
José Enrique salió al escenario con parsimonia. Aparejador, de 71 años, el hombre caminó sin prisa, con los ojos bien abiertos, disfrutando cada paso. Lo hacía con orgullo. Y sacó su teléfono móvil del bolsillo para inmortalizar el momento. También para hacerse una foto con la estrella de la noche, que le esperaba bajo los focos. No era otro que su hijo, Delaossa, de 33 años, al que ha estado acompañando durante la gira de su último disco, La Madrugá, con un pincel en la mano y haciendo lo que más le gusta, pintar. Esta vez era su día libre: solo subió a las tablas para llevarse una ovación de la multitud y un abrazo. Disfrutó al máximo de cómo su niño, un chaval normal del malagueño barrio de El Palo, eclipsaba con sus canciones el brilli brilli de la noche marbellí en el Starlite Festival. El lujo esta vez fueron sus canciones.


El rapero malagueño reivindica la vida sencilla en El Palo, “al que quieren arrebatarle su esencia”, en el festival más lujoso de la Costa del Sol
José Enrique salió al escenario con parsimonia. Aparejador, de 71 años, el hombre caminó sin prisa, con los ojos bien abiertos, disfrutando cada paso. Lo hacía con orgullo. Y sacó su teléfono móvil del bolsillo para inmortalizar el momento. También para hacerse una foto con la estrella de la noche, que le esperaba bajo los focos. No era otro que su hijo, Delaossa, de 33 años, al que ha estado acompañando durante la gira de su último disco, La Madrugá, con un pincel en la mano y haciendo lo que más le gusta, pintar. Esta vez era su día libre: solo subió a las tablas para llevarse una ovación de la multitud y un abrazo. Disfrutó al máximo de cómo su niño, un chaval normal del malagueño barrio de El Palo, eclipsaba con sus canciones el brilli brilli de la noche marbellí en el Starlite Festival. El lujo esta vez fueron sus canciones.
La de este jueves fue una jornada diferente en el más exclusivo de los recintos musicales de la Costa del Sol. Se vio en la cola de acceso, repleta de chavales con camisetas del Málaga CF y del merchandising del artista —de estética futbolera— frente a la habituales camisas de lino o polos de marca de otros días. Andrés, conductor de uno de los ostentosos Mercedes que suben a los privilegiados desde el aparcamiento hasta la vieja cantera que acoge el evento, también cambió el registro. Recibía a sus clientes con exquisitos modales e invitaba a escuchar música a todo volumen. “Llévame a Marbella”, rimaba Delaossa haciendo vibrar las ventanillas y llevando al límite los altavoces. “Solo quiero ser rico pa’ que se sepa”, decía le letra del tema que dedicó a la ciudad en su anterior trabajo —Playa Virginia— y que la define bien: “Paraíso de plástico y cristal”, prosiguen los versos.

No sonó el tema en el concierto, donde el paleño se lanzó con sus letras más reivindicativas. “Os voy a contar cómo se vive en El Palo”, advertía. “Ese barrio al que quieren arrebatarle la esencia”, insistía antes de Si tu supieras, donde se recuerda de niño en los espigones, las hogueras en la noche de San Juan, las moragas, el aroma de las biznagas de jazmín, las pillerías con su hermano y sus amigos, los espetos asados en barcas, las pachangas futboleras en el colegio público Miguel Hernández. Es la esencia marinera de un rinconcito de la capital que el turismo amenaza hoy con devorar. Él mismo lleva allí prácticamente asentado ya más de un año, disfrutando de su familia, amigos y playa. También participó el pasado 16 de julio en la procesión marinera de la Virgen del Carmen, cuando se le pudo ver a bordo de una pequeña lancha acompañando a la imagen mientras era trasladada en jábega.

En su perfil de Instagram compartía días después un vídeo realizado por el arquitecto Francisco Ortega sobre aquella jornada en defensa de la tradición. “No podemos permitir que la ciudad se convierta en un decorado”, criticó ya Delaossa a finales del año pasado cuando Sur le entregó el premio a malagueño del año. “La gentrificación está cambiando los barrios, subiendo los precios, empujando a los vecinos de toda la vida a salir de sus casas de toda la vida y diluyendo las tradiciones”, subrayó. “Málaga tiene alma, tiene raíz y tiene acento. Y eso no se negocia. Lo que somos viene de la gente humilde que levantó estas calles cuando nadie miraba”, concluyó.
Tras años oscuros y su paso por una clínica de rehabilitación, Delaossa se subió al escenario marbellí —a lomos de una moto de agua y con las colaboraciones de EazyBoi y Bigla The Kid— para cantar que su mayor ambición es volver al barrio, bajar en chanclas a comprar el pan, dejar la puerta abierta para que entre la brisa del mar y echar el rato con los suyos en el rebalaje. Puro contraste con el espacio que le acogía, con barras —como en las que él trabajó en su adolescencia— donde ahora las cervezas cuestan 10 euros, los chupitos, 15 y una copa, 22. Puro contraste con el entorno, todo urbanizado, repleto de casas de millones de euros. Y puro contraste también entre las casi 3.000 personas que coreaban todas sus canciones y los palcos VIP, prácticamente vacíos. Esta vez no se vio en ellos a Paula Echevarría, Valeria Mazza, Thibaut Courtois, Antonio Banderas o Victoria Federica acompañado a la reina y fundadora del evento, Sandra García-Sanjuán. Apenas pasó por el photocall la pareja de influencers malagueños Natalia Palacios y Carliyo.

Ese carácter gamberro fue precisamente el que llevó Delaossa a Marbella, donde se le vio disfrutar ante la legión de convencidos que acudieron a arroparle en la calurosa noche de verano del jueves para conquistar, juntos, este exclusivo territorio. Una de las más singulares para un Starlite que parece no tener fin con casi medio centenar de conciertos entre junio y agosto en la que es ya su décimo quinta edición, que ha abierto también un camino más indie, ayer con Sanguijuelas del Guadiana en la fiesta posterior y las próximas semanas con Iván Ferreiro y Love of Lesbian. Y en el que, tras Lenny Kravitz, Alan Parsons o Juan Luis Guerra, aún queda hueco para alguno de sus más clásicos invitados, como los Taburete de Willy Bárcenas.
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