El año en el que París se enamoró del Barroco español

<p>Unos críos se detienen ante el <i>Retrato de una niña</i> de Velázquez. Su profesora les pide que adivinen quién es, pues, desde hace casi cuatro siglos, todo han sido conjeturas sobre la modelo. Una niña levanta la mano y resuelve el misterio: «Es la Gioconda cuando era pequeña». La anédocta la relata Guillaume Kientz, comisario junto a Pierre Curie de<strong> la exposición</strong><i><strong> Esplendores del Barroco </strong></i><strong>en el museo Jacquemart-André de París.</strong> Allí puede admirarse sin estrecheces, y hasta agosto, el enigmático retrato de Velázquez sin necesidad de dar el salto a la Hispanic Society de Nueva York, donde volverá a exhibirse a finales de año como uno de sus más preciados tesoros.</p>

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 La exposición Esplendores del Barroco muestra en el museo Jacquemart-André las principales obras de estos artistas cedidas por la Hispanic Society  

Unos críos se detienen ante el Retrato de una niña de Velázquez. Su profesora les pide que adivinen quién es, pues, desde hace casi cuatro siglos, todo han sido conjeturas sobre la modelo. Una niña levanta la mano y resuelve el misterio: «Es la Gioconda cuando era pequeña». La anédocta la relata Guillaume Kientz, comisario junto a Pierre Curie de la exposición Esplendores del Barroco en el museo Jacquemart-André de París. Allí puede admirarse sin estrecheces, y hasta agosto, el enigmático retrato de Velázquez sin necesidad de dar el salto a la Hispanic Society de Nueva York, donde volverá a exhibirse a finales de año como uno de sus más preciados tesoros.

«Es un cuadro fantástico, magnético, intimista», dice Kietz en la revista BeauxArts.Retrato de una niña es estos días el reclamo publicitario en los autobuses de París, que enfilan hacia el emblemático palacete del Distrito Ocho para descubrir el Siglo de Oro hispánico como nunca antes en la capital francesa.

Los retratos de Velázquez comparten salas con los de El Greco, Zurbarán, Murillo, Luca Giordano y Mateo Cerezo. «Los artistas españoles quisieron hacer la síntesis de las influencias flamencas e italianas», recalca el comisario francés Pierre Curie. «Y adquirieron una personalidad extraordinaria a través de la pintura y de la literatura. Estamos en el período de la mayor autonomía cultural y artística de España».

«Los tres géneros por excelencia en la época son el retrato, la pintura religiosa y la naturaleza muerta», añade Guillaume Kientz. Su exposición pone el Siglo de Oro en su contexto, desde «la llegada de europeos a América en 1492» a la creación de la Academia de Bellas Artes en Sevilla, pasando por la construcción de El Escorial, la irrupción de El Greco en Toledo, la publicación de Don Quijote, la llegada de Velázquez a Madrid, la construcción del Retiro y la muerte de Carlos II, final de la dinastía Habsburgo.

El Siglo de Oro también es el Grand Siècle francés, pero antes y en dos mundos, Europa y América. «Cristóbal Colón abrió a la Monarquía Hispánica unos horizontes sin precedentes», podemos leer a la entrada de las tres últimas salas, dedicadas al barroco americano. El catálogo de la exposición recuerda cómo «la confiscación de riquezas, la explotación de recursos naturales y el recurso a la esclavitud» fueron «el lado trágico de una vitalidad artística impulsada por la utopía».

La mirada trasatlántica de Archer M. Huntington, el filántropo y fundador de la Hispanic Society, ha dejado su impronta en este insólito viaje al barroco español en el flamante palacete de los Campos Elíseos, con su escalera monumental y su fresco recién restaurado de Giambattista Tiepolo. Merece por sí solo una visita.

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