La mesa del hotel madrileño donde se ha citado a la prensa está llena de pastelitos deliciosos, delicatessen saladas, zumos, rosas y muchos libritos encuadernados en rojo (luego se sabrá por qué), como si fueran novelas del siglo XIX, de esas que había antes en las casas, puede que también en la de la familia de Ana Milán. El color desborda, así, esta mesa y el desayuno.
La actriz alicantina (1973) debuta (verbo que en su caso le va como anillo al dedo) en la ficción con una novela que entra como los dulces, a bocados, y haciendo mucho ruido al masticar, como en un teatro de los sueños: Bailando lo quitao (Planeta).
Cinco años por lo menos ha invertido Milán en tejer en 200 páginas la vida de una mujer de casi 80 años que, dice, no es ella, pero que se parece, pese a la diferencia de edad, de una manera sobrenatural a la actriz impetuosa y vital que legaron trabajos televisivos clásicos como Cámera Café. Josi, su alter ego, dice en la primera línea del libro: «Me llamo Josefa y estoy deseando morirme». Así, sin vendas ni tiritas.
Para llegar aquí, el libro, que se hace corto, repasa la familia de la protagonista en los años 40, abuelas ‘feministas’ que la marcaron, un padre autoritario y una madre sumisa y doliente, amores desiguales pero plenos, un trabajo de secretaria en RTVE y sus contactos con famosos que, ahí sí, Milán conoció bien: Pilar Bardem, María Asquerino, Amparo Baró, Beatriz Carvajal, Pilar Miró, Balbín… Porque dentro de esta pararrealidad, hay personajes de carne y hueso.
«En esta novela hay el doble borrado de lo que hay publicado. Yo borraba y borraba y borraba. Borraba para dejar solo el latigazo emocional. Me daba mucho miedo que no se entendiera, por eso me fascina que se haya entendido. Cuando vi la respuesta en redes (la novela salió a la venta el pasado día 4) enseguida me empecé a dar cuenta de que todo el mundo lo estaba entendiendo, que todo el mundo nombraba a Josi, como si de repente tuvieran una amiga nueva. Me da un poco de celos, porque la quiero mucho«, ironiza su creadora, tratando de poner distancia con el personaje que ha salido de sus devaneos.
Yo he hecho muy poco esfuerzo para escribir esta novela. Josi venía y me contaba y me contaba y me contaba y me contaba
La faceta de novelista ha cumplido sus expectativas personales: «Ha sido un proceso para mí muy especial porque Josi me lo ha dictado todo. No sé cómo ha sido. Y sé que suena raro. Pero yo he hecho muy poco esfuerzo para escribir esta novela. Josi venía y me contaba y me contaba y me contaba y me contaba. Ayer la volví a leer, por octava vez. No me gustó mucho. Llamé a un amigo y le dije, «No es tan bueno, ¿eh?» Y me dijo, «¿Puedes dejar de leerlo?».
Se puede decir, que Ana Milán no hizo caso a su amigo y ‘se’ siguió leyendo a sí misma. » Y me di cuenta de que leyéndolo, yo sentía que había hecho algo digno, hermoso, y sobre todo, honesto. O sea, que no pretendía ni ser comercial ni pretendía más que la honestidad y la emoción. Lo conseguí y estoy muy contenta. Me la estoy gozando», dice en una de sus frases preferidas que se convertirá en mantra de la larga conversación en esa mesa llena de sutiles tentaciones en forma de comida y de lectura.
«Creo también que cuando pasas mucho tiempo a solas contigo, desarrollas una intuición profunda, calmada; este libro ya era así en mi cabeza», sentencia, si es que Milán concluye alguna vez sus contundentes e impactantes frases.
Bailando lo quitao es una novela de la memoria, pero no como se suele entender el recuerdo. En estas páginas, se resuelve de un modo desordenado, con la voz de la protagonista ennumerando sus lugares universales como son la libertad, el deseo, la soledad y la muerte (hay más, desde luego), sin prestar mucha atención a qué vino antes y qué después.
Josefa, el nombre de mi protagonista, es horroroso, no sé si me llevaría bien con alguien llamado así
Ana Milán no puede o no quiere hablar de su novela como lo haría un autor al uso. Ella critica el nombre de su protagonista y levanta la carcajada general de gente que tampoco está habituada a escritores tan vehementes y poco dados a complacer.
«Igual que Josefa siempre se quiso llamar Josefa, yo no podía entender que se llamara Josefa, porque es un nombre horroroso, que nunca se lo pondría a nadie y que no sé si me llevaría yo muy bien con alguien que se llamara Josefa (risas, aquí, de los asistentes). Yo tengo una tía que se llama Josefa, que no sé quién es. No es que no sepa quién es, es que mi padre son 18 hermanos, entonces no sé quién es, porque no tienes vida para conocerte a todos tus tíos».
El libro tiene el rojo exacto de mi pintalabios de toda la vida y es un pintalabios que me lleva acompañando desde que tengo 16 años
También el rojo que ‘impuso’ como condición a la editorial desdeñando la imagen clásica que todo buen editor ofrece, tiene su aquel. «Tiene el casi el rojo exacto de mi pintalabios de toda la vida y es un pintalabios que me lleva acompañando desde que tengo 16. Mi obsesión era pintarme los labios de rojo. Creo que nunca he tenido un pintalabios que sea otro color. Y tengo todos los rojos en todas las gamas que te puedas imaginar. De hecho, he llegado a las tiendas y decía, «Es que ese rojo tiene base naranja. Y yo necesito un rojo con base azul.» Y me decían, «¿De qué c… estás hablando, Ana?» Y yo, «Un rojo frío.» (Vuelven las risas).
Pero no se equivoquen, con la Ana Milán ocurrente e impulsiva convive una Ana Milán profunda y reflexiva, que conecta en parte con su cercana, mordaz, atinada y sensible Josi. «Creo que tiene que ver con la alegría con la que ambas asumimos las consecuencias. Yo soy una gran aceptadora de las consecuencias. Llevo poniéndome el mundo por montera desde que tengo uso de razón. Vivo sola desde los 16 años. Realmente he viajado por todo el mundo, me he metido en todos los charcos. Me he divorciado dos veces. Eso implica haberte casado dos veces, que es el doble de fe de lo que debería tener cualquier persona humana. Y lo haré una tercera, que es lo peor».
Y añade: «A menudo uno tiene una especie de rigidez por el qué dirán. Yo me crié en una casa conservadora, pero que me permitió equivocarme y siempre me ha parecido de los grandes regalos que me hizo mi madre. ¿No? Esta cosa de, «Ve y estréllate. Que aquí estaré yo después.» Entonces, mi madre que me ha visto estrellarme mucho, ha sido una gran cómplice de crimen. O sea, hay mucha libertad en permitir que te equivoques. Y además, creo que a nuestros hijos se lo debemos».
«Cuando te equivocas con permiso, te equivocas con más alegría, y Josi y yo compartimos la alegría por decir, «La hostia que me da, no la he visto yo venir. Pero también luego hay cosas que nos salen muy bien. Porque la valentía, yo creo que, que la vida también te recompensa», afirma triunfal.
La novela contiene una interesante interrogante sobre la vejez. «A mí envejecer me parece de las grandes tragedias. Me parece que está mal hecho. Me parece que Dios hizo el mundo en siete días y se nota. O sea, está muy guay tener las tetas aquí, la piel estirada a los 15 años. Pero es que yo particularmente a los 50 lo necesito más que respirar. O sea, hay una cosa de que me parece que es todo un ejercicio de crueldad observar cómo tu cara cambia sin que puedas hacer nada».
«Que cada uno haga con su cara lo que considere. Que haga aquello necesario para verse bien, porque ya me parece una p… tremenda saber que viene la muerte. Que se acaba. Y de alguna manera, hay algo que ronda los 50, donde tú le das la vuelta al jamón. Y sobre todo, donde tomas conciencia por primera vez que ya no eres joven». Así que sugiere Milán que cada cual haga con su cuerpo y su cara lo que quiera… «y el resto, a callar».
A mí no me gustaría llegar a los 90
Parece que, hablando de la edad y del crepúsculo, se llega al germen de este delicado ejercicio de ficción, que por ejemplo la escritora María Dueñas ha alabado como desgarradora y llena de luz. «A mí me encantaba por la mañana levantarme y meterme en la cama con mi madre, era uno de mis grandes placeres. Y entonces, mis grandes charlas siempre tenían lugar en la cama. Un día me dijo, «¿Cuántos años tengo yo, hija?» Tenía Alzheimer y de vez en cuando se le iba. Y le digo, «78.» «¿Cómo voy a tener 78?» Digo, «Pues sí, madre. Estamos jodidas, 78 tienes.» «¿Pero cómo va a ser?» Dice, «¿Tú sabes que cuando yo me estoy despertando y me veo a mí misma con las cosas que tengo que hacer por el día, no tengo más de 40?» Dice, «Y cada mañana cuando me veo en el espejo, no entiendo nada.» Yo internamente, cuando me miro en el espejo, digo, «¿Qué ha pasado?» Aquí. «¿Qué ha pasado? ¿En qué momento?» A mí no me gustaría llegar a los 90″, anuncia resolutiva y nada resignada quien ha escrito la frase: «A la vejez hay que llegar llevándose muy bien con uno mismo».
En Bailando lo quitao, título que llegó antes que el argumento por las «chaladuras» que Milán anota en una carpeta sin saber qué hacer con ellas o si, incluso, si hará algo, hay ecos también de amigos y de conocidos, que le han legado sus testimonios; de cantantes de Eurovisión como Raphael y Salomé; de renuncios, como el amor ese que se contiene en la frase ‘Daría la vida por ti’, de la que Milán se confiesa una auténtica escéptica. Del aborto, ese hecho traumático que no genera alivio ni cuando consigues lo que deseabas… De tantas cosas que pueblan la vida y el adiós de una mujer con suerte. «La vida consiste en salir de un manicomio para entrar en un panteón». Dixit Josi.
La intérprete repasa la vida de Josi, su relación con la familia, sus amores fallidos, la maternidad, la soledad y la muerte.
La mesa del hotel madrileño donde se ha citado a la prensa está llena de pastelitos deliciosos, delicatessen saladas, zumos, rosas y muchos libritos encuadernados en rojo (luego se sabrá por qué), como si fueran novelas del siglo XIX, de esas que había antes en las casas, puede que también en la de la familia de Ana Milán. El color desborda, así, esta mesa y el desayuno.
La actriz alicantina (1973) debuta (verbo que en su caso le va como anillo al dedo) en la ficción con una novela que entra como los dulces, a bocados, y haciendo mucho ruido al masticar, como en un teatro de los sueños: Bailando lo quitao (Planeta).
Cinco años por lo menos ha invertido Milán en tejer en 200 páginas la vida de una mujer de casi 80 años que, dice, no es ella, pero que se parece, pese a la diferencia de edad, de una manera sobrenatural a la actriz impetuosa y vital que legaron trabajos televisivos clásicos como Cámera Café. Josi, su alter ego, dice en la primera línea del libro: «Me llamo Josefa y estoy deseando morirme». Así, sin vendas ni tiritas.
Para llegar aquí, el libro, que se hace corto, repasa la familia de la protagonista en los años 40, abuelas ‘feministas’ que la marcaron, un padre autoritario y una madre sumisa y doliente, amores desiguales pero plenos, un trabajo de secretaria en RTVE y sus contactos con famosos que, ahí sí, Milán conoció bien: Pilar Bardem, María Asquerino, Amparo Baró, Beatriz Carvajal, Pilar Miró, Balbín… Porque dentro de esta pararrealidad, hay personajes de carne y hueso.
«En esta novela hay el doble borrado de lo que hay publicado. Yo borraba y borraba y borraba. Borraba para dejar solo el latigazo emocional. Me daba mucho miedo que no se entendiera, por eso me fascina que se haya entendido. Cuando vi la respuesta en redes (la novela salió a la venta el pasado día 4) enseguida me empecé a dar cuenta de que todo el mundo lo estaba entendiendo, que todo el mundo nombraba a Josi, como si de repente tuvieran una amiga nueva. Me da un poco de celos, porque la quiero mucho«, ironiza su creadora, tratando de poner distancia con el personaje que ha salido de sus devaneos.
Yo he hecho muy poco esfuerzo para escribir esta novela. Josi venía y me contaba y me contaba y me contaba y me contaba
La faceta de novelista ha cumplido sus expectativas personales: «Ha sido un proceso para mí muy especial porque Josi me lo ha dictado todo. No sé cómo ha sido. Y sé que suena raro. Pero yo he hecho muy poco esfuerzo para escribir esta novela. Josi venía y me contaba y me contaba y me contaba y me contaba. Ayer la volví a leer, por octava vez. No me gustó mucho. Llamé a un amigo y le dije, «No es tan bueno, ¿eh?» Y me dijo, «¿Puedes dejar de leerlo?».
Se puede decir, que Ana Milán no hizo caso a su amigo y ‘se’ siguió leyendo a sí misma. » Y me di cuenta de que leyéndolo, yo sentía que había hecho algo digno, hermoso, y sobre todo, honesto. O sea, que no pretendía ni ser comercial ni pretendía más que la honestidad y la emoción. Lo conseguí y estoy muy contenta. Me la estoy gozando», dice en una de sus frases preferidas que se convertirá en mantra de la larga conversación en esa mesa llena de sutiles tentaciones en forma de comida y de lectura.
«Creo también que cuando pasas mucho tiempo a solas contigo, desarrollas una intuición profunda, calmada; este libro ya era así en mi cabeza», sentencia, si es que Milán concluye alguna vez sus contundentes e impactantes frases.
Bailando lo quitao es una novela de la memoria, pero no como se suele entender el recuerdo. En estas páginas, se resuelve de un modo desordenado, con la voz de la protagonista ennumerando sus lugares universales como son la libertad, el deseo, la soledad y la muerte (hay más, desde luego), sin prestar mucha atención a qué vino antes y qué después.
Josefa, el nombre de mi protagonista, es horroroso, no sé si me llevaría bien con alguien llamado así
Ana Milán no puede o no quiere hablar de su novela como lo haría un autor al uso. Ella critica el nombre de su protagonista y levanta la carcajada general de gente que tampoco está habituada a escritores tan vehementes y poco dados a complacer.
«Igual que Josefa siempre se quiso llamar Josefa, yo no podía entender que se llamara Josefa, porque es un nombre horroroso, que nunca se lo pondría a nadie y que no sé si me llevaría yo muy bien con alguien que se llamara Josefa (risas, aquí, de los asistentes). Yo tengo una tía que se llama Josefa, que no sé quién es. No es que no sepa quién es, es que mi padre son 18 hermanos, entonces no sé quién es, porque no tienes vida para conocerte a todos tus tíos».
El libro tiene el rojo exacto de mi pintalabios de toda la vida y es un pintalabios que me lleva acompañando desde que tengo 16 años
También el rojo que ‘impuso’ como condición a la editorial desdeñando la imagen clásica que todo buen editor ofrece, tiene su aquel. «Tiene el casi el rojo exacto de mi pintalabios de toda la vida y es un pintalabios que me lleva acompañando desde que tengo 16. Mi obsesión era pintarme los labios de rojo. Creo que nunca he tenido un pintalabios que sea otro color. Y tengo todos los rojos en todas las gamas que te puedas imaginar. De hecho, he llegado a las tiendas y decía, «Es que ese rojo tiene base naranja. Y yo necesito un rojo con base azul.» Y me decían, «¿De qué c… estás hablando, Ana?» Y yo, «Un rojo frío.» (Vuelven las risas).
Pero no se equivoquen, con la Ana Milán ocurrente e impulsiva convive una Ana Milán profunda y reflexiva, que conecta en parte con su cercana, mordaz, atinada y sensible Josi. «Creo que tiene que ver con la alegría con la que ambas asumimos las consecuencias. Yo soy una gran aceptadora de las consecuencias. Llevo poniéndome el mundo por montera desde que tengo uso de razón. Vivo sola desde los 16 años. Realmente he viajado por todo el mundo, me he metido en todos los charcos. Me he divorciado dos veces. Eso implica haberte casado dos veces, que es el doble de fe de lo que debería tener cualquier persona humana. Y lo haré una tercera, que es lo peor».
Y añade: «A menudo uno tiene una especie de rigidez por el qué dirán. Yo me crié en una casa conservadora, pero que me permitió equivocarme y siempre me ha parecido de los grandes regalos que me hizo mi madre. ¿No? Esta cosa de, «Ve y estréllate. Que aquí estaré yo después.» Entonces, mi madre que me ha visto estrellarme mucho, ha sido una gran cómplice de crimen. O sea, hay mucha libertad en permitir que te equivoques. Y además, creo que a nuestros hijos se lo debemos».
«Cuando te equivocas con permiso, te equivocas con más alegría, y Josi y yo compartimos la alegría por decir, «La hostia que me da, no la he visto yo venir. Pero también luego hay cosas que nos salen muy bien. Porque la valentía, yo creo que, que la vida también te recompensa», afirma triunfal.
La novela contiene una interesante interrogante sobre la vejez. «A mí envejecer me parece de las grandes tragedias. Me parece que está mal hecho. Me parece que Dios hizo el mundo en siete días y se nota. O sea, está muy guay tener las tetas aquí, la piel estirada a los 15 años. Pero es que yo particularmente a los 50 lo necesito más que respirar. O sea, hay una cosa de que me parece que es todo un ejercicio de crueldad observar cómo tu cara cambia sin que puedas hacer nada».
«Que cada uno haga con su cara lo que considere. Que haga aquello necesario para verse bien, porque ya me parece una p… tremenda saber que viene la muerte. Que se acaba. Y de alguna manera, hay algo que ronda los 50, donde tú le das la vuelta al jamón. Y sobre todo, donde tomas conciencia por primera vez que ya no eres joven». Así que sugiere Milán que cada cual haga con su cuerpo y su cara lo que quiera… «y el resto, a callar».
A mí no me gustaría llegar a los 90
Parece que, hablando de la edad y del crepúsculo, se llega al germen de este delicado ejercicio de ficción, que por ejemplo la escritora María Dueñas ha alabado como desgarradora y llena de luz. «A mí me encantaba por la mañana levantarme y meterme en la cama con mi madre, era uno de mis grandes placeres. Y entonces, mis grandes charlas siempre tenían lugar en la cama. Un día me dijo, «¿Cuántos años tengo yo, hija?» Tenía Alzheimer y de vez en cuando se le iba. Y le digo, «78.» «¿Cómo voy a tener 78?» Digo, «Pues sí, madre. Estamos jodidas, 78 tienes.» «¿Pero cómo va a ser?» Dice, «¿Tú sabes que cuando yo me estoy despertando y me veo a mí misma con las cosas que tengo que hacer por el día, no tengo más de 40?» Dice, «Y cada mañana cuando me veo en el espejo, no entiendo nada.» Yo internamente, cuando me miro en el espejo, digo, «¿Qué ha pasado?» Aquí. «¿Qué ha pasado? ¿En qué momento?» A mí no me gustaría llegar a los 90″, anuncia resolutiva y nada resignada quien ha escrito la frase: «A la vejez hay que llegar llevándose muy bien con uno mismo».
En Bailando lo quitao, título que llegó antes que el argumento por las «chaladuras» que Milán anota en una carpeta sin saber qué hacer con ellas o si, incluso, si hará algo, hay ecos también de amigos y de conocidos, que le han legado sus testimonios; de cantantes de Eurovisión como Raphael y Salomé; de renuncios, como el amor ese que se contiene en la frase ‘Daría la vida por ti’, de la que Milán se confiesa una auténtica escéptica. Del aborto, ese hecho traumático que no genera alivio ni cuando consigues lo que deseabas… De tantas cosas que pueblan la vida y el adiós de una mujer con suerte. «La vida consiste en salir de un manicomio para entrar en un panteón». Dixit Josi.
20MINUTOS.ES – Cultura
