Carlos I creó el Consejo de Estado en Granada, en el verano de 1526, en un momento de graves tensiones en el este de Europa, por la expansión de los turcos otomanos, que ya tenían a Viena en su punto de mira. Además de rey de España y de su gran imperio americano, europeo y norteafricano, Carlos era emperador del Sacro Imperio Romano Germánico con el ordinal de Carlos V, un auténtico monarca universal, y necesitaba algo que aún no existía: un Ministerio de Asuntos Exteriores.
Esta fue la primera función del Consejo de Estado, muy diferente de la actual, que es la de supremo órgano consultivo del Gobierno. Consejo es como se llamaban los organismos rectores de la administración —lo que hoy llamamos ministerios—. En cuanto al término «de Estado», este aludía a la política exterior. En EEUU, por ejemplo, el ministro de Exteriores todavía se llama «secretario de Estado». La implicación de Carlos en la política internacional se reflejaba en que toda su vida fue un monarca itinerante, llevando a su corte por sus diferentes posesiones, unas veces en los Países Bajos, otras en Alemania, otras en España, por no hablar de las campañas militares que capitaneaba personalmente, y que le llegaron a llevar incluso a tierras africanas.
Por eso decidió ser él mismo quien presidiera el Consejo de Estado, algo excepcional, pues los diferentes consejos que formaban el gobierno de la Monarquía Hispánica tenían sus propios presidentes y relativa autonomía. Lo que sí procuró Carlos I fue tener como miembros del Consejo a expertos en relaciones internacionales que le asesorasen. Destacaban entre ellos los dos principales peones de la política exterior española, Nicolás Perrenot de Granvela y el duque de Alba. El primero era un borgoñón experto diplomático —fue embajador en Francia—. Tanto él como su hijo, el cardenal Granvela, fueron durante 30 años una presencia ineludible en la alta política española. El duque de Alba y luego también su hijo, el llamado «Gran Duque», representaban otra forma de política internacional, la de la fuerza, pues eran temibles soldados.
Felipe II gobernó de forma muy distinta a su padre: era estable y burócrata, en vez de itinerante y guerrero como Carlos I. Como pretendía controlar todos los aspectos de la administración, Felipe II tenía sobrecarga de trabajo y a veces delegaba la presidencia del Consejo de Estado en su secretario particular, Antonio Pérez, que se convirtió así en «secretario de Estado». Antonio Pérez sería después el mayor traidor de la Historia de España, el inventor de la Leyenda Negra que todavía pesa injustamente sobre nuestra memoria histórica. Fue el primer caso de un miembro del Consejo de Estado dedicado a la alta delincuencia, aunque no el último.
Para conmemorar el V Centenario de la fundación del Consejo de Estado, otra institución señera de la nación, el Museo del Prado, ha tenido una feliz invención: proponer a los visitantes un «Itinerario», que le lleva a través de las obras expuestas ordinariamente en el museo ante determinadas pinturas relacionadas con el Consejo de Estado. El recorrido propuesto comienza, naturalmente, por un retrato del fundador, Carlos I, el de El emperador con un perro, de Tiziano. Se trata de una obra maestra, como lo son las dos siguientes paradas, los retratos ecuestres del duque de Lerma, por Rubens, y del conde-duque de Olivares, por Velázquez.
Es la ventaja de contar con las mejores colecciones del mundo de Tiziano, Rubens y Velázquez, los más excelsos exponentes de tres grandes escuelas de pintura: la veneciana, la flamenca y la española. Así, la lección de Historia es a la vez un gozo para cualquiera con sensibilidad artística. La elección de Lerma y Olivares, aparte del gran valor artístico de los retratos, nos presenta el fenómeno histórico de los llamados «Austrias menores»: Felipe III y Felipe IV, que dimitieron de gobernar y pusieron todo el poder de la monarquía en manos de sus validos, Lerma y Olivares respectivamente, que por esa razón presidirían las sesiones del Consejo de Estado.
Hace solamente tres semanas vimos en estas páginas de Historias de la Historia el caso del duque de Lerma, El mayor ladrón de España, arquetipo de gobernante corrupto, y, por tanto, un antiguo miembro el Consejo de Estado que más valdría olvidar en estos tiempos de celebración. Muy distinto sería el caso del conde-duque de Olivares, que si cayó ampliamente en el pecado de la soberbia y el absolutismo, no dio, en cambio, escándalos de corrupción comparables a los de Lerma.
La era de los Austrias se cierra con otra espléndida pintura de un gran maestro de la escuela española, Carreño de Miranda, El duque de Pastrana. Se trata de un «retrato aristocrático» en la estela de Van Dyck, que nos presenta a un cortesano de Carlos II, Gregorio de Silva y Mendoza, V duque de Pastrana, en el que confluían dos de las más grandes casas de la aristocracia española. Tras una vida dedicada al servicio de la corona, Carlos II premió al duque de Pastrana poco antes de su muerte con dos grandes honores, la entrada en el Consejo de Estado y el Toisón de Oro.
Los poetas contemporáneos
La nueva dinastía borbónica llegó a España a inicios del siglo XVIII, al arranque del Siglo de las Luces. El Consejo de Estado de los Borbones está representado en el Itinerario del Prado por tres notorios ilustrados: Ensenada, Floridablanca y Jovellanos. El marqués de la Ensenada, retratado por Jacopo Amigoni, es un ejemplo de estadista ilustrado: fue ministro de Hacienda, Guerra, Marina e Indias, realizó grandes reformas en todos los ámbitos y formó parte del Consejo de Estado nada menos que durante tres reinados, los de Felipe V, Fernando VI y Carlos III.
Los siguientes retratos son obra de otro genio de la pintura, Goya. Se tratan del conde de Floridablanca, que fue secretario de Estado de Carlos III, y de Gaspar Melchor de Jovellanos, escritor y jurista autor del famoso Informe sobre la Ley Agraria, que fue consejero de Estado en la época de Carlos IV. Este último retrato, realizado poco antes de que Jovellanos cayese en desgracia por sus ideas progresistas, es una de las obras más notables de Goya, «la primera configuración del retrato del intelectual moderno en España», según lo presenta el Museo.
Goya anuncia el comienzo del convulso siglo XIX, donde todo el edificio político del Antiguo Régimen español se vino abajo con la invasión napoleónica de 1808, que desencadenó la Guerra de la Independencia. Lo más selecto del pensamiento político liberal español se refugió de la invasión francesa en Cádiz, donde formaron unas Cortes cuyo fruto más trascendente fue la Constitución de Cádiz de 1812, la primera que tuvo España. En su artículo 236 se define al Consejo de Estado como el supremo órgano consultivo, «el único Consejo del Rey que oirá su dictamen en los asuntos graves gubernativos y señaladamente para dar o negar la sanción a las leyes, declarar la guerra y hacer los tratados».
Cuando Fernando VII regresó de su cautiverio en Francia al final de la Guerra de Independencia, derogó la Constitución de Cádiz y reimplantó el absolutismo, disolviendo el Consejo de Estado. Tras la muerte de Fernando VII hubo varios intentos de reavivar el Consejo de Estado con otras denominaciones, hasta que finalmente en 1858 recuperó su plena identidad, volviendo a llamarse Consejo de Estado.
Su primer presidente sería Francisco Martínez de la Rosa, a quien se puede encontrar en el Itinerario del Prado dentro de un retrato colectivo, Los poetas contemporáneos. Una lectura de Zorrilla en el estudio del pintor. Se trata de una pintura realizada por Antonio M.ª Esquivel en 1846 que presenta al pleno de la intelectualidad madrileña del Romanticismo. No solo hay poetas, sino escritores de todo tipo y artistas, pero lo más notable es que de los 42 intelectuales retratados, seis eran miembros del Consejo de Estado, incluyendo al duque de Rivas, autor del drama romántico por excelencia de la literatura española, Don Álvaro o la fuerza del sino. El duque de Rivas fue presidente del Consejo de Estado, y también de la Real Academia Española e incluso del Gobierno, donde batió un récord de brevedad: dos días.
También figuran en este panel de la intelectualidad de mediados del siglo XIX componentes del Consejo de Estado como el poeta Ramón de Campoamor, tan popular en su tiempo, o Pedro de Madrazo, miembro de la dinastía de pintores, o Javier de Burgos, un jurista afrancesado que tuvo que exiliarse tras la derrota de los franceses en la Guerra de Independencia, y que aprovechó el exilio para traducir al español al poeta romano Horacio. Regresó a España y entró en la administración pública a finales del reinado de Fernando VII, debiéndose a él la división de España en provincias todavía vigente.
Pero eso ya es otra historia.
Carlos I creó el Consejo de Estado en Granada, en el verano de 1526, en un momento de graves tensiones en el este de Europa, por
Carlos I creó el Consejo de Estado en Granada, en el verano de 1526, en un momento de graves tensiones en el este de Europa, por la expansión de los turcos otomanos, que ya tenían a Viena en su punto de mira. Además de rey de España y de su gran imperio americano, europeo y norteafricano, Carlos era emperador del Sacro Imperio Romano Germánico con el ordinal de Carlos V, un auténtico monarca universal, y necesitaba algo que aún no existía: un Ministerio de Asuntos Exteriores.
Esta fue la primera función del Consejo de Estado, muy diferente de la actual, que es la de supremo órgano consultivo del Gobierno. Consejo es como se llamaban los organismos rectores de la administración —lo que hoy llamamos ministerios—. En cuanto al término «de Estado», este aludía a la política exterior. En EEUU, por ejemplo, el ministro de Exteriores todavía se llama «secretario de Estado». La implicación de Carlos en la política internacional se reflejaba en que toda su vida fue un monarca itinerante, llevando a su corte por sus diferentes posesiones, unas veces en los Países Bajos, otras en Alemania, otras en España, por no hablar de las campañas militares que capitaneaba personalmente, y que le llegaron a llevar incluso a tierras africanas.
Por eso decidió ser él mismo quien presidiera el Consejo de Estado, algo excepcional, pues los diferentes consejos que formaban el gobierno de la Monarquía Hispánica tenían sus propios presidentes y relativa autonomía. Lo que sí procuró Carlos I fue tener como miembros del Consejo a expertos en relaciones internacionales que le asesorasen. Destacaban entre ellos los dos principales peones de la política exterior española, Nicolás Perrenot de Granvela y el duque de Alba. El primero era un borgoñón experto diplomático —fue embajador en Francia—. Tanto él como su hijo, el cardenal Granvela, fueron durante 30 años una presencia ineludible en la alta política española. El duque de Alba y luego también su hijo, el llamado «Gran Duque», representaban otra forma de política internacional, la de la fuerza, pues eran temibles soldados.
Felipe II gobernó de forma muy distinta a su padre: era estable y burócrata, en vez de itinerante y guerrero como Carlos I. Como pretendía controlar todos los aspectos de la administración, Felipe II tenía sobrecarga de trabajo y a veces delegaba la presidencia del Consejo de Estado en su secretario particular, Antonio Pérez, que se convirtió así en «secretario de Estado». Antonio Pérez sería después el mayor traidor de la Historia de España, el inventor de la Leyenda Negra que todavía pesa injustamente sobre nuestra memoria histórica. Fue el primer caso de un miembro del Consejo de Estado dedicado a la alta delincuencia, aunque no el último.
Para conmemorar el V Centenario de la fundación del Consejo de Estado, otra institución señera de la nación, el Museo del Prado, ha tenido una feliz invención: proponer a los visitantes un «Itinerario», que le lleva a través de las obras expuestas ordinariamente en el museo ante determinadas pinturas relacionadas con el Consejo de Estado. El recorrido propuesto comienza, naturalmente, por un retrato del fundador, Carlos I, el de El emperador con un perro, de Tiziano. Se trata de una obra maestra, como lo son las dos siguientes paradas, los retratos ecuestres del duque de Lerma, por Rubens, y del conde-duque de Olivares, por Velázquez.
Es la ventaja de contar con las mejores colecciones del mundo de Tiziano, Rubens y Velázquez, los más excelsos exponentes de tres grandes escuelas de pintura: la veneciana, la flamenca y la española. Así, la lección de Historia es a la vez un gozo para cualquiera con sensibilidad artística. La elección de Lerma y Olivares, aparte del gran valor artístico de los retratos, nos presenta el fenómeno histórico de los llamados «Austrias menores»: Felipe III y Felipe IV, que dimitieron de gobernar y pusieron todo el poder de la monarquía en manos de sus validos, Lerma y Olivares respectivamente, que por esa razón presidirían las sesiones del Consejo de Estado.
Hace solamente tres semanas vimos en estas páginas de Historias de la Historia el caso del duque de Lerma, El mayor ladrón de España, arquetipo de gobernante corrupto, y, por tanto, un antiguo miembro el Consejo de Estado que más valdría olvidar en estos tiempos de celebración. Muy distinto sería el caso del conde-duque de Olivares, que si cayó ampliamente en el pecado de la soberbia y el absolutismo, no dio, en cambio, escándalos de corrupción comparables a los de Lerma.
La era de los Austrias se cierra con otra espléndida pintura de un gran maestro de la escuela española, Carreño de Miranda, El duque de Pastrana. Se trata de un «retrato aristocrático» en la estela de Van Dyck, que nos presenta a un cortesano de Carlos II, Gregorio de Silva y Mendoza, V duque de Pastrana, en el que confluían dos de las más grandes casas de la aristocracia española. Tras una vida dedicada al servicio de la corona, Carlos II premió al duque de Pastrana poco antes de su muerte con dos grandes honores, la entrada en el Consejo de Estado y el Toisón de Oro.
La nueva dinastía borbónica llegó a España a inicios del siglo XVIII, al arranque del Siglo de las Luces. El Consejo de Estado de los Borbones está representado en el Itinerario del Prado por tres notorios ilustrados: Ensenada, Floridablanca y Jovellanos. El marqués de la Ensenada, retratado por Jacopo Amigoni, es un ejemplo de estadista ilustrado: fue ministro de Hacienda, Guerra, Marina e Indias, realizó grandes reformas en todos los ámbitos y formó parte del Consejo de Estado nada menos que durante tres reinados, los de Felipe V, Fernando VI y Carlos III.
Los siguientes retratos son obra de otro genio de la pintura, Goya. Se tratan del conde de Floridablanca, que fue secretario de Estado de Carlos III, y de Gaspar Melchor de Jovellanos, escritor y jurista autor del famoso Informe sobre la Ley Agraria, que fue consejero de Estado en la época de Carlos IV. Este último retrato, realizado poco antes de que Jovellanos cayese en desgracia por sus ideas progresistas, es una de las obras más notables de Goya, «la primera configuración del retrato del intelectual moderno en España», según lo presenta el Museo.
Goya anuncia el comienzo del convulso siglo XIX, donde todo el edificio político del Antiguo Régimen español se vino abajo con la invasión napoleónica de 1808, que desencadenó la Guerra de la Independencia. Lo más selecto del pensamiento político liberal español se refugió de la invasión francesa en Cádiz, donde formaron unas Cortes cuyo fruto más trascendente fue la Constitución de Cádiz de 1812, la primera que tuvo España. En su artículo 236 se define al Consejo de Estado como el supremo órgano consultivo, «el único Consejo del Rey que oirá su dictamen en los asuntos graves gubernativos y señaladamente para dar o negar la sanción a las leyes, declarar la guerra y hacer los tratados».
Cuando Fernando VII regresó de su cautiverio en Francia al final de la Guerra de Independencia, derogó la Constitución de Cádiz y reimplantó el absolutismo, disolviendo el Consejo de Estado. Tras la muerte de Fernando VII hubo varios intentos de reavivar el Consejo de Estado con otras denominaciones, hasta que finalmente en 1858 recuperó su plena identidad, volviendo a llamarse Consejo de Estado.
Su primer presidente sería Francisco Martínez de la Rosa, a quien se puede encontrar en el Itinerario del Prado dentro de un retrato colectivo, Los poetas contemporáneos. Una lectura de Zorrilla en el estudio del pintor. Se trata de una pintura realizada por Antonio M.ª Esquivel en 1846 que presenta al pleno de la intelectualidad madrileña del Romanticismo. No solo hay poetas, sino escritores de todo tipo y artistas, pero lo más notable es que de los 42 intelectuales retratados, seis eran miembros del Consejo de Estado, incluyendo al duque de Rivas, autor del drama romántico por excelencia de la literatura española, Don Álvaro o la fuerza del sino. El duque de Rivas fue presidente del Consejo de Estado, y también de la Real Academia Española e incluso del Gobierno, donde batió un récord de brevedad: dos días.
También figuran en este panel de la intelectualidad de mediados del siglo XIX componentes del Consejo de Estado como el poeta Ramón de Campoamor, tan popular en su tiempo, o Pedro de Madrazo, miembro de la dinastía de pintores, o Javier de Burgos, un jurista afrancesado que tuvo que exiliarse tras la derrota de los franceses en la Guerra de Independencia, y que aprovechó el exilio para traducir al español al poeta romano Horacio. Regresó a España y entró en la administración pública a finales del reinado de Fernando VII, debiéndose a él la división de España en provincias todavía vigente.
Pero eso ya es otra historia.
Noticias de Cultura: Última hora de hoy en THE OBJECTIVE
