Joe, Dakota y Cristina Apsey pasan cargados hasta arriba con bolsas de plástico con el logo del ratón Mickey impreso. Dentro, cada uno lleva un puñado de cajas blancas apiladas. Es inevitable preguntarles qué se han comprado en este mercadillo gigante que cada dos años organiza Disney en el centro de convenciones de Anaheim, al sur de Los Ángeles, la D23. «Todo lo que tenían», responde orgulloso Joe ante la complicidad de su mujer, Cristina, y su hija, Dakota. Al hacer recuento comparte que se ha hecho con 39 nuevos pins para su colección, pero no es capaz de precisar la cantidad exacta que ha pagado. «Hoy, entre 10.000 y 15.000 dólares».
Más de 100.000 personas se dan cita en la D23 de Anaheim, la convención que celebra la compañía cada dos años para presentar las novedades de series, películas y parques
Joe, Dakota y Cristina Apsey pasan cargados hasta arriba con bolsas de plástico con el logo del ratón Mickey impreso. Dentro, cada uno lleva un puñado de cajas blancas apiladas. Es inevitable preguntarles qué se han comprado en este mercadillo gigante que cada dos años organiza Disney en el centro de convenciones de Anaheim, al sur de Los Ángeles, la D23. «Todo lo que tenían», responde orgulloso Joe ante la complicidad de su mujer, Cristina, y su hija, Dakota. Al hacer recuento comparte que se ha hecho con 39 nuevos pins para su colección, pero no es capaz de precisar la cantidad exacta que ha pagado. «Hoy, entre 10.000 y 15.000 dólares».
Los tres han viajado desde Florida, a donde se mudaron hace años para vivir cerca de Disney World. Llevan desde la seis de la mañana en cola para hacer sus compras. «Te tienes que registrar por internet para tener derecho a estar en fila y las entradas se agotan en segundos», dice la hija. «Yo más bien diría que en un segundo», le corrige el padre. «De hecho, ha venido gente a ofrecernos dinero por nuestro puesto en la fila cuando hemos llegado a la seis de la mañana», explica. Hasta 2.500 dólares por un puesto «de privilegio» para comprar pins de los personajes de Disney, desde Dumbo hasta Miguel Rivera, el protagonista de Coco, o Ariel, la célebre sirenita.
«Amamos tanto esta marca que nos hemos gastado una pequeña fortuna«, admite el patriarca del clan, con una colección en casa que sobrepasa las 20.000 chapitas metálicas. Puede que sea una de las más importantes de Estados Unidos. «Nos mudamos a Florida solo para estar cerca de los parques de atracciones porque íbamos tanto a Disney World que nos pareció lo mejor estar cerca, en Orlando. Estamos a unos 30 minutos y voy unas tres veces a la semana», reconoce sin sonrojo alguno. «Todo lo hacemos por amor a Disney», certifica su hija.
A pocos metros de los Apsey, Kirby Stewart, una texana de 42 años, espera pacientemente frente a otra cola eterna. Calcula que le queda una hora y media para llegar a su preciado botín del día: una mochila de Loungefly, una marca estadounidense de mochilas, bolsos y accesorios —carteras, monederos, pins, llaveros— especializada en diseños de edición limitada con licencias de personajes de cultura pop, muy popular en el mundo del merchandising coleccionable. Desde que Disney compró la marca en 2017, se ha convertido en una de las líneas más rentables y buscadas.
«Es bonito coincidir con miles de personas bajo el mismo techo que buscan lo mismo, a su niño interior«, dice con entusiasmo. «Pero con dinero de adultos», remata entre risas. Entiende que haya gente a la que le cueste entender el gasto y el tiempo invertido en semejante causa, pero lo justifica por «su amor a Disney» y por una conexión que estableció de pequeña, con películas y dibujos animados, que aún «significa mucho para mí».
También para Disney, que ha sabido transformar ese espíritu y ese afán coleccionista en una industria multimillonaria. De acuerdo al informe Top Global Licensors que publica cada año, Disney generó 63.000 millones de dólares en ventas minoristas de productos licenciados, 1.000 millones más que el año anterior. La compañía dirigida por Josh D’Amaro no solo lidera la clasificación este año, sino que ha sido el número 1 en el ranking todos y cada uno de los años desde que existe el informe, 1998.
Aquí el dinero fluye como el agua, ajeno a crisis económicas, subidas de inflación o precios disparados de la gasolina. Disney fabricó la ilusión de que sus parques son los lugares más felices de la tierra y el mensaje parece haber calado. Cada dos años, cuando se celebra la D23, la convención sobre todo lo relacionado con las varias marcas del imperio del ratón Mickey, hordas de fanáticos se congregan para seguir alimentando la maquinaria. En 2024 se superaron los 100.000asistentes y este año (entre el 14 y 16 de agosto) se esperaba que fuera igual, todos ellos registrados como miembros del club de fans oficial. La entrada cuesta unos 300 dólares por persona por el pase para los tres días que dura el evento.
Erik Moora calcula que se ha gastado unos 600 dólares en las entradas para él y su mujer y otros 2.400 en mercancía del universo Lorcana, el juego de cartas creado por la marca alemana Ravensburger. Sentado frente a una mesa de juego y rodeado de miles de fanáticos del mismo club, explica que el precio por ganar el torneo de cartas que está por arrancar es una carta de Mickey de oro valorada en 70.000 dólares. «Es una locura, lo sé», admite.
Francisco Caballero, un artista mexicano de 40 años, antes pintaba «otras cosas» pero ahora está trabajando en una colección de princesas y villanos de Disney en óleo sobre lienzo. El cuadro más barato, retratos casi de bolsillo, arrancan en 65 dólares. Los más caros alcanzan los 18.000, como una escena de La bella y la bestia expuesto en un caballete. Hailey Pavón, empleada de la galería Art Brand Studios en la que también trabaja Caballero, explica que es cuestión de tiempo que encuentre dueño. «Aquí todo se vende. La fiebre por Disney es infinita«.
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