Gay Talese y el poder (sin reino) del viejo periodismo

Un periódico es, al mismo tiempo y sin contradicción alguna, una fábrica, un cuartel, una orden religiosa, un ring de boxeo, un hogar (para los que carecen de una casa decente), una escuela y una escalera hacia el cielo que, muchas veces, conduce directamente al infierno. También, hablando desde el más estricto presente, un animal mitológico: los venerables diarios en papel, que agonizan desde hace algo más de una década y media, parecen objetos del pretérito, muebles desvencijados, obstinados cadáveres que todavía se resisten a fenecer y a ser sepultados sin duelo y para siempre.

Los periódicos, igual que la vida, no han dejado de mutar desde el día en que fueron inventados. Su encarnación contemporánea son las webs de noticias. Pero bajo todas estas transformaciones late una paradoja: lo que en un momento determinado era nuevo se ha convertido —con el paso del tiempo— en viejo y aquello que parece patrimonio y signo del pasado, debido al cambiante contexto social y al paradigma tecnológico, empieza a percibirse como una extraña novedad. Es la consecuencia inesperada de la acelerada pérdida (colectiva) de la memoria cultural.

No existe nada que fascine más a un periodista —calamidades aparte— que la historia secreta de un diario. Sobre todo si se trata de una cabecera relevante, de esas que lograron hacer historia (grande y pequeña) y consiguieron el milagro de convertirse en una parte sustancial del paisaje intelectual y político de un lugar y de un tiempo concretos. El 20 de junio de 1969, Gay Talese (Ocean City, 1932) publicó The Kingdom and the Power (World Publishing Company), un formidable retrato (por supuesto no autorizado) sobre The New York Times, el periódico en el que había trabajado primero como chico de los recados, encargado de hacer fotocopias y llevar los cafés y, más tarde, como redactor, en 1953. A partir de 1956, tras cumplir con el servicio militar, lo haría (hasta 1965) como cronista de deportes y reportero. Después decidió pasarse a los libros.

Alfaguara recupera ahora esta obra en una edición rústica de 632 páginas, con una antigua traducción de Óscar Luis Molina Sierralta, actualizada por Ismael Belda Sanchís, corrigiendo un inexplicable y sostenido vacío editorial de décadas. El libro de Talese, una obra maestra sobre el gremio, no contaba con una versión viva en español desde 1973, cuando, apenas cuatro años después de su publicación, el sello Grijalbo lo publicó en nuestro idioma. Desde entonces —ha pasado más de medio siglo—, El reino y el poder, obra culta y de culto, era inaccesible a pesar de ser (todavía) uno de los mejores libros sobre periodismo que se hayan escrito.

Esta feliz resurrección coincide con el 175 aniversario de la Vieja Dama Gris, como se apodó al diario neoyorquino por sustraerse a las sugerentes modas gráficas, prescindir de los titulares con impacto y evitar los recursos coloristas concebidos para llamar la atención de los lectores. Mientras sus competidores (el New York World de Pulitzer y el New York Journal de Hearst) gritaban a través de diseño y titulares de cuerpo desmesurado, el Times se mantenía frío. Sobrio. Impertérrito. Institucional. Formato sábana, textos muy largos y densos, tipografía grave y ausencia absoluta de imágenes (costumbre que duró hasta finales de los noventa). Voluntad aristocrática y perspectiva de élite. Recto y antisentimental.

Batallas internas

El diario de Adolph Ochs, que compró la cabecera en 1896, cuatro décadas después de su fundación, no se miraba. Tampoco se leía. Se estudiaba. Y eso mismo es lo que, de una manera singular e irrepetible, hace Talese en El reino y el poder, que es una inmersión a fondo, a tumba abierta, en la sala de máquinas del rotativo. Aparecen sus leyendas, personajes, guerras internas, anhelos yermos y reputaciones destrozadas. El legado terrestre de una gran institución periodística que, vista desde dentro, no era una balsa de aceite, sino una hoguera de ambiciones, vanidades y luchas de poder, además del negocio de la familia Ochs-Sulzberger, que todavía lo capitanea desde la planta noble (la 14) de su sede en el Midtown de Manhattan.

Talese arranca su relato con una instantánea del Times en los años sesenta, cuando el diario estaba en su antigua sede de la Calle 43 y los mitos del circo se devoran por el control de la redacción, la definición de la línea editorial del periódico y la lealtad entre su independencia y sus vínculos políticos, tanto internos como externos. El resultado es un inmenso tapiz panorámico donde encontramos de todo: excelentes perfiles individuales, sabrosas y abundantes escenas dramáticas, memorias jamás contadas, historias (grandes y pequeñas), jerarquías, secretos, mentiras y verdades.

Buena parte del libro es la crónica general de la guerra civil que libró la redacción de Nueva York —donde reinaban Clifton Daniel y A.M. Rosenthal, editores y mandarines del momento— contra la delegación rebelde de Washington D.C., donde James Reston lideró algo así como la reforma protestante (sin Lutero) de la Iglesia. En disputa estaba la tradición moral y económica del Times, obra de una sagaz saga familiar para la que el diario era más que una industria. Era su forma de estar en el mundo.

Las historias dinásticas están llenas de crueldad, desconfianzas y asesinatos, y la de los periódicos, de trances en los que hay que elegir entre la libertad de prensa (asumiendo sus desagradables costes) y la autocensura, que es lo que le sucedió al Times con la fallida invasión de bahía de Cochinos en Cuba, del mismo modo que cualquier organización —y un periódico lo es de una manera un tanto desquiciada— debe elegir entre adaptarse a los tiempos (aunque estos sean calamitosos) o mantenerse fiel a su espíritu original.

Críticas de la redacción

Aquí es donde Talese cuenta la aventura de Abe Rosenthal, que libró una batalla interna por modernizar el diario, la misma guerra que en todos los periódicos del mundo —salvo aquellos que están muertos, aunque continúen publicándose— se sucede alrededor de la mesa del director y, antes, en cada una de las mesas de guerrillas que eran las secciones de un viejo diario. Las vibrantes descripciones de Talese sobre este particular universo que es un periódico ancien régime —solo aquel que los ha conocido de verdad lo sabe— son memorables. Documentan un mundo en proceso de disolución en el que los propios periódicos aún eran capaces de publicar reseñas sobre libros que los desnudaban en público (incluyendo a sus propietarios) sin incurrir necesariamente en la furia gratuita, caer en el ajuste de cuentas o menospreciar a quienes, como Talese, los retrataban fuera de su hábitat.

El escritor norteamericano corrió indudables riesgos —«perro no (siempre) come carne de perro»— y recibió severas críticas por desvelar los arcanos de la redacción. También descubrió que dentro de un diario, cuya función es contar la verdad, hay muchos que prefieren las mentiras. Se ganó enemigos. El libro provocó la indignación de los camisas viejas del Times sin llegar a entusiasmar a buena parte de la redacción, que se sintió maltratada por los retratos del natural de Talese, imposibles de componer sin la colaboración de los periodistas más jóvenes de ese universo, entre caballeresco e impío, idealista y descarado, que siempre es un diario.

El periodismo narrativo, desaparecido o ausente de la mayor parte de las webs y de los diarios digitales, obsesionados con el impacto viral de las noticias, las piezas breves y la insoportable contienda partidaria, ya no es nuevo. Es una hermosa artesanía del pasado. Está hecho con las artes del camuflaje, la observación atenta de los detalles, los gestos, los caracteres y las palabras ajenas; tras horas de curiosidad, preguntas y documentación y animado por esa forma mística de escritura artística que es milagrosamente emocionante sin dejar de ser exacta. Un libro de cinco estrellas.

 Un periódico es, al mismo tiempo y sin contradicción alguna, una fábrica, un cuartel, una orden religiosa, un ring de boxeo, un hogar (para los que  

Un periódico es, al mismo tiempo y sin contradicción alguna, una fábrica, un cuartel, una orden religiosa, un ring de boxeo, un hogar (para los que carecen de una casa decente), una escuela y una escalera hacia el cielo que, muchas veces, conduce directamente al infierno. También, hablando desde el más estricto presente, un animal mitológico: los venerables diarios en papel, que agonizan desde hace algo más de una década y media, parecen objetos del pretérito, muebles desvencijados, obstinados cadáveres que todavía se resisten a fenecer y a ser sepultados sin duelo y para siempre.

Los periódicos, igual que la vida, no han dejado de mutar desde el día en que fueron inventados. Su encarnación contemporánea son las webs de noticias. Pero bajo todas estas transformaciones late una paradoja: lo que en un momento determinado era nuevo se ha convertido —con el paso del tiempo— en viejo y aquello que parece patrimonio y signo del pasado, debido al cambiante contexto social y al paradigma tecnológico, empieza a percibirse como una extraña novedad. Es la consecuencia inesperada de la acelerada pérdida (colectiva) de la memoria cultural.

No existe nada que fascine más a un periodista —calamidades aparte— que la historia secreta de un diario. Sobre todo si se trata de una cabecera relevante, de esas que lograron hacer historia (grande y pequeña) y consiguieron el milagro de convertirse en una parte sustancial del paisaje intelectual y político de un lugar y de un tiempo concretos. El 20 de junio de 1969, Gay Talese (Ocean City, 1932) publicó The Kingdom and the Power (World Publishing Company), un formidable retrato (por supuesto no autorizado) sobre The New York Times, el periódico en el que había trabajado primero como chico de los recados, encargado de hacer fotocopias y llevar los cafés y, más tarde, como redactor, en 1953. A partir de 1956, tras cumplir con el servicio militar, lo haría (hasta 1965) como cronista de deportes y reportero. Después decidió pasarse a los libros.

Alfaguara recupera ahora esta obra en una edición rústica de 632 páginas, con una antigua traducción de Óscar Luis Molina Sierralta, actualizada por Ismael Belda Sanchís, corrigiendo un inexplicable y sostenido vacío editorial de décadas. El libro de Talese, una obra maestra sobre el gremio, no contaba con una versión viva en español desde 1973, cuando, apenas cuatro años después de su publicación, el sello Grijalbo lo publicó en nuestro idioma. Desde entonces —ha pasado más de medio siglo—, El reino y el poder, obra culta y de culto, era inaccesible a pesar de ser (todavía) uno de los mejores libros sobre periodismo que se hayan escrito.

Esta feliz resurrección coincide con el 175 aniversario de la Vieja Dama Gris, como se apodó al diario neoyorquino por sustraerse a las sugerentes modas gráficas, prescindir de los titulares con impacto y evitar los recursos coloristas concebidos para llamar la atención de los lectores. Mientras sus competidores (el New York World de Pulitzer y el New York Journal de Hearst) gritaban a través de diseño y titulares de cuerpo desmesurado, el Times se mantenía frío. Sobrio. Impertérrito. Institucional. Formato sábana, textos muy largos y densos, tipografía grave y ausencia absoluta de imágenes (costumbre que duró hasta finales de los noventa). Voluntad aristocrática y perspectiva de élite. Recto y antisentimental.

El diario de Adolph Ochs, que compró la cabecera en 1896, cuatro décadas después de su fundación, no se miraba. Tampoco se leía. Se estudiaba. Y eso mismo es lo que, de una manera singular e irrepetible, hace Talese en El reino y el poder, que es una inmersión a fondo, a tumba abierta, en la sala de máquinas del rotativo. Aparecen sus leyendas, personajes, guerras internas, anhelos yermos y reputaciones destrozadas. El legado terrestre de una gran institución periodística que, vista desde dentro, no era una balsa de aceite, sino una hoguera de ambiciones, vanidades y luchas de poder, además del negocio de la familia Ochs-Sulzberger, que todavía lo capitanea desde la planta noble (la 14) de su sede en el Midtown de Manhattan.

Talese arranca su relato con una instantánea del Times en los años sesenta, cuando el diario estaba en su antigua sede de la Calle 43 y los mitos del circo se devoran por el control de la redacción, la definición de la línea editorial del periódico y la lealtad entre su independencia y sus vínculos políticos, tanto internos como externos. El resultado es un inmenso tapiz panorámico donde encontramos de todo: excelentes perfiles individuales, sabrosas y abundantes escenas dramáticas, memorias jamás contadas, historias (grandes y pequeñas), jerarquías, secretos, mentiras y verdades.

Buena parte del libro es la crónica general de la guerra civil que libró la redacción de Nueva York —donde reinaban Clifton Daniel y A.M. Rosenthal, editores y mandarines del momento— contra la delegación rebelde de Washington D.C., donde James Reston lideró algo así como la reforma protestante (sin Lutero) de la Iglesia. En disputa estaba la tradición moral y económica del Times, obra de una sagaz saga familiar para la que el diario era más que una industria. Era su forma de estar en el mundo.

Las historias dinásticas están llenas de crueldad, desconfianzas y asesinatos, y la de los periódicos, de trances en los que hay que elegir entre la libertad de prensa (asumiendo sus desagradables costes) y la autocensura, que es lo que le sucedió al Times con la fallida invasión de bahía de Cochinos en Cuba, del mismo modo que cualquier organización —y un periódico lo es de una manera un tanto desquiciada— debe elegir entre adaptarse a los tiempos (aunque estos sean calamitosos) o mantenerse fiel a su espíritu original.

Aquí es donde Talese cuenta la aventura de Abe Rosenthal, que libró una batalla interna por modernizar el diario, la misma guerra que en todos los periódicos del mundo —salvo aquellos que están muertos, aunque continúen publicándose— se sucede alrededor de la mesa del director y, antes, en cada una de las mesas de guerrillas que eran las secciones de un viejo diario. Las vibrantes descripciones de Talese sobre este particular universo que es un periódico ancien régime —solo aquel que los ha conocido de verdad lo sabe— son memorables. Documentan un mundo en proceso de disolución en el que los propios periódicos aún eran capaces de publicar reseñas sobre libros que los desnudaban en público (incluyendo a sus propietarios) sin incurrir necesariamente en la furia gratuita, caer en el ajuste de cuentas o menospreciar a quienes, como Talese, los retrataban fuera de su hábitat.

El escritor norteamericano corrió indudables riesgos —«perro no (siempre) come carne de perro»— y recibió severas críticas por desvelar los arcanos de la redacción. También descubrió que dentro de un diario, cuya función es contar la verdad, hay muchos que prefieren las mentiras. Se ganó enemigos. El libro provocó la indignación de los camisas viejas del Times sin llegar a entusiasmar a buena parte de la redacción, que se sintió maltratada por los retratos del natural de Talese, imposibles de componer sin la colaboración de los periodistas más jóvenes de ese universo, entre caballeresco e impío, idealista y descarado, que siempre es un diario.

El periodismo narrativo, desaparecido o ausente de la mayor parte de las webs y de los diarios digitales, obsesionados con el impacto viral de las noticias, las piezas breves y la insoportable contienda partidaria, ya no es nuevo. Es una hermosa artesanía del pasado. Está hecho con las artes del camuflaje, la observación atenta de los detalles, los gestos, los caracteres y las palabras ajenas; tras horas de curiosidad, preguntas y documentación y animado por esa forma mística de escritura artística que es milagrosamente emocionante sin dejar de ser exacta. Un libro de cinco estrellas.

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