Creo que no hay duda de que en el paisaje editorial español no ha habido nunca una colección que tenga un poder canonizador más potente y más automático que las «Letras Hispánicas» de Cátedra: son algo así como la caja negra de la literatura en español, y nunca mejor dicho lo de «negra», dado el inconfundible color de sus cubiertas, pero también podrían ser la caja fuerte que va guardando todo lo valioso: aunque, por desdicha, no es imposible en absoluto encontrar grandes malentendidos en sus elecciones o grandes negligencias intelectuales en sus prólogos, esa colección es, en lo esencial, una estantería de libros que va preservando todo lo que de veras merece la pena del pasado y, cada vez más, del presente.
Por eso me he alegrado tanto de que, hace pocos meses, en abril, las «Letras Hispánicas» hayan abierto sus exigentes y rigurosas puertas a una amplísima antología de la poesía de mi amiga Pureza Canelo (Moraleja, Cáceres, 1946), justo en el año en que, exactamente el 9 de diciembre, va a cumplir ella ochenta años. Siguen felizmente entre nosotros poetas nonagenarios tan absolutamente magistrales como José Corredor-Matheos (n. 1929), María Victoria Atencia (n. 1931), Antonio Gamoneda (n. 1931) o Carlos Murciano (n. 1931), pero «el club de los 80» también es de nota alta, y Pureza Canelo va a ingresar en él con las altas credenciales de esta nueva antología, que no es ni mucho menos la primera que se le hace, pero sí la más amplia y la más sosegada.
«Hay que tirarse sin red a la creación poética, no conozco otra cosa», me escribió Pureza Canelo en la dedicatoria de mi ejemplar de su Retirada, un singularísimo libro que se iba haciendo y explicando a sí mismo (algo relativamente habitual en el ensayo y en la narrativa, pero bastante insólito en la poesía), y en el que se presentaban definitivamente fundidas la vida y la creación poética, inexplicable la una sin la otra, trenzadas en un solo relato (algo amargo) de balance y recapitulación. Y lo cierto es que Canelo ha arriesgado siempre en su obra poética, explorando un camino solo suyo y haciéndose, por tanto, habitante de un mundo particular, ese que ella fundó desde sus primeros versos, y que ha resultado también ser Habitable para sus lectores. Tal título, Habitable, era el de una antología anterior, en Renacimiento, preparada también por José Teruel, el crítico de confianza de Canelo, que firma también el muy meritorio estudio introductorio de este Hacer y deshacer.
Pero eso de construir un texto a la vez autobiográfico y metapoético ya lo había hecho Pureza Canelo en un formato más frecuente para ello, como fue su discurso de ingreso en la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes. En aquellas páginas de 2016, tituladas «Oeste en mi poesía», la poeta se lanzaba al ejercicio, también arriesgado, de intentar entender su propia vida y hacerlo con coraje. Ya en 2008 Canelo había tenido que meditar sobre sí misma para el ciclo «Poética y Poesía» de la Fundación Juan March, y ambos textos son tan lúcidos y esenciales para comprender desde dentro la poesía de la autora que sería demasiado tentador abusar de ellos ahora: ¿para qué tratar de interpretar lo que ya ha sido pensado, explicado y prácticamente resuelto por su propia protagonista? Y, sin embargo, siguiendo el consejo o el ejemplo de Canelo, vamos a lanzarnos a esa red, pues también en la crítica, y no digamos en la filología, la osadía intelectual, si se despliega con rigor, suele tener recompensas.
Desde el momento inaugural de Lugar común, Premio Adonáis de 1971, se pudo adivinar que esa nueva voz iba a recorrer un camino creador muy particular, bastante aparte de corrientes, tendencias y escuelas. «No me opongo a nada de lo que existe», se leía en un whitmaniano verso de aquel libro, y esas palabras, muy descontextualizadas, pueden servir también para describir la actitud de la veinteañera Canelo respecto a lo que la rodeaba: escrupulosamente respetuosa con toda poesía verdadera, admiradora de algunas pocas voces, tertuliana ocasional en algunas reuniones importantes… pero siempre deliberadamente aislada a la hora de enfrentarse a ese misterio inextricable de lo poético, que, cuando es genuino, se manifiesta de forma muy distinta en cada cual.
Habitable se saltaba esa ópera prima (que, en efecto, una vez Canelo se negó a dedicarme…) y comenzaba con unos pocos poemas de Celda verde, segundo libro publicado de la autora (también en 1971), pero estrictamente el primero en su escritura. A partir de ahí, consciente de que «Toda escritura es copia, copia mala del mundo», pero salvada por el proyecto firme de «vivir sin otra ambición / que el paisaje interior / y su conjunto», Canelo ha ido desarrollando una poesía que era, a su vez, más bien una profunda meditación sobre el propio tejido de lo que la poesía pueda ser. Todo poema es metapoético, en cuanto que expresa, conscientemente o no, toda una teoría poética, una apuesta, una forma de mirar…, pero en el caso singular de Canelo la reflexión poética no es que sea parte sustancial de su discurso poético, es que uno y otro, en amplios tramos de su obra, han coincidido exactamente, hasta el punto de que cuatro de sus libros lucen el subtítulo de «poética» (y esas Cuatro poéticas fueron revisadas y reunidas en Pre-Textos en 2011).
Por otro lado está el amor, que, de nuevo, en el caso de Canelo ha adquirido una forma sorprendente, enigmática, dado que los poemas de amor de la autora, algunos muy expresivos, no exactamente sensuales pero sí intensos, están dirigidos a la soledad, una soledad deseada, anhelada, necesitada… a la que en varias ocasiones, y ante todo en el rótulo de su libro de 2008, se ha referido como un «dulce nadie». Seguramente ese «nadie» adquirió cuerpo real en algún momento, y hubo «nadies» que justifican algunas palabras más bien decepcionadas, o al menos desengañadas (qué hermoso aquello de que «lo mejor de sus ojos, / mi constancia»…), pero en general puede palparse la verdad con que se dirige a un vacío en el que poder hacer, un hueco silencioso pero, sí, habitable, y también fértil, en el que engendrar otro tipo de amor, centrado ya no solo en la palabra sino en lo específicamente poético, sin —que sepamos…— tentativas narrativas, sin excursos para asomarse a las afueras de lo lírico, sin distracciones. «A todo lo no amado / cedí», dice en otro momento, pero la conclusión que se extrae de la relectura de sus versos y sus indagaciones ensayísticas es que lo suyo ha sido, a lo largo, en perspectiva, un amor muy correspondido hacia la poesía.
El mundo es algo bastante fácil de expresar; es la vida la difícil, la escurridiza, la que solo se amansa ante los grandes poetas. Y de todas las manifestaciones de la vida verdadera es la propia poesía una de las más huidizas, una de las que, como explicaba Canelo en sus discursos («El poeta que habla sobre su poesía se equivoca con facilidad»…), más inasible y huidiza se muestra. A lo largo de más de cincuenta y cinco años de creación y pensamiento poéticos, Pureza Canelo sí ha ido domesticándola y trayéndosela a vivir con ella, haciéndola habitable, acompasándola a su propia trayectoria vital, asumiendo y dominando la parte que de la poesía está mereciendo su vida.
Creo que no hay duda de que en el paisaje editorial español no ha habido nunca una colección que tenga un poder canonizador más potente y
Creo que no hay duda de que en el paisaje editorial español no ha habido nunca una colección que tenga un poder canonizador más potente y más automático que las «Letras Hispánicas» de Cátedra: son algo así como la caja negra de la literatura en español, y nunca mejor dicho lo de «negra», dado el inconfundible color de sus cubiertas, pero también podrían ser la caja fuerte que va guardando todo lo valioso: aunque, por desdicha, no es imposible en absoluto encontrar grandes malentendidos en sus elecciones o grandes negligencias intelectuales en sus prólogos, esa colección es, en lo esencial, una estantería de libros que va preservando todo lo que de veras merece la pena del pasado y, cada vez más, del presente.
Por eso me he alegrado tanto de que, hace pocos meses, en abril, las «Letras Hispánicas» hayan abierto sus exigentes y rigurosas puertas a una amplísima antología de la poesía de mi amiga Pureza Canelo (Moraleja, Cáceres, 1946), justo en el año en que, exactamente el 9 de diciembre, va a cumplir ella ochenta años. Siguen felizmente entre nosotros poetas nonagenarios tan absolutamente magistrales como José Corredor-Matheos (n. 1929), María Victoria Atencia (n. 1931), Antonio Gamoneda (n. 1931) o Carlos Murciano (n. 1931), pero «el club de los 80» también es de nota alta, y Pureza Canelo va a ingresar en él con las altas credenciales de esta nueva antología, que no es ni mucho menos la primera que se le hace, pero sí la más amplia y la más sosegada.
«Hay que tirarse sin red a la creación poética, no conozco otra cosa», me escribió Pureza Canelo en la dedicatoria de mi ejemplar de su Retirada, un singularísimo libro que se iba haciendo y explicando a sí mismo (algo relativamente habitual en el ensayo y en la narrativa, pero bastante insólito en la poesía), y en el que se presentaban definitivamente fundidas la vida y la creación poética, inexplicable la una sin la otra, trenzadas en un solo relato (algo amargo) de balance y recapitulación. Y lo cierto es que Canelo ha arriesgado siempre en su obra poética, explorando un camino solo suyo y haciéndose, por tanto, habitante de un mundo particular, ese que ella fundó desde sus primeros versos, y que ha resultado también ser Habitable para sus lectores. Tal título, Habitable, era el de una antología anterior, en Renacimiento, preparada también por José Teruel, el crítico de confianza de Canelo, que firma también el muy meritorio estudio introductorio de este Hacer y deshacer.
Pero eso de construir un texto a la vez autobiográfico y metapoético ya lo había hecho Pureza Canelo en un formato más frecuente para ello, como fue su discurso de ingreso en la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes. En aquellas páginas de 2016, tituladas «Oeste en mi poesía», la poeta se lanzaba al ejercicio, también arriesgado, de intentar entender su propia vida y hacerlo con coraje. Ya en 2008 Canelo había tenido que meditar sobre sí misma para el ciclo «Poética y Poesía» de la Fundación Juan March, y ambos textos son tan lúcidos y esenciales para comprender desde dentro la poesía de la autora que sería demasiado tentador abusar de ellos ahora: ¿para qué tratar de interpretar lo que ya ha sido pensado, explicado y prácticamente resuelto por su propia protagonista? Y, sin embargo, siguiendo el consejo o el ejemplo de Canelo, vamos a lanzarnos a esa red, pues también en la crítica, y no digamos en la filología, la osadía intelectual, si se despliega con rigor, suele tener recompensas.
Desde el momento inaugural de Lugar común, Premio Adonáis de 1971, se pudo adivinar que esa nueva voz iba a recorrer un camino creador muy particular, bastante aparte de corrientes, tendencias y escuelas. «No me opongo a nada de lo que existe», se leía en un whitmaniano verso de aquel libro, y esas palabras, muy descontextualizadas, pueden servir también para describir la actitud de la veinteañera Canelo respecto a lo que la rodeaba: escrupulosamente respetuosa con toda poesía verdadera, admiradora de algunas pocas voces, tertuliana ocasional en algunas reuniones importantes… pero siempre deliberadamente aislada a la hora de enfrentarse a ese misterio inextricable de lo poético, que, cuando es genuino, se manifiesta de forma muy distinta en cada cual.
Habitable se saltaba esa ópera prima (que, en efecto, una vez Canelo se negó a dedicarme…) y comenzaba con unos pocos poemas de Celda verde, segundo libro publicado de la autora (también en 1971), pero estrictamente el primero en su escritura. A partir de ahí, consciente de que «Toda escritura es copia, copia mala del mundo», pero salvada por el proyecto firme de «vivir sin otra ambición / que el paisaje interior / y su conjunto», Canelo ha ido desarrollando una poesía que era, a su vez, más bien una profunda meditación sobre el propio tejido de lo que la poesía pueda ser. Todo poema es metapoético, en cuanto que expresa, conscientemente o no, toda una teoría poética, una apuesta, una forma de mirar…, pero en el caso singular de Canelo la reflexión poética no es que sea parte sustancial de su discurso poético, es que uno y otro, en amplios tramos de su obra, han coincidido exactamente, hasta el punto de que cuatro de sus libros lucen el subtítulo de «poética» (y esas Cuatro poéticas fueron revisadas y reunidas en Pre-Textos en 2011).
Por otro lado está el amor, que, de nuevo, en el caso de Canelo ha adquirido una forma sorprendente, enigmática, dado que los poemas de amor de la autora, algunos muy expresivos, no exactamente sensuales pero sí intensos, están dirigidos a la soledad, una soledad deseada, anhelada, necesitada… a la que en varias ocasiones, y ante todo en el rótulo de su libro de 2008, se ha referido como un «dulce nadie». Seguramente ese «nadie» adquirió cuerpo real en algún momento, y hubo «nadies» que justifican algunas palabras más bien decepcionadas, o al menos desengañadas (qué hermoso aquello de que «lo mejor de sus ojos, / mi constancia»…), pero en general puede palparse la verdad con que se dirige a un vacío en el que poder hacer, un hueco silencioso pero, sí, habitable, y también fértil, en el que engendrar otro tipo de amor, centrado ya no solo en la palabra sino en lo específicamente poético, sin —que sepamos…— tentativas narrativas, sin excursos para asomarse a las afueras de lo lírico, sin distracciones. «A todo lo no amado / cedí», dice en otro momento, pero la conclusión que se extrae de la relectura de sus versos y sus indagaciones ensayísticas es que lo suyo ha sido, a lo largo, en perspectiva, un amor muy correspondido hacia la poesía.
El mundo es algo bastante fácil de expresar; es la vida la difícil, la escurridiza, la que solo se amansa ante los grandes poetas. Y de todas las manifestaciones de la vida verdadera es la propia poesía una de las más huidizas, una de las que, como explicaba Canelo en sus discursos («El poeta que habla sobre su poesía se equivoca con facilidad»…), más inasible y huidiza se muestra. A lo largo de más de cincuenta y cinco años de creación y pensamiento poéticos, Pureza Canelo sí ha ido domesticándola y trayéndosela a vivir con ella, haciéndola habitable, acompasándola a su propia trayectoria vital, asumiendo y dominando la parte que de la poesía está mereciendo su vida.
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