcelona, transitando por el funk, el hip-hop, la electrónica, el breakbeat y los ritmos latinos.

RICARDO MORENO

«Esos fueron años de libertad, hice todo lo que pude y quise. Y esa apertura la llevé también a los estilos de música que me sirvieron para formar mi personalidad como músico. Es inevitable sentir nostalgia porque esos años para mí realmente fueron mejores. Yo ahora noto mucha tensión, mucho miedo al otro, en aquel momento tenía esperanzas y añoro volver a aquellos años», detalla el DJ, que realmente explotó en Barcelona entre finales de los 90 y principios de los 2000. Allí participó en una de las primeras ediciones del festival Sónar (1996), pinchó en clubes como el Dot Light, Razzmatazz o el Toque BCN y fundó la fiesta Bongo Lounge en la sala La Paloma, que llegó a ser considerada una referencia a nivel europeo y en la que pasaron una noche Leonardo DiCaprio y Tobey Maguire. «Aquellos ambientes de música electrónica iban mucho más allá de las drogas, que las había, pero allí estábamos para celebrar, compartir y conectar con diversos artistas. Solo por eso ya mereció la pena vivirlo, ahora la cultura de club casi ha desaparecido. La gente baila muchísimo menos porque está preocupada de grabar todo con el móvil. Ya no hay cultura del entretenimiento ni de las discotecas».

En ese momento, Profesor Angel Dust pinchaba por toda España, en un crucero de 80 metros de eslora –Nightology Boat– y en clubes de Europa y América Latina. Cuando le ofrecieron organizar una fiesta en Panamá, dijo que sí, pero esta nunca se celebró. Su pareja y él se presentaron en el país centroamericano con su hija de dos años y las excusas iban haciendo pasar los días hasta que decidieron que iban a cobrar e irse sin hacer el trabajo. Cuando se acercaron a un hotel destartalado a por el dinero, se encontraron, según su relato, con dos hombres de origen nigeriano que les dieron datos de su familia, que les amenazaron de muerte y que les obligaron a cambiarse de ropa para esconder en su cuerpo, bajo una capa de papel film, varias bolsas con cocaína que alguien recogería en Barcelona. Llegaron con ellas al aeropuerto y lo que pasó es lo que se relata en el inicio de este texto.

RICARDO MORENO

«Siempre se habla de la pérdida de libertad, que es muy importante, pero nadie te habla de la pérdida de control. Pierdes hasta el control del tiempo y eso hace que pierdas por momentos el control también de tu mente», explica este DJ que pasó 1.803 días, del 13 de septiembre de 2008 al 21 de agosto de 2013, privado de libertad y pululando por prisiones panameñas: de La Joya al Centro de Rehabilitación El Renacer. En este último consiguió recuperar un viejo estudio de música en el que se dedicó a grabar la música que hacían él y algunos de los reclusos. «Yo no puedo entender la vida sin la música, es lo que me mantiene vivo. La música que hicimos allí fue una gran ayuda para pasar ese tiempo. La música ha sido mi forma de comunicarme, de canalizar mis emociones y de conectar con el resto del mundo. La música es imparable, puede con las limitaciones, con la censura… Y que sea algo que sale de tu interior es indescriptible».

Al llegar a Barcelona tras recuperar la libertad, la imagen que recuerda Ángel es la de su familia en el aeropuerto y la de su hija, Sienna, ya con siete años, corriendo hacia él. Solo unos meses después de su vuelta falleció su madre. Y, menos de un año después, también lo hizo su padre. «Ahí caí en una depresión que fue muy complicada. En algunos sitios me contrataban y luego me decían que no. El mundo había cambiado y en un momento me planteé buscar un trabajo paralelo porque ya tenía una edad y no podía volver a la experiencia de la pobreza. Pero retomé el contacto con la gente del Sónar y volví a hacer música». En la edición de 2014 del festival pinchó en su sesión de noche y desde ahí volvió a retomar su carrera. Ahora su carrera se centra en producir. Ahí sigue la música.

En aquel viaje de Panamá estaba su hija con dos años. ¿Cuánto ha pensado en ella al escribir esta historia? ¿Y ha tenido miedo de que no le entienda?
Mi hija es una mujer de 18 años, no tengo ningún miedo de que conozca lo que ha sido mi vida. Yo a ella no tengo nada que ocultarle.

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