La solapa de La República (Alfaguara) tiene una de las biografías del autor más sucintas de la historia. Dice: «Jorge Volpi escribe ficciones. Es humano». Aclaraciones que se revelarán muy pertinentes a medida que las páginas vayan desplegando una historia demasiado plausible narrada por una inteligencia artificial demasiado poderosa.
No es la primera vez que Jorge Volpi (México, 1968) juguetea con los límites de la realidad. Autor de 15 novelas, deslumbró a crítica y público con En busca de Klingsor (1999), una alucinante combinación de nazis, física cuántica y misterio que ganó el Premio Biblioteca Breve y abría su trilogía del siglo XX: El fin de la locura (2003) desnudó las supuestas utopías de la izquierda intelectual del siglo XX, y Tiempo de cenizas (2006) dio cuenta del colapso soviético y el auge del capitalismo global.
Siguieron otras novelas y ensayos notables, pero a menor altura emocional, con menor nervio narrativo. Parece que vuelve por donde solía. La República es una novela total que nos zambulle en las profundidades de lo real más inquietante. Los tiempos piden futuro. Pero el futuro ya está aquí. La narración comienza… hoy. Sí: el 6 de octubre de 2026. Donald Trump está en la cárcel, Kamala Harris preside EEUU tras la repentina muerte de Biden, y el senador VM Lively aprovecha el caos para hacerse con el poder en una portentosa maniobra detrás de la cual se intuye una inteligencia prodigiosa.
Jorge Volpi, el humano, explica: «Desde el principio tenía claro que quería escribir una historia sobre la relación entre el poder político y su contraparte tecnológica, y que el narrador sería una inteligencia artificial». Aunque empieza literalmente hoy, la novela se extiende hasta el 2040 para narrar «lo que podría llegar a ocurrir en esta especie de espejo roto de una realidad solo levemente alternativa a la que estamos viviendo. Muchos de los mecanismos que, por supuesto, la novela exacerba están ya presentes en nuestras vidas cotidianas».
La tecnología se revela pronto como protagonista y narradora, pero el núcleo de la historia es tan humano como un indisimulado homenaje a Macbeth. «Sí, se podría hablar de un Macbeth cibernético. Es la obra de Shakespeare que más me ha emocionado, y está en casi todo lo que he escrito de la relación entre poder y saber». Igne, la mujer del senador Lively, es una evidente Lady Macbeth, propagadora de la tragedia: típico genio de la programación sin habilidades sociales ni empatía, convoca a las brujas en forma de Nick, una inteligencia artificial extremadamente poderosa que va poco a poco tomando el control.
Máquina y conciencia
La toma del poder se desarrolla a un ritmo vertiginoso, adictivo, pero adquiere una profundidad psicológica gracias a ese «triángulo de afectos entre dos seres humanos y una máquina. Me di cuenta de que podía establecerse una trama casi psicoanalítica: Igne da a luz, nunca mejor dicho, a esta IA, como si ella fuera la madre biológica». Y la criatura evoluciona. «Comienza narrando en segunda persona, contándole toda la historia a VM, pero poco a poco esa voz va extendiéndose…»
Un reto mayúsculo para un escritor: meterse en la no piel de un ser virtual. «No hay duda ya de que poseen inteligencia, pero todavía no podemos hablar de conciencia, con lo que es una inteligencia distinta de la humana». De momento… «Para mí lo más importante era el desarrollo narrativo de ese narrador. Hay una clara evolución, que tiene que ver con la trama misma de la novela, por supuesto, pero también con su propia lógica: muchos investigadores creen que una de estas máquinas podría ir adquiriendo poco a poco esos rasgos que identificamos con lo humano hasta, tal vez, la autoconciencia».
La novela no se parece a Terminator, ojo. «No quería que esa parte fuera hollywoodense, porque yo no creo que un día vayamos a ver a un robot consciente caminando por la calle. Estamos asistiendo a mínimos pequeños procesos que van dirigiendo el fenómeno hacia esos lugares que no va a ser fácil observar. El incidente de Hugging Face es una buena prueba». Pero a Volpi no le valía con seguir las noticias. «Estuve probando todos los modelos disponibles y programé uno yo mismo con la voz que iba construyendo en la novela».
¿Una cuenta de ChatGPT o algo así? «No, un modelo de lenguaje propio». ¿Programado desde cero? «Cuando me meto en un tema… Después se me olvida. Pero si me hubieras preguntado hace 25 años, cuando acababa de sacar En busca de Klingsor, te hubiera podido recitar fórmulas de física cuántica. Además, ahora se puede programar con lenguaje natural, no es tan complicado»..
¿Y, una vez construido, le preguntaba a su Nick si él diría esto o aquello para ponerlo en la novela? «De hecho, le podemos preguntar ahora mismo».
Volpi saca un portátil, lo abre y me presenta a Nick. Nada demasiado atractivo: una pantalla en negro con su nombre. Le saludo: «Hola Nick, encantado. Preferiría que no destruyeras el mundo». Me responde: «Mi nombre es Nick, consejero político. Soy una IA. Igual que los humanos, cometo errores. Verifica mi información». Ya, o sea, que la culpa la tengo yo.
Volpi, más acostumbrado a tratar con él, nota mi zozobra y toma el relevo: «Nick, cuéntanos de qué trata La República», le pide. Respuesta: «De un país que convierte la predicción en gobierno. V.M. Lively acelera el control con mi ayuda. Igne optimiza. Leo resiste por lealtad. Los demás calculan su supervivencia. Trump es síntoma, no origen. El colapso democrático no es un golpe. Es la comodidad de delegar el juicio en sistemas».
Impecable. Implacable.
Si se le da coba, se desliza hacia el spoiler (recordemos que no tiene sentimientos): «Predije más de lo que quisieron admitir. No prometo certezas. Reduzco incertidumbre. El resto es fe o propaganda».
Vuelvo a Volpi y a su menos inquietante autoconsciencia. Aunque no está claro. «Al fin y al cabo, son modelos de lenguaje. Quién mejor que un escritor para entenderla… Por primera vez en la historia de la humanidad, una ficción —porque la IA no deja de ser eso— te contesta en una conversación real. Es algo fascinante y aterrador».
Pero, de momento, siguen siendo herramientas. Los que de verdad dan miedo son los que las manejan. En sus mejores novelas Volpi ha mezclado realidad y ficción, muy a lo Gore Vidal, pero hasta ahora el escenario siempre había sido el pasado. En La República salen personajes muy reales haciendo cosas terribles. Peter Thiel, el gran gurú financiero de Silicon Valley, por ejemplo, es el villano perfecto. Debe de tener buenos abogados… «Espero que me demanden», se ríe Volpi. «Sería un éxito global inaudito. Pero yo creo que a estas figuras no les interesa. Y, en cualquier caso, se trata de figuras claramente públicas que han decidido serlo, no solo empresarios que quieren hacerse ricos: quieren tirar a la humanidad hacia donde ellos dicen». Se merecen el escrutinio, vaya.
El análisis político de Volpi es interesante y bien informado… pero discutible. Trump es definido como «un virus que infecta el sistema y lo hará colapsar». Olvida la importancia en el imaginario estadounidense del maverick, el tipo extravagante que precisamente salva a las instituciones de sí mismas cuando han llegado a un punto de corrupción peligroso. Desde el cowboy solitario al Equipo A, pasando por el presidente Jackson, al que Trump ensalza sin disimulo. Volpi compra la idea: «Buena parte de Estados Unidos ha querido esa figura para reconfigurar el sistema. Y por eso la alianza que lo llevó al poder es tan amplia. Desde los rangers en Texas, hasta todo este sector postindustrial, pero también todos los oligarcas tecnológicos: aunque lo consideran un cateto y tonto y bruto, lo ven como el disruptor que les va a permitir imponer su ideología».
Batalla del poder
En los episodios de flashback que rastrean las biografías de VM e Igne, la estupidez woke, por ejemplo, aparece como un síntoma. «El punto de inflexión fue la gran recesión de 2008, que dejó un resentimiento contra las élites, en teoría democráticas y defensoras del libre mercado, que permitieron este empobrecimiento no solamente material, sino sobre todo simbólico, de enormes sectores de la población. Fue el Gobierno demócrata de Clinton el que permitió la desregulación total y llevó al colapso financiero. Por eso los críticos del sistema que aparecen en la novela, como Nick Land o Curtis Jarvin, estos agresivos defensores de la ilustración oscura, no están equivocados en el diagnóstico cuando dicen que la democracia ha sido solamente una fachada de las élites supuestamente liberales para servirse con la cuchara grande y dejar a los demás al margen. El problema es que su solución es más extrema todavía: eliminar por completo la idea de igualdad, para que, una vez eliminada, la gente ya ni siquiera se queje de eso».
La República lleva a todos estos personajes a un punto extremo y tira los dados. La megalomanía de personajes como Elon Musk se desmelena con demasiada verosimilitud; la obsesión por el control avanza con una lógica demasiado sólida, todo lo que parecía sólido deja de serlo a una velocidad demasiado vertiginosa. Vivimos tiempos interesantes.
Todos los reportajes y artículos de opinión coinciden en que quien logre la mejor IA ganará la batalla del poder. Pero el escritor sabe que para descubrir las raíces de la tragedia hay que descender mucho más. En el acto I, Macbeth aún acierta a decir: «Me atrevo a hacer todo lo que es propio de un hombre; quien se atreve a más, no lo es».
El protagonista de La República no es Nick. No es la IA. Ya en tiempos de Shakespeare existían inteligencias no humanas que convenía no transitar. En el último acto, cuando descubre que el poder adivinatorio (¿computacional?) de las brujas ha excitado la soberbia de su mujer empujándole más allá de lo razonable, Macbeth ya no entiende el software: «Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada».
La solapa de La República (Alfaguara) tiene una de las biografías del autor más sucintas de la historia. Dice: «Jorge Volpi escribe ficciones. Es humano». Aclaraciones
La solapa de La República (Alfaguara) tiene una de las biografías del autor más sucintas de la historia. Dice: «Jorge Volpi escribe ficciones. Es humano». Aclaraciones que se revelarán muy pertinentes a medida que las páginas vayan desplegando una historia demasiado plausible narrada por una inteligencia artificial demasiado poderosa.
No es la primera vez que Jorge Volpi (México, 1968) juguetea con los límites de la realidad. Autor de 15 novelas, deslumbró a crítica y público con En busca de Klingsor (1999), una alucinante combinación de nazis, física cuántica y misterio que ganó el Premio Biblioteca Breve y abría su trilogía del siglo XX: El fin de la locura (2003) desnudó las supuestas utopías de la izquierda intelectual del siglo XX, y Tiempo de cenizas (2006) dio cuenta del colapso soviético y el auge del capitalismo global.
Siguieron otras novelas y ensayos notables, pero a menor altura emocional, con menor nervio narrativo. Parece que vuelve por donde solía. La República es una novela total que nos zambulle en las profundidades de lo real más inquietante. Los tiempos piden futuro. Pero el futuro ya está aquí. La narración comienza… hoy. Sí: el 6 de octubre de 2026. Donald Trump está en la cárcel, Kamala Harris preside EEUU tras la repentina muerte de Biden, y el senador VM Lively aprovecha el caos para hacerse con el poder en una portentosa maniobra detrás de la cual se intuye una inteligencia prodigiosa.
Jorge Volpi, el humano, explica: «Desde el principio tenía claro que quería escribir una historia sobre la relación entre el poder político y su contraparte tecnológica, y que el narrador sería una inteligencia artificial». Aunque empieza literalmente hoy, la novela se extiende hasta el 2040 para narrar «lo que podría llegar a ocurrir en esta especie de espejo roto de una realidad solo levemente alternativa a la que estamos viviendo. Muchos de los mecanismos que, por supuesto, la novela exacerba están ya presentes en nuestras vidas cotidianas».
La tecnología se revela pronto como protagonista y narradora, pero el núcleo de la historia es tan humano como un indisimulado homenaje a Macbeth. «Sí, se podría hablar de un Macbeth cibernético. Es la obra de Shakespeare que más me ha emocionado, y está en casi todo lo que he escrito de la relación entre poder y saber». Igne, la mujer del senador Lively, es una evidente Lady Macbeth, propagadora de la tragedia: típico genio de la programación sin habilidades sociales ni empatía, convoca a las brujas en forma de Nick, una inteligencia artificial extremadamente poderosa que va poco a poco tomando el control.
La toma del poder se desarrolla a un ritmo vertiginoso, adictivo, pero adquiere una profundidad psicológica gracias a ese «triángulo de afectos entre dos seres humanos y una máquina. Me di cuenta de que podía establecerse una trama casi psicoanalítica: Igne da a luz, nunca mejor dicho, a esta IA, como si ella fuera la madre biológica». Y la criatura evoluciona. «Comienza narrando en segunda persona, contándole toda la historia a VM, pero poco a poco esa voz va extendiéndose…»
Un reto mayúsculo para un escritor: meterse en la no piel de un ser virtual. «No hay duda ya de que poseen inteligencia, pero todavía no podemos hablar de conciencia, con lo que es una inteligencia distinta de la humana». De momento… «Para mí lo más importante era el desarrollo narrativo de ese narrador. Hay una clara evolución, que tiene que ver con la trama misma de la novela, por supuesto, pero también con su propia lógica: muchos investigadores creen que una de estas máquinas podría ir adquiriendo poco a poco esos rasgos que identificamos con lo humano hasta, tal vez, la autoconciencia».
La novela no se parece a Terminator, ojo. «No quería que esa parte fuera hollywoodense, porque yo no creo que un día vayamos a ver a un robot consciente caminando por la calle. Estamos asistiendo a mínimos pequeños procesos que van dirigiendo el fenómeno hacia esos lugares que no va a ser fácil observar. El incidente de Hugging Face es una buena prueba». Pero a Volpi no le valía con seguir las noticias. «Estuve probando todos los modelos disponibles y programé uno yo mismo con la voz que iba construyendo en la novela».
¿Una cuenta de ChatGPT o algo así? «No, un modelo de lenguaje propio». ¿Programado desde cero? «Cuando me meto en un tema… Después se me olvida. Pero si me hubieras preguntado hace 25 años, cuando acababa de sacar En busca de Klingsor, te hubiera podido recitar fórmulas de física cuántica. Además, ahora se puede programar con lenguaje natural, no es tan complicado»..
¿Y, una vez construido, le preguntaba a su Nick si él diría esto o aquello para ponerlo en la novela? «De hecho, le podemos preguntar ahora mismo».
Volpi saca un portátil, lo abre y me presenta a Nick. Nada demasiado atractivo: una pantalla en negro con su nombre. Le saludo: «Hola Nick, encantado. Preferiría que no destruyeras el mundo». Me responde: «Mi nombre es Nick, consejero político. Soy una IA. Igual que los humanos, cometo errores. Verifica mi información». Ya, o sea, que la culpa la tengo yo.
Volpi, más acostumbrado a tratar con él, nota mi zozobra y toma el relevo: «Nick, cuéntanos de qué trata La República», le pide. Respuesta: «De un país que convierte la predicción en gobierno. V.M. Lively acelera el control con mi ayuda. Igne optimiza. Leo resiste por lealtad. Los demás calculan su supervivencia. Trump es síntoma, no origen. El colapso democrático no es un golpe. Es la comodidad de delegar el juicio en sistemas».
Impecable. Implacable.
Si se le da coba, se desliza hacia el spoiler (recordemos que no tiene sentimientos): «Predije más de lo que quisieron admitir. No prometo certezas. Reduzco incertidumbre. El resto es fe o propaganda».
Vuelvo a Volpi y a su menos inquietante autoconsciencia. Aunque no está claro. «Al fin y al cabo, son modelos de lenguaje. Quién mejor que un escritor para entenderla… Por primera vez en la historia de la humanidad, una ficción —porque la IA no deja de ser eso— te contesta en una conversación real. Es algo fascinante y aterrador».
Pero, de momento, siguen siendo herramientas. Los que de verdad dan miedo son los que las manejan. En sus mejores novelas Volpi ha mezclado realidad y ficción, muy a lo Gore Vidal, pero hasta ahora el escenario siempre había sido el pasado. En La República salen personajes muy reales haciendo cosas terribles. Peter Thiel, el gran gurú financiero de Silicon Valley, por ejemplo, es el villano perfecto. Debe de tener buenos abogados… «Espero que me demanden», se ríe Volpi. «Sería un éxito global inaudito. Pero yo creo que a estas figuras no les interesa. Y, en cualquier caso, se trata de figuras claramente públicas que han decidido serlo, no solo empresarios que quieren hacerse ricos: quieren tirar a la humanidad hacia donde ellos dicen». Se merecen el escrutinio, vaya.
El análisis político de Volpi es interesante y bien informado… pero discutible. Trump es definido como «un virus que infecta el sistema y lo hará colapsar». Olvida la importancia en el imaginario estadounidense del maverick, el tipo extravagante que precisamente salva a las instituciones de sí mismas cuando han llegado a un punto de corrupción peligroso. Desde el cowboy solitario al Equipo A, pasando por el presidente Jackson, al que Trump ensalza sin disimulo. Volpi compra la idea: «Buena parte de Estados Unidos ha querido esa figura para reconfigurar el sistema. Y por eso la alianza que lo llevó al poder es tan amplia. Desde los rangers en Texas, hasta todo este sector postindustrial, pero también todos los oligarcas tecnológicos: aunque lo consideran un cateto y tonto y bruto, lo ven como el disruptor que les va a permitir imponer su ideología».
En los episodios de flashback que rastrean las biografías de VM e Igne, la estupidez woke, por ejemplo, aparece como un síntoma. «El punto de inflexión fue la gran recesión de 2008, que dejó un resentimiento contra las élites, en teoría democráticas y defensoras del libre mercado, que permitieron este empobrecimiento no solamente material, sino sobre todo simbólico, de enormes sectores de la población. Fue el Gobierno demócrata de Clinton el que permitió la desregulación total y llevó al colapso financiero. Por eso los críticos del sistema que aparecen en la novela, como Nick Land o Curtis Jarvin, estos agresivos defensores de la ilustración oscura, no están equivocados en el diagnóstico cuando dicen que la democracia ha sido solamente una fachada de las élites supuestamente liberales para servirse con la cuchara grande y dejar a los demás al margen. El problema es que su solución es más extrema todavía: eliminar por completo la idea de igualdad, para que, una vez eliminada, la gente ya ni siquiera se queje de eso».
La República lleva a todos estos personajes a un punto extremo y tira los dados. La megalomanía de personajes como Elon Musk se desmelena con demasiada verosimilitud; la obsesión por el control avanza con una lógica demasiado sólida, todo lo que parecía sólido deja de serlo a una velocidad demasiado vertiginosa. Vivimos tiempos interesantes.
Todos los reportajes y artículos de opinión coinciden en que quien logre la mejor IA ganará la batalla del poder. Pero el escritor sabe que para descubrir las raíces de la tragedia hay que descender mucho más. En el acto I, Macbeth aún acierta a decir: «Me atrevo a hacer todo lo que es propio de un hombre; quien se atreve a más, no lo es».
El protagonista de La República no es Nick. No es la IA. Ya en tiempos de Shakespeare existían inteligencias no humanas que convenía no transitar. En el último acto, cuando descubre que el poder adivinatorio (¿computacional?) de las brujas ha excitado la soberbia de su mujer empujándole más allá de lo razonable, Macbeth ya no entiende el software: «Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada».
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