<p>Las salas del Edificio Nouvel en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía son de un color blanco casi etéreo que se extiende por pasillos interminables. Sus paredes, sin embargo, rebosan colores de toda la escala cromática: algunos muy vivos -amarillos, naranjas-; otros más apagados -negros, rosas claros-. <strong>Todos ellos están unidos por la coherencia del arte experimental</strong>, ese que caracteriza a<a href=»https://www.elmundo.es/la-lectura/2025/11/25/6914fb50fdddff705c8b45a3.html» target=»_blank»><strong> Juan Uslé</strong></a> (Santander, 1954), quien convierte lo marginal en el eje central de los cuadros. Sus obras, desde pictóricas hasta fotográficas, convergen en una emulsión de talento que aparece reflejada en su última exposición,<i><strong>Ese barco en la montaña</strong></i>. Esta ha sido la premisa de la que partió el escritor Antonio Lucas durante su conversación con el pintor en el encuentro organizado por <a href=»https://www.elmundo.es/la-lectura.html» target=»_blank»><i><strong>La Lectura</strong></i></a>, el suplemento cultural de EL MUNDO, celebrado el pasado martes en el museo madrileño. </p>
El artista protagonizó un nuevo encuentro de ‘La Lectura’, el suplemento cultural de EL MUNDO. Rodeado por sus obras en el Museo Reina Sofía, reflexionó sobre su proceso creativo y sobre los estímulos que le impulsan
Las salas del Edificio Nouvel en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía son de un color blanco casi etéreo que se extiende por pasillos interminables. Sus paredes, sin embargo, rebosan colores de toda la escala cromática: algunos muy vivos -amarillos, naranjas-; otros más apagados -negros, rosas claros-. Todos ellos están unidos por la coherencia del arte experimental, ese que caracteriza a Juan Uslé (Santander, 1954), quien convierte lo marginal en el eje central de los cuadros. Sus obras, desde pictóricas hasta fotográficas, convergen en una emulsión de talento que aparece reflejada en su última exposición,Ese barco en la montaña. Esta ha sido la premisa de la que partió el escritor Antonio Lucas durante su conversación con el pintor en el encuentro organizado por La Lectura, el suplemento cultural de EL MUNDO, celebrado el pasado martes en el museo madrileño.
La conversación se celebró en una de estas salas, la que presidía la obra Rizoma mayor (1998-1999); entre el público estaban el director del gabinete institucional del Reina Sofía y anteriormente de ARCO, Carlos Urroz, y el galerista del propio Uslé.«Este es el más especial de los foros», resumía el poeta y periodista de EL MUNDO al inicio del evento. Lo decía no solo por la envidiable localización, que definió como una «cámara de las maravillas», sino por contar con la presencia de uno de los grandes artistas contemporáneos del momento.
De un lado de la mesa, Antonio Lucas, el moderador del encuentro; en el otro, Juan Uslé, un hombre «muy singular», y un creador vanguardista sublime. Ambos reflexionaron sobre el arte en todas sus dimensiones y los motivos detrás de sus obras. El selecto acto lo llenaron periodistas y lectores de EL MUNDO, que fueron testigos de la evolución del pintor mientras descubrían los entresijos de Ese barco en la montaña, la segunda exposición antológica que el artista ha presentado en el museo después de Open Rooms, organizada en el Palacio de Velázquez, hace ya más de 20 años. «Cuando uno pasea por la obra de Uslé, por la sala, se da cuenta, efectivamente, de ese pintor insistente en sus propias obsesiones», sentenció Lucas. Para Uslé, la selección de las obras expuestas «late, tiene pulso», y eso ya es suficiente para transmitir su mensaje.
El encuentro siguió las mismas etapas que la exposición, y se convirtió en un viaje pictórico por la infancia de Uslé. Precisamente, la primera obra que llamó la atención fue 1960, que hace referencia al año en el que el gran buque Elorrio zozobró hasta hundirse en las aguas de Langre (Cantabria), un acontecimiento que marcó la niñez del pintor, y que ahora ha supuesto el reflejo del que beben el resto de lienzos expuestos. «La infancia es el lugar emocional donde se gestan los cimientos de lo que vamos a ser. Forma tu sensibilidad», explicó el artista. Las primeras obras de la exposición, por eso, recordaron a la Ría de Cubas, una escena casi mitológica para el pintor -«es una prohibición y también un deseo»-, que forma parte del entramado de conceptos en los que se ha inspirado Uslé.
Él ha mudado su estilo a lo largo de los años, aunque su esencia sigue siendo la misma: «Busco que el espectador tenga una experiencia cuerpo a cuerpo con la pintura», recogió. El diálogo también se movió por el proceso creativo del artista, autor de varias colecciones interdependientes, algo que el propio Antonio Lucas definió como su «nudo de pinturas». Para Uslé, la fórmula siempre estuvo clara: «En el propio hacer encuentras mucha inspiración, eres capaz de estar suficientemente abierto para admitir el accidente». Un «hacer» que trasciende al artista y permite al espectador iniciar un viaje por los momentos más destacados.
La infancia es el lugar emocional donde se gestan los cimientos de lo que vamos a ser
Uslé recuperó una sola idea de todo ese entramado, una forma única de entender el arte. Para él, «la pintura es el salvavidas de la pintura», y «el deber del artista es buscar formas de afrontar y extender el acto de pintar». Antonio Lucas hizo un repaso de las obras que conforman la exposición, todas aquellas que demuestran que la condición de lo líquido nunca fue ajena a su pintura, algo que se explica por su origen cántabro y su posterior mudanza hacia Nueva York.
Pero hay algo omnipresente en las pinceladas de sus cuadros: esa necesidad de hacer «algo», de tocar el lienzo con sus ojos a medida que los colores y las trazadas lo completan. Su arte se entendió casi como un cuerpo humano, donde el caballete hace las veces de esqueleto, y la pintura representa su alma. «Puedo hacer un cuadro precioso, perfecto, y lo tengo que destruir porque le falta la vida, el pulso», recogió Uslé. Lucas, por su parte, definió las obras como un encuentro entre «lo símil y lo inverosímil», refiriéndose a los matices que parecen encontrarse a medida que la obra se va viendo más de cerca.
El moderador capituló el evento, no sin antes hacer mención a la convergencia entre el diálogo y la armonía, así como a la sala que marca el final de la exposición. El escritor la describió como una «celebración de la pintura», mientras que Uslé rebatió que todas las obras «tienen su punto de interés e intencionalidad». Ambos mencionaron una en concreto: el Mî-Mon (1992), una pintura de la colección Uslé-Civera estructurada a partir de cuadrículas que indagan en la repetición y el ritmo, tan presentes en su colección. Su significado, además, se plantea muy en línea con el leitmotiv del evento de La Lectura, pues el propio título ya invita a reflexionar sobre la pintura, mientras representa esa dualidad entre su vida en Cantabria y aquella que formó en Nueva York. La exposición, al final, es un espacio que atrapa a quien lo mire. ¿No es este el verdadero sentido del arte?
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