Hay un dato llamativo en la historia de la monarquía española que rara vez se formula de manera explícita: el rechazo popular más persistente no suele dirigirse tanto al rey como a la mujer que está a su lado. A lo largo de los siglos, España ha desarrollado una relación incómoda con sus reinas consortes, una mezcla de recelo, sospecha y animadversión que atraviesa épocas, dinastías e ideologías.
Basta observar lo que ocurre hoy con la reina Letizia. Buena parte de las críticas más viscerales hacia la institución monárquica no se articulan en torno al modelo constitucional, al papel del jefe del Estado o al sentido mismo de la monarquía parlamentaria, sino alrededor de su esposa. No se discute tanto su agenda institucional como su biografía. No se evalúa su desempeño como reina, sino su pasado personal. Su origen plebeyo, su divorcio previo y su condición de agnóstica aparecen, una y otra vez, como faltas difíciles de perdonar para determinados sectores, incluidos muchos que se declaran fervientemente monárquicos.
La pregunta es inevitable: ¿estamos ante un fenómeno nuevo o ante la última manifestación de una tradición muy antigua? La historia sugiere claramente lo segundo.
Desde la Edad Moderna, la reina consorte ocupa una posición paradójica. No gobierna formalmente, pero vive en el corazón del poder. No firma decretos ni refrenda leyes, pero comparte intimidad con quien sí lo hace. Ese espacio ambiguo —ni plenamente político ni puramente decorativo— ha convertido tradicionalmente a la consorte en el lugar perfecto donde depositar sospechas, frustraciones y miedos colectivos.
A lo largo de la historia, cuando en España teníamos una monarquía que no era parlamentaria, si el reino prosperaba, el mérito solía atribuirse al monarca; y si las cosas iban mal, casi nunca se culpaba al sistema, a la estructura o a la complejidad de los procesos históricos: se culpaba a la mujer que está al lado del rey. ¿Sucede hoy lo mismo incluso cuando sabemos que tenemos una monarquía donde el jefe del Estado reina, pero no gobierna, y la consorte no tiene tampoco ni voz ni voto?
Las reinas más odiadas
Uno de los ejemplos más claros es Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V. Durante décadas fue presentada como una extranjera ambiciosa que dominaba a un rey mentalmente inestable, desplazaba ministros y manejaba el gobierno en la sombra para beneficiar a sus propios hijos. Su imagen quedó asociada al arquetipo de la reina intrigante, manipuladora y egoísta. Hoy, sin embargo, los estudios históricos muestran a una mujer con una notable capacidad política, una estrategia coherente y una comprensión bastante realista de los equilibrios europeos. La distancia entre la caricatura y la realidad es abismal. Ciertamente, todos los personajes históricos tienen sus luces y sus sombras, pero sucede con mucha frecuencia que el paso del tiempo hace que las cosas se vean e interpreten de otra manera.
Algo similar ocurrió con María Luisa de Parma. Convertida en símbolo de la decadencia del reinado de Carlos IV, fue objeto de una campaña de desprestigio feroz que mezclaba ataques políticos con una intensa sexualización de su figura. Libertina, corrupta, adúltera, dominadora: el catálogo de adjetivos negativos es interminable. En el imaginario popular terminó encarnando todos los males del final del Antiguo Régimen, como si una sola persona pudiera explicar el colapso de un sistema entero. De nuevo, la reina como chivo expiatorio.
Tampoco se libró María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, cuarta esposa de Fernando VII. Su papel político fue determinante en la supervivencia de la monarquía tras la muerte del rey, pero su figura quedó asociada a la intriga, al oportunismo y al interés personal. El hecho de rehacer su vida sentimental tras enviudar, algo que hoy resultaría banal, dañó gravemente su imagen pública. Una vez más, la moral privada de la consorte se convirtió en asunto de Estado.
Estos casos, separados por siglos, comparten una misma lógica. Las reinas consortes son juzgadas no solo por lo que hacen, sino por lo que representan. Y lo que representan suele chocar con un ideal femenino profundamente arraigado: discreto, sumiso, sin pasado, sin deseo, sin ambición visible. Podría hablarse, incluso, de una lista no escrita de «pecados imperdonables» para una consorte en España.
El primero: ser percibida como ajena. Históricamente, casi todas las reinas eran extranjeras, y esa condición generaba sospecha automática. Hoy, aunque doña Letizia es española, su origen no aristocrático cumple una función simbólicamente parecida: no dice «vengo de siempre», sino «he llegado».
El segundo: tener influencia. Una reina que opina les parece peligrosa; sin embargo, una que calla es decorativa. El equilibrio aceptable es extremadamente estrecho. Parece extraño que se mantenga esta forma de pensar en el año 2026, aunque ciertamente es ya totalmente minoritaria.
El tercero: poseer una biografía previa reconocible. Pasado sentimental, carrera profesional, identidad construida antes del matrimonio. Todo eso descoloca, aunque sea ya lo normal en el resto de monarquías europeas, donde la mayoría de las consortes no provienen de la realeza y tenían un pasado profesional previo al matrimonio. En cuanto al pasado personal, es cierto que la reina Letizia es la única divorciada previamente al matrimonio con don Felipe VI, aunque no la única con un pasado sentimental. Algo lógico si tenemos en cuenta las edades en las que contrajeron matrimonio y que ya no vivimos en el siglo XIX, donde era un requisito imprescindible que la reina fuese virgen.
El cuarto: no encajar en un molde religioso-cultural muy concreto, donde la reina funcionaría casi como una extensión secularizada de la Virgen: pura, silenciosa, abnegada.
Si observamos desde este prisma el caso de Letizia, la continuidad histórica resulta evidente. No parece que se la juzgue por su papel institucional, sino más bien por su existencia anterior al trono; es decir, no se la mide como reina, sino como mujer.
A Letizia no se le reprocha lo que hace como consorte, sino lo que fue antes de serlo. Y no siempre. Los ataques furibundos contra ella el otro día porque no se santiguó en el funeral de Huelva traspasaron límites intolerables, como si hubiese cometido algo próximo a un delito. Pocos, sin embargo, repararon en que sí se arrodilló, pero para hablar con las víctimas, una actitud impensable en otras reinas y en otras épocas. Una actitud que conecta más con la etapa actual que con la de hace siglos. Sería complejo imaginar a Isabel la Católica arrodillada ante un súbdito y abrazándolo porque ha perdido un ser querido. Claro que entre aquella época y la de hoy han pasado quinientos años y los tiempos han cambiado.
En este sentido emerge una paradoja interesante. España es hoy una monarquía parlamentaria plenamente constitucional, integrada en la Unión Europea, con una sociedad secularizada y jurídicamente igualitaria. Sin embargo, una parte significativa del imaginario monárquico sigue anclada en una concepción premoderna de la consorte. Se acepta al rey como jefe del Estado del siglo XXI, pero se desea una reina del siglo XIX.
Esta tensión explica muchas cosas. Explica por qué determinados monárquicos, que defienden sin problemas la monarquía como forma de Estado, experimentan un rechazo casi visceral hacia la figura de Letizia. No es una oposición racional al modelo institucional, sino una incomodidad cultural. Letizia rompe demasiados códigos a la vez.
No procede de una familia aristocrática, tiene estudios universitarios y una carrera previa visible. Ha vivido una vida adulta completa antes del matrimonio y no responde al arquetipo confesional tradicional. Nada de eso es objetivamente problemático en una democracia liberal. Pero resulta profundamente disruptivo para una concepción simbólica de la realeza basada en la excepcionalidad de sangre y en la idealización moral.
En el fondo, la historia de las consortes odiadas en España habla menos de ellas que de nosotros. Habla de una cultura política que tiende a personalizar culpas y de una dificultad estructural para asumir la complejidad histórica. Pero, sobre todo, de una misoginia de larga duración que castiga especialmente a las mujeres situadas cerca del poder.
Quizá por eso cada generación tiene su reina incómoda. La pregunta final no debería ser si Letizia gusta más o menos. La pregunta relevante es otra: ¿por qué, tres siglos después de Isabel de Farnesio, seguimos necesitando una mujer a la que responsabilizar de nuestras incomodidades con la monarquía? Tal vez el verdadero conflicto no sea que una plebeya divorciada y agnóstica sea reina de España; a lo mejor el verdadero conflicto sea que, en pleno siglo XXI, todavía no hemos terminado de aceptar que una consorte pueda ser un sujeto, y no un adorno.
Lo que sí está claro es que serán los historiadores del futuro quienes analicen de forma más desapasionada el papel de otra consorte Borbón más.
Hay un dato llamativo en la historia de la monarquía española que rara vez se formula de manera explícita: el rechazo popular más persistente no suele
Hay un dato llamativo en la historia de la monarquía española que rara vez se formula de manera explícita: el rechazo popular más persistente no suele dirigirse tanto al rey como a la mujer que está a su lado. A lo largo de los siglos, España ha desarrollado una relación incómoda con sus reinas consortes, una mezcla de recelo, sospecha y animadversión que atraviesa épocas, dinastías e ideologías.
Basta observar lo que ocurre hoy con la reina Letizia. Buena parte de las críticas más viscerales hacia la institución monárquica no se articulan en torno al modelo constitucional, al papel del jefe del Estado o al sentido mismo de la monarquía parlamentaria, sino alrededor de su esposa. No se discute tanto su agenda institucional como su biografía. No se evalúa su desempeño como reina, sino su pasado personal. Su origen plebeyo, su divorcio previo y su condición de agnóstica aparecen, una y otra vez, como faltas difíciles de perdonar para determinados sectores, incluidos muchos que se declaran fervientemente monárquicos.
La pregunta es inevitable: ¿estamos ante un fenómeno nuevo o ante la última manifestación de una tradición muy antigua? La historia sugiere claramente lo segundo.
Desde la Edad Moderna, la reina consorte ocupa una posición paradójica. No gobierna formalmente, pero vive en el corazón del poder. No firma decretos ni refrenda leyes, pero comparte intimidad con quien sí lo hace. Ese espacio ambiguo —ni plenamente político ni puramente decorativo— ha convertido tradicionalmente a la consorte en el lugar perfecto donde depositar sospechas, frustraciones y miedos colectivos.
A lo largo de la historia, cuando en España teníamos una monarquía que no era parlamentaria, si el reino prosperaba, el mérito solía atribuirse al monarca; y si las cosas iban mal, casi nunca se culpaba al sistema, a la estructura o a la complejidad de los procesos históricos: se culpaba a la mujer que está al lado del rey. ¿Sucede hoy lo mismo incluso cuando sabemos que tenemos una monarquía donde el jefe del Estado reina, pero no gobierna, y la consorte no tiene tampoco ni voz ni voto?
Uno de los ejemplos más claros es Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V. Durante décadas fue presentada como una extranjera ambiciosa que dominaba a un rey mentalmente inestable, desplazaba ministros y manejaba el gobierno en la sombra para beneficiar a sus propios hijos. Su imagen quedó asociada al arquetipo de la reina intrigante, manipuladora y egoísta. Hoy, sin embargo, los estudios históricos muestran a una mujer con una notable capacidad política, una estrategia coherente y una comprensión bastante realista de los equilibrios europeos. La distancia entre la caricatura y la realidad es abismal. Ciertamente, todos los personajes históricos tienen sus luces y sus sombras, pero sucede con mucha frecuencia que el paso del tiempo hace que las cosas se vean e interpreten de otra manera.
Algo similar ocurrió con María Luisa de Parma. Convertida en símbolo de la decadencia del reinado de Carlos IV, fue objeto de una campaña de desprestigio feroz que mezclaba ataques políticos con una intensa sexualización de su figura. Libertina, corrupta, adúltera, dominadora: el catálogo de adjetivos negativos es interminable. En el imaginario popular terminó encarnando todos los males del final del Antiguo Régimen, como si una sola persona pudiera explicar el colapso de un sistema entero. De nuevo, la reina como chivo expiatorio.
Tampoco se libró María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, cuarta esposa de Fernando VII. Su papel político fue determinante en la supervivencia de la monarquía tras la muerte del rey, pero su figura quedó asociada a la intriga, al oportunismo y al interés personal. El hecho de rehacer su vida sentimental tras enviudar, algo que hoy resultaría banal, dañó gravemente su imagen pública. Una vez más, la moral privada de la consorte se convirtió en asunto de Estado.
Estos casos, separados por siglos, comparten una misma lógica. Las reinas consortes son juzgadas no solo por lo que hacen, sino por lo que representan. Y lo que representan suele chocar con un ideal femenino profundamente arraigado: discreto, sumiso, sin pasado, sin deseo, sin ambición visible. Podría hablarse, incluso, de una lista no escrita de «pecados imperdonables» para una consorte en España.
El primero: ser percibida como ajena. Históricamente, casi todas las reinas eran extranjeras, y esa condición generaba sospecha automática. Hoy, aunque doña Letizia es española, su origen no aristocrático cumple una función simbólicamente parecida: no dice «vengo de siempre», sino «he llegado».
El segundo: tener influencia. Una reina que opina les parece peligrosa; sin embargo, una que calla es decorativa. El equilibrio aceptable es extremadamente estrecho. Parece extraño que se mantenga esta forma de pensar en el año 2026, aunque ciertamente es ya totalmente minoritaria.
El tercero: poseer una biografía previa reconocible. Pasado sentimental, carrera profesional, identidad construida antes del matrimonio. Todo eso descoloca, aunque sea ya lo normal en el resto de monarquías europeas, donde la mayoría de las consortes no provienen de la realeza y tenían un pasado profesional previo al matrimonio. En cuanto al pasado personal, es cierto que la reina Letizia es la única divorciada previamente al matrimonio con don Felipe VI, aunque no la única con un pasado sentimental. Algo lógico si tenemos en cuenta las edades en las que contrajeron matrimonio y que ya no vivimos en el siglo XIX, donde era un requisito imprescindible que la reina fuese virgen.
El cuarto: no encajar en un molde religioso-cultural muy concreto, donde la reina funcionaría casi como una extensión secularizada de la Virgen: pura, silenciosa, abnegada.
Si observamos desde este prisma el caso de Letizia, la continuidad histórica resulta evidente. No parece que se la juzgue por su papel institucional, sino más bien por su existencia anterior al trono; es decir, no se la mide como reina, sino como mujer.
A Letizia no se le reprocha lo que hace como consorte, sino lo que fue antes de serlo. Y no siempre. Los ataques furibundos contra ella el otro día porque no se santiguó en el funeral de Huelva traspasaron límites intolerables, como si hubiese cometido algo próximo a un delito. Pocos, sin embargo, repararon en que sí se arrodilló, pero para hablar con las víctimas, una actitud impensable en otras reinas y en otras épocas. Una actitud que conecta más con la etapa actual que con la de hace siglos. Sería complejo imaginar a Isabel la Católica arrodillada ante un súbdito y abrazándolo porque ha perdido un ser querido. Claro que entre aquella época y la de hoy han pasado quinientos años y los tiempos han cambiado.
En este sentido emerge una paradoja interesante. España es hoy una monarquía parlamentaria plenamente constitucional, integrada en la Unión Europea, con una sociedad secularizada y jurídicamente igualitaria. Sin embargo, una parte significativa del imaginario monárquico sigue anclada en una concepción premoderna de la consorte. Se acepta al rey como jefe del Estado del siglo XXI, pero se desea una reina del siglo XIX.
Esta tensión explica muchas cosas. Explica por qué determinados monárquicos, que defienden sin problemas la monarquía como forma de Estado, experimentan un rechazo casi visceral hacia la figura de Letizia. No es una oposición racional al modelo institucional, sino una incomodidad cultural. Letizia rompe demasiados códigos a la vez.
No procede de una familia aristocrática, tiene estudios universitarios y una carrera previa visible. Ha vivido una vida adulta completa antes del matrimonio y no responde al arquetipo confesional tradicional. Nada de eso es objetivamente problemático en una democracia liberal. Pero resulta profundamente disruptivo para una concepción simbólica de la realeza basada en la excepcionalidad de sangre y en la idealización moral.
En el fondo, la historia de las consortes odiadas en España habla menos de ellas que de nosotros. Habla de una cultura política que tiende a personalizar culpas y de una dificultad estructural para asumir la complejidad histórica. Pero, sobre todo, de una misoginia de larga duración que castiga especialmente a las mujeres situadas cerca del poder.
Quizá por eso cada generación tiene su reina incómoda. La pregunta final no debería ser si Letizia gusta más o menos. La pregunta relevante es otra: ¿por qué, tres siglos después de Isabel de Farnesio, seguimos necesitando una mujer a la que responsabilizar de nuestras incomodidades con la monarquía? Tal vez el verdadero conflicto no sea que una plebeya divorciada y agnóstica sea reina de España; a lo mejor el verdadero conflicto sea que, en pleno siglo XXI, todavía no hemos terminado de aceptar que una consorte pueda ser un sujeto, y no un adorno.
Lo que sí está claro es que serán los historiadores del futuro quienes analicen de forma más desapasionada el papel de otra consorte Borbón más.
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