Fractura en el cine español

Este fin de semana me he dedicado a observar quién iba al cine. Buscaba las diferencias entre el público que se disponía a ver Torrente presidente y los que habían optado por Amarga Navidad. Por más que escrutaba, no conseguía encontrar nada que me hiciera suponer que eran públicos distintos.

Uno esperaba encontrarse en la cola de la película de Santiago Segura con gente zafia, poligoneros, fachillas, horteras de risa fácil, incluso algún pijo con el fachaleco y un pin con la bandera nacional. Y en la cola de la de Almodóvar, atormentados intelectuales, ratones de filmoteca, con libro debajo del brazo para los tiempos muertos, suscriptores de Filmin, con camisas leñador a lo Guardiola y tal vez un pañuelo palestino, una bandera republicana o una pegatina del «no a la guerra».

Gran decepción. Hay que ver cómo nos pueden los estereotipos. Las dos filas eran absolutamente intercambiables. Sería casi imposible distinguir a los almodovarianos de los torrentinos. Podríamos fácilmente permutar ambas colas sin alterar su esencia. Es más, tengo la impresión de que muchos, en ambos grupos, acabarán por ver la otra película. Al fin y al cabo, lo que une a las gentes que siguen yendo al cine, a estas alturas, es que les gusta el cine. Les gusta la mística de las salas casi tanto como las propias películas.

El ambiente en las salas de cine, como la propia realidad, nada tiene que ver con la irrespirable atmósfera de las redes sociales. Como la vida misma. Habíamos oído y visto disputas, insultos, enfrentamientos, reproches, desacreditaciones, una interminable sucesión de tópicos para encasillar al espectador en la trinchera de una de las dos películas… Incluso pudimos comprobar cómo cabeceras prestigiosas se posicionaban a favor de una o de otra —en realidad de uno u otro director—, sin olvidarse de denostar al que consideraban contrario a su gusto.

Como si a uno no le pudieran interesar solo una de las películas, las dos o ninguna de ellas. No nos damos cuenta de que Almodóvar y Segura, nos gusten o no, suman al cine español, lo enriquecen, son su esencia. Nos miramos en Francia para lo que nos interesa. Que si es imprescindible tener una industria cinematográfica sólida y mantener un cine muy comercial. Que si son necesarias ayudas para que cine comercial y de prestigio puedan convivir. Pero esta vez no ha habido referencia francesa que valga. Lo hemos reducido todo al mínimo común denominador: «o facha o progre».

El atronador ruido con Amarga Navidad y con Torrente presidente no ha dejado escuchar las opiniones sensatas y razonadas, favorables y desfavorables, que las ha habido. Se ha confundido a los directores —su forma de pensar o de actuar en la vida— con sus propios personajes. Nuestra simpatía o antipatía hacia los cineastas nos ha cegado a la hora de convertirnos en espectadores de sus películas. El maldito «me cae bien/me cae mal» ha vuelto a proclamarse como nuestro criterio definitivo.

Hace años, siendo jurado de los entonces premios Príncipe de Asturias de las Artes, se planteó conceder el galardón a Pedro Almodóvar, quien para entonces ya tenía tras de sí una carrera más que consolidada y un indiscutible prestigio internacional. Entre las argumentaciones en defensa de su candidatura, una destacó ampliamente sobre las demás: la de otro cineasta español, al que los medios y las comidillas de entonces —aún no había redes— consideraban archienemigo, la némesis, del manchego. Fue la mejor, más fundamentada y más bella descripción que he oído en mi vida del personalísimo cine de Almodóvar.

La crisis que atraviesa la crítica —y la prensa en general— tiene mucho que ver con ese alboroto extracinematográfico que se forma en torno a las películas. Hacia finales de los noventa, Fernando Trueba, crítico y director, ya anticipaba el fenómeno. «Uno de los más serios problemas con los que se encuentra hoy la crítica es la competencia desleal de los espectadores. El espectador de fin de siglo no va al cine para disfrutar o pasar el rato, va al cine para poder opinar después […]. El espectador de hoy mira —más que lee— las críticas, pero solo para ver si coinciden con él o no».

Ese presunto espectador —con frecuencia ni ha visto la película— es el mismo que luego, hoy en día, opina en las redes sociales a diestro y siniestro. Es el que tiene un juicio prefijado. El que, antes de ir al cine, ya sabe que Almodóvar o Segura son buenos o malos directores, que sus películas son pestiños u obras maestras. Le ocurre lo que achacaba Jardiel Poncela a los críticos de su tiempo: «Al acudir a los estrenos, casi siempre entra a los teatros llevando un prejuicio, y casi nunca sale de ellos llevando un juicio».

El reciente documental sobre el centenario de The New Yorker mostraba la forma de trabajar de uno de sus críticos de cine, el barbudo y vetusto Ricard Brody. Lo cuento por la ternura que me provoca ver que aún hay quien se toma en serio el cine, al margen del ruido ambiental. Brody explica que va al cine dos o tres veces por semana, lo que le permite ver más de un centenar de películas al cabo del año. Normalmente, no acude a los pases, sino a una sesión cualquiera de un cine normal, en una sesión con poco público. Toma notas de lo que le llama la atención. En el camino de vuelta, medita sobre lo que ha visto; no habla con nadie, ni comenta con nadie. Va corriendo a la redacción. Repasa sus casi ilegibles notas. Y, por fin, sin haber «salido» de la ensoñación de la película, escribe.

Las películas merecen un respeto. No dejemos que fracturen el cine español. Almodóvar y Segura tienen dos formas muy diferentes de entender y hacer el cine. Son incomparables, no podemos medirlos por el mismo rasero, ni fomentar una despiadada competencia entre ellos, como si esto fuera un combate entre gladiadores. Que uno tiene buenas críticas, bienvenidas sean; que el otro consigue taquillas espectaculares en tiempos difíciles, mejor para él y para el cine. Por cierto, con frecuencia, se nos olvida que no es necesario ni obligatorio opinar sobre todo, y que, incluso, a veces resulta muy sano abstenerse.

 Este fin de semana me he dedicado a observar quién iba al cine. Buscaba las diferencias entre el público que se disponía a ver Torrente presidente  

Este fin de semana, me he dedicado a observar quién iba al cine. Buscaba las diferencias entre el público que se disponía a ver Torrente presidente y los que habían optado por Amarga Navidad. Por más que escrutaba, no conseguía encontrar nada que me hiciera suponer que eran públicos distintos.

Uno esperaba encontrarse en la cola de la película de Santiago Segura con gente zafia, poligoneros, fachillas, horteras de risa fácil, incluso algún pijo con el fachaleco y un pin con la bandera nacional. Y en la cola de la de Almodóvar, atormentados intelectuales, ratones de filmoteca, con libro debajo del brazo para los tiempos muertos, suscriptores de Filmin, con camisas leñador a lo Guardiola y tal vez un pañuelo palestino, una bandera republicana o una pegatina del «no a la guerra».

Gran decepción. Hay que ver cómo nos pueden los estereotipos. Las dos filas eran absolutamente intercambiables. Sería casi imposible distinguir a los almodovarianos de los torrentinos. Podríamos fácilmente permutar ambas colas sin alterar su esencia. Es más, tengo la impresión de que muchos, en ambos grupos, acabarán por ver la otra película. Al fin y al cabo, lo que une a las gentes que siguen yendo al cine, a estas alturas, es que les gusta el cine. Les gusta la mística de las salas casi tanto como las propias películas.

El ambiente en las salas de cine, como la propia realidad, nada tiene que ver con la irrespirable atmósfera de las redes sociales. Como la vida misma. Habíamos oído y visto disputas, insultos, enfrentamientos, reproches, desacreditaciones, una interminable sucesión de tópicos para encasillar al espectador en la trinchera de una de las dos películas… Incluso pudimos comprobar cómo cabeceras prestigiosas se posicionaban a favor de una o de otra —en realidad de uno u otro director—, sin olvidarse de denostar al que consideraban contrario a su gusto.

Como si a uno no le pudieran interesar solo una de las películas, las dos o ninguna de ellas. No nos damos cuenta de que Almodóvar y Segura, nos gusten o no, suman al cine español, lo enriquecen, son su esencia. Nos miramos en Francia para lo que nos interesa. Que si es imprescindible tener una industria cinematográfica sólida y mantener un cine muy comercial. Que si son necesarias ayudas para que cine comercial y de prestigio puedan convivir. Pero esta vez no ha habido referencia francesa que valga. Lo hemos reducido todo al mínimo común denominador: «o facha o progre».

El atronador ruido con Amarga Navidad y con Torrente presidente no ha dejado escuchar las opiniones sensatas y razonadas, favorables y desfavorables, que las ha habido. Se ha confundido a los directores —su forma de pensar o de actuar en la vida— con sus propios personajes. Nuestra simpatía o antipatía hacia los cineastas nos ha cegado a la hora de convertirnos en espectadores de sus películas. El maldito «me cae bien/me cae mal» ha vuelto a proclamarse como nuestro criterio definitivo.

Hace años, siendo jurado de los entonces premios Príncipe de Asturias de las Artes, se planteó conceder el galardón a Pedro Almodóvar, quien para entonces ya tenía tras de sí una carrera más que consolidada y un indiscutible prestigio internacional. Entre las argumentaciones en defensa de su candidatura, una destacó ampliamente sobre las demás: la de otro cineasta español, al que los medios y las comidillas de entonces —aún no había redes— consideraban archienemigo, la némesis, del manchego. Fue la mejor, más fundamentada y más bella descripción que he oído en mi vida del personalísimo cine de Almodóvar.

La crisis que atraviesa la crítica —y la prensa en general— tiene mucho que ver con ese alboroto extracinematográfico que se forma en torno a las películas. Hacia finales de los noventa, Fernando Trueba, crítico y director, ya anticipaba el fenómeno. «Uno de los más serios problemas con los que se encuentra hoy la crítica es la competencia desleal de los espectadores. El espectador de fin de siglo no va al cine para disfrutar o pasar el rato, va al cine para poder opinar después […]. El espectador de hoy mira —más que lee— las críticas, pero solo para ver si coinciden con él o no».

Ese presunto espectador —con frecuencia ni ha visto la película— es el mismo que luego, hoy en día, opina en las redes sociales a diestro y siniestro. Es el que tiene un juicio prefijado. El que, antes de ir al cine, ya sabe que Almodóvar o Segura son buenos o malos directores, que sus películas son pestiños u obras maestras. Le ocurre lo que achacaba Jardiel Poncela a los críticos de su tiempo: «Al acudir a los estrenos, casi siempre entra a los teatros llevando un prejuicio, y casi nunca sale de ellos llevando un juicio».

El reciente documental sobre el centenario de The New Yorker mostraba la forma de trabajar de uno de sus críticos de cine, el barbudo y vetusto Ricard Brody. Lo cuento por la ternura que me provoca ver que aún hay quien se toma en serio el cine, al margen del ruido ambiental. Brody explica que va al cine dos o tres veces por semana, lo que le permite ver más de un centenar de películas al cabo del año. Normalmente, no acude a los pases, sino a una sesión cualquiera de un cine normal, en una sesión con poco público. Toma notas de lo que le llama la atención. En el camino de vuelta, medita sobre lo que ha visto; no habla con nadie, ni comenta con nadie. Va corriendo a la redacción. Repasa sus casi ilegibles notas. Y, por fin, sin haber «salido» de la ensoñación de la película, escribe.

Las películas merecen un respeto. No dejemos que fracturen el cine español. Almodóvar y Segura tienen dos formas muy diferentes de entender y hacer el cine. Son incomparables, no podemos medirlos por el mismo rasero, ni fomentar una despiadada competencia entre ellos, como si esto fuera un combate entre gladiadores. Que uno tiene buenas críticas, bienvenidas sean; que el otro consigue taquillas espectaculares en tiempos difíciles, mejor para él y para el cine. Por cierto, con frecuencia, se nos olvida que no es necesario ni obligatorio opinar sobre todo, y que, incluso, a veces resulta muy sano abstenerse.

 Noticias de Cultura: Última hora de hoy en THE OBJECTIVE

Noticias Similares