Hay una leyenda conocida como el Edicto de Valerio, del siglo IV, atribuida al emperador romano de idéntico nombre, que decía que cuando uno tenía dudas sobre dos presuntos culpables, siempre se había de condenar al más feo. Esta idea la ratificó —blanco sobre negro— el médico italiano Cesare Lombroso, ya en el siglo XIX, en su libro L’uomo delinquente, donde defendía que a los asesinos se les reconocía por el rostro. Lombroso parte de la premisa de que los criminales presentan rasgos físicos atávicos que reflejarían una degeneración biológica. O sea, que si eras feo, lo tenías jodido. Y no es broma: en 1867, San Francisco fue una de las primeras ciudades estadounidenses en aplicar las conocidas como «Ugly Laws», leyes que permitían directamente que las personas que no reunieran ciertos requisitos estéticos tuvieran prohibido caminar libremente por las calles.
Pero algo pasó a mediados de los años cincuenta, gracias al personaje de Thomas Ripley, protagonista de una serie de novelas de la escritora Patricia Highsmith, cuya primera aparición se produce en 1955, en la novela El talento de Mr. Ripley, y que celebraría en la pantalla Anthony Minghella en su adaptación de 1999, con el rostro encantador y bondadoso de Matt Damon. Diríamos que es a partir de este momento cuando se produce el cortocircuito y el sentir contemporáneo vuelve a la idea platónica del bien como verdad y belleza; con un matiz: en la antigüedad se entendía la belleza en términos holísticos, uniendo lo estético, lo moral y lo ontológico; esto es, la belleza exterior iba siempre de la mano de la excelencia moral y heroica. Nobleza y hermosura iban de la mano.
A partir de los años sesenta, no obstante, se aceleró una tendencia que eclosiona en la actualidad y que se basa en considerar la belleza como algo meramente fotogénico: se trata hoy de un valor efímero y, por sobre todo, superficial. Ello nos sirve para entender el cambio de actitud de nuestra sociedad hacia los asesinos contemporáneos (una aceleración que hoy tiene su apogeo en —y gracias a— los entornos digitales), y de estatus: nos importa menos lo que han hecho estas personas que cómo se ven. Dicho de otra manera: son más razonables unos abdominales bien esculpidos y una pinta de surfero (pensad en Daniel Sancho) que el asesinato y descuartizamiento de un hombre (la pareja de Sancho, Edwin Arrieta, de quien parece que ya nos hayamos olvidado).
Esto se conoce como el efecto halo, y ya ayudó a definirlo el filósofo David Hume al considerar que nuestras percepciones estéticas son bastante capaces —y lo hacen de seguido— de nublarnos el juicio. En suma: que percibimos a los guapos como mejores personas que los feos. Vemos a Daniel Sancho (o a Luigi Mangione, de quien nos ocuparemos más adelante) y somos incapaces de adherir a esos rostros angelicales y buenos ninguna actitud deshonesta, criminal, pérfida o maligna. Son criaturas adorables, pensamos (porque eso es lo que nos dice nuestro cerebro —liberando oxitocina— al interpretar la armonía de sus facciones).
Hibristofilia y ceguera moral
Se le conoce como el síndrome de Bonnie & Clyde, pero no es más que una parafilia sexual que se caracteriza por la atracción romántica o sexual hacia las personas criminales. Lo sufren fundamentalmente mujeres que creen en un amor redentor, maternal y salvador y que suelen presentar bastante baja autoestima (aunque uno de sus primeros notables sufridores fue el escritor Truman Capote durante la escritura de A sangre fría). Se trata, sin más, de la extensión salvaje de la clásica atracción por el malote de instituto, con la moto ruidosa, el pitillo humeante, los tatuajes y la chupa de cuero, solo que en este caso el malote está entre rejas y su conducta sube de nivel y ya no se ajusta exclusivamente al desdén o algún bofetón pasajero, sino que sus manos tienden a estar manchadas de sangre o a haber cometido delitos realmente graves (sí, aunque suene paradójico, las mujeres se enamoran de violadores y feminicidas).
Comenzó en el mundo anglosajón en los años setenta ese rollo de ser groupie de un convicto (como extensión, también, del delirio por las estrellas del rock), a quienes las mujeres (mayoritariamente) les mandaban propuestas de matrimonio, regalos y/o fotos subiditas de tono (o con poquita ropa), y ha encontrado su espacio contemporáneo en TikTok, con influencers como Miranda Lapkin o Amaya Jones, contando todo el proceso de cortejo en sus cuentas. La diferencia con las cartas en papel que se mandaban el siglo pasado, por correo postal, tiene que ver con los espacios digitales, ya que estos intercambios comienzan ahora en una web llamada writeaprisoner.com, creada por Adam Lovell (un exguarda de seguridad); una web pensada para que los presos pudieran tener un contacto con el exterior, en aras de su potencial resocialización, pero que, de facto, ha acabado convirtiéndose en una suerte de Tinder de los malotes.
El —inesperado— fenómeno Luigi Mangione
Lo confiesa Francesc Soler, el autor del libro Los asesinos guapos (Al Revés), entonando también el mea culpa, que «el fenómeno Luigi (Mangione) también nos pilló a todos por sorpresa. Nadie podía prever que tras su detención, el 9 de diciembre de 2024, la conversación mediática y social no giraría en torno a la muerte del CEO de UnitedHealthcare ni tan siquiera reabriría el eterno debate sobre el fácil acceso a las armas de fuego en los Estados Unidos. Pero el debate tampoco se centraría en el papel de las grandes corporaciones médicas, imagino que por disgusto de nuestro Luigi. No. Ni lo uno ni lo otro», afirma. Y añade: «todos nos entregamos a una enloquecida celebración de la belleza del asesino en nuestras redes sociales, en los chats que compartimos con amigos, en nuestras conversaciones de bar». Y los medios de comunicación de medio mundo, por no decir del mundo entero, analizando este fenómeno imprevisible, se sumaron a la fiesta.
Y es que aquí está el gran cambio actual: Mangione, más que un asesino, parece una estrella hollywoodiense interpretando a un asesino. Y aquí está la clave de todo: en la romantización contemporánea de los asesinos en serie, por parte de una sociedad frívola e infantil (bien sean reales o de ficción). Y aquí es difícil dirimir culpas: ¿la tienen los directores de casting que exigen actores —guapos— con tirón entre el público para asegurar el éxito económico del proyecto, la tienen las productoras audiovisuales que exigen márgenes provechosos o la tiene el público que secunda dichas propuestas yendo a las pantallas de cine, comprando los libros de tóxicos romances tórridos con criminales o quien no para de darle al play a estos productos en las diversas plataformas de streaming?
La paradoja del caso que nos ocupa, a diferencia de otros asesinos previos, y como apuntaba arriba Soler, es que Luigi Mangione quiso que su acto, el disparo contra Brian Thompson, director general de la empresa UnitedHealthcare, se percibiera como un acto político, como una manifestación de la ira popular contra las pérfidas aseguradoras de salud privadas, pero cuenta Francesc Soler que «me apuesto lo que quieras a que ni se le pasó por la cabeza que su belleza acabaría eclipsando su discurso político». Y resulta curioso, porque Mangione había trabajado escrupulosamente la narrativa de su historia (en las balas había escrito las palabras «retrasar», «negar» y «defender», en clara alusión al libro del académico emérito Jay M. Feinmann, de 2010, donde ponía luz sobre los tejemanejes de las compañías de seguros para desestimar las reclamaciones de sus clientes) y, asimismo, había preparado con esmero el asesinato (hasta el punto de llevar consigo en el momento de su detención un cuaderno con su manifiesto) y, sin embargo, a todo el mundo le dio absolutamente igual.
Luigi Mangione quería ser visto como un héroe anónimo, un defensor de las causas justas. Pero fijémonos en la paradoja: Mangione viene de una familia acomodada y respetada de Baltimore, se graduó con excelentes calificaciones en la prestigiosa Escuela Gilman, luego pasó por la Universidad de Pensilvania, donde estudió informática e ingeniería eléctrica y acabó trabajando como ingeniero de software en California. En definitiva: que para un chaval como este, de veintiséis años de edad cuando fue detenido, lo de la movida de la sanidad en Estados Unidos no es que fuera un problema vital. ¿O sí? Porque hay un detalle que se pasa por alto: Mangione sufría una lesión severa de espalda, una «desalineación vertebral» que le provocaba un dolor crónico y por la que se tuvo que someter, en 2023, a una operación de cirugía de fusión espinal. Desde entonces se recluyó y comenzó paulatinamente a perder el contacto con amigos y familiares. Lo que nos lleva a preguntarnos lo siguiente: ¿y si toda la paparrucha de la lucha social viniese exclusivamente de la pura rabia individualista y no fuera más que una excusa?
El príncipe de los asesinos guapos
Guapo, blanco y rico: ahí lo tenéis.
Tan pronto fue detenido, la fascinación que produjo este chaval fue absolutamente desmedida y se desató lo que se conoce como la mangionemanía: enseguida se convirtió en carne de meme, en reclamo publicitario; TikTok se llenó de vídeos —convenientemente censurados por la plataforma— de adolescentes cantando canciones donde se celebrara su crimen, gente haciendo tartas de cumpleaños con su rostro, merchandising casero (ilustraciones, punto de cruz) e incluso en el periódico estudiantil Independent Florida Alligator, de la Universidad de Florida (USA), se convocó un concurso de dobles de Mangione. Más de un año después de su encarcelamiento, el crowdfunding abierto para financiar su defensa ha recaudado más de un millón y medio de dólares. Internet anda lleno del hashtag #FreeLuigi (a imitación de Britney Spears) y todos los grandes medios lo sacaron en sus tertulias y programas (incluso se coló en la edición inglesa de Vogue).
Es bien sabido que el mito de los asesinos guapos —y deseables— no ha nacido con Luigi Mangione (ahí tenemos a Ted Bundy, Richard Ramírez, los hermanos Lyle y Erik Menéndez o el anteriormente mencionado y representante patrio del elenco, Daniel Sancho), pero opina Francesc Soler que Mangione es, casi al estilo hegeliano, una síntesis y una mejora de todos sus predecesores. Recoge lo más destacado de todos ellos (en términos de lo que el público acepta como bueno, ojo, no se alboroten) y además conecta con el origen: es un Adonis.
La pornificación de los asesinos en serie pasa justo por este punto: por la cosificación del ser con volición, que se convierte en un mero objeto. Luigi Mangione es lo que es por —y gracias a— las redes sociales; sin ellas, su santificación laica hubiera sido imposible. El también colaborador de este periódico, Galo Abrain, lo describió —jocosa, irónica y barrocamente— en su momento de la siguiente manera: «[Luigi Mangione] posee auténticos gibraltares de músculos. Empedrados hombros de culturista que sostienen un torso cincelado en sudorosas sesiones de abdominales. Pezones diamantinos, encogidos a fuerza de burpees, carean sus periferias con unos bíceps helénicos, fibrosos, propios de un miembro de El club de la lucha. Esos pómulos de bola de billar. Esas gruesas cejas como pelícanos planeando sobre dos ojos igual que agujeros negros. La boca viscoelástica, de acolchados labios, haciendo de alfombra a una insolente nariz Depardieu. El cuerpo lo tiene todo para hacer sentir a cualquier macho horriblemente desamparado».
Hay una leyenda conocida como el Edicto de Valerio, del siglo IV, atribuida al emperador romano de idéntico nombre, que decía que cuando uno tenía dudas
Hay una leyenda conocida como el Edicto de Valerio, del siglo IV, atribuida al emperador romano de idéntico nombre, que decía que cuando uno tenía dudas sobre dos presuntos culpables, siempre se había de condenar al más feo. Esta idea la ratificó —blanco sobre negro— el médico italiano Cesare Lombroso, ya en el siglo XIX, en su libro L’uomo delinquente, donde defendía que a los asesinos se les reconocía por el rostro. Lombroso parte de la premisa de que los criminales presentan rasgos físicos atávicos que reflejarían una degeneración biológica. O sea, que si eras feo, lo tenías jodido. Y no es broma: en 1867, San Francisco fue una de las primeras ciudades estadounidenses en aplicar las conocidas como «Ugly Laws», leyes que permitían directamente que las personas que no reunieran ciertos requisitos estéticos tuvieran prohibido caminar libremente por las calles.
Pero algo pasó a mediados de los años cincuenta, gracias al personaje de Thomas Ripley, protagonista de una serie de novelas de la escritora Patricia Highsmith, cuya primera aparición se produce en 1955, en la novela El talento de Mr. Ripley, y que celebraría en la pantalla Anthony Minghella en su adaptación de 1999, con el rostro encantador y bondadoso de Matt Damon. Diríamos que es a partir de este momento cuando se produce el cortocircuito y el sentir contemporáneo vuelve a la idea platónica del bien como verdad y belleza; con un matiz: en la antigüedad se entendía la belleza en términos holísticos, uniendo lo estético, lo moral y lo ontológico; esto es, la belleza exterior iba siempre de la mano de la excelencia moral y heroica. Nobleza y hermosura iban de la mano.
A partir de los años sesenta, no obstante, se aceleró una tendencia que eclosiona en la actualidad y que se basa en considerar la belleza como algo meramente fotogénico: se trata hoy de un valor efímero y, por sobre todo, superficial. Ello nos sirve para entender el cambio de actitud de nuestra sociedad hacia los asesinos contemporáneos (una aceleración que hoy tiene su apogeo en —y gracias a— los entornos digitales), y de estatus: nos importa menos lo que han hecho estas personas que cómo se ven. Dicho de otra manera: son más razonables unos abdominales bien esculpidos y una pinta de surfero (pensad en Daniel Sancho) que el asesinato y descuartizamiento de un hombre (la pareja de Sancho, Edwin Arrieta, de quien parece que ya nos hayamos olvidado).
Esto se conoce como el efecto halo, y ya ayudó a definirlo el filósofo David Hume al considerar que nuestras percepciones estéticas son bastante capaces —y lo hacen de seguido— de nublarnos el juicio. En suma: que percibimos a los guapos como mejores personas que los feos. Vemos a Daniel Sancho (o a Luigi Mangione, de quien nos ocuparemos más adelante) y somos incapaces de adherir a esos rostros angelicales y buenos ninguna actitud deshonesta, criminal, pérfida o maligna. Son criaturas adorables, pensamos (porque eso es lo que nos dice nuestro cerebro —liberando oxitocina— al interpretar la armonía de sus facciones).
Se le conoce como el síndrome de Bonnie & Clyde, pero no es más que una parafilia sexual que se caracteriza por la atracción romántica o sexual hacia las personas criminales. Lo sufren fundamentalmente mujeres que creen en un amor redentor, maternal y salvador y que suelen presentar bastante baja autoestima (aunque uno de sus primeros notables sufridores fue el escritor Truman Capote durante la escritura de A sangre fría). Se trata, sin más, de la extensión salvaje de la clásica atracción por el malote de instituto, con la moto ruidosa, el pitillo humeante, los tatuajes y la chupa de cuero, solo que en este caso el malote está entre rejas y su conducta sube de nivel y ya no se ajusta exclusivamente al desdén o algún bofetón pasajero, sino que sus manos tienden a estar manchadas de sangre o a haber cometido delitos realmente graves (sí, aunque suene paradójico, las mujeres se enamoran de violadores y feminicidas).
Comenzó en el mundo anglosajón en los años setenta ese rollo de ser groupie de un convicto (como extensión, también, del delirio por las estrellas del rock), a quienes las mujeres (mayoritariamente) les mandaban propuestas de matrimonio, regalos y/o fotos subiditas de tono (o con poquita ropa), y ha encontrado su espacio contemporáneo en TikTok, con influencers como Miranda Lapkin o Amaya Jones, contando todo el proceso de cortejo en sus cuentas. La diferencia con las cartas en papel que se mandaban el siglo pasado, por correo postal, tiene que ver con los espacios digitales, ya que estos intercambios comienzan ahora en una web llamada writeaprisoner.com, creada por Adam Lovell (un exguarda de seguridad); una web pensada para que los presos pudieran tener un contacto con el exterior, en aras de su potencial resocialización, pero que, de facto, ha acabado convirtiéndose en una suerte de Tinder de los malotes.
Lo confiesa Francesc Soler, el autor del libro Los asesinos guapos (Al Revés), entonando también el mea culpa, que «el fenómeno Luigi (Mangione) también nos pilló a todos por sorpresa. Nadie podía prever que tras su detención, el 9 de diciembre de 2024, la conversación mediática y social no giraría en torno a la muerte del CEO de UnitedHealthcare ni tan siquiera reabriría el eterno debate sobre el fácil acceso a las armas de fuego en los Estados Unidos. Pero el debate tampoco se centraría en el papel de las grandes corporaciones médicas, imagino que por disgusto de nuestro Luigi. No. Ni lo uno ni lo otro», afirma. Y añade: «todos nos entregamos a una enloquecida celebración de la belleza del asesino en nuestras redes sociales, en los chats que compartimos con amigos, en nuestras conversaciones de bar». Y los medios de comunicación de medio mundo, por no decir del mundo entero, analizando este fenómeno imprevisible, se sumaron a la fiesta.
Y es que aquí está el gran cambio actual: Mangione, más que un asesino, parece una estrella hollywoodiense interpretando a un asesino. Y aquí está la clave de todo: en la romantización contemporánea de los asesinos en serie, por parte de una sociedad frívola e infantil (bien sean reales o de ficción). Y aquí es difícil dirimir culpas: ¿la tienen los directores de casting que exigen actores —guapos— con tirón entre el público para asegurar el éxito económico del proyecto, la tienen las productoras audiovisuales que exigen márgenes provechosos o la tiene el público que secunda dichas propuestas yendo a las pantallas de cine, comprando los libros de tóxicos romances tórridos con criminales o quien no para de darle al play a estos productos en las diversas plataformas de streaming?
La paradoja del caso que nos ocupa, a diferencia de otros asesinos previos, y como apuntaba arriba Soler, es que Luigi Mangione quiso que su acto, el disparo contra Brian Thompson, director general de la empresa UnitedHealthcare, se percibiera como un acto político, como una manifestación de la ira popular contra las pérfidas aseguradoras de salud privadas, pero cuenta Francesc Soler que «me apuesto lo que quieras a que ni se le pasó por la cabeza que su belleza acabaría eclipsando su discurso político». Y resulta curioso, porque Mangione había trabajado escrupulosamente la narrativa de su historia (en las balas había escrito las palabras «retrasar», «negar» y «defender», en clara alusión al libro del académico emérito Jay M. Feinmann, de 2010, donde ponía luz sobre los tejemanejes de las compañías de seguros para desestimar las reclamaciones de sus clientes) y, asimismo, había preparado con esmero el asesinato (hasta el punto de llevar consigo en el momento de su detención un cuaderno con su manifiesto) y, sin embargo, a todo el mundo le dio absolutamente igual.
Luigi Mangione quería ser visto como un héroe anónimo, un defensor de las causas justas. Pero fijémonos en la paradoja: Mangione viene de una familia acomodada y respetada de Baltimore, se graduó con excelentes calificaciones en la prestigiosa Escuela Gilman, luego pasó por la Universidad de Pensilvania, donde estudió informática e ingeniería eléctrica y acabó trabajando como ingeniero de software en California. En definitiva: que para un chaval como este, de veintiséis años de edad cuando fue detenido, lo de la movida de la sanidad en Estados Unidos no es que fuera un problema vital. ¿O sí? Porque hay un detalle que se pasa por alto: Mangione sufría una lesión severa de espalda, una «desalineación vertebral» que le provocaba un dolor crónico y por la que se tuvo que someter, en 2023, a una operación de cirugía de fusión espinal. Desde entonces se recluyó y comenzó paulatinamente a perder el contacto con amigos y familiares. Lo que nos lleva a preguntarnos lo siguiente: ¿y si toda la paparrucha de la lucha social viniese exclusivamente de la pura rabia individualista y no fuera más que una excusa?
Guapo, blanco y rico: ahí lo tenéis.
Tan pronto fue detenido, la fascinación que produjo este chaval fue absolutamente desmedida y se desató lo que se conoce como la mangionemanía: enseguida se convirtió en carne de meme, en reclamo publicitario; TikTok se llenó de vídeos —convenientemente censurados por la plataforma— de adolescentes cantando canciones donde se celebrara su crimen, gente haciendo tartas de cumpleaños con su rostro, merchandising casero (ilustraciones, punto de cruz) e incluso en el periódico estudiantil Independent Florida Alligator, de la Universidad de Florida (USA), se convocó un concurso de dobles de Mangione. Más de un año después de su encarcelamiento, el crowdfunding abierto para financiar su defensa ha recaudado más de un millón y medio de dólares. Internet anda lleno del hashtag #FreeLuigi (a imitación de Britney Spears) y todos los grandes medios lo sacaron en sus tertulias y programas (incluso se coló en la edición inglesa de Vogue).
Es bien sabido que el mito de los asesinos guapos —y deseables— no ha nacido con Luigi Mangione (ahí tenemos a Ted Bundy, Richard Ramírez, los hermanos Lyle y Erik Menéndez o el anteriormente mencionado y representante patrio del elenco, Daniel Sancho), pero opina Francesc Soler que Mangione es, casi al estilo hegeliano, una síntesis y una mejora de todos sus predecesores. Recoge lo más destacado de todos ellos (en términos de lo que el público acepta como bueno, ojo, no se alboroten) y además conecta con el origen: es un Adonis.
La pornificación de los asesinos en serie pasa justo por este punto: por la cosificación del ser con volición, que se convierte en un mero objeto. Luigi Mangione es lo que es por —y gracias a— las redes sociales; sin ellas, su santificación laica hubiera sido imposible. El también colaborador de este periódico, Galo Abrain, lo describió —jocosa, irónica y barrocamente— en su momento de la siguiente manera: «[Luigi Mangione] posee auténticos gibraltares de músculos. Empedrados hombros de culturista que sostienen un torso cincelado en sudorosas sesiones de abdominales. Pezones diamantinos, encogidos a fuerza de burpees, carean sus periferias con unos bíceps helénicos, fibrosos, propios de un miembro de El club de la lucha. Esos pómulos de bola de billar. Esas gruesas cejas como pelícanos planeando sobre dos ojos igual que agujeros negros. La boca viscoelástica, de acolchados labios, haciendo de alfombra a una insolente nariz Depardieu. El cuerpo lo tiene todo para hacer sentir a cualquier macho horriblemente desamparado».
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