‘La Grazia’: Paolo Sorrentino retrata a un presidente honesto y con dudas morales

Ha querido el azar que, cuando todavía nos estamos recuperando del impacto de la eutanasia de Noelia Castillo, llegue a los cines La Grazia de Paolo Sorrentino. Su protagonista es un presidente de la República italiana que, a punto de terminar su mandato, se debate entre dudas morales sobre si firmar o no una ley de eutanasia.

A este ficticio presidente, llamado Mariano de Santis, lo interpreta el muso o actor fetiche del cineasta, el siempre deslumbrante Toni Servillo, que aquí opta por un registro contenido y circunspecto. Al ver en pantalla a este personaje, un ponderado jurista que se toma muy en serio la trascendencia de las decisiones que toma, uno se pregunta: ¿existen políticos así en la vida real o solo en las fábulas como La Grazia? Contemplas a la pandilla basura que constituye el grueso de nuestra clase dirigente y te vienen ganas de gritar «¡Servillo for president

Paolo Sorrentino ha abordado en largometrajes anteriores la política italiana, con Servillo interpretando a dos personajes reales. Lo hizo en Il Divo, una de las mejores películas de la historia sobre las entrañas del poder, centrada en el maquiavélico, sinuoso y sibilino Giulio Andreotti, guardián de todos los secretos -incluidos los inconfesables- de la extinta Democracia Cristiana. Y lo hizo en Silvio (y los otros), sobre Berlusconi, genio y figura, y antecedente de Trump como hombre de negocios metido a político populista.

Aunque el protagonista de La Grazia sea un ficticio presidente y la mayoría de las escenas estén ambientadas en el Palazzo del Quirinale, no es exactamente un largometraje sobre el ejercicio de la política, sino más bien sobre dilemas morales. Mariano de Santis, adusto hombre de leyes al que apodaban «cemento armado» por su severa y metódica aplicación del Derecho, tiene sobre la mesa tres asuntos que debería resolver antes de terminar su mandato.

En primer lugar, la sanción o no de la mencionada ley de eutanasia, para lo cual le va pidiendo a su hija y asesora Dorotea (una estupenda Anna Ferzetti) continuos retoques. A esto se suma la concesión o no de dos indultos que le han solicitado. Son dos casos de asesinato vinculados con el amor o su ausencia: una mujer que mató mientras dormía al marido que la maltrataba con inusitada saña y crueldad, y un viejo profesor de instituto que dejó el trabajo para cuidar de su esposa enferma de Alzheimer y la acabó estrangulando. A estos tres dilemas se añade uno más, que atañe al caballo de uno de los miembros de la escolta presidencial. El animal se ha desplomado en unas instalaciones ecuestres y hay que decidir si se lo sacrifica o no.

Fuerza emocional

Alrededor del debate sobre la ley de eutanasia flota una pregunta que ha formulado la hija del protagonista y que este repite: «¿A quién pertenecen nuestros días?» Y sobre los dos indultos, la pregunta que se hace De Santis para concederlos o no es si quien mató lo hizo movido por el amor, como un sacrificio o un acto de liberación. El amor es un tema central en la película, porque el protagonista vive sumido en la melancolía desde que perdió a su esposa, a la que había amado con toda su alma. Aunque hay una duda que lo corroe: sabe que ella lo engañó, pero nunca ha logrado averiguar con quién.

Para el viejo presidente hubo un instante que definió su vida: cuando vio por primera vez a la que sería su mujer, su silueta recortada contra el horizonte mientras caminaba por una carretera. Estos momentos inasibles en los que uno toca el cielo, pero es incapaz de retenerlo, los sabe plasmar Sorrentino con intensa fuerza emocional. En uno de esos instantes se escondía el corazón de su obra maestra, La gran belleza, cuyo protagonista -de nuevo Servillo, quién si no- pudo en su juventud aspirar a la magnificencia como escritor y a la plenitud del amor, pero fue incapaz de asir ni lo uno ni lo otro. Y ese fracaso rigió desde entonces su vida de frívolo triunfador en la feria de las vanidades romana.

La gran belleza era una sagaz reescritura de La dolce vita de Fellini y el cine de Sorrentino siempre ha tenido una impronta felliniana. Ese gusto por la desmesura, con situaciones y personajes estrafalarios y una pirotecnia visual que, en su caso, toma prestados registros propios del videoclip y la publicidad. Los detractores del cineasta napolitano no soportan esta estética y lo consideran un representante de la vacuidad posmoderna. Sin embargo, hay en su cine mucha más profundidad de la que los despistados creen echar en falta. Está presente desde sus primeros títulos, previos a su estrellato internacional y en los que todavía estaba cincelando su estilo: los prodigiosos largometrajes L’uomo in piú y Las consecuencias del amor, ambos ya con Servillo capitaneando el reparto.

Extravagancias

Frente a la estilización y el barroquismo de La gran belleza, La juventud y Parthenope, La Grazia es una propuesta mucho más templada, menos artificiosa. Aunque sigue habiendo momentos en los que asoman esas pinceladas extravagantes, que aquí pueden resultar en algún momento forzadas. Por ejemplo, la visita del presidente a un papa negro que lleva rastas y un pendiente, y se desplaza por los jardines del Vaticano con una moto. O ese incidente filmado a cámara lenta en el que el anciano presidente de Portugal se ve sorprendido por una súbita y feroz tormenta. O la aparición de un robot canino, representante de la llegada de la inteligencia artificial, en las calles de Roma.

 Más allá de la excentricidad del personaje papal, del encuentro con el santo padre con rastas surge un concepto clave: el de la gracia, la grazia que da título a la película, y que visualmente será representada por un astronauta italiano con el que conecta el presidente para felicitarlo. El astronauta flota liviano en la ingravidez de la estación espacial, y también lo hará la solitaria y misteriosa lágrima que brota de sus ojos cuando no es consciente de que ya está en antena y lo están observando.

Sorrentino nos plantea dilemas interesantes, confrontando la disciplina del Derecho y la férrea aplicación de la ley con la compasiva sensibilidad humana (esa es la función de un indulto). Confiesa su presidente que «no es fácil tener fe en los propios principios». ¿Las leyes son el sólido asidero de la justicia o un dogma en el que nos escudamos para evitarnos la incomodidad y la inquietud de la duda?

 Ha querido el azar que, cuando todavía nos estamos recuperando del impacto de la eutanasia de Noelia Castillo, llegue a los cines La Grazia de Paolo  

Ha querido el azar que, cuando todavía nos estamos recuperando del impacto de la eutanasia de Noelia Castillo, llegue a los cines La Grazia de Paolo Sorrentino. Su protagonista es un presidente de la República italiana que, a punto de terminar su mandato, se debate entre dudas morales sobre si firmar o no una ley de eutanasia.

A este ficticio presidente, llamado Mariano de Santis, lo interpreta el muso o actor fetiche del cineasta, el siempre deslumbrante Toni Servillo, que aquí opta por un registro contenido y circunspecto. Al ver en pantalla a este personaje, un ponderado jurista que se toma muy en serio la trascendencia de las decisiones que toma, uno se pregunta: ¿existen políticos así en la vida real o solo en las fábulas como La Grazia? Contemplas a la pandilla basura que constituye el grueso de nuestra clase dirigente y te vienen ganas de gritar «¡Servillo for president

Paolo Sorrentino ha abordado en largometrajes anteriores la política italiana, con Servillo interpretando a dos personajes reales. Lo hizo en Il Divo, una de las mejores películas de la historia sobre las entrañas del poder, centrada en el maquiavélico, sinuoso y sibilino Giulio Andreotti, guardián de todos los secretos -incluidos los inconfesables- de la extinta Democracia Cristiana. Y lo hizo en Silvio (y los otros), sobre Berlusconi, genio y figura, y antecedente de Trump como hombre de negocios metido a político populista.

Aunque el protagonista de La Grazia sea un ficticio presidente y la mayoría de las escenas estén ambientadas en el Palazzo del Quirinale, no es exactamente un largometraje sobre el ejercicio de la política, sino más bien sobre dilemas morales. Mariano de Santis, adusto hombre de leyes al que apodaban «cemento armado» por su severa y metódica aplicación del Derecho, tiene sobre la mesa tres asuntos que debería resolver antes de terminar su mandato.

En primer lugar, la sanción o no de la mencionada ley de eutanasia, para lo cual le va pidiendo a su hija y asesora Dorotea (una estupenda Anna Ferzetti) continuos retoques. A esto se suma la concesión o no de dos indultos que le han solicitado. Son dos casos de asesinato vinculados con el amor o su ausencia: una mujer que mató mientras dormía al marido que la maltrataba con inusitada saña y crueldad, y un viejo profesor de instituto que dejó el trabajo para cuidar de su esposa enferma de Alzheimer y la acabó estrangulando. A estos tres dilemas se añade uno más, que atañe al caballo de uno de los miembros de la escolta presidencial. El animal se ha desplomado en unas instalaciones ecuestres y hay que decidir si se lo sacrifica o no.

Alrededor del debate sobre la ley de eutanasia flota una pregunta que ha formulado la hija del protagonista y que este repite: «¿A quién pertenecen nuestros días?» Y sobre los dos indultos, la pregunta que se hace De Santis para concederlos o no es si quien mató lo hizo movido por el amor, como un sacrificio o un acto de liberación. El amor es un tema central en la película, porque el protagonista vive sumido en la melancolía desde que perdió a su esposa, a la que había amado con toda su alma. Aunque hay una duda que lo corroe: sabe que ella lo engañó, pero nunca ha logrado averiguar con quién.

Para el viejo presidente hubo un instante que definió su vida: cuando vio por primera vez a la que sería su mujer, su silueta recortada contra el horizonte mientras caminaba por una carretera. Estos momentos inasibles en los que uno toca el cielo, pero es incapaz de retenerlo, los sabe plasmar Sorrentino con intensa fuerza emocional. En uno de esos instantes se escondía el corazón de su obra maestra, La gran belleza, cuyo protagonista -de nuevo Servillo, quién si no- pudo en su juventud aspirar a la magnificencia como escritor y a la plenitud del amor, pero fue incapaz de asir ni lo uno ni lo otro. Y ese fracaso rigió desde entonces su vida de frívolo triunfador en la feria de las vanidades romana.

La gran belleza era una sagaz reescritura de La dolce vita de Fellini y el cine de Sorrentino siempre ha tenido una impronta felliniana. Ese gusto por la desmesura, con situaciones y personajes estrafalarios y una pirotecnia visual que, en su caso, toma prestados registros propios del videoclip y la publicidad. Los detractores del cineasta napolitano no soportan esta estética y lo consideran un representante de la vacuidad posmoderna. Sin embargo, hay en su cine mucha más profundidad de la que los despistados creen echar en falta. Está presente desde sus primeros títulos, previos a su estrellato internacional y en los que todavía estaba cincelando su estilo: los prodigiosos largometrajes L’uomo in piú y Las consecuencias del amor, ambos ya con Servillo capitaneando el reparto.

Frente a la estilización y el barroquismo de La gran belleza, La juventud y Parthenope, La Grazia es una propuesta mucho más templada, menos artificiosa. Aunque sigue habiendo momentos en los que asoman esas pinceladas extravagantes, que aquí pueden resultar en algún momento forzadas. Por ejemplo, la visita del presidente a un papa negro que lleva rastas y un pendiente, y se desplaza por los jardines del Vaticano con una moto. O ese incidente filmado a cámara lenta en el que el anciano presidente de Portugal se ve sorprendido por una súbita y feroz tormenta. O la aparición de un robot canino, representante de la llegada de la inteligencia artificial, en las calles de Roma.

 Más allá de la excentricidad del personaje papal, del encuentro con el santo padre con rastas surge un concepto clave: el de la gracia, la grazia que da título a la película, y que visualmente será representada por un astronauta italiano con el que conecta el presidente para felicitarlo. El astronauta flota liviano en la ingravidez de la estación espacial, y también lo hará la solitaria y misteriosa lágrima que brota de sus ojos cuando no es consciente de que ya está en antena y lo están observando.

Sorrentino nos plantea dilemas interesantes, confrontando la disciplina del Derecho y la férrea aplicación de la ley con la compasiva sensibilidad humana (esa es la función de un indulto). Confiesa su presidente que «no es fácil tener fe en los propios principios». ¿Las leyes son el sólido asidero de la justicia o un dogma en el que nos escudamos para evitarnos la incomodidad y la inquietud de la duda?

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