Hasta el 19 de julio se puede visitar en el Museo López-Villaseñor de Ciudad Real una muestra de óleos y acuarelas de Pepe Carretero (Tomelloso, 1962) bajo el título de Alrededor de un jardín. Es una ocasión inmejorable de ir a Ciudad Real para visitar la exposición y aprovechar además el viaje para conocer el magnífico museo dedicado al pintor ciudadrealeño Manuel López-Villaseñor, instalado en la que fuera la casa-palacio de Hernán Pérez del Pulgar, y otras instituciones de la ciudad, que albergan obras plásticas de interés.
A propósito de la pintura de Pepe Carretero, me he acordado de lo que dice el filósofo francés Michel Onfray. Según este, hay dos clases de filósofos: los que su obra no da lugar a ninguna confidencia autobiográfica y los que se basan en su propia vida y extraen lecciones de esta. Si esto mismo se pudiera decir de los pintores (y lo creo firmemente), su obra se podría adscribir con total propiedad, y con un celo militante, a la segunda clase, porque todo lo que su obra viene desarrollando, desde sus comienzos hasta hoy, a lo largo de cuatro décadas, conformaría una autobiografía pictórica. Con el paso del tiempo y una creciente madurez artística y (me atrevo a decir) personal, el pintor ha ido extrayendo lecciones de vida, como le gusta defender a Onfray, que Carretero transfiere plásticamente a sus cuadros.
El autobiografismo de Carretero no se corresponde con la idea de la autobiografía entendida como una crónica realista ni fotográfica. Cabría matizar que bascula más hacia la autoficción, en la medida en que se trata de una figuración que se sirve libremente de la imaginación para enriquecer lo real con lo que la memoria aporta a la pintura. En muchos cuadros, Carretero se ayuda de fotografías para la composición, pero solo como punto de partida. Después, el trabajo creativo va más allá del referente fotográfico, para revelar la otra cara de lo real, su enigma y su misterio, justamente aquello que la realidad nunca muestra directamente.
El resultado podría entenderse (especialmente en la década de los noventa, pero todavía ahora) que comporta características ambiguas, surrealistas, caóticas, oníricas o realmaravillosas, al incorporar elementos y motivos irreales a la narración que representa el cuadro, y superar la mera crónica o el realismo chato. A esto cabe añadir su personalísima técnica figurativa que no reproduce la realidad, sino que la radiografía, sometiéndola a un procedimiento desrealizador que descompone y fractura las figuras, al tiempo que utiliza una variada paleta de color, predominantemente pastel, que las vuelve enigmáticas y misteriosas.
La muestra que presenta en Ciudad Real, continuación de la que presentase hace unos meses en el Real Jardín Botánico de Madrid, confirma un giro temático y existencial del pintor, que ya estaba esbozado en sus personalísimos y eclécticos bodegones. Trataré de explicarlo. Carretero es, como digo, un pintor de temática autobiográfica, un pintor original en sus planteamientos y en pleno dominio de una técnica igualmente personal, que se adscribe a una nueva figuración, a caballo de la tradición clásica y al más puro y exigente arte pop. Ambas corrientes o líneas de fuerza de su pintura hunden sus raíces y buscan en la belleza la verdad de sí mismo, en su experiencia personal y familiar, en su infancia y juventud, en las casas y espacios habitados, en los que el cuerpo tiene siempre un papel protagonista. Esto mismo se podría decir de su poesía; léase, por ejemplo, su último poemario, La vida abierta, que es una demostración literaria de esto mismo.
Cuerpo y jardín
He escuchado explicar públicamente a Carretero cómo nace su pintura, cuál es la génesis de esta, en la que, a su juicio, el pintor no inventa, sino que transforma en forma y color lo vivido. La pintura, viene a decir Carretero, surge del cuerpo, de sus extensiones sensoriales y terminaciones nerviosas, o sea del roce, de la caricia o del choque que el cuerpo sostiene con lo real. Luego pasa por la mente que racionaliza, selecciona y depura las sensaciones, pero es finalmente el cuerpo el que pinta, porque son los ojos y las manos los que ejecutan la pintura. Todo esto no es importante, ni siquiera como excurso erudito o académico, sino como explicación necesaria para comprender la razón de la obra y los mecanismos creativos que la producen. En los cuadros de Carretero contemplamos el final del proceso, pero subyacen allí todas las tensiones y contradicciones que el cuerpo no acaba de resolver.
Cada óleo es una suerte de confesión de la conmoción física o mental sufrida por el cuerpo ante la belleza o el horror que, a partes iguales, la vida provee, en la vigilia y el sueño, de forma realista e imaginaria, todo junto y al mismo tiempo. El cuerpo del pintor se muestra en la intimidad de todas sus relaciones, en sus reuniones familiares, junto a amigos y amantes. Pienso que, en estas representaciones artísticas, le mueve o le dirige el afán de crear belleza. También le estimula la idea de enriquecer la realidad mostrando aquello que solo el arte es capaz de mostrar, porque no está al alcance de la mirada adocenada, pero creo que sobre todo busca construir un espacio de libertad para el autoconocimiento, en el que bordea muchas veces el abismo o se atreve a expresar la verdad, «su verdad». Es el cuerpo el que busca, conoce, se despista, se pierde o se encuentra. Es el cuerpo tenso o deseante del adulto, el del desvalido y frágil del niño, al que evoca en el colegio, o el del adolescente que duda o vacila, porque no sabía de qué lado caía su deseo.
Así ha sido, en general, la pintura de Carretero en sus muestras precedentes. Los que conozcan sus exposiciones últimas de Jerez o Almería saben de lo que hablo e identifican en dichos cuadros, espero, lo que digo. La sorpresa o novedad de la exposición que comento es grande, porque, en Alrededor de un jardín, desaparece la presencia del cuerpo y podríamos pensar que Carretero ha dejado lo autobiográfico. Error. Es una falsa apariencia, porque en este jardín cerrado e íntimo, en el que la presencia del pintor desaparece o se borra, para refugiarse en la plenitud del jardín y recoger los frutos que encierra, el cuerpo estaría ausente, pero gozosamente presente en la voluptuosidad del jardín. En definitiva, Carretero ha recobrado el paraíso perdido en el jardín, y este le devuelve a la quietud y gracia añoradas.
En la exposición que comento, se puede seguir y apreciar con claridad que Carretero construye con originalidad su propio jardín, y lo llena con todos sus frutos, los de belleza sublime junto a los más humildes. Reencontramos en la muestra, ahora aplicado a la naturaleza del jardín, lo que es habitual en su pintura: un dominio absoluto del dibujo y de la perspectiva, junto al ya destacado acierto en la utilización de la escala cromática en óleos y en las acuarelas. Destacan en la exposición los bodegones y vanitas: un género humilde, pero lleno de posibilidades, que ha incurrido muchas veces en la reiteración. Carretero escapa al amaneramiento adocenado y nos provee de numerosos ejemplos de temas imprevistos e innovadores.
Equilibrio y calma
El jardín ha sido y es en todas las culturas un espacio simbólico, fuertemente codificado y significativo, del que nuestro pintor extrae sus personales conclusiones. Desde el Génesis a nuestros días, en que los jardines posmodernos parecen, a veces, de plástico, pasando por los patios de las casas romanas y árabes o por los claustros clericales, el jardín, como símbolo del paraíso perdido y centro del cosmos, representa también los estados espirituales de plenitud y felicidad que nos es dado disfrutar en pequeñas dosis, siempre fugaces e inciertas. El lastre de la pérdida del paraíso terrenal lo arrastramos como una condena irredimible. Lo único malo del jardín es que nos obliga a recordar que perdimos el Edén por nuestra culpa… Un peso judeocristiano que la conciencia de Carretero se quiere quitar de encima en esta exposición, aunque sea a través y gracias a la pintura.
Cuenta san Agustín en sus Confesiones que, después de su conocida vida de desenfreno y de gozos pecaminosos, estando un día al pie de una higuera en un huerto (o jardín) cercano a Milán (imaginemos un locus amoenus a la manera clásica), fue visitado por la gracia: una voz que cantando decía tolle, lege («toma y lee»). La manifestación le produjo tal conmoción, que un torrente de lágrimas y gritos salieron de lo más profundo de su alma (entiéndase cuerpo). A esta epifanía le seguiría su conversión al cristianismo.
Sin querer forzar la comparación, pero atestiguando cierto paralelismo, me atrevo a sugerir que Carretero ha encontrado Alrededor de un jardín el equilibrio y la calma, la isla de silencio y la gracia que le alejan de las tensiones y tentaciones, de los peligros y las inquinas. Esta exposición responde a otras motivaciones distintas a las que nos tenía acostumbrados, cumple una diferente función para el artista y para el espectador: establece un nuevo orden pictórico e íntimo, en el que lo más destacado es la renuncia al yo o la neutralización del ego para convertir cada uno de los cuadros que contemplamos en una ofrenda a un dios impersonal y desconocido.
La neutralización del ego tendría el peligro de convertir la creación pictórica en un producto artesanal, inferior al de los artesanos. No sucede aquí, porque el imperativo creativo personalísimo de Carretero prevalece en la muestra. El ego ha dejado de ser visible, pero no quiere decir que desaparezca. Está presente en el genio creativo característico de sus formas y colores.
Consuelo
El pintor abjura de los deseos y tentaciones mundanas y se abraza a lo material y auténtico que hay en la naturaleza del jardín, en su recoleto y acotado espacio, protegido de las asechanzas externas. Ese jardín da también la paz a los espectadores que necesitan cuidar su propio cuerpo estragado por la desazón, la enfermedad y la muerte de seres queridos. La pintura de Carretero nos consuela de manera artística.
Insisto: les sugiero que vayan a Ciudad Real, que visiten y disfruten de la exposición de Carretero y de su jardín íntimo, pero aprovechen para conocer el museo de López-Villaseñor, uno de los pintores más personales, interesantes y versátiles pictóricamente de la segunda mitad del siglo pasado. De allí a 200 metros escasos, tras atravesar la glorieta de El Prado, salten al cercano Museo de Ciudad Real, y unos metros más allá, pocos, visiten el magnífico edificio del Palacio de la Diputación Provincial, que alberga los frescos, óleos y dibujos de otro pintor destacado de la ciudad, Ángel Andrade. No olviden visitar el monumental mural del Salón de Plenos, cima del arte de Villaseñor. Así tendrán una idea más completa y, tal vez, una explicación plástica de por qué en la seca y solitaria Mancha ciudadrealeña han sido posibles pintores de la talla de Antonio López García y de los que aquí son destacados.
Hasta el 19 de julio se puede visitar en el Museo López-Villaseñor de Ciudad Real una muestra de óleos y acuarelas de Pepe Carretero (Tomelloso, 1962)
Hasta el 19 de julio se puede visitar en el Museo López-Villaseñor de Ciudad Real una muestra de óleos y acuarelas de Pepe Carretero (Tomelloso, 1962) bajo el título de Alrededor de un jardín. Es una ocasión inmejorable de ir a Ciudad Real para visitar la exposición y aprovechar además el viaje para conocer el magnífico museo dedicado al pintor ciudadrealeño Manuel López-Villaseñor, instalado en la que fuera la casa-palacio de Hernán Pérez del Pulgar, y otras instituciones de la ciudad, que albergan obras plásticas de interés.
A propósito de la pintura de Pepe Carretero, me he acordado de lo que dice el filósofo francés Michel Onfray. Según este, hay dos clases de filósofos: los que su obra no da lugar a ninguna confidencia autobiográfica y los que se basan en su propia vida y extraen lecciones de esta. Si esto mismo se pudiera decir de los pintores (y lo creo firmemente), su obra se podría adscribir con total propiedad, y con un celo militante, a la segunda clase, porque todo lo que su obra viene desarrollando, desde sus comienzos hasta hoy, a lo largo de cuatro décadas, conformaría una autobiografía pictórica. Con el paso del tiempo y una creciente madurez artística y (me atrevo a decir) personal, el pintor ha ido extrayendo lecciones de vida, como le gusta defender a Onfray, que Carretero transfiere plásticamente a sus cuadros.
El autobiografismo de Carretero no se corresponde con la idea de la autobiografía entendida como una crónica realista ni fotográfica. Cabría matizar que bascula más hacia la autoficción, en la medida en que se trata de una figuración que se sirve libremente de la imaginación para enriquecer lo real con lo que la memoria aporta a la pintura. En muchos cuadros, Carretero se ayuda de fotografías para la composición, pero solo como punto de partida. Después, el trabajo creativo va más allá del referente fotográfico, para revelar la otra cara de lo real, su enigma y su misterio, justamente aquello que la realidad nunca muestra directamente.
El resultado podría entenderse (especialmente en la década de los noventa, pero todavía ahora) que comporta características ambiguas, surrealistas, caóticas, oníricas o realmaravillosas, al incorporar elementos y motivos irreales a la narración que representa el cuadro, y superar la mera crónica o el realismo chato. A esto cabe añadir su personalísima técnica figurativa que no reproduce la realidad, sino que la radiografía, sometiéndola a un procedimiento desrealizador que descompone y fractura las figuras, al tiempo que utiliza una variada paleta de color, predominantemente pastel, que las vuelve enigmáticas y misteriosas.
La muestra que presenta en Ciudad Real, continuación de la que presentase hace unos meses en el Real Jardín Botánico de Madrid, confirma un giro temático y existencial del pintor, que ya estaba esbozado en sus personalísimos y eclécticos bodegones. Trataré de explicarlo. Carretero es, como digo, un pintor de temática autobiográfica, un pintor original en sus planteamientos y en pleno dominio de una técnica igualmente personal, que se adscribe a una nueva figuración, a caballo de la tradición clásica y al más puro y exigente arte pop. Ambas corrientes o líneas de fuerza de su pintura hunden sus raíces y buscan en la belleza la verdad de sí mismo, en su experiencia personal y familiar, en su infancia y juventud, en las casas y espacios habitados, en los que el cuerpo tiene siempre un papel protagonista. Esto mismo se podría decir de su poesía; léase, por ejemplo, su último poemario, La vida abierta, que es una demostración literaria de esto mismo.
He escuchado explicar públicamente a Carretero cómo nace su pintura, cuál es la génesis de esta, en la que, a su juicio, el pintor no inventa, sino que transforma en forma y color lo vivido. La pintura, viene a decir Carretero, surge del cuerpo, de sus extensiones sensoriales y terminaciones nerviosas, o sea del roce, de la caricia o del choque que el cuerpo sostiene con lo real. Luego pasa por la mente que racionaliza, selecciona y depura las sensaciones, pero es finalmente el cuerpo el que pinta, porque son los ojos y las manos los que ejecutan la pintura. Todo esto no es importante, ni siquiera como excurso erudito o académico, sino como explicación necesaria para comprender la razón de la obra y los mecanismos creativos que la producen. En los cuadros de Carretero contemplamos el final del proceso, pero subyacen allí todas las tensiones y contradicciones que el cuerpo no acaba de resolver.
Cada óleo es una suerte de confesión de la conmoción física o mental sufrida por el cuerpo ante la belleza o el horror que, a partes iguales, la vida provee, en la vigilia y el sueño, de forma realista e imaginaria, todo junto y al mismo tiempo. El cuerpo del pintor se muestra en la intimidad de todas sus relaciones, en sus reuniones familiares, junto a amigos y amantes. Pienso que, en estas representaciones artísticas, le mueve o le dirige el afán de crear belleza. También le estimula la idea de enriquecer la realidad mostrando aquello que solo el arte es capaz de mostrar, porque no está al alcance de la mirada adocenada, pero creo que sobre todo busca construir un espacio de libertad para el autoconocimiento, en el que bordea muchas veces el abismo o se atreve a expresar la verdad, «su verdad». Es el cuerpo el que busca, conoce, se despista, se pierde o se encuentra. Es el cuerpo tenso o deseante del adulto, el del desvalido y frágil del niño, al que evoca en el colegio, o el del adolescente que duda o vacila, porque no sabía de qué lado caía su deseo.
Así ha sido, en general, la pintura de Carretero en sus muestras precedentes. Los que conozcan sus exposiciones últimas de Jerez o Almería saben de lo que hablo e identifican en dichos cuadros, espero, lo que digo. La sorpresa o novedad de la exposición que comento es grande, porque, en Alrededor de un jardín, desaparece la presencia del cuerpo y podríamos pensar que Carretero ha dejado lo autobiográfico. Error. Es una falsa apariencia, porque en este jardín cerrado e íntimo, en el que la presencia del pintor desaparece o se borra, para refugiarse en la plenitud del jardín y recoger los frutos que encierra, el cuerpo estaría ausente, pero gozosamente presente en la voluptuosidad del jardín. En definitiva, Carretero ha recobrado el paraíso perdido en el jardín, y este le devuelve a la quietud y gracia añoradas.
En la exposición que comento, se puede seguir y apreciar con claridad que Carretero construye con originalidad su propio jardín, y lo llena con todos sus frutos, los de belleza sublime junto a los más humildes. Reencontramos en la muestra, ahora aplicado a la naturaleza del jardín, lo que es habitual en su pintura: un dominio absoluto del dibujo y de la perspectiva, junto al ya destacado acierto en la utilización de la escala cromática en óleos y en las acuarelas. Destacan en la exposición los bodegones y vanitas: un género humilde, pero lleno de posibilidades, que ha incurrido muchas veces en la reiteración. Carretero escapa al amaneramiento adocenado y nos provee de numerosos ejemplos de temas imprevistos e innovadores.
El jardín ha sido y es en todas las culturas un espacio simbólico, fuertemente codificado y significativo, del que nuestro pintor extrae sus personales conclusiones. Desde el Génesis a nuestros días, en que los jardines posmodernos parecen, a veces, de plástico, pasando por los patios de las casas romanas y árabes o por los claustros clericales, el jardín, como símbolo del paraíso perdido y centro del cosmos, representa también los estados espirituales de plenitud y felicidad que nos es dado disfrutar en pequeñas dosis, siempre fugaces e inciertas. El lastre de la pérdida del paraíso terrenal lo arrastramos como una condena irredimible. Lo único malo del jardín es que nos obliga a recordar que perdimos el Edén por nuestra culpa… Un peso judeocristiano que la conciencia de Carretero se quiere quitar de encima en esta exposición, aunque sea a través y gracias a la pintura.
Cuenta san Agustín en sus Confesiones que, después de su conocida vida de desenfreno y de gozos pecaminosos, estando un día al pie de una higuera en un huerto (o jardín) cercano a Milán (imaginemos un locus amoenus a la manera clásica), fue visitado por la gracia: una voz que cantando decía tolle, lege («toma y lee»). La manifestación le produjo tal conmoción, que un torrente de lágrimas y gritos salieron de lo más profundo de su alma (entiéndase cuerpo). A esta epifanía le seguiría su conversión al cristianismo.
Sin querer forzar la comparación, pero atestiguando cierto paralelismo, me atrevo a sugerir que Carretero ha encontrado Alrededor de un jardín el equilibrio y la calma, la isla de silencio y la gracia que le alejan de las tensiones y tentaciones, de los peligros y las inquinas. Esta exposición responde a otras motivaciones distintas a las que nos tenía acostumbrados, cumple una diferente función para el artista y para el espectador: establece un nuevo orden pictórico e íntimo, en el que lo más destacado es la renuncia al yo o la neutralización del ego para convertir cada uno de los cuadros que contemplamos en una ofrenda a un dios impersonal y desconocido.
La neutralización del ego tendría el peligro de convertir la creación pictórica en un producto artesanal, inferior al de los artesanos. No sucede aquí, porque el imperativo creativo personalísimo de Carretero prevalece en la muestra. El ego ha dejado de ser visible, pero no quiere decir que desaparezca. Está presente en el genio creativo característico de sus formas y colores.
El pintor abjura de los deseos y tentaciones mundanas y se abraza a lo material y auténtico que hay en la naturaleza del jardín, en su recoleto y acotado espacio, protegido de las asechanzas externas. Ese jardín da también la paz a los espectadores que necesitan cuidar su propio cuerpo estragado por la desazón, la enfermedad y la muerte de seres queridos. La pintura de Carretero nos consuela de manera artística.
Insisto: les sugiero que vayan a Ciudad Real, que visiten y disfruten de la exposición de Carretero y de su jardín íntimo, pero aprovechen para conocer el museo de López-Villaseñor, uno de los pintores más personales, interesantes y versátiles pictóricamente de la segunda mitad del siglo pasado. De allí a 200 metros escasos, tras atravesar la glorieta de El Prado, salten al cercano Museo de Ciudad Real, y unos metros más allá, pocos, visiten el magnífico edificio del Palacio de la Diputación Provincial, que alberga los frescos, óleos y dibujos de otro pintor destacado de la ciudad, Ángel Andrade. No olviden visitar el monumental mural del Salón de Plenos, cima del arte de Villaseñor. Así tendrán una idea más completa y, tal vez, una explicación plástica de por qué en la seca y solitaria Mancha ciudadrealeña han sido posibles pintores de la talla de Antonio López García y de los que aquí son destacados.
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