‘La bola negra’: vindicación homosexual con Lorca de fondo

Puede que Los Javis como personajes públicos les resulten insufribles. Puede que si les digo que su nueva película está construida sobre la suma de Lorca + guerra civil + apoteosis queer salgan huyendo despavoridos. Si se quedan, les cuento por qué La bola negra me parece el largometraje más ambicioso y monumental del cine español en años, incluso en décadas.

La estructura narrativa es de una brillante complejidad: tres tramas paralelas en tres momentos históricos, a las que se suma, de forma muy puntual, una cuarta, filmada en blanco y negro. Los marcos temporales son 1932, 1937 y 2017. Las tres historias van tejiendo poco a poco sus conexiones, hasta formar un todo muy bien armado y coherente.

En la historia de 1932, Carlos (Milo Quifes), un joven granadino de buena familia, aspira a ser admitido en el casino de los señoritos. La junta vota si se acepta o no al nuevo socio mediante un sistema de bolas blancas y negras. Ganan por mayoría las negras, lo cual significa que ha sido rechazado. El motivo: los rumores —ciertos— de que es homosexual.

En la historia de 1937, un soldado franquista vigila, en un acuartelamiento y hospital cerca de Santander, a un prisionero republicano herido, al que van a fusilar. El cautivo es Rafael Rodríguez Rapún, amante de Lorca en los años treinta y secretario de La Barraca. Entre este (Miguel Bardardeau) y su guardián (un debutante y extraordinario Guitarricadelafuente) se establece una creciente complicidad, con una clara carga homoerótica. Y el preso le pide a su carcelero que rescate unos papeles que el poeta le confió. Entre estos papeles está La bola negra, la inédita pieza teatral en la que la temática homosexual iba a aparecer de un modo explícito.

En la realidad esta obra no pasó de un esbozo; se conservan solo cuatro cuartillas manuscritas. Pero la película imagina que Lorca la terminó y se convierte en la trama de 1932. En cuanto a la de 1937, está basada en la pieza teatral de Alberto Conejero La piedra oscura, una obra de cámara para dos actores. Si quieren leerla, hay una edición reciente, de mayo de este año, en Cátedra. El largometraje, del que Conejero es coguionista, añade más personajes (soldados italianos, enfermeras…) e intensifica la tensión erótica entre los dos protagonistas, más larvada en el texto dramático.

Vivencia de la homosexualidad

En la tercera historia, la de 2017, el protagonista es un historiador gay y obeso (Carlos González), que hizo sus pinitos como dramaturgo y mantiene una relación infernal con su madre (Lola Dueñas). Este hombre recibe la noticia de que su abuelo —al que no ha conocido, porque abandonó a su madre cuando ella era una niña— ha fallecido. Le ha dejado en herencia un sobre que debe recoger en persona en un diminuto pueblo cántabro. Su contenido es el elemento que zurce la conexión de las tres líneas narrativas. A ellas se añade la ya mencionada en blanco y negro, muy breve, en la que aparece Federico García Lorca (Alberto Cortés) en sus últimos días en Madrid, antes de partir hacia Granada, en vísperas de que estallara la Guerra Civil, hacia su fatal destino.

Con Lorca como eje que todo lo vertebra, La bola negra traza una suerte de recorrido por la vivencia de la homosexualidad en España: de la represión a la tolerancia, del tabú a la libertad. Y aunque en algunos momentos asoma algún conato de didactismo y algún subrayado innecesario, el largometraje de Los Javis (Javier Calvo y Javier Ambrossi) está a años luz de esos panfletillos de brocha gorda que abundan en el cine español.

Es cierto que la visión de la Guerra Civil se pliega a los clichés esperables y que algunos personajes —en especial una hispanista estadounidense a la que interpreta Glenn Close chapurreando español— resultan bastante tópicos. Pero estos detalles son minucias frente a la magnitud de la propuesta y la potencia visual de la película: desde los aires de esperpento valleinclanesco de algunas escenas de la Guerra Civil —como esa en la que Penélope Cruz interpreta a una cupletista que entretiene a la tropa con canciones picantes— hasta la intensidad poética en la que desemboca la trama granadina cuando aparece la nieve.

Como parte de esta fuerza visual, hay también un despliegue de imaginería homoerótica, que a algunos espectadores podrá parecerles algo excesiva, pero que resulta del todo coherente con lo que se pretende contar. Desde unos marineros que parecen importados directamente de un anuncio de perfume de Jean-Paul Gaultier hasta los soldados italianos y españoles desnudos en una playa en desinhibida camaradería.

Licencias históricas

¿Que no es muy creíble que eso sucediera en el contexto de la España ultracatólica del bando nacional? Pues no. Pero es que la pretensión aquí no es hacer una crónica verista de la Guerra Civil, sino reivindicar el deseo homoerótico. Y el cinéfilo aplicado reconocerá en estas escenas la influencia de Beau Travail, la muy libre adaptación que hizo Claire Denis de Billy Budd de Melville, en la que la cámara de la cineasta filma el cuerpo masculino como objeto de deseo.

También les digo que, si un director varón rueda hoy imágenes similares con cuerpos femeninos, de inmediato el batallón de las monjas alférez del nuevo puritanismo le saca la tarjeta roja, lo castiga cara a la pared y lo manda a un cursillo intensivo de nuevas masculinidades.

Para concluir, apunto dos aspectos que me parecen relevantes: la relación entre ficción y realidad, y el uso (y abuso) de la figura de Lorca. Para construir la ficción, tanto la obra teatral de Conejero como la cinta de Los Javis se toman ciertas licencias o tergiversan la verdad histórica (como prefieran llamarlo).

Por un lado, en realidad, a quien Lorca confió sus manuscritos inéditos antes de abandonar Madrid fue al crítico Rafael Martínez Nadal, que años después sacó a la luz la inédita El público. Ahora bien, el propio Martínez Nadal contó en alguna entrevista que le constaba la existencia de dos versiones de esa pieza, la manuscrita que el poeta le entregó a él junto con otros papeles, y otra pasada a máquina, que nunca se ha encontrado. La persona que la transcribió y acaso la guardó pudo ser Rodríguez Rapún y eso permite a Conejero imaginarlo como el custodio de los inéditos lorquianos, incluida la supuesta versión completa de La bola negra.

Narrativa coherente

Y por otro lado, tanto en la obra de Conejero como en la película de Los Javis hay otra licencia, esta de mayor envergadura: Rafael Rodríguez Rapún sí fue herido en el frente de Santander. Pero no murió fusilado por los nacionales, como se insinúa al final de la pieza teatral y se muestra de forma explícita en la pantalla, en una escena clave muy dramática. Falleció en un hospital, a causa de las heridas sufridas en combate.

Por último, está el tema de si no se ha manoseado ya demasiado la figura de Lorca, convertido por su trágico final en santo laico e icono sobre un pedestal. Creo que su utilización en esta película está plenamente justificada. En su día critiqué la manipulación interesada y tramposa —puro apropiacionismo— que Amenábar hizo de Cervantes en El cautivo, manejando datos no probados para convertir al escritor en un emblema queer en un Argel que parecía Chueca. En cambio, en este caso, el uso de Lorca como elemento cohesionador de las diferentes líneas narrativas del largometraje es del todo coherente, porque la homosexualidad es un aspecto nuclear de su figura y su obra.

La bola negra no explota el mito lorquiano, sino que lo utiliza de manera muy inteligente para construir una película que, más allá de puntuales detalles que se le puedan discutir, es uno de los grandes títulos de este año.

 Puede que Los Javis como personajes públicos les resulten insufribles. Puede que si les digo que su nueva película está construida sobre la suma de Lorca  

Puede que Los Javis como personajes públicos les resulten insufribles. Puede que si les digo que su nueva película está construida sobre la suma de Lorca + guerra civil + apoteosis queer salgan huyendo despavoridos. Si se quedan, les cuento por qué La bola negra me parece el largometraje más ambicioso y monumental del cine español en años, incluso en décadas.

La estructura narrativa es de una brillante complejidad: tres tramas paralelas en tres momentos históricos, a las que se suma, de forma muy puntual, una cuarta, filmada en blanco y negro. Los marcos temporales son 1932, 1937 y 2017. Las tres historias van tejiendo poco a poco sus conexiones, hasta formar un todo muy bien armado y coherente.

En la historia de 1932, Carlos (Milo Quifes), un joven granadino de buena familia, aspira a ser admitido en el casino de los señoritos. La junta vota si se acepta o no al nuevo socio mediante un sistema de bolas blancas y negras. Ganan por mayoría las negras, lo cual significa que ha sido rechazado. El motivo: los rumores —ciertos— de que es homosexual.

En la historia de 1937, un soldado franquista vigila, en un acuartelamiento y hospital cerca de Santander, a un prisionero republicano herido, al que van a fusilar. El cautivo es Rafael Rodríguez Rapún, amante de Lorca en los años treinta y secretario de La Barraca. Entre este (Miguel Bardardeau) y su guardián (un debutante y extraordinario Guitarricadelafuente) se establece una creciente complicidad, con una clara carga homoerótica. Y el preso le pide a su carcelero que rescate unos papeles que el poeta le confió. Entre estos papeles está La bola negra, la inédita pieza teatral en la que la temática homosexual iba a aparecer de un modo explícito.

En la realidad esta obra no pasó de un esbozo; se conservan solo cuatro cuartillas manuscritas. Pero la película imagina que Lorca la terminó y se convierte en la trama de 1932. En cuanto a la de 1937, está basada en la pieza teatral de Alberto Conejero La piedra oscura, una obra de cámara para dos actores. Si quieren leerla, hay una edición reciente, de mayo de este año, en Cátedra. El largometraje, del que Conejero es coguionista, añade más personajes (soldados italianos, enfermeras…) e intensifica la tensión erótica entre los dos protagonistas, más larvada en el texto dramático.

En la tercera historia, la de 2017, el protagonista es un historiador gay y obeso (Carlos González), que hizo sus pinitos como dramaturgo y mantiene una relación infernal con su madre (Lola Dueñas). Este hombre recibe la noticia de que su abuelo —al que no ha conocido, porque abandonó a su madre cuando ella era una niña— ha fallecido. Le ha dejado en herencia un sobre que debe recoger en persona en un diminuto pueblo cántabro. Su contenido es el elemento que zurce la conexión de las tres líneas narrativas. A ellas se añade la ya mencionada en blanco y negro, muy breve, en la que aparece Federico García Lorca (Alberto Cortés) en sus últimos días en Madrid, antes de partir hacia Granada, en vísperas de que estallara la Guerra Civil, hacia su fatal destino.

Con Lorca como eje que todo lo vertebra, La bola negra traza una suerte de recorrido por la vivencia de la homosexualidad en España: de la represión a la tolerancia, del tabú a la libertad. Y aunque en algunos momentos asoma algún conato de didactismo y algún subrayado innecesario, el largometraje de Los Javis (Javier Calvo y Javier Ambrossi) está a años luz de esos panfletillos de brocha gorda que abundan en el cine español.

Es cierto que la visión de la Guerra Civil se pliega a los clichés esperables y que algunos personajes —en especial una hispanista estadounidense a la que interpreta Glenn Close chapurreando español— resultan bastante tópicos. Pero estos detalles son minucias frente a la magnitud de la propuesta y la potencia visual de la película: desde los aires de esperpento valleinclanesco de algunas escenas de la Guerra Civil —como esa en la que Penélope Cruz interpreta a una cupletista que entretiene a la tropa con canciones picantes— hasta la intensidad poética en la que desemboca la trama granadina cuando aparece la nieve.

Como parte de esta fuerza visual, hay también un despliegue de imaginería homoerótica, que a algunos espectadores podrá parecerles algo excesiva, pero que resulta del todo coherente con lo que se pretende contar. Desde unos marineros que parecen importados directamente de un anuncio de perfume de Jean-Paul Gaultier hasta los soldados italianos y españoles desnudos en una playa en desinhibida camaradería.

¿Que no es muy creíble que eso sucediera en el contexto de la España ultracatólica del bando nacional? Pues no. Pero es que la pretensión aquí no es hacer una crónica verista de la Guerra Civil, sino reivindicar el deseo homoerótico. Y el cinéfilo aplicado reconocerá en estas escenas la influencia de Beau Travail, la muy libre adaptación que hizo Claire Denis de Billy Budd de Melville, en la que la cámara de la cineasta filma el cuerpo masculino como objeto de deseo.

También les digo que, si un director varón rueda hoy imágenes similares con cuerpos femeninos, de inmediato el batallón de las monjas alférez del nuevo puritanismo le saca la tarjeta roja, lo castiga cara a la pared y lo manda a un cursillo intensivo de nuevas masculinidades.

Para concluir, apunto dos aspectos que me parecen relevantes: la relación entre ficción y realidad, y el uso (y abuso) de la figura de Lorca. Para construir la ficción, tanto la obra teatral de Conejero como la cinta de Los Javis se toman ciertas licencias o tergiversan la verdad histórica (como prefieran llamarlo).

Por un lado, en realidad, a quien Lorca confió sus manuscritos inéditos antes de abandonar Madrid fue al crítico Rafael Martínez Nadal, que años después sacó a la luz la inédita El público. Ahora bien, el propio Martínez Nadal contó en alguna entrevista que le constaba la existencia de dos versiones de esa pieza, la manuscrita que el poeta le entregó a él junto con otros papeles, y otra pasada a máquina, que nunca se ha encontrado. La persona que la transcribió y acaso la guardó pudo ser Rodríguez Rapún y eso permite a Conejero imaginarlo como el custodio de los inéditos lorquianos, incluida la supuesta versión completa de La bola negra.

Y por otro lado, tanto en la obra de Conejero como en la película de Los Javis hay otra licencia, esta de mayor envergadura: Rafael Rodríguez Rapún sí fue herido en el frente de Santander. Pero no murió fusilado por los nacionales, como se insinúa al final de la pieza teatral y se muestra de forma explícita en la pantalla, en una escena clave muy dramática. Falleció en un hospital, a causa de las heridas sufridas en combate.

Por último, está el tema de si no se ha manoseado ya demasiado la figura de Lorca, convertido por su trágico final en santo laico e icono sobre un pedestal. Creo que su utilización en esta película está plenamente justificada. En su día critiqué la manipulación interesada y tramposa —puro apropiacionismo— que Amenábar hizo de Cervantes en El cautivo, manejando datos no probados para convertir al escritor en un emblema queer en un Argel que parecía Chueca. En cambio, en este caso, el uso de Lorca como elemento cohesionador de las diferentes líneas narrativas del largometraje es del todo coherente, porque la homosexualidad es un aspecto nuclear de su figura y su obra.

La bola negra no explota el mito lorquiano, sino que lo utiliza de manera muy inteligente para construir una película que, más allá de puntuales detalles que se le puedan discutir, es uno de los grandes títulos de este año.

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