Aunque en principio pueda parecer extraño o paradójico, la historia que algunas veces pasa por ser canónica no es la que de facto ha sido, sino el relato —o sea, la interpretación— que, por diversas razones, se ha convertido en prevalente. En el peor de los casos, ese sesgo, convertido en tópico, se superpone a los hechos como una segunda piel que permanece adherida de manera perdurable. Las historias nacionales abundan en casos de esa índole. Pero, en particular, la historia española presenta un amplio muestrario de esas situaciones. La conquista del Nuevo Mundo aparece, por ejemplo, condicionada y deformada de manera sistemática por sesgos maximalistas y excluyentes, entre leyendas negras y rosas. La España decimonónica, por aludir a otro corte emblemático, se presenta descoyuntada entre la perspectiva decadentista —el atraso secular— y la estampa romántica.
No puede ser más expresiva y reveladora de lo que acabo de señalar la primera frase con la que nos topamos, nada más abrir el volumen, en el nuevo ensayo del reputado historiador e hispanista Nigel Townson: «La historia de España en el siglo XX ha estado marcada por una percepción de fracaso». Antes incluso de este comienzo, en la propia portada, el lector atento reparará en un matiz decisivo para entender el sentido de este ensayo: para sintetizar en una obra divulgativa, dirigida a un público no especializado, La historia de un país europeo entre 1898 y 2000 (subtítulo del libro), el historiador o el reclamo editorial han optado por aludir al más sobado de los estereotipos franquistas, aunque sea para desmentirlo: Spain is not different (edición española en Espasa, traducción de Amaya Bozal).
El absurdo de la frase, tanto en su cariz de afirmación como de desmentido, se pone más de manifiesto si permutamos el sujeto. Nos resulta difícil concebir una historia contemporánea de los Estados social y culturalmente más próximos del Viejo Continente —Francia, Italia, Gran Bretaña— condicionada por dicho concepto. ¿Diferencia en qué o de qué? ¿Respecto a qué patrón? ¿Cuál es el baremo? Otra cosa es que reconozcamos la peculiaridad relativa de cada nación. Por supuesto, cada cual tiene su historia, en algunas facetas semejantes y en otras divergentes respecto a sus vecinos. Pero esto no tiene nada que ver con un esencialismo de la diferencia, como claramente ha sucedido (y, en parte, todavía sucede) en el caso español.
Como las desgracias nunca vienen solas, el sambenito de la diferencia termina arrastrando incluso a las propias refutaciones, que se han aferrado a una estimación no menos etérea y en el fondo insostenible, cuál es la normalidad. Desde hace algunos decenios, coincidiendo con la recuperación de la democracia, el éxito de la transición y la integración en la Unión Europea, múltiples historiadores españoles y foráneos han insistido en la antedicha normalidad hispana, por lo general como si fuera una ardua conquista. Tanto es así que esa misma europeización se contempla en tono de consecución admirable, como si España no hubiera sido siempre en sí y por sí un país europeo.
A todas estas cuestiones dedica Townson las primeras páginas de su ensayo, que recuerda en su título y enfoque a otro que el mismo autor dirigió hace unos años (2010): ¿Es España diferente? Una mirada comparativa (siglos XIX y XX). La singularidad en la que incide Townson tenía, como bien sabemos, mucho de propensión masoquista, regodeo en el fracaso. Sobre todo cuando la historia se escribía desde una óptica de progreso y libertad. Recuérdese, sin ir más lejos, el famoso dictamen valleinclanesco, España como deformación grotesca de la civilización occidental. La idealización alternativa de la especificidad hispana, reconoce Townson, por otro lado, no deja de ser también una lupa deformante: el casticismo desemboca en el no menos deplorable «¡que inventen ellos!».
Una perspectiva empírica, sin embargo, podría conducir a una estimación más equilibrada en la que el concepto de modernización sirviera no ya solo como faro esclarecedor, sino como hilo conductor por el que transitar por las distintas etapas de la ejecutoria secular de nuestro país. De eso se trata, en consecuencia: de exponer todo el convulso y sinuoso curso de la historia española durante el último siglo bajo un criterio flexible de inteligibilidad que permita dilucidar de manera adecuada acontecimientos y fases aparentemente contrapuestos, desde el entusiasmo progresista de la Segunda República a la perdurabilidad del régimen franquista.
Si la citada modernización (en su versión democrática o autoritaria, como promotora de impulsos o reacciones) se convierte en llave maestra, esa pauta interpretativa tiene por fuerza que asentarse en un sólido basamento, que no puede ser otro que un profundo conocimiento de la historia europea del período. Solo de este modo puede ubicarse el papel de España o, mejor dicho, los agitados derroteros de su pasado reciente, en el lugar que le corresponde en el concierto internacional y el marco geopolítico. Es en este punto donde surge el mejor Townson, el maestro de la historia comparada, el sólido conocedor —sin apenas hacer alarde erudito de ello— de las desdichas europeas (y los trastornos específicos) del dramático siglo XX.
Adopto ese tono porque lo que surge del análisis del historiador británico es una refutación en toda regla de la percepción que de modo predominante han ido construyendo los propios españoles, desde los literatos del 98 a los exiliados internos y externos de la Guerra Civil, acerca del atraso, fiasco e inferioridad de su país, como rasgos constitutivos e indisociables de la nación ibérica (¡de la raza, dijeron algunos en su momento!). El tópico de la decadencia, que el siglo XX hereda de épocas lejanas (desde el siglo XVII como mínimo), se exacerba con la derrota ante Estados Unidos y lo que se interpretó como pérdida definitiva del imperio y la pasada grandeza.
Convertida en lamento inane, pero también en acicate desmedido (¡regeneración!), la sombra de la postración acompañará todos los experimentos políticos (reforma, revolución, involución) bajo casi todas las fórmulas posibles, monarquía y república, democracia y dictadura, con una guerra civil de por medio. Pero a veces los propios españoles, como nos recuerda Townson, olvidamos que ninguna de esas tentativas fue específica del solar ibérico. España se libró de la Gran Guerra, pero la vivió en sus entrañas. Sus consecuencias se dejaron sentir y llevaron a una crisis que eclosionó en ese autoritarismo —dictadura militar (1923)— que fue tan característico de la Europa de entreguerras.
La presunta solución democrática que trajo la Segunda República no se libró tampoco de la contaminación radical que recorría el mundo en los años treinta. Y frente a la pretendida singularidad romántica del conflicto de 1936, Townson resalta: «La Guerra Civil, también en España». Hasta el franquismo, paradigma del excepcionalismo español, aparece con otra fisonomía bajo la óptica comparativa de Townson, por lo menos en ciertos aspectos: «Una dictadura en España en 1939 significó que el país se había reincorporado a la corriente principal europea, y no al contrario». Luego, su persistencia sí pudo ser anómala en el contexto occidental, pero en la década de los cincuenta, con el pacto con los EEUU y la integración en organismos internacionales, «la situación de la dictadura franquista se había transformado. En realidad, España no era tan diferente».
Ese camino de convergencia, según Townson, se acentúa incluso con el desarrollismo del segundo franquismo, aunque persistan restricciones en la participación política. La transformación económica conlleva una «revolución social» y una modernización que, aunque inferior a las economías líderes occidentales, era superior a los países de la Europa oriental. Con el «resurgimiento de la sociedad civil» están puestas las bases para la culminación modernizadora en el ámbito que aún faltaba: un régimen de libertades homologable a los demás países del entorno europeo. Vista así, la transición «fue excepcional y al mismo tiempo nada excepcional».
Según el dicho popular, bien está lo que bien acaba. Si lo aplicáramos a nuestra historia o, al menos, a este retazo de historia aquí considerado, el triunfo de la democracia y el Estado de derecho ponen broche de oro al tortuoso proceso de modernización de España durante el siglo XX. Esa, al menos, es la visión —y la convicción— de Nigel Townson, que ha escrito un excelente libro de divulgación, tan válido para un extranjero que quiera tener una visión panorámica de nuestra trayectoria reciente como para un español, que encontrará el incentivo de situar la historia de España en su marco adecuado. No es libro apto, sin embargo, para los que ni siquiera quieren pronunciar su nombre o, simplemente, lamentan la triste suerte que les ha deparado el destino al nacer «en este país».
Aunque en principio pueda parecer extraño o paradójico, la historia que algunas veces pasa por ser canónica no es la que de facto ha sido, sino
Aunque en principio pueda parecer extraño o paradójico, la historia que algunas veces pasa por ser canónica no es la que de facto ha sido, sino el relato —o sea, la interpretación— que, por diversas razones, se ha convertido en prevalente. En el peor de los casos, ese sesgo, convertido en tópico, se superpone a los hechos como una segunda piel que permanece adherida de manera perdurable. Las historias nacionales abundan en casos de esa índole. Pero, en particular, la historia española presenta un amplio muestrario de esas situaciones. La conquista del Nuevo Mundo aparece, por ejemplo, condicionada y deformada de manera sistemática por sesgos maximalistas y excluyentes, entre leyendas negras y rosas. La España decimonónica, por aludir a otro corte emblemático, se presenta descoyuntada entre la perspectiva decadentista —el atraso secular— y la estampa romántica.
No puede ser más expresiva y reveladora de lo que acabo de señalar la primera frase con la que nos topamos, nada más abrir el volumen, en el nuevo ensayo del reputado historiador e hispanista Nigel Townson: «La historia de España en el siglo XX ha estado marcada por una percepción de fracaso». Antes incluso de este comienzo, en la propia portada, el lector atento reparará en un matiz decisivo para entender el sentido de este ensayo: para sintetizar en una obra divulgativa, dirigida a un público no especializado, La historia de un país europeo entre 1898 y 2000 (subtítulo del libro), el historiador o el reclamo editorial han optado por aludir al más sobado de los estereotipos franquistas, aunque sea para desmentirlo: Spain is not different (edición española en Espasa, traducción de Amaya Bozal).
El absurdo de la frase, tanto en su cariz de afirmación como de desmentido, se pone más de manifiesto si permutamos el sujeto. Nos resulta difícil concebir una historia contemporánea de los Estados social y culturalmente más próximos del Viejo Continente —Francia, Italia, Gran Bretaña— condicionada por dicho concepto. ¿Diferencia en qué o de qué? ¿Respecto a qué patrón? ¿Cuál es el baremo? Otra cosa es que reconozcamos la peculiaridad relativa de cada nación. Por supuesto, cada cual tiene su historia, en algunas facetas semejantes y en otras divergentes respecto a sus vecinos. Pero esto no tiene nada que ver con un esencialismo de la diferencia, como claramente ha sucedido (y, en parte, todavía sucede) en el caso español.
Como las desgracias nunca vienen solas, el sambenito de la diferencia termina arrastrando incluso a las propias refutaciones, que se han aferrado a una estimación no menos etérea y en el fondo insostenible, cuál es la normalidad. Desde hace algunos decenios, coincidiendo con la recuperación de la democracia, el éxito de la transición y la integración en la Unión Europea, múltiples historiadores españoles y foráneos han insistido en la antedicha normalidad hispana, por lo general como si fuera una ardua conquista. Tanto es así que esa misma europeización se contempla en tono de consecución admirable, como si España no hubiera sido siempre en sí y por sí un país europeo.
A todas estas cuestiones dedica Townson las primeras páginas de su ensayo, que recuerda en su título y enfoque a otro que el mismo autor dirigió hace unos años (2010): ¿Es España diferente? Una mirada comparativa (siglos XIX y XX). La singularidad en la que incide Townson tenía, como bien sabemos, mucho de propensión masoquista, regodeo en el fracaso. Sobre todo cuando la historia se escribía desde una óptica de progreso y libertad. Recuérdese, sin ir más lejos, el famoso dictamen valleinclanesco, España como deformación grotesca de la civilización occidental. La idealización alternativa de la especificidad hispana, reconoce Townson, por otro lado, no deja de ser también una lupa deformante: el casticismo desemboca en el no menos deplorable «¡que inventen ellos!».
Una perspectiva empírica, sin embargo, podría conducir a una estimación más equilibrada en la que el concepto de modernización sirviera no ya solo como faro esclarecedor, sino como hilo conductor por el que transitar por las distintas etapas de la ejecutoria secular de nuestro país. De eso se trata, en consecuencia: de exponer todo el convulso y sinuoso curso de la historia española durante el último siglo bajo un criterio flexible de inteligibilidad que permita dilucidar de manera adecuada acontecimientos y fases aparentemente contrapuestos, desde el entusiasmo progresista de la Segunda República a la perdurabilidad del régimen franquista.
Si la citada modernización (en su versión democrática o autoritaria, como promotora de impulsos o reacciones) se convierte en llave maestra, esa pauta interpretativa tiene por fuerza que asentarse en un sólido basamento, que no puede ser otro que un profundo conocimiento de la historia europea del período. Solo de este modo puede ubicarse el papel de España o, mejor dicho, los agitados derroteros de su pasado reciente, en el lugar que le corresponde en el concierto internacional y el marco geopolítico. Es en este punto donde surge el mejor Townson, el maestro de la historia comparada, el sólido conocedor —sin apenas hacer alarde erudito de ello— de las desdichas europeas (y los trastornos específicos) del dramático siglo XX.
Adopto ese tono porque lo que surge del análisis del historiador británico es una refutación en toda regla de la percepción que de modo predominante han ido construyendo los propios españoles, desde los literatos del 98 a los exiliados internos y externos de la Guerra Civil, acerca del atraso, fiasco e inferioridad de su país, como rasgos constitutivos e indisociables de la nación ibérica (¡de la raza, dijeron algunos en su momento!). El tópico de la decadencia, que el siglo XX hereda de épocas lejanas (desde el siglo XVII como mínimo), se exacerba con la derrota ante Estados Unidos y lo que se interpretó como pérdida definitiva del imperio y la pasada grandeza.
Convertida en lamento inane, pero también en acicate desmedido (¡regeneración!), la sombra de la postración acompañará todos los experimentos políticos (reforma, revolución, involución) bajo casi todas las fórmulas posibles, monarquía y república, democracia y dictadura, con una guerra civil de por medio. Pero a veces los propios españoles, como nos recuerda Townson, olvidamos que ninguna de esas tentativas fue específica del solar ibérico. España se libró de la Gran Guerra, pero la vivió en sus entrañas. Sus consecuencias se dejaron sentir y llevaron a una crisis que eclosionó en ese autoritarismo —dictadura militar (1923)— que fue tan característico de la Europa de entreguerras.
La presunta solución democrática que trajo la Segunda República no se libró tampoco de la contaminación radical que recorría el mundo en los años treinta. Y frente a la pretendida singularidad romántica del conflicto de 1936, Townson resalta: «La Guerra Civil, también en España». Hasta el franquismo, paradigma del excepcionalismo español, aparece con otra fisonomía bajo la óptica comparativa de Townson, por lo menos en ciertos aspectos: «Una dictadura en España en 1939 significó que el país se había reincorporado a la corriente principal europea, y no al contrario». Luego, su persistencia sí pudo ser anómala en el contexto occidental, pero en la década de los cincuenta, con el pacto con los EEUU y la integración en organismos internacionales, «la situación de la dictadura franquista se había transformado. En realidad, España no era tan diferente».
Ese camino de convergencia, según Townson, se acentúa incluso con el desarrollismo del segundo franquismo, aunque persistan restricciones en la participación política. La transformación económica conlleva una «revolución social» y una modernización que, aunque inferior a las economías líderes occidentales, era superior a los países de la Europa oriental. Con el «resurgimiento de la sociedad civil» están puestas las bases para la culminación modernizadora en el ámbito que aún faltaba: un régimen de libertades homologable a los demás países del entorno europeo. Vista así, la transición «fue excepcional y al mismo tiempo nada excepcional».
Según el dicho popular, bien está lo que bien acaba. Si lo aplicáramos a nuestra historia o, al menos, a este retazo de historia aquí considerado, el triunfo de la democracia y el Estado de derecho ponen broche de oro al tortuoso proceso de modernización de España durante el siglo XX. Esa, al menos, es la visión —y la convicción— de Nigel Townson, que ha escrito un excelente libro de divulgación, tan válido para un extranjero que quiera tener una visión panorámica de nuestra trayectoria reciente como para un español, que encontrará el incentivo de situar la historia de España en su marco adecuado. No es libro apto, sin embargo, para los que ni siquiera quieren pronunciar su nombre o, simplemente, lamentan la triste suerte que les ha deparado el destino al nacer «en este país».
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